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 LA ALAMEDA DE SAUCES (PARTE 4)

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Alejandra Correas Vázquez
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Alejandra Correas Vázquez


Cantidad de envíos : 614
Fecha de inscripción : 07/10/2015

LA ALAMEDA DE SAUCES (PARTE 4) Empty
MensajeTema: LA ALAMEDA DE SAUCES (PARTE 4)   LA ALAMEDA DE SAUCES (PARTE 4) Icon_minitimeLun Sep 26, 2022 10:27 am

LA ALAMEDA DE SAUCES (parte 4)
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por Alejandra Correas Vázquez
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Hasta entonces ningún delegado, ningún Corregidor, ningún cabildante, había hecho acto de presencia en las aisladas Mercedes serranas. Desconocidas. Fronteras vivas del imperio español de ultramar. Ambientadas en tierras vírgenes donde la civilización llegara por primera vez a través suyo. Amantes de sus orígenes, como todo hidalgo campesino, los encomenderos colgaban en un lugar de honor los recuerdos de su primeros reyes —los Habsburgos o Austrias— que habíanlos dotado de aquellas heredades.

De improviso. Como una alucinación. Como un prodigio ...¡Un Marqués del Rey!... en carne viva se presentaba entre ellos y compartía su mesa.

7 – LOCRO  Y  SANCOCHO
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Aquella noche durante la cena, todo habíase transmutado  en una vida mundana. El gran mundo social vino hacia ella. Un Marqués saboreaba en esa casa el locro y el sancocho servido en la mesa, en tazones con cucharas de plata y oro, procedentes del Alto Perú.

Todo este menaje labrado en Potosí por las hábiles manos indias, de uso diario en las Mercedes, era una riqueza a la cual ellos estaban habituados como algo natural. Pero sorprendía al visitante, e ibale proponiendo ideas nuevas a Don Rafael. Los sembrados, la ganadería, el menaje de plata y oro, el lino bordado al ñandutí, las sedas chinas llegadas desde el puerto altoperuano de Arica, eran en conjunto una riqueza que —como diamante en bruto— podía reciclarse en un valor aún superior, para dar forma al porvenir de esta provincia colonial.

El Marqués de Sobremonte era un recién llegado, pero sentíase ya responsable del conjunto humano. Principiaba a ver estos atemorizados habitantes Indianos —los cuales creyeran flotar en una tierra de nadie desde que perdieran a la Compañía de Jesús— como a miembros de un gran Marquesado. Su Marquesado. Eran ya sus hijos.

Lo necesitaban. Comenzaría a volverse indispensable para todos ellos. Se harían lentamente a su usanza, y sabrían diferenciarlo.

Cada mesa iba a tener en adelante una silla para el Gobernador. Esa silla que iba a volverse tradicional en aquellas familias, encargada a los ebanistas de Lima, con brazos finos y arqueados, los pies en terminación de forma leonada, forrada en sedas de claros colores y amplia de asiento, que pudiera contener el pomposo traje versallesco de Sobremonte. “La Silla del Marqués”, subsistente por décadas en la mitología de cada familia, muy diferente al resto del mobiliario, obscuro y tallado en gruesas maderas de la selva paraguaya, creado en las carpinterías jesuíticas con un estilo portugués.

Un lugar propio para Don Rafael en cada uno de aquellos hogares, aunque estuviese vacío el resto del año y sin haberlo él solicitado. Era el modo de sentirlo cerca suyo, como un amigo coloquial. Era el liberalismo borbónico que echaba raíces nuevas en esta provincia antaño dolorida, a la cual Sobremonte proponía curar todas sus llagas, en este Marquesado sudamericano abriendo sus puertas a ideas modernas.

NOCHE  EN  LA  MERCED
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La noche irradió el resplandor de la sierra donde el cielo de altura parece más claro. Don Rafael que provenía en este viaje de la olla del Calicanto —el centro de la ciudad de Córdoba, una hondonada— admiró ese contraste esplendoroso. Los relámpagos iluminaban a lo lejos los inmensos bloques escultóricos. Su mirada penetrante, particularmente escrutadora, concentrábase en esa escenografía pura que él esperaba incorporar y desarrollar, con su administración minuciosa. Pese a las dificultades que planteaban las tribus comechingonas  de Traslasierra, habitantes de cuevas en estado neolítico.

La hora del sueño llegó para todos con la pesadez del ambiente solitario y selvático. El aroma a yerbabuena inundaba los recintos habitados en su fragancia. Se iban apagando lentamente las luces de las velas, mudas, dentro se sus lámparas. El crespín cantaba indiferente y solitario al frío nocturno. El cóndor extendió sus inmensos brazos emplumados intentando abarcar el horizonte. La Pachamama reposaba.

Los soldados vigilantes acompañaban al visitante, en su guardia nocturna. La luna iluminaba la figura del Marqués recortada en la noche negra. Dos jinetes, guardianes inseparables del gobernador reían entre sí, mientras él continuaba caminado afuera de la casa con su paso característico e imperturbable, sin preocuparse del frío.

La noche serrana continuaba espesa y helada. Los jinetes de Sobremonte seguían aguardando el relevo.
 
AMANECER  EN  LA  MERCED
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El amanecer despuntó luminoso y sin tormenta.  

La carroza rococó aún estaba allí. Relucía encerada muy limpia y blanca, con ejes nuevos. Dos jinetes elegantes de relevo, exhibíanse descansados y airosos.

La puntilla de sus puños y cuello estaba limpia, sin ningún abrojo. Había sacudido su peluca. Sus zapatos de moñito y fino taco alto, parecían brillar especialmente. Su bastón labrado sostenía dos manos enguantadas con anillos luminosos. Una pierna delante de la otra y su hermoso vestuario celeste.

El mediodía concluyó. La carroza hallábase dispuesta y aseada. Relucía como espejo. Nubes lejanas asustaron al cochero, pero no conmovieron al Marqués. El viaje estaba decidido y los jinetes prontos.

Y se alejaron por camino indescifrable de las Altas Cumbres.

Fueron perdiéndose a la distancia con su cuota de alcurnia y aventura. Se introducían en la espesura del churquizal, como si siempre hubieran pertenecido a él. Surcaban las champas entre tunales espinosos. Vadeaban arroyos mansos o crecidos, algunas veces empujando entre todos el carruaje. Nada detendría a Don Rafael María Núñez, Marqués de Sobremonte, en su empeño de llevar adelante una obra progresista.

Ni el frío gélido de las pampas, ni la escarcha de las cumbres, ni el sol espantable de las punas, ni la fronda inexplorada, ni el puma, ni la yarará. Todo aquello que atemorizaba  se abría en la senda del gobernador.


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