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 La infancia perdida novela Capitulo V

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Roberto Santamaría Martín
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MensajeTema: La infancia perdida novela Capitulo V   Jue Mayo 06, 2010 2:31 am

La infancia perdida novela Capitulo V





Celia despertó aquel día con la sensación de haber dormido diez horas seguidas, la presencia de su marido junto a ella, la hacía sentirse feliz. Andrés dormía aún, no quería romper su placido sueño, aproximó su cuerpo al suyo y depositó un beso en su espalda. Se dispuso a asearse para preparar el desayuno a sus hijos.

Mientras preparaba el café, reflexionaba con gesto de preocupación; sus problemas se le hacían todo un mundo, sus hijos, no tenían colegios, su marido y su hijo mayor estaban sin trabajo y para colmo los escasos ahorros que ella había conseguido a fuerza de muchos sacrificios, estaban tocando a su fin.

Andrés mientras tanto se había levantado y se disponía a lavarse y tomar un café que le ayudaría a espabilar el sueño que aún tenía.
Buenos días cariño. —saludó Celia mientras se besaban.
– Hola mi vida, qué rico es despertar y recibir tus muestras de cariño.
– ¿Sabes una cosa Andrés? A media mañana una vez que arregle la casa, tengo que ir al centro para hacer una visita, que espero nos sirva de mucha ayuda.
–y por qué no lo dejas para mañana, así te acompaño yo, hoy no puedo ya que ayer quedé con Ernesto.
– No tiene importancia cariño, no te preocupes puedo ir sola.
– ¿Y a quién vas a hacer esa visita?
– Es una sorpresa cariño, pronto sabrás de que se trata.


Salió de casa y se detuvo ante la puerta de su amiga Julia llamándola por la reja de la ventana que vio abierta.

– Julia. — llamó Celia.
– Hola Celia, buenos días amiga.
– Buenos días Julia, oye tengo que ir a una calle de Madrid y no tengo ni idea de cómo llegar.
– Y cuál es la dirección.
– Es a la calle Barquillo. —respondió Celia, mientras leía el nombre en el sobre de la carta que le dieron en el pueblo.
–¡Ya sé la conozco! Tienes que tomar el metro hasta la estación de La Puerta del Sol, una vez allí, debes hacer trasbordo y tomar la línea dos, dirección Ventas y tendrás que bajarte en la estación de Banco de España.
– Gracias cielo, voy a ver si acierto y no me pierdo por Madrid.
– Ya verás que no te pierdes mujer, es muy fácil.
– Pues me voy, a ver si llego de vuelta a tiempo para preparar la comida.

A pesar de que era la segunda vez que Celia viajaba en metro, acertó a la primera sin perderse, su amiga tenía razón había sido más fácil de lo que temía. Acababa de llegar a Banco de España y se dispuso a subir las escaleras que la separaban de la superficie. Entonces preguntó a un señor que pasaba cerca, por la dirección donde se dirigía.
– Mire usted señora, esta es la calle Alcalá, sígala en dirección Cibeles, que es aquella plaza de la fuente que se ve a lo lejos, y un poco antes de llegar a ella y a mano izquierda, está Barquillo.
– Muchas gracias señor, muy amable. — Dijo Celia iniciando la marcha.
Celia se detuvo ante un edificio de dos plantas, se trataba de un palacete, que a ella le pareció de ensueño, sacó del bolso un sobre y leyendo la dirección se dijo — Creo que es aquí. — había llegado.
Subió la escalera y preguntó a un ordenanza por la señorita Pilar Muñoz.
– ¡Sí!, suba a la segunda planta y pregunte allí por ella.
Ascendió hasta el siguiente piso y volvió a preguntar por ella. —mientras una voz femenina respondió a lo lejos. — ¡Sí!, ¿quién pregunta por mí?
– Buenos días es usted la señorita Pilar Muñoz.
– Sí, que desea usted. —preguntó una mujer de unos treinta y cinco años, que a ella le pareció guapísima.
Celia estaba muy nerviosa, no acertaba a articular ni una palabra, por lo que extendiendo la mano entregó la carta de recomendación, con un gesto de súplica en su cara.
Pilar al tiempo que leía el sobre dijo.
– Pero siéntese por favor. —mientras leía el escrito. -Mi querida amiga Pilar; aludiendo a nuestra amistad te rogaría que atendieras a Celia en todo aquello que tú puedas hacer por ella. Se trata de una buena mujer, ha trabajado en mi casa de La Lastra, en tareas de plancha y costura con una labor meritoria.
Espero poder verte pronto en Madrid, hasta entonces dale un abrazo a tu marido de mi parte y muchos besos para ti y los niños, de tu amiga que te quiere Mª del Carmen.

Una vez leída la carta de su amiga, Pilar se dispuso a atender a Celia, para ello tomó sus datos personales con una serie de preguntas.
– Por favor, dime tu nombre, apellidos y edad.
– Me llamo Celia Martín Gómez y tengo 40 años.
– Bueno Celia dime, ¿estás casada?
– Sí, estoy casada y tenemos cuatro hijos.
– Dime Celia el nombre y número de la calle donde estáis viviendo.
– vivimos en Vallecas, en el Cerro Garabitas nº veintisiete
– Dime el nombre y la edad de tu marido.
– Se llama Andrés Galán Muñoz y tiene cuarenta y cinco años
– ¿Tu marido tiene trabajo?
– No, no tiene, él lo está buscando aunque hace pocos días que estamos en Madrid.
– Dime los nombres y la edad de tus hijos
– Sí, Alfonso es el mayor y tiene diez y ocho años.
– Luego está la niña, Mari Celi con catorce.
– Después viene Anselmo de ocho, el mediano de los barones.
– y Fermín, que tiene tres, es el chiquitín de la casa.
– La casa donde estáis viviendo, ¿es vuestra?
– No, estamos viviendo en una casa que estaba deshabitada y con el tejado destruido por las bombas, gracias a unos amigos y los vecinos de estos, que la han reparado como buenamente han podido. No sé cuánto tiempo podremos aguantar ahí ya que cuando llueve, se filtra el agua formándose muchas goteras.
– Bueno Celia, de momento lo más urgente es el trabajo para tu marido y el mayor de tus hijos, y el colegio de los otros más pequeños. Aguantad lo que podáis en esa casa pues tengo información de que el nuevo gobierno tiene planes de formar el Instituto de la vivienda para alojar a los que se quedaron sin casas. En cuanto al tema del colegio, deberías buscar en vuestro barrio el que más cerca os pille. Mari Celi ya no tiene edad para seguir en el colegio, para ella en este momento habría dos opciones, una sería seguir estudiando en una academia privada, la otra sería hacer un curso de corte y confección.
– Sí, entiendo que eso sería lo mejor para mi hija, el problema es que no tenemos ingresos para cubrir ese gasto. – contestó Celia.
– No te preocupes por eso, para eso estamos aquí, para ayudar a las gentes más necesitadas, tú busca la academia que más os interese y después vienes y me traes la factura de lo que cueste y te pasaremos todos los meses el importe.

Celia se quedó reflexionando sobre la última parte de la conversación mantenida con la Srta. Pilar. Hacía pocos días que Andrés hablaba sobre ello.

-Hemos retrocedido Celia, todo aquello que habíamos conseguido durante los pocos años que duró la republica, se ha perdido. Todas las libertades y las mejoras sociales ganadas, las han borrado de un plumazo, entre ellas el absceso de la mujer a la universidad, de pronto es casi nulo ya que tan solo unas pocas elegidas entre la clase alta tiene la opción de estudiar una carrera que por supuesto tan sólo podía ser la de letras o magisterio. Al régimen no le interesa que la mujer tenga los mismos derechos que el hombre, ni siquiera entre sus dirigentes. –Mientras Celia pensaba en todo esto, de dispuso a despedirse de Pilar.
– Muchísimas gracias Señorita Pilar, le estaré agradecida eternamente. –respondió Celia con las lágrimas a punto de brotar de sus ojos.
– De nada Celia, pásate en unos días por aquí y te diré algo referente al trabajo para tu marido y tu hijo.
– De acuerdo. –dijo mientras daba un beso de despedida a Pilar, agradeciéndola de nuevo su ayuda.

©Roberto Santamaría
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