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 UN CUENTO TRISTE ---EL HIJO... DE HORACIO QUIROGA

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MensajeTema: UN CUENTO TRISTE ---EL HIJO... DE HORACIO QUIROGA   Sáb Jun 21, 2014 2:40 am




UN CUENTO TRISTE ---EL HIJO... DE HORACIO QUIROGA

Cuento.


Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación. La naturaleza, plenamente abierta, se siente satisfecha de sí.
Como el sol, el calor y la calma ambiente, el padre abre también su corazón a la naturaleza.

-Ten cuidado, chiquito -dice a su hijo, abreviando en esa frase todas las observaciones del caso y que su hijo comprende perfectamente.

-Si, papá -responde la criatura mientras coge la escopeta y carga de cartuchos los bolsillos de su camisa, que cierra con cuidado.

-Vuelve a la hora de almorzar -observa aún el padre.

-Sí, papá -repite el chico.

Equilibra la escopeta en la mano, sonríe a su padre, lo besa en la cabeza y parte. Su padre lo sigue un rato con los ojos y vuelve a su quehacer de ese día, feliz con la alegría de su pequeño.

Sabe que su hijo es educado desde su más tierna infancia en el hábito y la precaución del peligro, puede manejar un fusil y cazar no importa qué. Aunque es muy alto para su edad, no tiene sino trece años. Y parecía tener menos, a juzgar por la pureza de sus ojos azules, frescos aún de sorpresa infantil. No necesita el padre levantar los ojos de su quehacer para seguir con la mente la marcha de su hijo.

Ha cruzado la picada roja y se encamina rectamente al monte a través del abra de espartillo.

Para cazar en el monte -caza de pelo- se requiere más paciencia de la que su cachorro puede rendir. Después de atravesar esa isla de monte, su hijo costeará la linde de cactus hasta el bañado, en procura de palomas, tucanes o tal cual casal de garzas, como las que su amigo Juan ha descubierto días anteriores. Sólo ahora, el padre esboza una sonrisa al recuerdo de la pasión cinegética de las dos criaturas. Cazan sólo a veces un yacútoro, un surucuá -menos aún- y regresan triunfales, Juan a su rancho con el fusil de nueve milímetros que él le ha regalado, y su hijo a la meseta con la gran escopeta Saint-Étienne, calibre 16, cuádruple cierre y pólvora blanca.

Él fue lo mismo. A los trece años hubiera dado la vida por poseer una escopeta. Su hijo, de aquella edad, la posee ahora y el padre sonríe...

No es fácil, sin embargo, para un padre viudo, sin otra fe ni esperanza que la vida de su hijo, educarlo como lo ha hecho él, libre en su corto radio de acción, seguro de sus pequeños pies y manos desde que tenía cuatro años, consciente de la inmensidad de ciertos peligros y de la escasez de sus propias fuerzas.

Ese padre ha debido luchar fuertemente contra lo que él considera su egoísmo. ¡Tan fácilmente una criatura calcula mal, sienta un pie en el vacío y se pierde un hijo!

El peligro subsiste siempre para el hombre en cualquier edad; pero su amenaza amengua si desde pequeño se acostumbra a no contar sino con sus propias fuerzas.

De este modo ha educado el padre a su hijo. Y para conseguirlo ha debido resistir no sólo a su corazón, sino a sus tormentos morales; porque ese padre, de estómago y vista débiles, sufre desde hace un tiempo de alucinaciones.

Ha visto, concretados en dolorosísima ilusión, recuerdos de una felicidad que no debía surgir más de la nada en que se recluyó. La imagen de su propio hijo no ha escapado a este tormento. Lo ha visto una vez rodar envuelto en sangre cuando el chico percutía en la morsa del taller una bala de parabellum, siendo así que lo que hacía era limar la hebilla de su cinturón de caza.

Horrible caso... Pero hoy, con el ardiente y vital día de verano, cuyo amor a su hijo parece haber heredado, el padre se siente feliz, tranquilo y seguro del porvenir.

En ese instante, no muy lejos, suena un estampido.

-La Saint-Étienne... -piensa el padre al reconocer la detonación. Dos palomas de menos en el monte...

Sin prestar más atención al nimio acontecimiento, el hombre se abstrae de nuevo en su tarea.

El sol, ya muy alto, continúa ascendiendo. Adónde quiera que se mire -piedras, tierra, árboles-, el aire enrarecido como en un horno, vibra con el calor. Un profundo zumbido que llena el ser entero e impregna el ámbito hasta donde la vista alcanza, concentra a esa hora toda la vida tropical.

El padre echa una ojeada a su muñeca: las doce. Y levanta los ojos al monte. Su hijo debía estar ya de vuelta. En la mutua confianza que depositan el uno en el otro -el padre de sienes plateadas y la criatura de trece años-, no se engañan jamás. Cuando su hijo responde: "Sí, papá", hará lo que dice. Dijo que volvería antes de las doce, y el padre ha sonreído al verlo partir. Y no ha vuelto.

El hombre torna a su quehacer, esforzándose en concentrar la atención en su tarea. ¿Es tan fácil, tan fácil perder la noción de la hora dentro del monte, y sentarse un rato en el suelo mientras se descansa inmóvil?

El tiempo ha pasado; son las doce y media. El padre sale de su taller, y al apoyar la mano en el banco de mecánica sube del fondo de su memoria el estallido de una bala de parabellum, e instantáneamente, por primera vez en las tres transcurridas, piensa que tras el estampido de la Saint-Étienne no ha oído nada más. No ha oído rodar el pedregullo bajo un paso conocido. Su hijo no ha vuelto y la naturaleza se halla detenida a la vera del bosque, esperándolo.

¡Oh! no son suficientes un carácter templado y una ciega confianza en la educación de un hijo para ahuyentar el espectro de la fatalidad que un padre de vista enferma ve alzarse desde la línea del monte. Distracción, olvido, demora fortuita: ninguno de estos nimios motivos que pueden retardar la llegada de su hijo halla cabida en aquel corazón.

Un tiro, un solo tiro ha sonado, y hace mucho. Tras él, el padre no ha oído un ruido, no ha visto un pájaro, no ha cruzado el abra una sola persona a anunciarle que al cruzar un alambrado, una gran desgracia...

La cabeza al aire y sin machete, el padre va. Corta el abra de espartillo, entra en el monte, costea la línea de cactus sin hallar el menor rastro de su hijo.

Pero la naturaleza prosigue detenida. Y cuando el padre ha recorrido las sendas de caza conocidas y ha explorado el bañado en vano, adquiere la seguridad de que cada paso que da en adelante lo lleva, fatal e inexorablemente, al cadáver de su hijo.

Ni un reproche que hacerse, es lamentable. Sólo la realidad fría, terrible y consumada: ha muerto su hijo al cruzar un... ¡Pero dónde, en qué parte! ¡Hay tantos alambrados allí, y es tan, tan sucio el monte! ¡Oh, muy sucio ! Por poco que no se tenga cuidado al cruzar los hilos con la escopeta en la mano...

El padre sofoca un grito. Ha visto levantarse en el aire... ¡Oh, no es su hijo, no! Y vuelve a otro lado, y a otro y a otro...

Nada se ganaría con ver el color de su tez y la angustia de sus ojos. Ese hombre aún no ha llamado a su hijo. Aunque su corazón clama par él a gritos, su boca continúa muda. Sabe bien que el solo acto de pronunciar su nombre, de llamarlo en voz alta, será la confesión de su muerte.

-¡Chiquito! -se le escapa de pronto. Y si la voz de un hombre de carácter es capaz de llorar, tapémonos de misericordia los oídos ante la angustia que clama en aquella voz.

Nadie ni nada ha respondido. Por las picadas rojas de sol, envejecido en diez años, va el padre buscando a su hijo que acaba de morir.

-¡Hijito mío..! ¡Chiquito mío..! -clama en un diminutivo que se alza del fondo de sus entrañas.

Ya antes, en plena dicha y paz, ese padre ha sufrido la alucinación de su hijo rodando con la frente abierta por una bala al cromo níquel. Ahora, en cada rincón sombrío del bosque, ve centello de alambre; y al pie de un poste, con la escopeta descargada al lado, ve a su...

-¡Chiquito...! ¡Mi hijo!

Las fuerzas que permiten entregar un pobre padre alucinado a la más atroz pesadilla tienen también un límite. Y el nuestro siente que las suyas se le escapan, cuando ve bruscamente desembocar de un pique lateral a su hijo.

A un chico de trece años bástale ver desde cincuenta metros la expresión de su padre sin machete dentro del monte para apresurar el paso con los ojos húmedos.

-Chiquito... -murmura el hombre. Y, exhausto, se deja caer sentado en la arena albeante , rodeando con los brazos las piernas de su hijo.

La criatura, así ceñida, queda de pie; y como comprende el dolor de su padre, le acaricia despacio la cabeza:

-Pobre papá...

En fin, el tiempo ha pasado. Ya van a ser las tres...

Juntos ahora, padre e hijo emprenden el regreso a la casa.

-¿Cómo no te fijaste en el sol para saber la hora...? -murmura aún el primero.

-Me fijé, papá... Pero cuando iba a volver vi las garzas de Juan y las seguí...

-¡Lo que me has hecho pasar, chiquito!

-Piapia... -murmura también el chico.

Después de un largo silencio:

-Y las garzas, ¿las mataste? -pregunta el padre.

-No.

Nimio detalle, después de todo. Bajo el cielo y el aire candentes, a la descubierta por el abra de espartillo, el hombre vuelve a casa con su hijo, sobre cuyos hombros, casi del alto de los suyos, lleva pasado su feliz brazo de padre. Regresa empapado de sudor, y aunque quebrantado de cuerpo y alma, sonríe de felicidad.

Sonríe de alucinada felicidad... Pues ese padre va solo.

A nadie ha encontrado, y su brazo se apoya en el vacío. Porque tras él, al pie de un poste y con las piernas en alto, enredadas en el alambre de púa, su hijo bien amado yace al sol, muerto desde las diez de la mañana.

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Jaime Olate
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MensajeTema: Re: UN CUENTO TRISTE ---EL HIJO... DE HORACIO QUIROGA   Sáb Jun 21, 2014 8:33 pm

No sé si esta historia sucedió, pero sí que conozco varios casos de accidentes con escopeta con resultados trágicos.
Has escrito muy bien un texto que relata el drama tan repetido en el mundo. El dolor de un padre que pierde la cordura por el fallecimiento accidental de su amado hijo lo hace refugiarse en la fantasía.
Para mi propia desgracia, mientras fui policía, debí investigar casos similares.
Con las armas no se juega. Dios me libró de tal dolor o de la muerte, pues a esa edad andaba en la montaña cazando. Estupidez humana.
El recuerdo que despertaste en mi mente ha tocado profundamente mi corazón.
Cariños.
Jaime
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MensajeTema: Re: UN CUENTO TRISTE ---EL HIJO... DE HORACIO QUIROGA   Sáb Jun 21, 2014 10:35 pm

Jaime, este cuento es de un autor uruguayo Horacio Quiroga, que nació en 1878 en salto. Fue deportista y aficionado  a las ciencias, fundó la tertulia de Los tres mosqueteros y se inició en las letras bajo el patrocinio de Leopoldo Lugones. Viajó a París en 1900 e hizo una breve experiencia de la bohemia pobre. La mayor parte de su carrera transcurrió en Argentina, donde llegó a ser muy leído por sus cuentos publicados en revistas y recogidos en libro. Ejerció empleos consulares y la crítica de cine, y pasó largas temporadas en el medio rural de Misiones, en la frontera argentino-paraguayo-brasileña, ambiente del que tomó temas para sus narraciones.
Tuvo una vida dramática, siempre cercana a la estrechez económica, matrimonios conflictivos, experiencias con el hachís y el cloroformo y el constante cerco del suicidio, incidentes que alimentaron su tarea cuentista, una de las más importantes de América.Tuvo la desgracia de matar a su mejor amigo cuando limpiaba su arma,su ultima esposa se hijo murieron en circunstancias poco claras
Murió por suicidio en Buenos Aires en 1937.


En el cuento El hijo, de Horacio Quiroga, la acción narrada puede resumirse en pocas palabras: un hombre pierde a su hijo a causa de un accidente de caza. A pesar de relatarse un hecho único, el cuento alcanza una gran densidad emocional, pues su verdadero tema es el proceso psicológico mediante el cual el padre toma paulatina conciencia de que ha sido golpeado por la fatalidad.
La mayor parte del cuento es la descripción minuciosa y rica de las distintas etapas de ese proceso que comienza en una feliz y confiada espera y concluye en la patética alucinación final.
Los sucesivos pasos de la acción, se articulan mediante una graduación en el tono afectivo de las situaciones presentadas, con el objeto de crear el clima emocional del cuento:
1-  Presentación objetiva de un hecho real: padre e hijo se despiden alegremente.
2-  La acción se desplaza ahora al punto de vista del protagonista: conocemos su satisfacción frente a la alegría del hijo, lo vemos reconstruir mentalmente su camino, complacerse en evocar su imagen, reflexionar acerca de las dificultades que debió vencer para educarlo según sus principios.
3-  Referencia a sus frecuentes alucinaciones: tienen todo el carácter de una premonición, pero su tono sombrío se diluye mediante la afirmación:  "Pero hoy... el padre se siente feliz, tranquilo y seguro del porvenir,"
4-  Segunda presentación objetiva de un hecho real: suena un estampido, que ubicado en ese preciso punto de la estructura narrativa tiene el poder de instalar a la tragedia, de manera  contundente y real, en el espacio del cuento, destruyendo, no aún en el ánimo del protagonista pero sí en el del lector, toda esa felicidad expresada en el párrafo anterior.
5-  Referencia a otro elemento de la realidad exterior y objetiva: alusión a la altura del sol. Breve descripción de la naturaleza en función de señalar el tiempo transcurrido: ya es el mediodía.


A  partir de aquí el relato se limita a narrar los actos que ejecuta el padre (mirar el reloj, volver por un momento a su tarea y luego la búsqueda desesperada) y a describir paralelamente su estado de creciente angustia, el cual constituye el núcleo de significación del cuento.
Aparente desenlace del cuento (alucinación del padre, que cree ver desembocar a su hijo de un pique lateral), de carácter feliz pero irreal.
Desenlace definitivo: esta vez real pero desdichado, desti­nado exclusivamente al lector ( observemos que abandonamos al padre "sonriendo de alucinada felicidad" y no asistimos a su toma de conciencia final con respecto a la muerte del hijo) .


La importancia del tiempo en el cuento: el cuento consiste en relatar una espera, primero tranquila, luego inquieta y finalmente desesperada.
Existen frecuentes alusiones a la hora del día ("El sol, ya muy alto, continúa ascendiendo.", "El padre echa una ojeada a su muñeca: las doce.", etc.), contribuyendo, por su ubicación en el curso del relato a crear un clima de inquietud y de sombríos presagios.
Puede observarse que los lap­sos transcurridos entre la partida del hijo y el momento en que comienza la inquietud paterna, y entre éste último y el desenlace alucinatorio, son iguales: tres horas de tiempo real. No obstante, son desiguales los espacios que ambos períodos ocupan en el relato y la incidencia que cada uno de ellos tiene en el proceso psicológico que presenta el cuento.
La naturaleza, al igual que el protagonista, es presentada a través de distintos estados, vale decir sufriendo un proceso  de  transformación a medida que avanzan el día y el relato:
Plenitud: "Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que puede depara la estación. La natu­raleza, plenamente abierta, se siente satisfecha de sí."
Crispación: “El sol, ya muy alto, continúa ascendiendo. Adonde quiera que se mire -piedras, tierra, árboles-, el aire, enrarecido como un horno, vibra con el calor. Un profundo zumbido que llena el ser entero e impregna el ámbito hasta donde la vista alcanza, concentra a esa hora toda la vida tropical."
Espera: “Su hijo no ha vuelto, y la naturaleza se halla detenida a la vera del bosque, esperándolo ... "  "Pero la naturaleza prosigue detenida."


En esta tercera etapa la naturaleza se humaniza convirtiéndose en un personaje más que participa de la espera paterna.




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MensajeTema: Re: UN CUENTO TRISTE ---EL HIJO... DE HORACIO QUIROGA   Dom Jun 22, 2014 12:16 pm

Jaime Olate escribió:
No sé si esta historia sucedió, pero sí que conozco varios casos de accidentes con escopeta con resultados trágicos.
Has escrito muy bien un texto que relata el drama tan repetido en el mundo. El dolor de un padre que pierde la cordura por el fallecimiento accidental de su amado hijo lo hace refugiarse en la fantasía.
Para mi propia desgracia, mientras fui policía, debí investigar casos similares.
Con las armas no se juega. Dios me libró de tal dolor o de la muerte, pues a esa edad andaba en la montaña cazando. Estupidez humana.
El recuerdo que despertaste en mi mente ha tocado profundamente mi corazón.
Cariños.
Jaime



Jaime lamento haberte causa esa tristeza ,pero no leíste que este cuento
fue escrito por Horacio Quiroga .Ojala supiera escribir así.
Y si las armas con algo que tampoco puedo concebir ,y tuve un caso de un
amigo que jugando con una se le escapo un tiro y mato a la hermana.
Que Dios te guie siempre.
cariños de Any
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MensajeTema: Re: UN CUENTO TRISTE ---EL HIJO... DE HORACIO QUIROGA   

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