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 Historia de un Detective (2)

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Jaime Olate
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MensajeTema: Historia de un Detective (2)   Mar Sep 27, 2016 12:01 am

Mi Adolescencia.

Hoy, cuando veo a mis hijos e incluso a mis nietos, que usan con desenvoltura la tecnología electrónica y a veces nos enfrascamos en temas de ciencia ficción, me hacen recordar cuando mi hermana melliza y yo teníamos unos dos años de edad y nos escapábamos al cine de la vuelta de la esquina en Schwager, dejando en la desesperación a mi prima Zunilda, catorce años mayor que nosotros, y al resto de la familia. Como éramos los únicos mellizos de la población, los vecinos nos conocían y así nos dejaban entrar a la sala en primera fila. Seguramente entendíamos poco, pero, de acuerdo a la gente mayor, fuimos despertando a una realidad mezclada con la fantasía de las películas. Mi hermana resultó más despierta que yo y hasta hoy que estamos viejos se ríe de mí, claro terminamos por reír ambos de lo “pavito” que era yo; siempre fuimos cómplices secretos en toda clase de conocimientos y fue ella quien me sacudía mi mente para despertar. Naturalmente hasta ahora guardamos celosamente aquello que aprendimos con la naturalidad de la infancia.

Es fácil ver como los niños, adolescentes y gente joven se enfrascan en sus teléfonos móviles de última generación y entran a internet. Mis hijos se burlan porque el actual celular que uso me gana “por goleada” al ser incapaz de usar su máxima capacidad. “Papá, para qué quieres comprar estos más caros si apenas los usas como teléfono, ingresas los datos de familiares y amigos, te enredas con las fotografías y apenas puedes enviar tus historias”; por supuesto que les hallo la razón y compro aquellos artilugios que puedo dominar … menos el actual.

Entre toda la gente mayor de mi familia, fue mi padre quien me enseñó a usar mi cerebro; colaboraron en esta tarea mis despiertos tíos. Se habían dado cuenta que “tenía hambre por saber”. Recuerdo claramente, cuando tenía unos cuatro años de edad observaba los insectos y pájaros que pululaban en la propiedad, que en ese entonces estaba en las afueras de la ciudad … hoy está al medio ¡cómo crecen las poblaciones! Me vigilaban porque estaba interesado en las abejas que las veía en las flores, me señaló que no había peligro si las tomaba por las alas. Claro, un día supe la razón: a una de las obreras la cogí por su trasero y me clavó su lanceta; grité, pateaba de dolor y así aprendí mi lección con toda clase de bichos … ah, y también le traspaso esos conocimientos a mis nietos.

Algunos años después, tenía doce primaveras y sentí la necesidad de ir a la iglesia. Mi padre, que era un eximio predicador, me preparó y comencé a dar el sermón; vestido como para una fiesta, de camisa blanca y corbata, luciendo mi fino bigote fui un fenómeno en el pequeño templo y llegaban otras personas para ver a un supuesto niño predicando. La mayoría de las visitas, que no me conocía, se iba decepcionada pues veían a un joven bigotudo, ignorando mi edad.

Pasé varios años y era admirado entre los evangélicos, para orgullo de mis padres. Tenía quince años y era muy popular en las iglesias protestantes, pero … pero Satanás intervino en una hermosa y joven hermana casada que comenzó a acosarme. Yo lo tomé como un juego y en una oportunidad en que estaba solo en mi casa, llegó esta joven señora y entre bromas y empujones me llevó a un dormitorio y se acostó de espaldas, siempre sujetándome, me echó sobre ella.
Mi mente inocente apenas comprendía qué estaba ocurriendo. Cuando ella me abrazó y se restregó contra mí, despertó mi apetito sexual y sentí la erección involuntaria; me avergoncé y comprendí que ella quería tener relaciones no muy santas. Hice fuerzas para que me soltara, pues insistía en apretarme contra su pubis; en ese tiempo ya hacía gimnasia con pesas y me colgaba en la barra fija, de modo que tuve fuerzas y la aparté horrorizado. Ella quedó evidentemente asustada, pues yo podía contar el extraño episodio a mis padres; sin embargo, la dejé sola y me fui a meditar a orillas del mar.
Ante el acoso de esta hermana que era muy “espiritual”, decidí no volver más a la iglesia; mis padres me interrogaban acerca de qué me había ocurrido para dejar la iglesia. Nunca conté a nadie la casi violación de que fui objeto. Comencé a vagar por las iglesias de diferentes confesiones, pero abandoné mi búsqueda de Dios, aunque siempre estuve rodeado de sacerdotes católicos y de otras ideas cristianas hasta que regresé a la iglesia evangélica, ocultando mi facilidad de palabra con el oculto temor que se repitiera la desagradable experiencia.

Comencé a juntarme con un grupo de amigos de excelente comportamiento en sus vidas, hasta que me di cuenta que me llevaban kilómetros de ventaja en su sexualidad, por suerte dentro de lo normal; con un encuentro con una bella rubia algo mayor que yo, comenzó mi existencia de conquistador. En un breve cuento relaté mi primera experiencia sexual con la bella “Pantera Rubia”, apodo que los varones sacaron de una historieta.

Por ese tiempo, estando aún en el liceo, mi primo Juan me invitó a trabajar en su taller de cerrajería en Concepción durante mis días libres. Ambos teníamos una fuerte personalidad y esto dio término a mi participación de cerrajero ante las constante peleas que duraron unos tres años. Lo dejé rabiando con su maldita personalidad y decidí ingresar a la Escuela de Investigaciones de Chile a instancias de mi hábil y millonario tío Juan. Los gastos de viajes, ropas y alimentación en la capital me los proporcionó mi querida tía Elisa.

Recuerdo que nos fuimos con varios compañeros de curso en el tren nocturno; algunas muchachas iban a estudiar a las universidades capitalinas y otros a escuelas técnicas. El “Nene” David, que medía 1,91 , y yo nos fuimos a la Escuela de la policía civil para salir con el título de Detective. En Concepción habíamos sido seleccionados entre sesenta postulantes; supongo que el profesor de gimnasia vio en nosotros un par de jóvenes aguerridos, fuertes y bastante violentos, ambos hijos de mineros de Coronel. De todos modo encontró que “se nos pasaba la mano” cuando debimos hacer de policías para detener a otros que hacían el papel de bandidos; se dio cuenta que estábamos acostumbrados a pelear.
Aunque suene a jactancia, mi condiscípulo del Liceo de Coronel y yo parecíamos un “atado” de huesos al decir de los demás, pero quienes nos conocían en el puerto carbonífero sabían que nos gustaba pelear y éramos excelentes luchadores, sin que nos quejáramos con los golpes y dolorosas caídas. A fin de cuentas veníamos del “Salvaje Oeste”, donde la mayoría de los conflictos se arreglaban a puñetazos, incluyendo a las poco delicadas mujeres que peleaban como varones.

Olvidaba contar que mis primeras peleas las tuve en el colegio adventista a los ocho años de edad y nunca más me detuve. Mi aspecto enclenque motivaba a los muchachos más grandes y abusivos para “buscarme rosca” y, aunque no sabía pelear, atacaba a mordiscos, puntapiés y metía los dedos en los ojos, ante la gritería de entusiasmo de los mineros y pescadores que me aplaudían.
Ignoro cómo mi padre aprendió la milenaria técnica de defensa personal llamada Jiut Jitsu. Tenía once años cuando llegué a casa con un hermoso ojo en tinta y se indignó por no saber defenderme; comenzó sus clases de defensa personal que rápidamente aprendí y guardé el secreto de mi nueva habilidad, de modo que muchos abusivos que golpeaban a los más pequeños se llevaron una desagradable sorpresa que me hizo popular incluso cuando entré al liceo o colegio secundario. Allí tuve que defenderme a golpes contra varios condiscípulos que me veían muy tímido con nuestras compañeras del liceo; recuerdo que nunca tuve novia entre ellas, pese a ser tan popular, pero sí tenía una chica vecina con la que jugábamos a los besos y abrazos a pesar de tener continuos disgustos.

Mi vida en el liceo transcurrió en peleas por las burlas que hacían de mis bigotes, pestañas largas y cejas muy bien dibujadas. ¡Ah, cómo echo de menos ese cabello abundante, negro y con tintes azules! Pasado los treinta años comenzó a caer mi pelo de la cabeza, cejas y pestañas, sin que ningún remedio lo pudiera evitar.
Entre mis aspiraciones para mi futuro estaba aquella de ser arquitecto o periodista, pero no había dinero para ingresar a la universidad. Retirado de la vida espiritual de la iglesia, comencé a ayudar a Carabineros (policía uniformada) a atrapar delincuentes, sin saber que en mi ciudad había una unidad de Detectives. Y de esta manera, sin percatarme, me fui aproximando a la policía civil (Detectives) en cuyas filas haría mi futura carrera.


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