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Titán de Braavos
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Titán de Braavos

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MensajeTema: Encierro   Encierro Icon_minitimeJue Oct 22, 2020 4:08 am

Desperté por la incomodidad que me causaba la plancha de metal sobre la que estaba acostado. Consolado de seguir con vida aunque todavía sin ver el rostro de mis captores, me dirigí al trozo de pan que alguien había deslizado por la diminuta puerta a ras del suelo. No tenía forma de saber si era de noche o de día pues el lugar carecía de ventanas, y todo parecía estar hecho de metal: los muros, el piso, el plato donde ponían mi comida. Todo, con excepción del espejo que iba de pared a pared y a través del que, estaba seguro, alguien me miraba. Mi desnudez pasó a segundo plano cuando, hecho un manojo de nervios, comencé a tener alucinaciones. ¿Era eso la sombra de un árbol o realmente estaba ahí? En ocasiones me parecía ver el sol, pero no, era tan solo la luz que subía de intensidad hasta cegarme cada vez que yo intentaba golpear los muros. Y ese espejo… ese espejo que me hacía creer que otro ser humano compartía conmigo la habitación. Decidí poner punto final a mi encierro y arremetí contra el espejo, y contra el que yo creía que me miraba fijamente a los ojos a través de esa superficie reflejante. Los cristales cayeron sin demora por doquier. Pasé tambaleando al otro lado y, en lugar de caer, me encontré flotando en el espacio exterior. La Tierra era un minúsculo punto que flotaba a la deriva, o quizá el que flotaba a la deriva era yo. Un objeto circular y metálico se aproximó a mí. Se abrió una compuerta y regresé al punto de partida.

     Intenté hacer un recuento de lo sucedido hasta donde mi memoria me lo permitía. Mis recuerdos permanecían intactos, y eso era lo que más me confundía. Todo empezó en la penumbra de la sala de un cine. La película comenzó y me estiré un poco para relajarme en el acojinado asiento. En algún punto se me ocurrió mirar mi reloj nuevo para ver si lograba ver la hora en la oscuridad circundante. Las manecillas fluorescentes indicaban las nueve con diez minutos. Complacido, volví la vista a la pantalla pero no había tal, y en lugar del acolchonado asiento en el que segundos antes me relajaba había una plancha metálica. Alarmado, me levanté de un salto y sentí el frio piso bajo mis pies, ahora descalzos. Pasé del susto a la estupefacción al notar mi desnudez. La habitación se iluminó, revelando los detalles que la caracterizaban: los muros, el piso y el techo de metal, más el maldito espejo. También estaba la plancha metálica que se convertiría en mi cama y una puerta diminuta al ras del suelo a través de la que me hacían llegar agua y alimento.

     Me senté en la plancha metálica y esperé. El silencio inundaba la habitación y solo era quebrado por mi tos ocasional, que hacía eco en mis oídos. Me dormí.
Al despertar encontré unas uvas junto a la puertita. No tenía hambre, pero comí un par de ellas. No recuerdo haber comido antes uvas tan jugosas y suaves. Tan suaves eran que se deshacían en mi boca. Intrigado comí un poco más hasta que me hube comido el racimo entero. Me tendí en el suelo, daba lo mismo que fuera ahí o en la plancha. Debían estar hechos de la misma aleación de metal. Algo notable era que la temperatura del cuarto estaba bien regulada y no pasé ni calor ni frio.

     Medité acerca de lo que estaba pasando y repasé lo que hice el día anterior con la intención de distraerme. Había trabajado hasta las cinco y después fui al deportivo a nadar un poco. La sensación del agua tibia envolviéndome era reconfortante y traté de emular ese estado. Me quedé dormido.
Abrí los ojos pensando que todo había sido una pesadilla, pero no. Seguía en la misma habitación y sintiéndome como animal en laboratorio. Junto a la puertita encontré algo que parecía cereal. Los granos eran oscuros y tenían sabor a carne. Supuse que sería mi fuente de proteína.

     Aguanté estoicamente lo que parecieron días, días interminables y, aunque no recibí maltrato alguno, el estar confinado, el ser prisionero de Dios sabe quién, me hizo pensar que tal vez me estaban reservando algo no muy agradable. Pensé en como uno cuida a un pavo, alimentándolo, protegiéndolo hasta cierto punto, para luego cocinarlo para la cena de fin de año. Esto último me aterró. Decidí romper el silencio y grité enfurecido:

     “¡Fin del experimento! ¡Muestra tu rostro, cobarde!”, y con los puños golpeé las paredes metálicas. Cada vez que golpeaba esos muros, la luz de la habitación se intensificaba. Golpeé tan fuerte que la luz se hizo insoportablemente intensa y me cegó. Tuve la impresión de que el sol había estallado a mi lado y me desmayé.
Las alucinaciones comenzaron tiempo después, días después de mi desmayo. No podía medir el tiempo, es cierto, pero pasé tantas horas en vigilia como nunca antes, y dormía poco. Me costaba trabajo conservar la cordura. Luego vino el incidente del espejo y mi breve estancia flotando en el océano cósmico.

     La antigua rutina volvió a repetirse: vigilia, dormir, recibir comida, sentarme a meditar, gritar, (aprendí a no golpear los muros para no ser puesto fuera de combate por aquella luz cegadora). Para evitar el entumecimiento muscular, comencé a ejercitarme. Hacía un poco de calistenia y luego corría en círculos por la habitación mientras miraba con recelo al espejo. “Si tuviera una pistola o un cuchillo…” pensé, pondría fin a mi tortura. Otra alternativa era morir de inanición, pero cuando quise poner el plan en práctica descubrí que durante el sueño una aguja penetraba en mi brazo izquierdo, y aunque trataba de moverme no lograba abrir los ojos, era como si hubiera perdido mi capacidad motora pues no sentía que se aplicara fuerza alguna sobre mi cuerpo, al contrario, me sentía muy relajado y dejaba de sentir hambre. Preferí comer entonces y las experiencias durante el sueño cesaron.

     Un día sucedió algo extraordinario. El cuarto comenzó a vibrar y volví la vista al espejo, una imagen se dibujó a lo lejos y el espejo se volvió un cristal panorámico transparente. Un planeta azul se hacía cada vez más grande y contemplé la posibilidad de mi liberación. Entramos a la atmósfera y la habitación pareció estar envuelta en llamas. Aterrizamos en una playa al amanecer. El cristal se deslizó hacia arriba y salí corriendo. Me tiré en la arena, me revolqué en ella. Refrescante sensación y una sonrisa en mi rostro por palpar al fin algo no metálico. Escuché un sonido semejante a una turbina y miré al objeto que me depositó en la arena alejarse en línea recta, perdiéndose en el horizonte. Caminé por la costa hasta que llegué a un pequeño puerto. Robé la ropa que pude de una casa cuya ventana rompí, me vestí apresuradamente y tomé algunos artículos de valor que me sirvieron para pagar mi transporte hasta una ciudad cercana. Nada me resultó familiar. Los vehículos, las casas, la vestimenta de la gente. Descubrí horrorizado al ver un diario, que habían pasado setenta y nueve años desde el inicio de mi encierro hasta mi liberación. 2014, decía el diario. Los pocos amigos que tenía seguro habrían fallecido, y por supuesto, mi abuelo. Mi único familiar. Me miré en un espejo, y descubrí, con agrado, el mismo rostro que siempre veía durante mi encierro. Seguía teniendo apariencia de un hombre en sus cuarentas.

     —¿Familiares?
     —Ninguno, doctor.
     —¿Conocidos o alguien que avale su ausencia durante tantos años?
     —No. Desafortunadamente no. Mi trabajo como traductor independiente me orillaba a mudarme de ciudad con frecuencia. Y eso fue hace setenta y nueve años. Nadie para quien yo haya trabajado vive.
     —¿Qué piensa usted que le sucedió?
     —Estuve tratando de documentarme un poco, doctor. He concluido que la habitación en la que me encontraba encerrado viajaba a la velocidad de la luz. Al viajar a la velocidad de la luz el tiempo avanza más despacio para el viajero, los relojes biológicos, más bien, pero los estacionarios no. Si se viaja a la velocidad de la luz uno envejece más despacio que aquellos que no lo hacen. Es lo que se conoce como la “Dilatación del tiempo”. Es parte de la Teoría de la Relatividad de Einstein.

     El doctor se quitó las gafas y dijo:

     —Has avanzado mucho durante estos tres meses, nos quedan diez minutos en la sesión de hoy. ¿Quisieras agregar algo más?
     —No se que haría sin usted, es el único con quien puedo hablar de todo esto.
     —Lo más importante es que has logrado darle sentido a tu entorno. Hay episodios de amnesia que se prolongan un poco más que otros. A veces la mente trata de cubrir esos vacíos con situaciones que nunca sucedieron.
     —Pensé que usted realmente me creía.
     —No te aflijas. No se trata de creer o no, sino de que te sientas cómodo en tu entorno, en la sociedad actual, como tú lo has postulado. Te veré la próxima sesión.
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Nilda Sena
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MensajeTema: Re: Encierro   Encierro Icon_minitimeDom Oct 25, 2020 2:21 am

Interesante relato. Muy creativo.
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MensajeTema: Re: Encierro   Encierro Icon_minitimeDom Oct 25, 2020 7:48 pm

Buen relato, extenso para mi gusto, pero se hace fácil la lectura.
Logras captar la atención del lector y dejas abiertas las puertas para que este le de el giro que desee: capturado por extraterrestres, loco, evadido de la realidad, es real o ficticia su historia, bien manejado ese desenlace.


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MensajeTema: Re: Encierro   Encierro Icon_minitimeLun Oct 26, 2020 6:43 am

Un excelente paseo...un interesante relato, muy bien desarrollado, lo que sí lamento que llegó al final, asi, de pronto, dejandome en ascuas...(quizás habrá una continuación?
Mis felicitaciones colega de la pluma
Shalom
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MensajeTema: Re: Encierro   Encierro Icon_minitime

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