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 El Tsunami ya Llegó (III Final)

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Jaime Olate
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MensajeTema: El Tsunami ya Llegó (III Final)   Sáb Ago 12, 2017 12:31 pm

Esperando el Maremoto.

Los tsunami o maremotos sólo los había visto en el cine, en películas como “Infierno Verde”; nunca había presenciado uno real, creo más bien que no me di cuenta cuando entraban al Golfo de Arauco. No recuerdo si conté que el Golfo tiene a su entrada una larga isla llamada Santa María; esta sufre los embates de los maremotos, cuya fuerza disminuye ostensiblemente y a mi puerto las olas llegan muy, muy débiles.

Mi hermana Eliana, muchísimo más despierta que yo, durante los terribles días de fines de mayo de 1960, tuvo la oportunidad de contarme que YA HABÍAMOS TENIDO MAREMOTOS en los puertos de Coronel y Lota. Simplemente yo no me había dado cuenta, pues en mi inocencia de niño creía haber visto olas relativamente normales que entraban a la ciudad unos 300 metros y que yo confundía con ese fuerte oleaje que sucede algunas veces; visitaba hasta el rompeolas que confundía con adornos frente al mar para que los visitantes apoyáramos nuestros codos y contempláramos el paisaje, sus embarcaciones y los atardeceres.
Así tuve consciencia que mi vida infantil había transcurrido entre juegos, peleas, aventurillas y todo lo inherente a mi feliz existencia. Entonces supe que las grandes y arrastradas olas que llegaban a la calle principal eran maremotos; que el agua se va de vuelta al mar por los colectores de agua lluvia junto a la acera de la calzada.

Regresando al relato, el Sargento de Carabineros se separó de mí para ir a su Cuartel y yo dirigí mis pasos hacia donde mi prima, donde se suponía estaba toda la familia aguantando los continuos sismos. Me llamó la atención que en las calles no había nadie, que por más que golpeé la puerta no obtuve respuesta; sentí que mi corazón se oprimía ante un temor extraño, pues no había vecinos ni un alma para donde mis ojos miraran. ESTABA SOLO, tan solitario, al extremo que no había ni perros vagos; caminé hacia mi casa … NADIE EN LAS CALLES, me parecía estar en medio de una pesadilla. Era un terrible sueño del cual no podía despertar, mi vista se dirigió de vuelta hacia las calles céntricas y para mi alivio vi a mi hermanita, con su barriga abultada que esperaba a su segundo hijo.  Tan asustada como yo me preguntó si había visto al resto de la familia; se había separado para buscarme, nuevamente estábamos solos, ya no como mellizos en el vientre de nuestra madre.
“Dicen que viene un enorme maremoto”, lacónicas palabras para que nos tomáramos de la mano y nos dirigimos a la calle Lautaro que es una de las vías obligadas para subir a los cerros. Con alivio vimos el camión de su marido cargando colchones y bidones con agua, incluso botellas de vino y bolsas con ropas. Estaban subiendo a viejos amigos.

Una de las escenas que no olvidaré tan fácilmente fue la calle Lautaro. Era un desfile enorme, de nunca acabar, de gente pobre que tiraban de sus carros de mano con ropas e incluso con ancianos y enfermos. Naturalmente que impedían el libre acceso de camiones y automóviles que tocaban sus bocinas en un ruido infernal; nos costó entrar en ese torrente de gente que huía despavorida hacia los cerros, pero finalmente nos sumamos a la larga fila que, cual emigrantes de una guerra, caminábamos para huir del tsunami.
Recuerdo que con inquietud mirábamos hacia el mar y murmurábamos entre nosotros, esperando alcanzar las alturas que nos salvarían. Un viejo comerciante de origen árabe, con una pequeña nieta en sus brazos, le suplicó a mi cuñado llevarlos en el camión. Le hicimos espacio y tratamos de alentarlo con nuestras bromas, pero no le hicieron gracia y decididamente despreció conversar con nosotros; recuerdo que este viejo avispado me quitó el colchón que me correspondía y todos esos días que permanecimos en la subida a la montaña debí dormir en el suelo. Mi madre y mis tíos aprobaron mi sacrificio, aunque el viejo comerciante nunca tuvo una palabra de agradecimiento. Total, sólo cumplí con mi deber humanitario.

Dios nunca me ha abandonado y fue así al llegar al Cerro Corcovado, el inicio para ascender la montaña de Nahuelbuta, me encontré de frente con una amiga que nos saludó y mi tía Elisa la abrazó “ ¡Ay, m`ijita linda, usted también huyendo del maremoto!”. Mientras ellas intercambiaban sus temores, observé que se estaba oscureciendo y que las nubes amenazaban dejar caer la llovizna que caracteriza esa parte de nuestro país. Me sorprendí porque las veía de color rojizo; subí nuevamente al camión y vi como en todas las lomas habían encendido hogueras para soportar el frío.
Entretanto, Hilda mi amiga, sacó un manojo de llaves y me lanzó una mirada extraña, pues un tiempo fuimos novios y terminamos un poco enojados. Con su dedo índice, sin dejar de mirarme, señaló una pequeña población de casas nuevas. Recién, con el susto que me embargaba, me di cuenta que había olvidado que ella era una empleada en la venta de dichas casas.
Casi con desprecio volteó tomó de la mano a mi querida tía Elisa y caminaron por entre las construcciones, en tanto que la mayoría de nuestro grupo las seguimos. Mi excompañera de juegos amorosos sacó una llave, abrió la puerta de una de las viviendas recién construidas y se la entregó a mi tía.
Con un poco de cortedad acudí a darle las gracias y ella me contestó con gestó de desdén con su mano.

Era tanta la multitud que huía del maremoto que venía y que necesitaba víveres, carbón de madera, etc. para poder acampar, que los pequeños boliches del cerro nunca ganaron tanto dinero como esos días al vendernos sus productos.
De modo que adquirimos, velas, carbón y otras mercaderías. Esa noche nos acomodamos unas quince personas dentro de la pequeña casa. Y, como éramos una gran mayoría de jóvenes, pese al temor que nos embargaba, jugamos a las cartas, cantábamos y hasta bailábamos. Pese a que no nos embriagábamos, manteníamos una botella de vino en una mesa que, junto a varias sillas que nos prestó Hilda, la usábamos de SISMÓGRAFO, pues veíamos cuando el líquido se movía.
Esa noche, aunque el temor lo guardábamos en secreto, dormimos como benditos pese a que la tierra no dejaba de temblar. El amanecer del día siguiente, lunes 23 de mayo de 1960, el sol se dignó a aparecer y … nadie quería bajar a la ciudad, aun cuando las noticias que escuchábamos en las radios a batería informaban que el maremoto ya había sucedido y dejado una estela de muertos tanto en nuestro país como en el oriente. Japón recibió los embates más fuertes de las enormes olas originadas en el sur de Chile.
Ustedes se preguntarán por qué no queríamos abandonar la seguridad de los cerros. La explicación es fácil de comprender, todo el día, a cada hora, cada cinco minutos, notábamos que el suelo se nos movía. Ora fuerte, tal vez grado cinco, ora despacio, dos o tres grados Richter; prácticamente todos los días había terremotos sobre los cinco o seis grados que en otros países son fuertes sismos. No es jactancia, para nosotros los chilenos acostumbrados a vivir en el país más sísmico del planeta, incluyendo a Nueva Zelandia, son sacudones que nos ponen atentos para no ser aplastados por muros o árboles. Sabido es que la reiteración de un fenómeno hace que el ser humano se aclimate y lo considere como parte del paisaje.
Era curioso ver como las familias acomodadas tenían tiendas de lona, organizaban asados y sus automóviles emitían música y noticias, sin ninguna gana de retornar a sus hogares. En nuestro grupo, al que se sumó Hilda, contábamos chistes de subido tono y aventurillas, verdaderas o inventadas.
Entre mis malas costumbres, además de ser un peleador callejero que aprendió jiut jitsu a los doce años de edad, usaba honda (no tira piedras de goma), arco y flecha, lanza o jabalina todo aprendido entre mis amigos mapuches.
Aprendí a los 9 años a lanzar el cuchillo, que para mí era una diversión más; siempre porto uno por costumbre de aquellos puñales que fabricaba mi padre. Recuerdo que ese día soleado llegó a desafiarme Hilda que me vio clavar mi arma en la madera; se colocó afirmando su espalda en la pared y me miró con burla, “Veamos que tan capaz eres de tirar como en el circo”. Fue un error su desafío, me puse frente a ella y sin mayores trámites le lancé el cuchillo, pretendiendo clavarlo a unos treinta o cuarenta centímetros de su cuello.
Creo que mis nervios que ya estaban muy malos por la tensión diaria, me jugaron una mala pasada y el arma se clavó a unos 5 ó 7 centímetros de su hermoso cuello. Lanzó una exclamación de susto y con rabia la arrancó y me siguió, dispuesta a herirme. Bueno, agradezco que era muy rápido para correr que quizás hoy luciría una cicatriz por mi falta de criterio en tales juegos. De hecho nunca más hice tal broma y hoy pienso que los habitantes del  ”salvaje oeste” habían influido demasiado en nuestras vidas. Hilda, en su furia no quiso entregarme el puñal, pero lo dejó clavado en la casa que ocupábamos.

Como la jactancia de ser valientes y aguerridos es una característica más de los mineros, a pesar de los fuertes temblores esa segunda noche un grupo de muchachos bajamos a la ciudad. La verdad es que apenas andaban trabajadores que reparaban las casas dañadas, incluido mi tío Juan y mi cuñado en la casa y negocio del centro.
Nos hicimos los tontos y fuimos al Hotel La Bolsa, frente al teatro, a comer algo y beber algunas cervezas. Nos sucedieron algunos percances de los cuales hoy me rio: primero, el dueño en persona nos abrió la puerta con un aspecto de obrero de la construcción, pues estaba reparando los daños del terremoto. Segundo: nos elevó a “garabatos” (groserías) por no estar ayudando y tercero… llamó a los Carabineros ( Policía uniformada) que nos agarraron de un brazo y sacaron del hotel. Claro, como nos conocían nos soltaron en la calle muertos de la risa “¡Ja, cumplimos con nuestro deber … sacar a este grupo de vagos inútiles !”. Se fueron riendo y se despedían moviendo las manos.
Solo un negocio nos atendió. Valiente nuestro amigo dueño de un restaurante cercano a unos doscientos metros de las olas del mar. Ciertamente no estábamos muy tranquilos tragando nuestros emparedados que empujábamos con tragos de cerveza. Envalentonados con la bebida alcohólica nos reíamos de las personas que miraban con temor las construcciones que podían derrumbarse encima de ellas. Regresamos a la seguridad del cerro a la medianoche y notamos que todos los adultos habían retornado a sus viviendas: al quedar solos, mirando las fogatas de los cerros, nos juntamos con otros “pinganillas” que se divertían también y la claridad de la mañana siguiente nos sorprendió bebiendo y contando chistes con las muchachas que estaban muy atrevidas con la ingesta de alcohol. Total, no había ningún viejo que nos llamara la atención.

El miedo se nos había quitado, queríamos aparecer muy hombres ante las chicas y nos reíamos cuando alguien exclamaba “¡Está temblando!”. Durante el amanecer notamos que algunos avispados habían desaparecido con otras tantas muchachas; seguramente amanecieron durmiendo bajo la complicidad de las retamas.

Los sismos se fueron haciendo cada vez menores, vagamente recuerdo que pasamos cerca de diez días en ese cerro. Me percaté que los adultos habían regresado todos a sus casas y nosotros … celebrando cada temblor con risas y música.
Creo que fue esa nuestra reacción a los terribles sucesos de 1960. Por otro lado supe, cercano a nueves meses posteriores, que varios de mis amigos habían resultado ser padres solteros. A mí no me metan en ese mismo saco, porque continuaba siendo “pavito”, “quedado en las huinchas”, etc., pero … me libré de males mayores.  

He relatado a grandes rasgos estas aventuras, dejando a un lado los sacrificios que debimos hacer al quedar Coronel y Lota aislados de Concepción por haberse caído el puente sobre el ancho rio Bío Bío. Salimos adelante y ya nunca más nos asustamos con temblores o terremotos menores al GRAN TERREMOTO DE VALDIVIA.
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