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 Historia de un Detective (12)

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Jaime Olate
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MensajeTema: Historia de un Detective (12)   Dom Nov 20, 2016 12:07 am

Mi Primera Diligencia Policial.

No podía haber quedado mejor en una unidad de la policía civil que en esa Comisaría de mi ciudad donde, desde el Comisario Jefe, todos estaban preocupados en enseñarnos como ser un buen “rati”. Recuerdo con agradecimiento que, pese a las continuas bromas de que fui objeto, debo reconocer las indicaciones para evitar que cometiera errores de los que la Superioridad no soportaba sin castigar.
La Policía de Investigaciones de esa época era tan pobre que no contaba con patrulleras y debíamos CONTRATAR TAXIS para trasladarnos a los Sitios de Suceso. Recuerdo que el Jefe o el Segundo compró una motoneta y encontramos que era una buena idea. Mi sueldo era terriblemente bajo y decidí comprarle a mi tío ricachón su minúscula bicimoto que, según mis amigos, emitía una ruido similar a una juguera; me sentía feliz conduciendo esa miniatura, en tanto que mis colegas andaban en sus motonetas Lambretta o Vespa, que muchas veces se guardaban en el pasillo del cuartel. Total, una mancha de aceite más o menos no se notaría en el piso de madera de tablas que ya mostraban evidente deterioro.

Carabineros informó a nuestra Comisaría que el cadáver de un hombre estaba en la morgue del cementerio local. El Jefe designó al Detective más antiguo y que fuera acompañado por uno de mis colegas nuevos de un curso anterior al mío. Éste tuvo la mala idea de reírse de mí “ Jefe, que nos acompañe Carvajal para que se vaya acostumbrando a ver cadáveres”.

Noté la burla de todos, esperarían nuestro regreso para seguir con sus pesadas bromas y más aún si me desmayaba ante el occiso. Naturalmente ignoraban que ya tenía experiencia con examinar cadáveres y sonreí dentro de mí; prometí en mi pensamiento que les “saldría el tiro por la culata”, que yo sería quien se reiría, por lo que asentí a acompañarlos con mi mejor o peor cara de gil.
Nunca olvidaré los detalles de esta aventurilla. Yo, un novato presuntamente sin ningún conocimiento de Sitio de Suceso, menos aún con examinar muertos, se suponía que debía sentir el asco y rechazo natural durante la disección del pobre hombre en la morgue.

Personal de la necrópolis nos llevó atentamente a la sala, el médico legista se preparaba para una labor tan rutinaria para él, como era abrir el cuerpo de un ser humano. Nuestras motocicletas quedaron dentro del recinto de la ciudad de los muertos.
El par de chistosos me presionaron para quedar casi estorbando al doctor, lo más cerca de la losa. Comprendí que querían burlarse de mí aun en presencia del profesional, quien nos saludó y agradeció nuestra presencia. Toda mi experiencia, muy poca por lo demás, se limitaba a haber visto cuando mataban ganado en mi familia, ocasiones en que sufría mucho y me preguntaba qué necesidad había de sacrificar a esos animalitos; una vez muertos, ayudaba a descuartizarlos. Los tontorrones de mis dos colegas ignoraban eso y que había estado por un día en la Brigada de Homicidios donde habíamos examinado dos muertos. Por otro lado cuando pequeños éramos arrastrados por muchachos mayores a ver los cuerpos con impresionantes heridas y, a veces, con los intestinos a la vista de “guapos” que peleaban con cuchillos.

El forense comenzó a abrir el cadáver con un escalpelo, cortando profundamente la piel desde el pecho hasta la zona del hueso púbico. Uno de mis bromistas colegas le preguntó ingenuamente por qué no saltaba sangre; lo miré con cara de lástima burlona y le dije “Te olvidaste que en la Escuela nos enseñaron que los muertos no sangran; ya no funciona el corazón”. Me quiso fulminar con su mirada.
Cuando se abre el cuerpo de un cadáver, animal o humano, sale un olor particular parecido a una carnicería (abasto de carne), esto siempre que no esté descompuesto. El cuerpo tenía aparentemente unos tres o cuatro días de fenecido. De modo que me aproximé más al médico, quien comenzó a hablar, describiendo las entrañas y farfullaba que era un desperdicio del joven, pues se veía muy sano, con excepción de un profundo corte en uno de sus muslos, producido por un fierro filoso y oxidado. Había fallecido por lanzarse al mar desde el largo muelle de embarque directo a los barcos y en su trayecto uno de los metales lo hirió al extremo que se desangró.

Me encontraba tan interesado en el tema, que di un sobresalto cuando escuché a mis dos colegas que, con exageradas arcadas, abrieron la puerta para vomitar en el patio.
El doctor me miró con una sonrisa burlona “Tienen muy débil sus estómagos sus compañeros ¿eh?. Los vi que trataban de echarlo casi encima del cadáver … supongo que para reírse de usted”. Asomé a mirarlos y ambos tontorrones estaban pálidos fumando cigarrillos, cerré y con voz zumbona le dije que no se habían muerto por la impresión. El profesional me miró con simpatía y me entregó la conocida tabla con papeles para que escribiera lo que él me dictaba.

Le dejé una copia y me despedí tratando de darle la mano; me miró extrañado y con una franca carcajada se sacó el guante derecho y me estrechó la mano.
_Sospecho que lo voy a ver seguido por aquí, señor … _le dije mi nombre_ Señor Carvajal, se nota que usted aprovechó bien las clases de criminalística.
_¡Ja! Doctor, soy de aquí y … usted sabe que estamos acostumbrados a ver muertos en las calles.

Demás está decir que los graciosos colegas iban preocupados por la posible burla que yo les iba a hacer. Se equivocaron, llegué callado, pero mis superiores jerárquicos, que por algo eran buenos investigadores, se dieron cuenta que la broma salió al revés. El señor Recabal miró sonriente al supuesto par de payasos y, frunciendo la boca como para no reír, se fue a su oficina. Una llamada telefónica que el Oficial de Guardia recibió, se la traspasó a la oficina del Comisario.
_Hola Doctor … sí, aquí llegaron… No me diga, ¡Vaya, vaya, con que así sucedieron las cosas! … Le agradezco el dato y lo tomaré en cuenta.

Fue a la Guardia, donde estábamos todos, una de sus manos la llevó a la frente, largó una carcajada y miró a los dos Detectives.
_ De modo que le iban a meter miedo al señor Carvajal … _ otra carcajada_ Veo que no sabían que este novato se crio aquí en las minas de carbón y que es hijo de un minero.
La burla se generalizó cuando el Comisario dijo que el médico forense lo había llamado para contarle que tenía en las filas a un investigador de homicidios frío y con conocimientos. Que los chistosos habían vaciado su panza con escandalosos vómitos por no soportar la vista de la disección del cadáver del pobre joven accidentado.

Así inicié mi vida de Detective, aplaudido por unos y detestado por otros. Tomé con pasión una labor que nunca imaginé podía ser tan interesante.


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