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 FABULAS DE LOS ESTUDIANTES- NOVELA (entrega veinticinco)

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Alejandra Correas Vázquez
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Alejandra Correas Vázquez

Cantidad de envíos : 317
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FABULAS DE LOS ESTUDIANTES- NOVELA (entrega veinticinco) Empty
MensajeTema: FABULAS DE LOS ESTUDIANTES- NOVELA (entrega veinticinco)   FABULAS DE LOS ESTUDIANTES- NOVELA (entrega veinticinco) Icon_minitimeMar Sep 08, 2020 7:27 pm

FABULAS DE LOS ESTUDIANTES
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NOVELA
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por Alejandra Correas Vázquez
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FÁBULA  VEINTICINCO
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LA  CONFITERÍA  ORIENTAL    
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Aquella mañana el sol penetró en la habitación donde ella dormía, dividiéndose en doce rayos de luz, uno por cada uno de los rectángulos de vidrios que enmarcaban la ventana. Luz entreabrió los ojos. Luego volvió a cerrarlos mientras trataba de ubicarse nuevamente en su presente, dejando atrás las imágenes del sueño. Esas visiones oníricas que habíanla cobijado por algunas horas.

Era una mañana de sábado. Día de descanso escolar. Y entonces de improviso, recordó lo vivido en esos instantes previos al despertar:

—“Todo era carmín con algo de violeta”— se dijo —“Las aguas del arroyo formaban un círculo. Se veían doce piedras en el fondo. Una de ellas brillaba con vetas de mica negra ¿Por qué no pude alcanzarla? Me desperté y ahora no recobro su imagen”

Giró sobre su cama en dirección contraria, dando espalda a los doce rayos del sol que encendían la ventana. Se escucharon dos golpes. El rostro de la abuela, como todos los días a la misma hora, dibujóse detrás de los postigos de la puerta. Para la señora dueña de casa, todas las mañanas tenían siempre el mismo interés. El mismo horario.

—“Sí. Es de día, abuela. Pero hoy es sábado y no tengo clases en el Carbó”— protestó la niña desde la cama

—“Sí Luz, ya es de día y hay que levantarse. Debes dejar la pieza libre para que la mucama Micaela la limpie”

Sería inútil replicar. En la cocina la vieja Juana tenía ya el mate listo, caliente y con aroma a peperina, para la señora. Más tarde Luz desayunaba su leche caliente chocolatada con Toddy. La casa entraba en movimiento. En la habitación vecina surgía un diálogo. En la sala se discaba el teléfono. En otro de los cuartos iba naciendo una melodía desde las cuerdas de una guitarra. La pequeña Marina estaba sentada al lado de su abuela. Todos los jóvenes de la casa tenían actividades diferentes a las diarias, en aquel día sábado. Pero la Abuela y Juana no cambiaban en nada.

Luz se vistió con su mejor atuendo sabático, colorido y con minifalda, encaminándose al paseo habitual en una mañana de fin de semana, por la calle 9 de Julio. Había bastante sol por las veredas, reconfortante. Al salir ella levantó la cabeza mirando hacia el cielo. No se veían nubes, aunque algunas paredes continuaban húmedas por el fuerte rocío de la noche anterior.

El invierno ya había pasado, pero el sereno de la noche aún pesaba sobre la ciudad. En sus calles sabáticas se juntaban caminantes de todas las edades. Las cuadras los reunían en diálogos amenos. Los niños iban de la mano. Luz se internó en una de esas galerías del centro, donde los tubos de mercurio con su luz blanca iluminaban el interior, igual al pleno día de afuera. Como una gama completa del arco iris girando sobre ellas. Toda la diversidades de comercios se aunaban dentro de la galería.

—“Pero iluminada por rayos de mercurio y sigue siendo bello ¿Acaso no es la obra del hombre”— pensó para sí

Apoyada en la vidriera de una boutique pudo ver un velador infantil de cerámica, que la dejó encantada. Doce pequeños pollitos blancos sostenían una lamparita. Seis y seis de ambos lados. Pensó en los rayos del sol de esa mañana.

—“Me persigue el numero doce en esta mañana”— se dijo —“Cuando mi hermanita Inés comienza a dormir quiere que la dejen en semipenumbra. Voy a comprársela y se la llevaré como regalo de Navidad, quedará encantada”

Entró al comercio y la adquirió. Siguió caminado por aquella galería. Algunas prendas de mujer con motivos estampados, daban una nota de color fuerte. En el comercio siguiente le sonreían muñecos de plástico, que le parecieron a ella como niños muy solitarios. Al final del recorrido estaba ya en la salida de esa galería, a pleno sol.

Siguió su ruta mañanera de sábado y encontróse en la esquina, con una de las librerías céntricas. Sobre los estantes en exposición se destacaban las tapas de varias ediciones de libros. La portada de un tomo con poesía llevaba un dibujo abstracto, sobre un fondo amarillo. A su lado, otro tomo de grueso volumen y con hojas brillantes, estaba abierto en la mitad. Ofrecía la imagen de un rostro cobrizo surcado de arrugas en cuya boca apoyaba un instrumento musical. Una flauta. Era la figura de un hindú encantador de serpientes. Muy próximo a él, otro libro mostraba el rostro, también cobrizo, de un indio del altiplano tocando también una flauta.  

—“Me quedo con el indio”— pensó —“Estoy segura de que es un personaje mucho más sincero, y sin tanta publicidad exótica”

En el interior de la librería algunos asiduos lectores estaban sentados, sobre sillones dispuestos a la entrada. Entre ellos divisó a Diego, y ello no le sorprendió. Se alejó para seguir su camino. Una multitud de rostros cruzábanse entre sí. Algunos metros más allá, un niño bien trajeado solicitaba dinero para el pasaje a su casa diciendo:

—“Por favor me ayuda, necesito pagar el boleto y se me han caído las monedas. Vine al centro para comprar unos lápices y no puedo volver”

Estaba limpio y bien trajeado. Perdido en medio de la ciudad y sin dinero para volver junto a sus padres. Quiso acercarse llevada por el instinto, pero la figura de la criatura se perdió de su vista dentro de la multitud. Luz sintió un estremecimiento interior y lo buscó angustiada:

—“¡Niño! ... ¡Niño! ...aquí tienes monedas para el pasaje a tu casa”

—“¡Me extraña Luz! ¿Te complace la dádiva callejera? ...hay mucho engaño en estas calles los días sábados”

Escuchó en ese momento la voz imperativa de Diego, a su costado. Ella se dio vuelta un poco confusa.

—“¿Es que no has visto a ese niño de ocho años más o menos, pidiendo para el pasaje de vuelta? Iba vestido muy pulcro con un trajecito marrón. Creo que perdió las monedas para volver a su casa. Cuando lo vi de lejos me di cuenta de que no era un engaño ¿No lo viste?”— ella lo miró con ojos angustiados

—“No te preocupes el niñito llegará a su casa. Tu pensamiento lo protegerá. Te ayudo a buscarlo, creo verlo por allá”

Salieron casi  corriendo y alcanzaron al niño. Luego lo llevaron hasta la parada del ómnibus en calle 27 de Abril, y ambos quedaron tranquilos cuando lo vieron partir.

—“Casi ... Casi ...creo que querías subir también con él, para entregarlo a sus padres”— rió Diego sonoramente —“La mañana es larga, todavía podemos pasear ¿Me acompañas?”

Bajo el sol radiante de un sábado al mediodía, la calle era aún más bulliciosa. La luminosidad convidaba al paseo. El horizonte modernizado del centro, era un solo perfil de construcciones. Pero con aquella emoción ajena vivida, Luz lagrimeaba.

—“No se puede llorar en un sábado como éste. La calle 9 de Julio está de fiesta ¡Vamos para allá! En la Confitería Oriental tomaremos un rico aperitivo”— decidió Diego por los dos

Los pasos habían llevado a los dos jóvenes en dirección a la Plazoleta del Fundador. Y siguieron camino por calle Rivera Indarte, hacia la mentada confitería con su reunión sabatina. La estatua espigada de Don Jerónimo Luis de Cabrera y Toledo, el fundador de Córdoba, parecía contemplarlos con benevolencia, bañada por la luz cálida de ese mediodía.

Don Jerónimo los saludó con ese brazo en alto de su escultura, cuando ellos pasaron a su lado. Al llegar a la confitería vieron que los comensales llenaban las mesas, pero hallaron una pequeña con dos asientos donde se ubicaron. Era el festejo de un sábado ardiente que había dejado atrás a la escarcha invernal.

La Confitería Oriental lucía en su apogeo, y los suizos que eran sus dueños procedentes del Cantón de L’Orient, que dio el nombre a esta confitería, esmerábanse como nunca en ofrecer sus delicias. Sus parroquianos tenían hábitos exigentes, pero el conjunto de esa algarabía reinante allí, hacía que su estancia fuese muy agradable. No había distinción de edades. Políticos o poetas hacían su posta habitual cada mediodía de sábado. Diego sonrió a Luz, ofreciéndole una rica copa de frutilla con crema chantillí.


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