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 EL DIAMANTE - NOVELA (septima entrega)

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Alejandra Correas Vázquez
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Alejandra Correas Vázquez

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MensajeTema: EL DIAMANTE - NOVELA (septima entrega)   EL DIAMANTE - NOVELA (septima entrega) Icon_minitimeVie Sep 25, 2020 1:33 pm


EL DIAMANTE
...................
NOVELA
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por Alejandra Correas Vázquez
........................................


7) CERAMISTAS


Bajo la atmósfera que los envolvía en ese taller de cerámica, la voz de Azucena iba desvaneciéndose para retornar por su huella. Estaban en ese momento en un camino común, de dos, que duraba un instante. Muy poco después ella cruzaría la otra calle en dirección al centro de la ciudad... Como otras veces. Como lo hizo desde el primer día en que arribó para buscarlo, que partió detrás de él... Pero sin detenerse nunca.  

¿Dónde estaba? ¿Y dónde pues de verdad hallábanse ambos? Unidos siempre en un vínculo no especificado, sobre un desfiladero angosto y largo, donde el horizonte se extiende hacia la sierra virgen, bella y portentosa.

Allá Alicia: lo inmutable ... Aquí Azucena: lo inestable.

—“Rolando cuando nos conocimos tu mirada penetraba en mí, pero yo me resistí a adherirla con un llamado afirmativo”— explicó ella

—“Lo advertí… Pero yo iba en busca de Alicia”

—“Lo supe, sin embargo te sonreí con agrado.”

—“De igual modo me atrajiste, pero debí callarlo”

—También lo supe, Rolando, soy mujer. Pero salté luego hacia un atajo. Retuve mi perla en la mano sin brindarla, pues deseaba que nunca partieras de allá”

—“Yo nunca te he rechazado, Azucena …Mas aún, creo que te estoy aguardando, quizás desde el comienzo”— expresó el muchacho con sinceridad

Ella miró hacia las mesas con moldería, y acercándose fue rodeando ese espacio como si estudiara cada una de las piezas. Las tocaba con cuidado una a una, y luego volvióse lentamente hacia él… para decirle:

—“Te has sugestionado con mis palabras”

—“No. Este debe ser mi descubrimiento más reciente. No lo había comprendido bien hasta ahora. Hasta este día”

—“No es nueva mi presencia a tu lado, Rolo”

—“No, pero es distinta, Azucena... Las veces que te tuve en mis brazos desde tu llegada, me extrañó cierta ternura”

—“¿Porqué? Los dos la esperábamos ...Yo al menos”

—“Porque no es común, al menos para mí, cuando no hay una propuesta de continuidad. Una media palabra de amor siquiera... Que yo creo necesaria”— reprochó Rolando

—“Has tenido demasiado de ello, con Alicia y tus niños. Sin embargo no te bastó y partiste sin volver la cabeza.”

—“Fueron otros los motivos, vine en busca de mi identidad”

—“¿En medio de esta ciudad en caos?

—Así es. Esa es la eterna nebulosa que nubla los sentimientos”

—“Propio de ustedes, los artistas. La realidad no les importa.”

—“Sin embargo, un momento de alegría tuyo, Azucena, me ha sido siempre bello. Me intereso por tu vida ¡Y no es solamente por la similitud de dos almas en exilio!”— aseguró él

—“Sin duda, casi inadvertidamente, nos hemos asomado buscando un límite común, compartible entre ambos, tanto como antes buscábamos el nuestro propio”— razonó Azucena

—“Si así fuera... Todavía no lo hemos alcanzado plenamente, porque el Diamante aún está lejos de nosotros”

—“¡Demasiado lejos!”— expresó ella

El silencio envolvió a ambos jóvenes luego de estas palabras, mientras desde el interior del taller llegaba como sordina, la actividad de los ceramistas. Estaban los dos envueltos en una bruma de ansiedad, jóvenes y solitarios, esperando algo de ellos mismos. Algo para brindarse y recibir, distinto a las emociones que ya se habían brindado. Algo que poseían en su ser y que sin embargo retuvieron siempre, como si les fuesen a arrebatar una joya incalculable de su arca.

—“Cuando arribé hace un tiempo, luego de enviarte una carta como anuncio previo, yo regresaba sola, lentamente, hacia el encuentro de un objeto perdido”— fue recordando Azucena

—“¿Y cuál era ese objeto pedido?”

—“Era mi antigua vida citadina. Partí hacia la sierra siendo casi una niña. Volvía ahora, siendo una mujer”

—“Pues viste que la ciudad de tu infancia estaba ya muy cambiada”— opinó Rolo

—“Completamente. Era distinta a todos mis recuerdos plácidos, provincianos. Me encontré con una ciudad politizada. Pero seguía siendo mi solar natal.”

—“Quise servirte de compañía. Pero no lo admitiste”

—“Querías guiarme. Yo me quería guiar sola”

—“¿Siempre sola, Azucena? ...Autónoma, sin preguntar nada”

—“Sí, como bien dices… autónoma. Esa noche primera, una legión de luces nocturnas salió a mi paso junto al límite entre el día y la noche ¡Pero eran fuegos de violencia que incendiaban mi solar natal!”

Ahora ellos dos callaron, angustiados ante la realidad presente. Conscientes del espacio difícil que todos vivían en esta ciudad dominada por la subversión y la represión. Dos demonios implacables, uno con el otro, que hacían difícil la vida cotidiana de los cordobeses.

—“Cuando abrí mi puerta y te vi— recordó Rolando —Creo que miré tus ojos de frente, por primera vez. Antes tus verdes pupilas me rehuían, pero ahora me buscaban En ese momento comprendí que te conocía desde siempre, desde un pasado sin tiempo... incalculable.”— evocó

—“Es más difícil este día. Este nuevo día ¿Verdad Rolo? Porque es mucho más difícil dar continuidad a una relación, que comenzarla... ¡Por ello me voy!”— dictaminó la joven de improviso y con rapidez  
   
—“¿Adónde vas? Así de repente. Es como si te asomaras de continuo a multitud de ventanas. Podríamos habernos acompañado un tiempo, aunque fuese pequeño, un espacio breve pero bueno …¡Si te hubieras detenido!”

—“No tengo por qué detenerme”— aseguró Azucena

—“Nadie te espera ¡Nadie te ha aguardado hasta ahora!”— insistió el muchacho

—“Es cierto”— reconoció ella —“No sabía mientras caminaba y buscaba ómnibus, por qué me dirigía hacia aquí. Tan lejos del centro cordobés donde yo vivo. Para llegar al fin a este barrio San Vicente, donde se halla tu taller cerámico”

—“¡Por mí! ...Eso he creído yo”— dijo Rolando con voz viril
 
—“¡O por mí simplemente! Deseaba sentarme en algún lado y recién ahora comprendo que he llegado a un lugar especial. El que yo buscaba sin hallarlo ¡Quizás fuera el Diamante!”

—“Pero no lo es. Aún no”— aseguróle Rolo  

—“Llevo años oyendo mi propio monólogo. Sola. Me he acercado aquí esta mañana para sumar otra voz a la mía, formando un diálogo. Sí, Rolando, vine buscando comunicación”

Azucena dirigióse en aquel momento hacia una ventana del patio, que daba al interior del taller. Pudo ver tras el vidrio una gran mesada de mármol donde se hallaban algunos bizcochos cerámicos, aún no esmaltados y en reposo, enfriándose luego de la horneada reciente. Dijo entonces:

—“Veo estas piezas blancas que se comunican, diciendo ...¿Qué barnices tendremos?.. Y el pincel les contesta: elegimos el rojo, el que tiene la llama, la anhelada. Después vendrán los otros, pero viviremos nuestro día. El primero”

—“¿Siempre el primer día, Azucena?”

—“Sí… Lo tomamos entre los dedos. Es la semilla”

—“La arcilla es maleable— expresó Rolando —responde a nuestros deseos y luego los esmaltes cerámicos la vuelven roja, verde, azul, amarilla, violeta, naranja, blanca, negra ¡Puñado de tierra fértil!”

—“Ese es el lujo del ceramista. Crear siempre con elementos de la naturaleza. Sn embargo falta aún la libertad”— observó ella

—“Mi libertad, Azucena, es modelar y esmaltar, formar con la materia cerámica, dar vida nueva al barro inerte. Los ceramistas construimos con él una vida distinta. Quizás sea la nuestra propia impresa en el caolín y la greda... El Diamante.”

—“Maleable. Mutable. Se me parece entonces ¿Verdad Rolo?”

—“Sí. Mutante siempre para huir de ti misma”

—“Es posible. Pero no, Rolo… ¡No seas demasiado cruel!”

—“Nunca lo he sido contigo, sólo realista”

—“Puedo entrever algo distinto, para mí misma, como comprender por ejemplo que tengo las manos dormidas. En cambio aquí todo luce diferente.”

—“Me alegra que lo encuentres así, Azucena.”

—“Alguien ha construido este patio, estas habitaciones, también las mesas de mármol... Y en ellas ustedes transforman la arcilla”

—“Somos ceramistas”

—“¿Es consciente para ustedes todo esto?”

—“Sí, Azucena. Para ello nos hemos reunido en esta casona de barrio San Vicente, donde antes existían quintas de frutales y las viejas familias cordobesas veraneaban. Según has visto, son varios los talleres cerámicos por esta zona, pues estas grandes casas lo permiten. Cuando atravieso la ciudad de un costado al otro, desde el Cerro de las Rosas, creo que he cambiado de atmósfera como de vida. No sé si me hallo en el pasado o en el presente... Porque la cerámica es mi presente y San Vicente es el pasado casi legendario de la Vieja Córdoba”


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¡Construye!

Cuando de tu seno surja la primera gota propia de agua.
Cuando tu tierra esté preparada, hablaremos nuevamente...
Si has creído. Si has percibido. Si tus ojos pueden ya,
leer y develar la incógnita del Diamante,
entonces te cruzarás nuevamente con su ruta.
Pues todos los tuvimos cerca nuestro, al comienzo del camino.

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