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 Historia de un Detective (8) ¡Al Fin Soy un Detective!

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Jaime Olate
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MensajeTema: Historia de un Detective (8) ¡Al Fin Soy un Detective!   Mar Oct 25, 2016 9:32 pm

¡Al Fin Soy Detective!

Es difícil escribir una historia de esta magnitud, porque debo resumir y fueron tantas las anécdotas, que sería muy largo contarlas. Ocurrieron en las sesiones de tiro al blanco con revólver, en los diferentes gimnasios que Investigaciones debía pedir prestados (tan pobres éramos), en la locomoción colectiva, en la calle y cuando salimos a celebrar el día de nuestro nombramiento con la entrega de la “chapa” (placa policial).

Como era del “Salvaje Oeste”, donde las balaceras eran cada cierto tiempo, esto entre la policía y los bandidos o entre los mismos ciudadanos para dirimir problemas personales, no les extrañe que a los doce años ya salía a cazar con escopeta y lucíamos en nuestro cinturón un revólver Smith &Wesson calibre .32, afortunadamente no teníamos balas. A esa edad ya sabía abrir cerraduras y con mi hermano Luis Alberto (ahora pastor evangélico) salíamos a asustar a otros muchachos; este es  el hermano con el cual sobrevivimos de los cuatro varones, mis dos hermanas viven también en perfecta salud.
Naturalmente debe llamar la atención que siendo cristianos evangélicos hayamos sido tan bárbaros. La verdad es que nadie se escapaba de las costumbres del ambiente, hasta mi padre “agarraba a combos” (puñetazos) a quienes iban a molestar a la pequeña iglesia donde predicábamos. Recuerdo que los Carabineros, cuando nos veían camino a la montaña con la escopeta, nos aconsejaban que tuviéramos cuidado. ¡Ja, ahora veo que no se puede andar ni con una onda para tirar piedras!

Eso me recuerda que una noche escuchamos una balacera en la plaza y al día siguiente en el Liceo nos preguntábamos qué diantres había ocurrido. Alguien llegó con el dato que el busto del Padre de la Patria, don Bernardo O`Higgins, estaba agujereado con impactos de balas; con el tiempo supimos que el autor del tiroteo fue el capataz del fundo del Doctor Enrique Waugh Rojas, que posteriormente fue mi mentor cuando me conoció en Coronel la primera unidad en que trabajé, quien siempre portaba un revólver en la cintura, se había emborrachado y esa noche vació el arma a disparos contra el busto en cuestión.

Ya había tenido actuación como Detective, cuando David, cuatro compañeros más y yo llegamos atrasados a clases. Se nos castigó, para nuestra alegría, con permanecer en la Brigada de Homicidios el sábado siguiente; allí David y yo tuvimos nuestro primer contacto con cadáveres, actividad que cuento en mi historia “Cuando Después de las Películas … la Realidad”. Fue una experiencia fascinante, terrible, asquerosa y muy emotiva, pero nos sirvió para conocer lo que el futuro nos deparaba en la profesión que habíamos elegido.

La ceremonia de entrega de las placas policiales y el título de Detective, fue muy sobria. Estuvo presente el Ministro del Interior de ese entonces, en su discurso nos levantó nuestro ánimo que estaba bastante decaído, fuera de la debilidad física en que nos encontrábamos con tanto ejercicio.

Esa tarde un grupo de compañeros que veníamos fuera de Santiago y habíamos simpatizado mucho, a insinuación de uno de ellos nos fuimos a la Gran Avenida a celebrar nuestro triunfo en un local de diversión llamado El Rosedal. ¡Ja, inmediatamente tuvimos nuestro primer tropezón como Detectives!
Con una cara de policías que no la podíamos, en la entrada del enorme local fuimos detenidos por varios muchachos que salían apurados. “ No entren, porque llegaron los “ratis” (Detectives) y están llevando “en cana” a los que no portan su carné de identidad”. Nos largamos a reír y uno de ellos, el más despierto, nos miró muy serio y exclamó “¡Puchas que somos “vivarachos”, ustedes son de los mismos!”. Con orgullo mostramos nuestras placas policiales y, con cara de perdona vidas, les dijimos que se fueran tranquilos.
Al recordar nuestro sentimiento de ser representantes de la autoridad, me pregunto el por qué algunos policías uniformados o civiles son prepotentes, infelices desgraciados e inseguros que nos dejan “como la mona” ante los ciudadanos. Somos servidores públicos, no los amos de la sociedad. Nos bebimos algunos tragos de cerveza y nos retiramos a nuestros domicilios muy temprano, porque al día siguiente en el Cuartel Central nos iban a designar a nuestra primera unidad.

Había presentado algunos problemas de salud, especialmente por mi falta de costumbre de estar en lugares calurosos. En la región del carbón, me crie con una temperatura máxima de 22 ° C y nunca había estado en ciudades sobre los 32 grados; de modo que me sentía fatigado, además de la debilidad física que sufrimos por la fuerte actividad que tuvimos en la preparación policial. La Superioridad de la Institución me envió a Concepción, donde “El Malo” me dio a elegir entre Coronel, mi ciudad, y el puerto de Lebu, un poco más al sur. Naturalmente preferí mi ciudad con el ánimo de mostrarme a mis amigos y … a los pocos enemigos que había hecho por peleas estúpidas.

Un día de verano del mes de febrero de 1963, me presente en un edificio ruinoso que había perdido su segundo piso con el terremoto en 1960, el más grande registrado por los sismógrafos. Creo, francamente, que lo único hermoso y brillante era la placa de bronce que hasta la fecha dice COMISARÍA DE INVESTIGACIONES DE CORONEL, donde fui recibido con cierta indiferencia y, por ser el último pelo del rabo, como novato debí soportar bromas que aún me hacen reír en mis inicios como Detective.



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