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 FABULAS DE LOS ESTUDIANTES - NOVELA (entrega diecisiete)

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Alejandra Correas Vázquez
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Alejandra Correas Vázquez

Cantidad de envíos : 304
Fecha de inscripción : 07/10/2015

FABULAS DE LOS ESTUDIANTES - NOVELA (entrega diecisiete) Empty
MensajeTema: FABULAS DE LOS ESTUDIANTES - NOVELA (entrega diecisiete)   FABULAS DE LOS ESTUDIANTES - NOVELA (entrega diecisiete) Icon_minitimeDom Sep 06, 2020 6:12 pm

FABULAS DE LOS ESTUDIANTES
...........................................
NOVELA
...........
por Alejandra Correas Vazquez
.......................................


FÁBULA  DIECISIETE
.......................

EL  VIAJERO  
...........................


Marina jugaba con unas tacitas de plástico rosa que había extendido sobre la alfombra. El ventanal estaba abierto, era una tarde calurosa. Las hojas de la palmera enana se inclinaban. En el edifico vecino a medio armar, los martillos de los albañiles continuaban su trabajo.

Luz regresaba en aquel momento del Carbó. En la vereda, antes de entrar, tropezóse con una escalera de la obra en construcción. Titubeó un momento, luego bajó al pavimento de la calle para evitar pasar por debajo de esa escalera, subiendo a la vereda otra vez frente a la puerta de casa.

—“¿Es supersticiosa?”— le preguntó uno de los albañiles que trabajaba en la obra nueva, el cual en aquel momento cargaba un balde de mezcla en sus manos

—“Puede ser”— contestóle ella rápidamente

Se había vuelto por instinto y casi distraídamente, hacia quien le hablara. Era un joven que la miraba con fijeza. Tenía voz expresiva de pecho, con acento norteño, pero con una dicción más castiza en la eses. Se miraron de frente. Luego la niña se alejó para girar con rapidez el picaporte, penetrando en el zaguán de la casa. En la sala advirtió la presencia de una persona, desconocida para ella.

—“Buenas tardes Luz ¿Es tu nombre, verdad? Te mencionan mis hijos.  No me conoces, yo soy el padre de Martín y Ramiro”

Le dijo así un señor de edad mediana y muy elegante, quien leía el diario sentado en un sillón. Y ella que llegaba a toda prisa, impresionada por el cruce anterior con aquel albañil que le hablara, detúvose para observarlo, sorprendida.

—“¿Cómo está usted? ...Me disculpa señor, no lo había visto... ¿Qué tal el viaje? Los muchachos no están a esta hora”— respondióle la niña

—“Ya lo sé. En mi carta les anunciaba una visita para el próximo mes. He viajado ahora sin la madre de ellos, pues mi esposa es demasiado complaciente. Quería hablar con mis hijos... Solo”

—“Martín está cumpliendo uno de sus últimos prácticos en la Facultad”

—“No lo dudo”— dijo el padre —“Siempre ha sido muy disciplinado ¿Y Ramiro? ..Ya sé... Ordenando los engranajes de alguna motocicleta o de un triciclo. A lo mejor está componiendo el mecanismo de un elefantito de cuerda. Siempre lo hizo, desde niño desarmaba sus juguetes para volverlos a armar. Y luego le sobraban piezas”

—“Pues sí... pues usted ya lo conoce, es su hijo. Sin embargo yo creo, si me lo permite, que él está en una búsqueda propia. Cuando Ramiro encuentre ese brillante que tanto busca, será usted su primer admirador, señor padre”— díjole Luz en defensa de su amigo

La joven había dejado sus libros de estudio sobre una mesita del centro. Marina se le acercó en ese momento con uno de sus juguetes en la mano.

—“¡Luz! ...se me ha roto el mango de la tacita ¿Ves”

—“Bueno nenita. En lugar de una taza será un tazón. Como el que nos sirve Juana con mazamorra”

—“Pero a mi muñeca no le gusta la mazamorra”— expresó la nena

—“Entonces le vamos a servir allí maicena con  chocolate, muy espumosa”

—“¡Sí! Claro, así es más rico”— dijo la criatura y se fue

Luz estaba confundida con la visita y le pareció de mala educación dejarlo solo en la sala. De este modo sentóse a su lado y ambos platicaron a gusto. El padre de los muchachos simpatizó con la niña.

—“¿Llega tarde Ramiro?”— preguntó el señor finalmente

—“Hay días que no vuelve para almorzar”

—“Sin horario. Sin duda. Una búsqueda nueva. No creas niña que pienso contradecirlo, ya lo hice y no resultó ¡No me mires así! He sido muchacho. Lo aplaudiría si fuese su amigo, como un compinche juguetón. O me habría enamorado de él y de sus encantos, si yo fuese una jovencita ¿Pero es libre realmente? ”— argumentó el padre

—“Busca serlo... según dice”

—“Creía haber prendido una antorcha. Un interés universitario. No fue fácil. Mi padre era comerciante en ganado, tenía una estancia chica pero no era un gran productor, sino un vendedor que llevaba reses al Paraguay. Una vida difícil tratando con peones de arreo rudos, y capitalistas duros. Una vida que él no deseaba para nosotros y nos envió a la Universidad, para ello instaló esta casa grande en plena ciudad”— recordó el señor

—“Su madre, la abuela de sus hijos, siempre nos relata esa responsabilidad de quedar al frente de esta casa, con un esposo ausente por sus negocios. Pero ella lo relata con alegría”— opinó Luz

—“Es una dama admirable, pero también consentidora. Escúchame, niña. No impongo mis ideas a los otros, pues ya sé que nunca podré ordenar la vida de una generación joven. Menos aún a Ramiro, pero quiero protegerlo. No voy a olvidar que esta casa donde crecimos todos, fue comprada con la bolsa de un comerciante en ganado. Un estanciero que trataba con hombres rudos y duros, sus peones y sus compradores. Por ello me atemoriza en mi hijo menor, su interés comercial”

—“¿Será que su hijo Ramiro ha heredado la sangre de su abuelo comerciante?”— preguntóle Luz

—“Entonces también puedo ayudarlo, instalándole un buen negocio mecánico. Siempre creí que con sus habilidades entre tuercas y mecanismos, sería un excelente ingeniero. Pero ha abandonado la carrera universitaria”— deprimióse el padre

Luz quedó preocupada. Compartía con el padre de los muchachos aquella preocupación, que era la misma de su familia. Pero esta otra familia no era la suya, y no comprendía por qué ella tenía que ser parte de sus confidencias.  

—“Comprendo su preocupación paternal”— aseguróle Luz —“Y también lo comprendo a él. Su acto de independencia es austero, pero verdadero. Su hijo pone en esa inclinación a la materia, a sus tuercas y mecanismos, un pensamiento idealista. Busca la materia en la materia misma, en forma directa, y tal vez logre elevarla”

—“Yo a su edad tenía mis ilusiones, como tantos muchachos estudiantes”— aclaróle el señor —“Pero además vislumbraba un mundo claro. Definido. No logro que Ramiro me aclare con certeza el suyo y me atemoriza su devenir”

La situación de ella era incómoda. Sentíase obligada a permanecer junto al viajero visitante, compartiendo sus inquietudes, las cuales eran ajenas a ella. Pero ...¡por fin!... la puerta de abrió apareciendo Diego. Tío y sobrino se unieron en un efusivo abrazo. Aquello alivió a Luz, pues no tenía ya que tomar el lugar de Ramiro para justificarlo.

Ante el reencuentro, la conversación volvióse alegre, como siempre acontecía con Diego. Y ella ahora interesada en un diálogo ameno, quedóse en el medio de tío y sobrino, sintiéndose una parte más de aquella familia a la cual habíase incorporado lentamente, a lo largo su año lectivo. Pero que debía concluir para fin de año. El viajero decíale así a su sobrino:

—“No tengo los mismos años de ustedes. Mis años de juventud ya pasaron, con todas sus peripecias, y no era mi deseo contraer otras nuevas”

—“No lo hagas entonces”— opinó su sobrino —“¿Y si el destino de él fuera convertirse en un peregrino? Sería inútil intervenir. Cada uno de nosotros, mi querido tío, tiene una belleza propia. Por ejemplo, me gusta una damita, pero mis ojos son castaños ¿Me encontrará feo y poco atrayente la mujer que busque una mirada azul? ¿No me amará por eso? Pues si ella es mi destino y no me entrega el corazón, habrá destruido mi vida y la suya. Cada color puede amarse”

El sobrino le hablaba lentamente. En aquel momento escuchando a Diego, sentía Luz que las imágenes se le agolpaban con una pureza inexplicable. Veía poco a Ramiro durante días enteros, pero en ese momento lo recordaba como un amigo especial. La pequeña Marina se había acurrucado entre sus piernas. El cuadro familiar merecía una fotografía.

—“Tenga fe”— díjole Luz

—“A veces siento que un peregrino honrado duerme dentro mío”— asintió el padre de Ramiro

—“Necesito hacerte una pregunta”— volvió a insistir su sobrino —“¿Cuándo eras estudiante te prendías una cinta morada en la solapa”

—“Todos lo hicimos. Es la ilusión universitaria desde el año 18. Pero también comprendemos después, que si conservamos el lugar conquistado, puede haber aún caminos más brillantes. Como las gemas escondidas en un cofre, en los sótanos de una capilla. Estábamos a la puerta. La hemos abierto. Nos fue dificultoso ¿Por qué el hijo tiene que volver la espalda en dirección hacia el camino? ¿No hemos venido de allá acaso? Le he descripto a Ramiro todos sus contornos”

—“Pero escúchame, tío”— insistió Diego —“¿Estás seguro de que era ésa la única puerta? Existen cientos de moradas. Hasta la del ermitaño. Tal vez él, tu hijo menor, la elija”

—“Voy a pensar en todo ello, querido sobrino. Pero allí viene hacia mí tu abuela, mi madre, y vamos a tener una larga plática. Déjenme solo con ella”— cerró así el viajero

La abuela llegaba acompañada por Juana, quien traía un bracero y una pava para el mate. Acomodó todo en la sala. Luego madre e hijo comenzaron a matear y dialogar. Los jóvenes estaban de más.

—“¡Luz! ¿Puedes venir un momento? Quiero mostrarte algo aquí sobre mi escritorio”— díjole Diego y se la llevó con él



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