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 ACUARELAS COLONIALES -(NOVELA - Entrega 33)

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Alejandra Correas Vázquez
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Alejandra Correas Vázquez

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MensajeTema: ACUARELAS COLONIALES -(NOVELA - Entrega 33)   ACUARELAS COLONIALES -(NOVELA - Entrega 33) Icon_minitimeVie Ago 14, 2020 12:55 pm

ACUARELAS  COLONIALES
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NOVELA
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por Alejandra Correas Vázquez
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NUESTROS ANGOLAS

Acuarela  Treinta  y  Ocho

Mi niñera no había tenido hijos, pero fue la madre de todos. Siendo joven reemplazó en la casa a Genoveva, que quedó en el camino de mi primera infancia, dejando de improviso viudo a Tobías. Pero Gervasio no apreció sus atenciones de madrastra, desde el comienzo, o tal vez las advirtió en demasía.

Era un mulatón angola espléndido, orgulloso, altanero y musculoso. Favorito de nuestro padre desde el comienzo,  con edades semejantes. Habíase acostumbrado a las largas travesías altoperuanas de mi padre, y regresó de una de ellas con la frágil y esbelta Alcira (mulata altoperuana, cuyo precio fue costosísimo).

Tobías no la recibió con satisfacción. Era según él decía “una niña mimada acostumbrada a adornar salones potosinos”. Su delicadeza contrastaba con la imponencia rural de nuestro suelo, donde únicamente las naturalezas fuertes resistían su puja. Así definía Tobías la compañera ideal para su hijo Gervasio. Pero Alcira, refinada, y adornada con aretes y pulseras de oro, regalos de sus antiguos señores, parecía una gema demasiado exótica para Tobías.

Alcira no sobrevivió al nacimiento de Ambrosio, dejando a Gervasio con un sentimiento culpable. Nunca volvió a enamorarse.

Tobías, supe después, pues yo no conocí a Alcira, sostuvo aquel día sin lamentarse, que “él ya lo sabía”. Siempre estuvo orgulloso de su hijo Gervasio y nunca le satisfizo Alcira. El amaba la gente vigorosa y su  remolonería no incluía debilidad. Organizaba la vida interior de la casa, nuestras salidas y juegos, las entradas de Zenón el capataz, las responsabilidades de Ambrosio y Micaela, nuestros horarios de lecturas, exigiendo a todos lo que no se exigía a sí mismo. El secundaba a Mamasita en la vigilancia de toda la casa, y era mejor prevenirse de él que de nuestro padre.

Gervasio era muy importante en la vida de nuestra Merced, y respetábamos su lugar. Su espléndida apostura de varón armado, de vigoroso guardaespaldas de mi padre y leal cancerbero, le otorgaban su lugar de privilegio. El daba por satisfechas sus emociones en el contralor de la comitiva de carretas, y en las giras ciudadanas por Charcas y Potosí.

Finalmente y a pesar de las apariencias algo despóticas, y de los juicios severos de Micaela y Tobías, era un hombre joven y adusto como mi padre. Seco incluso como él. No tenía la emotividad de Tobías, y su dinamismo sin duda habíalo heredado de su madre Genoveva.

Ejercía una extraña tiranía en los momentos adecuados. Fue siempre muy inteligente y no derramó en exceso ni sonrisas ni exigencias. Parecía muy parco a la vista primera, pero también en lo oculto muy sentimental. Fue el único que advirtió la soledad, que tu partida al Alto Perú, iba a producir en mi alma.

Cerca ya de la fecha en que tú y Ambrosio se trasladarían a Charcas, él hizo notar a mi padre esta próxima soledad mía. Mi madre había heredado un bello mobiliario de sala, guardado en casa de su hermano Silvano, que resolvióse trasladarlo hasta la casa de la Merced. Junto con el elegante mobiliario cuidado con esmero por los angolas de mi tío, se hallaba Eloísa de nueve años.

Un cruce de caminos había traído a mi mulatilla desde Charcas, cuando tú partiste hacia la “ciudad de los muchos nombres” junto con Ambrosio. El sentimentalismo de Gervasio convenció a mi padre de traerla a fin de darme compañía. El pensó en mí, en mi aislamiento, en mi melancolía. Me vio por los caminos de nuestra infancia, recorriendo ese escenario sin tu compañía. Presintió mi mundo de tristeza y trató de disminuirlo.

De pronto Eloísa hízome despertar la conciencia de mi condición femenina. Y ella, con su tierna edad, acostumbrada a las damas chuquisaqueñas donde se criara, me advirtió mi falta de faldas y de encajes. Y recién entonces descubrí quien era yo.

Una tarde muy obscura, cuando descendieron los viajeros de regreso del Alto Perú… Gervasio me vio vestida de larga seda, sonriendo y casi riendo, dándome una palmada suave en el rostro, me dijo:

“¡Qué buena es la compañía de Eloísa!”

Yo no era ya más, un muchachito, sino una damita.  


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