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 LA ALAMEDA DE SAUCES (PARTE 3)

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Alejandra Correas Vázquez
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Alejandra Correas Vázquez


Cantidad de envíos : 614
Fecha de inscripción : 07/10/2015

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MensajeTema: LA ALAMEDA DE SAUCES (PARTE 3)   LA ALAMEDA DE SAUCES (PARTE 3) Icon_minitimeDom Sep 25, 2022 2:13 pm



LA ALAMEDA DE SAUCES (parte 3 )

EL  VISITANTE
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Afuera, hacia el horizonte, un vendaval azotaba las Altas Cumbres mientras en el patio los mulatos trataban de limpiar y encerar la carroza del visitante, cubierta de barro y arena. Los ejes estaban destrozados y los crines de los blancos caballos llenos de abrojos. El suelo de piedra enfangado cobró brillo de espejo. Mientras que el cochero de Don Rafael mateaba con el viejo gaucho Eulogio —antiguo capataz de la Merced ahora casi centenario— relatándole sus angustias junto a aquel Marqués inagotable que lo llevaba de Merced en Merced, de pampa a pampa, de sierra a sierra, bajo los vendavales o las resolanas de las cumbres o de las punas.

Trotador incansable su blanco carruaje versallesco cruzaba páramos de espanto. Atravesaba caminos inexistentes. Trasponía el macizo de las Altas Cumbres para instalarse en su sencilla casa de Merlo y aspirar de este modo, la fragancia silvestre de los churquis naturales del entorno. Llegaba más allá tras inmensas distancias hasta la provincia de Cuyo —separada ahora de Chile e incorporada a Córdoba del Tucumán bajo su mando— contemplando sus inmensos viñedos proyectando un futuro nuevo y próspero. Cataba allí el vino artesanal de Mendoza y San Juan con gran disfrute, fundando las localidades de San Rafael y Marquesado a modo de un comienzo productor.  

Descendía nuevamente en la soledad marginal de la Pampa de Achala y en esa meseta ventosa de las Altas Cumbres, encontraba su asiento encima de un risco pelado... Y allí, con gesto inconmovible, exhibiendo su pose erguida arriba de aquellas rugosas rocas, apoyaba sus manos cargadas de anillos sobre un bastón tallado, y respirando el aire gélido del ventisquero, daría comienzo a su tarea de Gobernador.

Entonces dirigiéndose hacia los rústicos y solitarios lugareños averiguaba todo. Indagaba los sucesos del medio en esa fuente rica de informes. Preguntaba. Oía a unos y otros. Escuchaba mucho y hablaba con todo el mundo. Los habitantes olvidados que aún no conocieran en el siglo XVIII la presencia española debido a su aislamiento o su atraso cultural, en ese escenario perdido y fuera de la historia. O que nunca hubiesen palpado su significado ...Hablaban ahora cara a cara con el Marqués de Sobremonte sedente en su trono de roca virgen.

EL  AMIGO  DEL MARQUÉS
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Decíase de un anciano gaucho y centenario, de rostro en pergamino, a quien Don Rafael dedicaba su preferencia. Ambos, sentados muy juntos sobre un mismo peñasco, en una especie de “Diarquía” antigua, celebraban mentadas pláticas en medio de los picachos agrestes de aquel escenario autóctono. El Gobernador dirigíase respetuosamente hacia aquel anciano algo mitológico, que archivaba con minucia los sucesos sin olvidar ninguno, cuya memoria abarcó siglos de historia. La figura centenaria lo llamaba “Mi amigo”, luego decíale:

—“¿Querie un mate Don Marqués?”— y aguardábalo siempre seguro de su pronto regreso, diciendo: —“Hoy vendrá”—sin que nadie se lo hubiese anunciado.

La presencia del Marqués nunca era anunciada. Decidía de improviso las rutas. Las cambiaba. Partía sin previo aviso... El cochero de Sobremonte mateaba aquel día de desconociendo por completo la ruta a seguir con la comitiva, luego de este reposo.


EL  GOBERNADOR  
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En la sala el Marqués abría su cajita de rapé. Caminaba con los taquitos de aguja y las hebillas algo golpeadas y embarradas por el viaje. Veíanse abrojos en las puntillas de sus puños. Asomaban espinas de “amor-seco” por los faldones bordados de su elegante casaca celeste. Su blanca peluca lucía torcida y alborotada. Toda su indumentaria iba reflejando el desorden del viaje sin descanso, por su gusto en bajarse del coche para caminar en plena naturaleza entre medio de los churquis.

Pero él continuaba con aquel traje incomodísimo, con sus pasos retumbantes sobre el ladrillo del piso de la sala desgastado de tiempo, hablando en forma continua con su diálogo inacabable. Como si la Pampa de Achala, la Pampa de Pocho, la Sierra Grande o las barrancas del río Suquía, tuviesen el brillo y la tersura de los mármoles de Versalles.

Para aquel Marqués borbónico, París siempre valdría una misa...

La Provincia del Tucumán ya no existía, porque ese gran Tucumán de antaño ya estaba desmembrado. Tampoco existía más el inmenso Virreinato del Perú cuyo territorio extensísimo abarcara en los siglos pasados, hasta la expulsión jesuítica, casi un medio continente... y ahora hallábase dividido en tres virreinatos menores, en dimensión y fuerza política, como los años iban a demostrarlo.

Lima, la capital amada, había dejado de alumbrarlos con su faro de elegancia soberana. Los Jesuitas que en los siglos anteriores habían transformado este “Incógnito Regno” del Tucumanao (o sea frontera tucumana) en un emporio productivo, creando la primera universidad (Universitas Cordubensis Tucumanae) del cono sur sudamericano... estaban expulsados. Este territorio que el Marqués de Sobremonte recibió en sus manos, hallábase en plena decadencia.

¡Pero los cordobeses y los cuyanos sí existían para Don Rafael!... quien había sido nombrado gobernador de la nueva provincia llamada ahora “Córdoba del Tucumán”, que reunía al aislado Tucumanao con las provincia chilena de Cuyo, ahora ambas bajo su mando. Lo cual en el organigrama español habíase convertido en un Marquesado, es decir, una zona de frontera donde él, Sobremonte era su Marqués.

Y estos encomenderos del viejo Tucumán desaparecido, antiguos herederos de Mercedes otorgadas por la Casa de Austria que fueran fieles a los Jesuitas expulsados, veíanlo llegar casi con terror por ser un delegado borbónico...

Para despedirlo luego de cada visita, como a un buen amigo.


FLOR  DE  LIS
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El dueño de la casa donde llegó de visita en un improviso dio una orden secreta a su mulatillo, quien dirigiéndose al comedor, como de puntillas, comenzó a bajar de la pared un gran repujado de plata potosina artísticamente grabado con el águila bicéfala de los Austrias, aunque representado por las características de un cóndor. Algunos medallones también altoperuanos que durante dos siglos venían adornado el comedor principal —y en cuyo centro era fácil adivinar la efigie de Felipe II, a quien los hombres del viejo Tucumán tanto veneraban en agradecimiento por los beneficios que este rey otorgara a su familias— serían asimismo quitados de las paredes.

La mesa estuvo finalmente dispuesta y una fuente con una “Flor de Lis”, que no procedía de España sino de colonias francesas, fue colocada en el medio del mantel de ñandutí... ¡Para homenaje y asombro del Marqués de Sobremonte!

Don Rafael había comenzado por acostumbrarse a esa entrelazada confusión de ideas, con que los hombres del antiguo Tucumán trataban de homenajearlo. Pues eran Indianos ricos y feudales, o sea españoles nacidos en las Indias, hidalgos campesinos solitarios en el corazón de Sudamérica y alejados en este Tucumanao por dos o tres siglos del viejo continente. Y trataban de este modo de allegarse al nuevo mando, a la nueva dinastía española de la Casa Borbón que lo transmutara todo desde el lejano océano. Sus recelos. Sus confusiones. Su desinformación... destacada en esa Flor de Lis colocada allí para su homenaje.

¡Como si él fuese un Gobernador de la Francia de Luis XIV!

En las Altas Cumbres de la serranía cordobesa que antaño formaban parte del Virreinato del Perú, en un lugar tan distante de la historia de su tiempo, todo podía tener su razón, su lógica o su ilógica. Y sería él —Don Rafael— quien iba a amoldarse a ellos, para que ellos se amoldasen a él.


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