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 Historia de un Detective (10)

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Jaime Olate
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MensajeTema: Historia de un Detective (10)   Vie Oct 28, 2016 10:54 pm

La Jactancia por Tener una Placa.

El espíritu de observación lo fui criando desde pequeño y, como todo ser humano, salí con diferencias que con el devenir de los años fui descubriendo.
Cuando tenía unos cuatro años de edad, hacía un año que habíamos abandonado el recinto privado de Schwager y estábamos viviendo cómodamente en la casona con un gran sitio donde había casas para arrendar y conocí a diversos personajes de nuestra zona: mineros, empleados, y hasta carabineros y gendarmes. Mi padre notó mi curiosidad, como todos los niños, por los pájaros e insectos de la huerta; me enseñó a tomar a las abejas por sus alas, las examinaba y las dejaba ir, pero ocurrió que me equivoqué y tomé a uno de esos insectos por el trasero y … ocurrió lo que se imaginan. Me clavó su aguijón en el dedo índice que quedó más hinchado que mi dedo pulgar, con un dolor que me tuvo chillando largamente.
Mi padre, un hombre sabio pero muy atrapado por las costumbres machistas del “salvaje oeste”, cuando me calmé me dijo “Esta experiencia que te sirva para que nunca más tomes bichos, hay que tener cuidado con ellos”. Sobra decir que desde esa edad he sido cauteloso y desconfiado.

Cuando llevaba una semana como flamante Detective y en horas tempranas de la noche, me reunía con mis antiguos amigos en la plaza donde fui festejado con alegría, bebiendo UNA cerveza. Creo que desde esa época tomé la costumbre de ser el “héroe” en cada ciudad a la que fui trasladado.
Transcurrieron algunos días de mi presentación a la Comisaría de Coronel, el Comisario Jefe me preguntó si era capaz de ser Oficial de Guardia; eso quería decir que cada siete u ocho días debía permanecer cuidando la tramitación total del Cuartel. Llegar a las 8 A.M.  de un día y veinticuatro horas después entregar la guardia al Detective más antiguo. Implicaba atender todas las necesidades de la unidad en el aspecto administrativo, llevar un Libro de Guardia, anotar los nombres y datos de los detenidos, cuidar de ellos que no les sucediera nada dentro de los calabozos, et.etc.

Antes de llegar a la Guardia, esa mañana tomé la costumbre inveterada de levantarme a las seis de la mañana, bañarme, afeitarme e ingerir un gran desayuno, por lo que pudiera ocurrir en el transcurso del día, hasta que mi madre enviaba al principio a un muchacho vecino a dejarme el almuerzo. No tenía idea que la unidad pagaba del bolsillo de los funcionarios a un auxiliar para tales menesteres, incluido el aseo de las oficinas; no recuerdo la razón de su ausencia esos días. Este desconocimiento me hizo perder la amistad de un amigo y de una excondiscípula del Liceo, según relato a renglón seguido.

Culminé la recepción de la guardia con una firma en el Libro correspondiente, conté los detenidos a quienes les pregunté si estaban bien y estuve presente cuando el Jefe pasó lista de asistencia, claro, éramos tan pocos que le bastó una mirada. Dio las instrucciones para ese día y después nos pusimos a charlar, pues no llegaba ningún ciudadano; entonces me fijé en el desaseo del Cuartel y, entre los conocimientos de la Escuela se nos reiteró sobre todo mantener el orden, se lo manifesté al Comisario. Él sonrió y uno de los bromistas funcionarios corrió a buscar una escoba y me la entregó en mis manos. “Cada Oficial de Guardia debe hacer el aseo, coleguita”, con una risa que comprendí se trataba de una guasa y de buen grado le seguí la corriente.
Nunca pensé que estas risas me iban a costar la amistad de dos personas.

Entró alguien que golpeó suavemente los vidrios de la mampara de la entrada principal. Yo estaba barriendo el pasillo y reconocí a uno de mis amigos de la calle principal; estaba vestido con el uniforme de Gendarme, que en Chile equivale a guardia de los presidios, y lucía su calidad de Oficial, Subteniente para ser preciso. Con un perfecto saludo militar se cuadró ante nuestro Jefe y dijo “ Fulano de tal, Subteniente de Gendarmería se presenta, señor Comisario”. Todos lo conocíamos y acudimos a darle la mano, pero noté que me había mirado de reojo y me había visto con la escoba en la mano. Me daba la espalda cada vez que trataba de saludarlo.
Debo aclarar que fuimos verdaderos amigos, máxime que era el novio de una de mis compañeras del Liceo a quien le llevaba notas escritas, pues la quería como una hermana. Como vivía al frente de la tienda de mis tíos, siempre nos encontrábamos y bromeábamos.
Finalmente desistí de tratar de saludarlo, pues todos nos dimos cuenta que NO ME QUERÍA SALUDAR POR ESTAR BARRIENDO. Comprendimos que creía que yo era uno de los detenidos por Investigaciones y se encendió el barril de pólvora que soy; en voz alta “lo mandé a la punta del cerro” y continué mis tareas en la Oficina de Guardia.
Cuando se retiró para ir hacerse cargo de su labor de Oficial de Guardia a la Cárcel, que estaba al lado de nuestra unidad, se despidió de todos, menos del “pobre gallo” que encontró haciendo el aseo. Mi Jefe, delante de los otros policías, me preguntó si yo conocía al Subteniente; le respondía que sí, pues fuimos amigos hasta ese tonto momento, ya que vivía frente a la tienda de mis tíos.
Me miró un tanto pensativo “Señor Carvajal, hay que ir a dejar a la cárcel a uno de los detenidos. Haga el favor de entregar momentáneamente la guardia a un colega y usted lo lleva esposado, no me agrada ese jovencito estirado”.

Esposé al delincuente y nos fuimos por una puerta interior que comunicaba nuestro cuartel con el recinto carcelario, un Cabo me franqueó la puerta y con una sonrisa se cuadró con un “ Adelante, mi Oficial”; me conocía de pequeño y había estado pagando arriendo en una de las viviendas de mi casa.
“¡Mira quien llegó!”, gritó al Suboficial de Guardia, un Sargento gordito, quien se puso de pie del sillón detrás del escritorio y acudió solícito a darme la mano. “¡Dios, quién lo hubiera dicho que el Flaquito iba a ser Detective!”, evidentemente emocionado me abrazo. De reojo vi al tonto del Subteniente que me miraba intrigado y sorprendido; entregué el detenido, según los protocolos y el gordito miró la firma con mi rango y continuó manifestando su alegría de verme convertido en policía. Me retiré sin mirar al estúpido examigo.

Esta parte de mi historia no terminó ahí. Pasaron unos días y caminaba por la plaza de armas, cuando vi a la esposa (mi excondiscipula) del despistado y jactancioso uniformado. Me miró fijamente y me hizo un gesto de desprecio; comprendí que el estúpido había cambiado la versión de los hechos, donde él fue víctima de mi engreimiento por ser Detective.

Por el contrario, siempre fui rodeado de amigas y amigos que se alegraron al verme. Claro, también hubo necios que hicieron una serie de comentarios desagradables. Me contaron algunas amigas que escucharon a viejas chismosas que no soportaban el progreso de otras personas; “ ¡Qué va a ser Detective ese andrajoso, patipelao  (descalzo), piojento que anda con los mocos colgando. Creo que es el limpia baños, no le da para más! ”. Fueron las palabras más suaves emitidas por sus lenguas viperinas, con el tiempo debieron darme las gracias por haberlas ayudado, pues no soy vengativo ni rencoroso; eso queda para aquellos que viven con amargura sus existencias.
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Alejandra Correas Vázquez
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MensajeTema: Re: Historia de un Detective (10)   Vie Nov 18, 2016 11:39 am

Muy entretenido, una visión distinta de las novelas policiales (desde adentro) yo que soy adicta al Comisario Mairet y al Comisario Montalbano.
saludos de Alejandra
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Jaime Olate
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MensajeTema: Re: Historia de un Detective (10)   Vie Nov 18, 2016 12:45 pm

Gracias estimada amiga por tu atento comentario. Debo aclararte que no es una novela de ficción, estoy escribiendo, a grandes pinceladas, mi historia; hasta el año 1987 (el 1 de mayo presenté oficialmente mi solicitud de retiro) permanecí en las filas de la policía civil, Policía de Investigaciones de Chile.
Debí haberme quedado hasta 1992 y retirarme con treinta años de servicio, pero, francamente, me cargaron con demasiado trabajo, al extremo que apenas llegaba a mi casa. Los otros Jefes, con una sonrisa sardónica, manifestaban no ser capaces; me ardía ver el abuso que la alta Jefatura estaba cometiendo conmigo, sin que por ello me pagaran más; cuando me quitaron la Jefatura de la ciudad agrícola de Parral, amenacé con retirarme con una exigua pensión, pero en la capital me convencieron que cumpliera 25 años para obtener más dinero con policía retirado. Así fue, que en silencio, sin alharacas, me retiré de la policía.
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Alejandra Correas Vázquez
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MensajeTema: Re: Historia de un Detective (10)   Sáb Nov 19, 2016 10:17 am

¡Pues felicitaciones! tu descanso es merecido
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