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 El restorán

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Ivo Marinich
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MensajeTema: El restorán   Jue Jul 21, 2016 12:51 am

El reloj de pared, ubicado justo en frente a la puerta de entrada del restorán, daba las veinte horas. Su característica voz de campanas era minimizada por la algarabía de los comensales, algarabía que a su vez reducía a un eco tímido la música resonante. Se trataba de un espacio amplio, bello a la vista de quienes no tenían la costumbre, mundano al gusto del que conocía las minucias. La mayoría de las mesas, desde incluso antes que el restorán se supiera restorán, estaban ubicadas en el centro, como aglutinadas, casi sin espacio la una de la otra, cercanas a la cocina y los baños, mientras que en los extremos sobraba espacio porque allí éstas estaban repartidas equitativamente. Afuera, la cercanía con el mar formaba una niebla espesa que transitaba las calles desoladas; adentro, no era niebla sino humo lo que formaba un velo blanco proveniente del centro que como olas de aire cubría las mesas, velo que entraba y salía de los pulmones, velo que cobraba densidad con cada exhalación ansiosa y se disipaba al llegar a los extremos menos concurridos.

Entre aquellos comensales había tres explotando en carcajadas dolorosas. Vaciaban los platos, tomaban el vino y pedían más para amontonar en estómagos satisfechos; más y más comida, que si no rebalsaba la bandeja se ofendían, y una vez obtenían lo suyo resonaban nuevamente las risotadas con golpes de palma a la mesa. Cenaban los tres en una zona distinguida del centro; su mesa estaba ubicada en una superficie tres escalones más elevada del resto del salón, distintos eran los asientos, las decoraciones y atención de los mozos. Cierto es que ante las risas impertinentes algunos comensales de tanto en tanto los miraban con cierto gesto de reproche, mientras otros siquiera escuchaban, o simulaban no hacerlo, pues toda su atención iba enfocada a un rápido masticar que les permitiera ingerir. No faltaron los enfadados que llamaron al mozo con la mano y le demandaron que los hiciera callarse, pero siempre venía aquel con el mismo cuento, que aquellos tres tenían fuero exclusivo bajo el respaldo de las máximas del restorán, que estaba todo aclarado en el estatuto ubicado en el mueble junto a la puerta de entrada, y sin más se retiraba tan solemne como se había acercado. Así fue cada vez que le solicitaban al mozo una llamada de atención a los tres distinguidos, éste remitía al estatuto del establecimiento ubicado en el mueble junto a la puerta de entrada, y ante esta singular contestación terminaban acallando sus reclamos, agachando la cabeza y continuando con su cena, tratando de distraerse en la conversación para dejar de oír las risotadas. Los hubo también que abandonaron el restorán en un ataque de ira, pero poco tardaban en reingresar, pues apreciaban mucho el recinto, sentían la calidez de un hogar y abandonarlo les costaba horrores. No obstante y sin embargo, hubo también quienes se marcharon para regresar sólo en los recuerdos.

Sucedió que uno de aquellos tres, ebrio y aguantando la risa a cada paso, deambuló por entre las mesas con un plato de comida en la mano que ofreció a uno de los comensales cuya atención iba enfocada a masticar e ingerir. A cambio, casi sin poder hablar, pidió que le entregara los cubiertos. Cuando accedió, le dio en mano los cubiertos y comenzó a comer con las manos, el ebrio se echó al piso agarrándose el abdomen mientras los otros dos hacían lo propio desde la zona distinguida en el centro. Y cuando cesó la risa volvió corriendo a la mesa distinguida, tomó otro plato rebalsado, y de nuevo lo ofreció a uno enfocado en masticar e ingerir a cambio de que le diera los cubiertos. Otra vez, con brillo en los ojos ante la ofrenda, le fueron entregados los cubiertos. Otra vez vio como juntaban la masa del plato con ambas manos y la llevaban a la boca abierta con la desesperación de un animal hambriento. Y otra vez volvió a caer tendido en el suelo producto de una risa que electrificaba su cuerpo desde la panza hacia las extremidades. Repitió la maniobra para repetir la risa, y cuando se agotaron los platos en la mesa distinguida ordenó al mozo que trajera más y más, inmediatamente. Los otros no tardaron en imitar al primero, y pronto se los vio recorriendo el salón con platos ampulosos, reclamando cubiertos que fueron a parar a la mesa distinguida, apilándose como esqueletos de metal. Algunos de los comensales los miraban como se mira lo aborrecible, otros, en cambio, contentos por poder responder la súplicas del estómago, los creían filántropos risueños.

Cuando obtuvieron risa suficiente volvieron a la mesa distinguida y demandaron más comida para seguir hinchándose sin sentido. Hubo un momento de paz para el resto de los comensales, pues los tres alborotadores permanecieron en silencio, molestos por la tardanza de los platos; los mozos advirtieron esto y entraron a la cocina lanzando gritos para que apurasen los pedidos. Pese al sosiego que ahora inspiraba el salón, se despertó cierto recelo entre los demás clientes, como si una gruesa grieta se hubiera formado en el suelo para dividir juicios dispares. Los unos loaban a los tres risueños; los otros, empero, los criticaban severamente. Y esto convirtió el restorán en un campo de batalla en el que los proyectiles eran las miradas entrecerradas y los ácidos comentarios musitados.

Ya cansados de tanta espera, necesitados de nueva risa, salieron los tres nuevamente hacia las mesas del derredor, esta vez metiendo las manos en los bolsillos para retirar monedas de un centavo que lanzaban por todos lados, y cuando la desesperación los levantaba de las sillas para echarse encima de los insignificantes metales, volvía la algazara de la risa a resonar como chillidos de hienas. Mientras más felices los veían levantar las monedas del suelo, más sonaban sus carcajadas y entre ellos se codeaban casi sin poder respirar. Así estuvieron un buen tiempo, viéndolos revolcarse y reñir por los centavos dispersos, hasta que se quedaron sin cambio y regresaron a la mesa distinguida, secándose las lágrimas, justo a tiempo para recibir los platos desbordantes que los mozos sudorosos dejaban sobre la madera.

Terminaron de comer y pidieron la cuenta, molestos, impacientes. El mozo regresó al rato con una factura cuya fila de dígitos les fue indiferente, e inmediatamente, entre nuevas risas desorbitadas, ordenaron que el monto sea anotado a la cuenta del resto de los comensales. El mozo accedió con la cabeza y se retiró. Los demás clientes escucharon la solicitud pero permanecieron sentados, haciendo un esfuerzo descomunal por continuar con sus respectivas conversaciones para olvidar la infortuna, y sólo uno de ellos, mejor decir, una de ellos, se levantó de la mesa y decidida se acercó a preguntarles por qué hacían todo lo que hacían. Como no podía ser de otra manera, respondieron con un estruendo de risas fusionadas, y sólo después de recuperarse de semejante sacudón, lograron contestar:
—Porque podemos.
Así, otra vez decepcionada, la mujer regresó a su mesa y siguió cenando, escuchando las risas, fingiendo no escuchar.
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MensajeTema: Re: El restorán   Jue Jul 21, 2016 1:26 pm

Eres un buen cuentista por estilo e idea, por lo que mereces nuestros aportes para que sepas cómo repercuten tus letras en el lector.
Pero antes, ten presente que son sugerencias para ampliar tu conocimiento, las decisiones son tuyas.

“…eco tímido la música resonante.” Ojo con los adjetivos, resonante no es para un eco tímido.
“…bello a la vista de quienes no tenían la costumbre,” La costumbre de qué, está inconcluso.
“…sino humo (de tabaco) lo que formaba un velo” Si describes con precisión el sitio, debes hacerlo siempre.
“…desde la panza hacia las extremidades.” Para el tono con que vienes narrando, estómago es más apropiado que panza.

El cuento es fuerte, crea expectativas, y sobre todo, no se aparta de la idea que quiere plasmar. O sea, es un buen cuento.
El final es excelente, porque lejos de explicarle al lector lo obliga a pensarlo, que es lo que más le gusta a los exigentes.
La debilidad está en el por qué los otros comensales deben soportar a los especiales. Por ejemplo, que la comida es excelente y muy barata.
La niebla del exterior es un divague inmerecido para el cuento. Si la invocas, el lector cree que tiene importancia para la historia, y cuando ve que no, se defrauda.
Te seguiré leyendo en otros.

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MensajeTema: Re: El restorán   Jue Jul 21, 2016 2:03 pm

Agradezco mucho su comentario. Uno publica en este sitio justamente para, como dice usted, ver cómo repercuten las letras en el lector. Agradezco también las sugerencias, serán tenidas en cuenta para siguientes escritos.
Es mediante críticas como la suya que uno puede escalar sobre sí mismo.
Saludos!
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MensajeTema: Re: El restorán   Jue Jul 21, 2016 3:55 pm

A las órdenes.

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