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 La Posada de los Brujos. Capítulo 12.

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Jaime Olate
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MensajeTema: La Posada de los Brujos. Capítulo 12.   Miér Feb 08, 2012 8:19 pm

Capítulo 12

Dolor en el Paraíso.
Ambas se pusieron de pie, invitándolo a salir al jardín, que resultó ser un pequeño parque con gran diversidad de árboles nativos y exóticos, además de flores de exquisita belleza. Por los senderos que surcaban el bien cuidado prado se atravesaban tranquilamente los pavos reales y avecillas silvestres tan acostumbradas a las personas que no les prestaban atención; caminando en los crujientes y pequeños senderos de guijarros, el joven respiraba con deleite el perfume de la naturaleza.
A la izquierda y justo detrás de la casona, la enorme piscina de tamaño olímpico rodeada de todas las comodidades que el dinero puede dar. Su color azul turquesa atraía sus miradas, donde llegaron a descansar después del paseo, no sin antes admirar la casa de espléndido aspecto que, según las señoritas, vivía un matrimonio de ancianos sirvientes, el mayordomo Pascual y su esposa Angélica, que también eran como de la familia. Ya no le llamó la atención otra vivienda similar detrás del bosquecillo, se le informó que era ocupada por el matrimonio de araucanos, junto a la cual se veía el canil o corral de los dos perros de presa tan bien adiestrados. Al lado, otra construcción más grande; supieron que era ocupada por el chofer Jacobo y el personal de la cocina.
Después del breve paseo tomaron asiento junto a una elegante mesa de vidrio en sillas de madera con blandos cojines y protegidos de los inclementes rayos del sol por un techo artesanal de excelente gusto. Los reflejos de la luz diurna jugueteaban en sus rostros, pues estaban a escasos metros de las azules aguas.
La fuente de las “Tres Gracias” que habían divisados antes, adornaba un rincón de aquel pequeño paraíso; donde un conjunto de tres doncellas que llevaban jarrones sobre sus hombros, dejaban caer el trasparente líquido alegremente en tres chorros sobre plantas de loto, refrescando el ambiente.
Con las conocidas campanillas de vidrio, doña Matilda llamó a las dos bellas sirvientas, Lupe y Nalda, y con su voz suave les pidió que trajeran algunas exquisiteces. La mirada de la estupenda Lupe, atractiva, hermosa y deseable, se tropezó un par de segundos con la del joven; la sonrisa pícara e invisible para sus amas, tuvo la virtud de sacarlo de su serenidad, pero se repuso y la observó fijamente, logrando ponerla un poco torpe. Ella se desquitó con un coqueto mohín antes de retirarse.
También llegó una señora entradita en kilos, con aspecto de mulata, muy alegre; su personalidad arrolladora y su sonrisa de blancos dientes le resultaron simpáticas.
—Flora —el nombre de la morena fue pronunciado con cariño por la señorita Isabella—, hágame el favor de preparar una bandeja con esos exquisitos pastelillos y bebidas que tan bien sabe hacer usted. Mis “sobrinitas” los servirán.
Con la alegría de vivir, la alegre, simpática y buena moza cocinera se retiró tarareando suavemente una melodía carioca.
—Con todo respeto, estimadas damas, veo que tienen más servidumbre —la observación del sabueso era muy pertinente, pues veía la necesidad de investigar a todo el personal que trabajaba en el lugar.
—Mmm, ella es Flora, la alegre Flora, una de nuestras dos cocineras, la contratamos cuando llegó hace muchos años desde Brasil; además de ella tenemos a la chilena Estela. Ambas se van los fines de semana, sábado y domingo, a menos que las necesitemos por algún motivo especial.
Lucas pidió un té verde que le agradó mucho y aceptó encantado diferentes pastelillos que las sirvientas le ofrecieron con sus hechiceras sonrisas. Desde un costado de la enorme y hermosa casona vio al gigantesco “Caupolicán” con su alta y gruesa esposa, o “Fresia” como los había bautizado el travieso Checho a los fieles sirvientes de la familia Carusso, los mapuches José y María. Una suave e irónica mueca jugueteó en los labios del joven, pues también los imaginaba igual a los legendarios araucanos que por su bravura pasaron a la historia del mundo. Junto a ellos, pequeñita y desvalida, venía la joven Gina con sus anteojos de grueso marco y su traje demasiado amplio para su talla que la hacían aparecer como una estudiante secundaria ante sus temibles guardianes.
La muchacha parecía no mirar, pero acariciaba las plantas y las flores; el bello trino de un zorzal la sacó de su abstracción para mirar el árbol donde estaba posada la avecilla, quien seguía tranquilamente entonando sus melodías, sabedora que los extraños seres humanos no eran un peligro para ella.
—Mi querida niña —la voz de doña Matilda rezumaba amor y ternura por la muchacha, quien, cual gatita mimada se sentó a su lado y apoyó su rubia cabellera en su pecho—. Te ruego hables con el señor De los Ríos…, él es un buen amigo de la familia y permanecerá algún tiempo con nosotros. Me gustaría que lo escucharas; es un joven de bien, educado y muy sensible, no olvides que es un artista.
La joven, con la mirada perdida, y con voz sorprendentemente musical, murmuró: “Cómo está señor De los Ríos”. Sus ojos parecían resbalar en el rostro de Lucas, quien creyó descubrir un brevísimo instante de interés en él. Sintió tanta compasión por la enferma que se prometió a sí mismo ayudarla en el triste trance en que se encontraban la pálida joven y su familia.
—Por favor, señorita, me sentiría muy honrado si me llamara por mi nombre, Lucas…
La voz de ella repitió hipnóticamente “Lucas… Lucas… ¡Oh, sí, don Lucas!”. Sus labios se sellaron y su atención la dedicó a una hermosa mariposa que pasó junto a ellos; la siguió un trecho sobre el prado y luego cayó en el mutismo de la dolencia que la alejaba del mundo real.
La señorita Matilda la observaba con una mezcla de cariño y dolor; suspiró profundamente y se dedicó a atender a su joven huésped.
El cálido sol de ese atardecer comenzó a declinar detrás de los cerros de la costa y el grupo se dirigió en animada conversación hacia la mansión, pasando frente a la enorme cochera donde estaba una media docena de lujosos automóviles de prestigiosas marcas. Mientras los pajarillos tenían una alegre fiesta con las últimas luces del día en los follajes de preciosos árboles nativos que dieron inicio a una danza ante la suave brisa que anunciaba el fin de la jornada.
A Lucas le pareció hasta sensual el movimiento susurrante de las ramas, máxime cuando de reojo descubrió a la pícara Lupita en la ventana del segundo piso asomaba parte de su espléndida belleza con el evidente propósito de mostrarse al joven.

(Continuará: “Un Fantasma que Mata”)
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