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 ESCENAS BOHEMIAS DE CORDOBA - NOVELA (quinta entrega)

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Alejandra Correas Vázquez
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Alejandra Correas Vázquez

Cantidad de envíos : 362
Fecha de inscripción : 07/10/2015

ESCENAS BOHEMIAS DE CORDOBA - NOVELA (quinta entrega) Empty
MensajeTema: ESCENAS BOHEMIAS DE CORDOBA - NOVELA (quinta entrega)   ESCENAS BOHEMIAS DE CORDOBA - NOVELA (quinta entrega) Icon_minitimeMar Sep 29, 2020 9:35 pm

ESCENAS BOHEMIAS DE CORDOBA
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NOVELA
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Por Alejandra Correas Vázquez
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5- EL BRINDIS
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Mediodía. Un rayo de sol atravesaba la ventana y fue iluminando las paredes cubiertas de bosquejos dibujados o pintados. Miguel no despertaba aún. Sus labios dijeron algo muy suave, no comprendí qué era ¿Sería un saludo? ¿Una pregunta? Estaba todavía dormido.

Era una mañana tibia donde no necesitábamos abrigo. Mientras el sol que seguía entrando invadió todos los rincones de esa habitación, en la cual una variedad de objetos artesanales recibieron luz, y se dirigieron hacia nosotros al advertirnos

¿O eran ellos mismos extranjeros allí, en el cuarto de Miguel?

Pasé la mano por su piel. La sentí al tacto, suave, fresca y húmeda. Un tono oliváceo se delataba ante la luz del día, descubriendo a un morisco entre sus venas. Su osamenta fuerte y firme, al europeo. El torso lampiño como el de un adolescente, denunciaba escondidos ancestros nativos, indios, muy secretos, ocultos y negados tras su apellido de rancio abolengo.

Sus párpados continuaban entornados y un pequeño espacio debajo de ellos, permitía dibujar el brillo sutil de sus pupilas. Un óvalo profundo envolvíale los ojos sombreados y llenos de ensoñaciones. La piel del rostro no denotaba signos y la placidez adormilada de su boca hacíalo parecer más lejano y distante... Así lo veía yo.

Lo contemplaba pasivamente luego de una larga noche, y de una alborada, después de un reencuentro sorpresivo donde todo fue deslizándose hacia aquella emocionada vigilia en común. Era nuestra postrera esperanza. Habíamos traspasado nuestras vidas más allá de su límite, tratando de exprimirle su última gota. Comprendí allí en totalidad, cuál era la única paz posible entre los dos. Me había llevado dos años de diálogo conocer a Miguel... Supe al punto cuál era su contenido, su intensidad, su antorcha y su tortura.

Nuestra vinculación no iría más allá. Sólo quedaba esa mañana —la última— con lo único que aún podíamos extraer de aquel encuentro, de aquel cruce del camino. Y admiré su piel. Me volqué a contemplarlo semidormido, bañado por la luz de un nuevo mediodía, donde yo me despedía de su existencia. Recorrí con mi mirada todo su cuerpo. Busqué entrever algún niño oculto detrás de su boca, de su perfil o sus ojos...

Pero estaba segura que al despertar él, ese encanto habría finalizado.

Yo había puesto en aquella relación, entre cercanías y lejanías, una esperanza. Un apoyo común. Un mundo de imágenes e ideales. Una alegría a compartir. Pero me hallaba ahora empobrecida en la potencia de mi espíritu.

Cuando Miguel despertarse habría de terminar todo aquel peregrinaje conjunto, y nuestros caminos se abrirían definitivamente.

¿Por qué? ¿Por nada? Por infinitos motivos que atentaban contra la naturaleza enriquecida por el hombre.

Aún así, en aquel momento final y luego de un extraño reencuentro, yo brindaba sola, en una copa ofrecida por la luz resplandeciente de aquel mediodía de septiembre en plena primavera...

¡Yo brindaba mi adiós! ...

Y acariciaba sus cabellos, sus manos, que era lo único que podía aún ser. Pues todos los demás esfuerzos con él, fueron frustrados.

Besé su perfil y lo contemplé. Anhelé que el tiempo no pasara, que las agujas del reloj se detuvieran en aquel momento y Miguel continuase así, frente mío y en pose inmóvil, como un precioso ensayo de la naturaleza que él mismo había desperdiciado.

Quise retener su imagen, presionar el espacio evitando todo movimiento, conservar su juventud en un bronce humano. Pero el tiempo no perdonó y sus ojos se abrieron sonriéndome...

Sin saber que se despedía de mí.


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