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 Historia de un Detective (14)

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Jaime Olate
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MensajeTema: Historia de un Detective (14)   Sáb Nov 26, 2016 2:11 pm

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El día de mi primera guardia llegué media hora antes. Había llevado sábanas limpias y ropa para dormir; no me preocupé de la comida para las 24 horas que dura la guardia, pues acostumbro a comer opíparamente en mis desayunos. Después mi madrecita sabía que debía enviar el almuerzo y la cena con nuestro auxiliar.
Como debía recibir conforme la guardia que me entregaba el más antiguo de los Detectives, él estaba demasiado ocupado escribiendo, de modo que no vio que llevaba un rifle semiautomático marca Winschester de precisión, calibre .22.  Lo oculté en el dormitorio junto a la sala de atención al público o Guardia. Estos pobres no sabían qué clase de demonio había dentro del “atado de huesos” recién llegado a la Comisaría.

Con mi primer cargo de flamante Oficial de Guardia (en Investigaciones los policías comenzamos nuestra carrera con el grado de Detective, equivalente a los Subtenientes de las ramas de las Fuerzas Armadas), llegó el primer tropezón ya relatado, con el Subteniente tontorrón de Gendarmería.
En una ceremonia simple el Oficial saliente de guardia, que tenía unos diez años de carrera, era el más antiguo después del Comisario y el Subcomisario, me mostró los calabozos que en esos momentos no tenía detenidos. Agradezco la honradez de mi querido amigo y colega que me aconsejó nunca recibirme de una guardia sin haber revisado los calabozos, pues se han dado casos donde se le mueren los detenidos y calladitos entregan el finado al Oficial de Guardia entrante, dejándole metido en un lío de sumario interno y una investigación del Tribunal.

Revisé todo el Cuartel y sólo entonces firmé conforme la recepción del Libro de Guardia, donde constan los acontecimientos interesantes que ocurren en esas 24 horas. Además de la recepción y al final la entrega a la siguiente, se deja constancia a las 8,30 horas de la lista que se pasa en todas las Comisarías del país de la presencia sin novedad de la totalidad del personal; a las 19,30 horas, la lista de la tarde, se repite el protocolo. Cada detenido queda registrado, cada funcionario que sale a trabajar un sitio de suceso, todo incidente relevante como un disparo casual con daños a los muebles, por ejemplo, más aún si queda herido o muerto un Detective en acto de servicio. Además, se cuentan las cajas con municiones y, en esa época, los cuatro fusiles Mauser, dignos de estar en un museo.

Mi primera Guardia fue un tanto aburrida, si no hubiera sido por la desagradable visita de mi examigo Subteniente, quien no sabía que yo era Detective y no un detenido haciendo el aseo y que, además, tenía el mismo rango que él.  Cuando se fueron a almorzar todo el personal me dediqué a explorar el cuartel y encontré sorpresas como los mencionados fusiles, archivos que están en un pequeño cuarto con casos que al final me hastiaron. Así fue como encontré debajo de la carpeta del escritorio del Comisario un documento con una serie de letras que no me decían nada; comprendí que era un mensaje en clave y decidí preguntar al segundo Jefe qué diantres era eso.
En la tarde comenzó la llegada de personas que estaban citadas a declarar por asuntos judiciales, robos, lesiones en peleas o denuncias que a mí me correspondía recibir. El Comisario Jefe y el Subcomisario se rieron de mí cuando pregunté de qué se trataba el documento con letras incomprensible; tuvieron la mala idea de desafiarme para traducirlo, les contesté que yo soy bueno con los puzles, casi reventaron de la risa. Perooo ...

Todo el personal se retiró a las 20 horas, después de recibir la correspondiente orden por teléfono (tampoco había radio) desde la Prefectura Concepción. Fue entonces cuando las ratas salieron a pasear descaradamente por todas partes; busqué los agujeros de donde salían y descubrí que el viejo edificio tenía un sótano y logré ver que se trataba del archivo del Tribunal. Seguramente la entrada estaba en el Juzgado del Crimen; me di cuenta que allí tenían su habitación los desagradables visitantes nocturnos.

Completamente aburrido, ya era de noche, tomé mi revólver colt .38 y comencé a matar todo roedor que se presentaba a curiosear. Comprendí que iba a gastar la carga de balas que proveen a cada funcionario y cargué el rifle Winchester con munición pequeña. Naturalmente los proyectiles atravesaban a los pequeños bichos y dejaban un hoyo más en el ruinoso edificio.
En la mañana hice un recuento de mi cacería nocturna: 14 ratas que eché en el tacho de la basura y limpié con paño mojado la sangre que derramaron. Menos mal que no dejé constancia en el Libro de Guardia de la caza de los asquerosos roedores; solo me pregunté si los vecinos cercanos habrían escuchado las detonaciones, creo que fue lo único que me preocupó, total en la noche se escuchaban disparos lejanos y la población lo encontraba lo más normal.


Tomé un buen desayuno, pregunté telefónicamente a Carabineros si tenían alguna novedad policial, “Negativo”, me contestaron. Preguntaron quién era yo y encontraron novedoso que hubiera entrado a Investigaciones y no a Carabineros, pues ya me conocían por haber andado acompañándolos en sus pesquisas policiales. Creí que en todo el país había tan buenas relaciones entre los uniformados verde y nosotros; por desgracia con el tiempo supe que en la capital había una rivalidad estúpida que a veces terminaba con funcionarios despedidos.
Entregué la Guardia alegremente al Detective que me superaba un poco en el escalafón, pues seguía siendo el último pelo del rabo. Este funcionario salió más despierto porque me preguntó por el rifle; tuve la buena idea de decirle que ese día libre lo iba a emplear en ir a cazar.

En un poco tiempo se dieron cuenta que el sonriente y flaco Detective novato, criado entre mineros, pescadores, navegantes, taladores de bosques y mapuches, tenía sólo la cara de angelito, pero … igual me gané la confianza de mis colegas.





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