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 FABULAS DE LOS ESTUDIANTES- NOVELA (entrega trece)

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Alejandra Correas Vázquez
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Alejandra Correas Vázquez

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MensajeTema: FABULAS DE LOS ESTUDIANTES- NOVELA (entrega trece)   FABULAS DE LOS ESTUDIANTES- NOVELA (entrega trece) Icon_minitimeSáb Sep 05, 2020 2:50 pm

FABULAS DE LOS ESTUDIANTES
......................................
NOVELA
...........
por Alejandra Correas Vázquez
.............................


FÁBULA  TRECE
.........................  

EL  PLATO  VACÍO
.................................


Algunas semanas después el sol comenzaba por fin mostrándose a los jóvenes estudiantes. Las heladas tardías habíanse disipado. El mediodía dejaba deslizar la aguja. La abuela se hallaba en su habitación y luego de una pausa llamó a Luz.

—“Niña ¿Te di una carta esta mañana?”

—“Sí abuela, la puse en el correo. No se preocupe”— respondióle Luz

—“¿Ves? Estoy hecha una vieja tonta, pierdo la memoria. Le escribí a mi hijo, el padre de los muchachos, porque no quiero que me reprochen sus problemas. Ellos han sido enviados a mi casa para estudiar”

—“Eso ya lo sabemos, señora”

—“Tal vez yo hubiese pensado igual que mi hijo, pero los años me han enseñado la tolerancia. El mundo es populoso y amplio. Hay cantidad de rincones. Pero su padre insiste. El estudio tiene un valor propio y el documento lo indica. Ramirito es noble... sin embargo no quiere estudiar”

—“No se preocupe, señora, Ramiro tiene conciencia de su propia vida. Además, yo creo, que usted siempre ha sabido respetar las decisiones ajenas”

—“¿Y Marina?

—“Está dormida. Duerma usted también, ya me voy”

Luz se retiró tratando de silenciar sus pisadas. La siesta había penetrado en la casona. El zumbido de una máquina de escribir se percibía a través de las puertas cerradas, desde el escritorio de Diego. Luego calló a su vez. La niña se ubicó en el sillón frente a la mampara, apoyándose en su respaldo. El sol que la bañaba fue adormeciéndola. Alguien la sopló en la cara.

—“¿Dormías?”— le preguntaron

—“...Apenas”— ella se restregó los ojos.

—“¿Te he molestado mucho?... perdona”

—“No Martín, no es nada. A mí no me gusta dormir la siesta. Es como si me quedara sin sol”

—“Claro, durante la mañana estás en las aulas de clase. Muchas tardes en casa de tu amiga Andrea.... Pero quería preguntarte ¿Es verdad que la abuela le ha escrito a mi padre?”

—“Sí”— respondió Luz con sorpresa

—“¡Es raro! ...Ella que nunca interviene”

Martín pasó su mano por el entrecejo y se puso a caminar.

—“No lo tomes a mal. Está asustada como una criatura, teme que la reten a ella por desconocer la lección. Además los quiere a ustedes con infinito respeto ¿Hay mejor amor?”— expresó la chica

Luz  hizo un lugar a Martín en el asiento, que era doble.

—“Sí... es un afecto que no valoramos. Si esta abuela nos impusiera esclavitud nos postraríamos como insectos. Bajo estas paredes cada nieto que ha pasado por ellas, ha sido responsable de sí mismo. Pero esto para algunos es un abismo duro. Le debemos mucho ¿Qué podemos hacer por ella? No ama las ofrendas”

—“Nada más que estar aquí. No te preocupes Martín ¿Qué temen todos ustedes con la llegada de tu padre? ¿Es acaso un inquisidor?”

—“No”— le contestó él sonriéndole —“Ya lo conoces, ha sido muy amigo de tu padre y tiene su misma profesión ¿Sencillo, verdad? Afable. Sin complejidad. Sin conflictos. Por momentos encantador... ¡Pero portador de miedo! Lo abate el riesgo. Por ello dejó a la docta Córdoba yéndose muy joven a un lugar tranquilo, hecho a su medida. Tampoco necesitó nunca de la lucha, pues en su generación había que buscarla voluntariamente, si se la deseaba obtener. Por fantasía. Todo era más sereno. Pero él no es consciente de que su propia sencillez, ha sido la llave que lo colmó de simpatías en su camino”

—“¡Entonces no hay problema!”— opinó Luz

Esto hizo que el muchacho quedara pensativo. Ambos siguieron meditando, sin expresar otras palabras sobre la pronta llegada del padre. El silencio fue interrumpido cuando Luz le preguntó:

—“¿Has comido?”

—“Todavía no. Pero Juana me ha servido el almuerzo. Ya voy para el comedor ¿Me acompañarías?”

—“Sí ... si quieres”

Cruzando la habitación llegaron al comedor y Martín se sentó frente a su plato. Luz iba detrás suyo y observó el día a través de la ventana, luego tomó asiento para hacerle compañía. Pero ella ya había almorzado con la abuela.

—“Este año finaliza sin darme cuenta y es el último de mi carrera. Detrás de él viene una incógnita”— comentó él

—“No veo por qué. Pareces muy decidido y en posesión de un centro. Hasta tienes elegido tu costado personal, dentro del círculo que describe nuestra sociedad”— le respondió ella

—“¿Es un reproche? No vale la pena que me lo digas. Quizás sea que admito una duda. Pienso que el hombre es débil y en su madurez termina aniquilando sus ideales. Careció de fe y tiene miedo a la transformación. Admite la mano que lo amordaza y lo protege contra lo nuevo. Es que él ya no cree en nada nuevo, porque la historia evolucionó con lentitud dentro de sus expectativas”

—“Dependerá también, cuáles fueron sus expectativas”— intervino Luz

—“En sus años de furia juvenil se agotó en los corredores estudiantiles. Un hombre débil vive dentro de cada joven que agita panfletos. En su solapa brilla una cinta morada y está pronto a dar su sangre por ese papel escrito”

Martín se detuvo, comprendiendo que su crítica estaba muy exaltada.

—“Es un juicio demasiado severo el tuyo”— sostuvo la jovencita —“Y causa temor a alguien como yo, que aún no ha ingresado a la universidad”

—“Porque sostengo que los principios en que se basan sus argumentos, son puramente teóricos. No realidades palpadas aquí. Hemos pasado por liberalismos y facismos copiados de afuera, con malas consecuencias. No pertenecen a nuestra realidad ...¡Sudamérica está tan lejos!...”

—“¡Si!... Lejos y aislados del centro neurálgico del mundo, en eso concuerdo”— comentó con fuerza Luz —“Pero también somos sus espectadores. Sus vigilantes. Somos sus grandes guardianes”

—“Te ha picado ya el bichito del idealismo. Pero claro, yo soy un egoísta ¿Quieres que adivine lo que piensas de mí? Si a los veintiocho años carezco de esa audacia, qué me esperará a los cuarenta y ocho. No creas que mi posición es fácil. Porque es realista. Tengo que pasar junto a aquéllos con quienes he probado el mismo dulce, como si fuera un extraño. Pero pasará porque ellos también pasarán ¿No lo crees?”

—“Me resulta difícil creerlo”

—“¿Podrías decirme que sitio ocupan ahora, u ocuparon, aquellos estudiantes que se amotinaron frente a un Hospital, cuando la reforma universitaria del 18. La chiflatina todavía resuena en algunos cerebros. Te lo diré: Fueron profesores o políticos. Llevaban la mirada adusta y el índice imponiendo disciplina. Pero es extraño, aquél era uno de los antiguos y activos participantes. Y seguro estoy  de que ahora siendo abuelos o bisabuelos, fruncen el ceño sobre la cinta morada de su nieto. El propio Deodoro salió más adelante defendiendo a un cruel violador y asesino, logrando liberarlo, pero Martita Stutz nunca tuvo tumba”

—“...Puede ser... Tu pesimismo es tan hondo que debe ser sincero”— aceptó Luz

Ella continuaba mirando por la ventana. Juana trajo desde la cocina un plato muy substancioso de “bife a la criolla”, que Martín comió encantado.

—“¿Te ofendo? Aunque no te hayas ubicado aún en ese camino, sientes una necesidad imperiosa de tomar las banderas. Debes hacerlo ¿Sabes? Tengo miedo a mi propio derrumbe. Mi realismo es tan cáustico que nunca las tomaré”

—¿Ni siquiera como una experiencia? ¿O por curiosidad?”— preguntóle ella

—“¿De qué me valdría entrar en una revolución sin continuidad? Ya que carezco de su fe. Mi condición es aún más austera, de lo que después fueron aquellos estudiantes reformistas del 18... He hablado con muchos de ellos o con sus hijos. Son mis profesores. Más de cincuenta años pasaron en Córdoba como un soplo, con todas sus anécdotas. La violación de iglesias en semana santa llevándose las telas moradas que cubrían a los santos. Lo que se convirtió en su bandera ¿Te lo contó tu padre?”

—“Sí... Martín, pero fue en tiempos de mi abuelo, que también era estudiante del 18”

—“Mira Luz, en la Biblioteca Mayor me encontré al hijo de uno ellos en estos días. Hombre grande ya. Cabeza cana, traje elegante. Persona muy culta y agradable. La multitud se dispersó y los tiempos pasaron. Es un profesor jubilado y respetado. Lo incluyeron en la misma barca como a muchos de ellos, sus propios compañeros...y su padre... ¡Porque es muy fácil seguir la estela de la juventud a la cola del cometa que nos arrastra! Lo he podido hacer también yo, si no ejerciera el uso de la mente y el derecho a la duda. Participar a ciegas no está de acorde con mi sinceridad”

—“¿Sabes Martín?”— lo interrumpió Luz con brusquedad —“¡Hablas tanto! Y es sereno tu pensamiento. Arrastra y te multiplica. Podrías elegir cualquiera de las ramas del árbol y encontrarías las palabras necesarias para definirla. Pero yo no sabría compartirlo sin vivirlo”

Luz le dijo aquello, cuando él se proponía a seguir hablando.

—“¿Es otro reproche?”

—“¿Por qué no te detienes un poco abriéndote hacia la naturaleza. No rechazo lo que describes y hasta puedo aceptar tu pensamiento. Lo comprendo al exponérmelo. Te aprecio ¿Pero por qué no callas un poco buscando en el interior de los otros? Cada ser es un mundo. Mi observación va hacia tu propio foco”

Martín se quedó callado. Iba acabando de comer con lentitud.

—“...No está mal... como te dije días pasados, tienes mucho talento, Luz”— expresó luego

—“¿Tienes todo decidido ya?”— preguntóle ella

—“Falta lo principal, que termine este último año. Después, un pequeño reposo en algún lugar de la sierra, un sitio sereno como el Río San Antonio. También algo de música y alegría. Y un libro de idiomas bajo el brazo, creo que alemán. No es poco. Además admitido que puedo recibir y dar mucho”

—“Nadie te lo niega. Todos buscamos un alimento interior”— Luz le hablaba con serenidad

—“Luz....Tienes una manera de ser muy dulce, y aunque no lo creas, también severa. Por una parte me sugestionas y luego me atemorizas. No lo digo ya como un intelectual, sino como un varón, que palpa tu belleza interior”— le observó él

El plato había quedado vacío.


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