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  ACUARELAS COLONIALES (NOVELA - Entrega 30)

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Alejandra Correas Vázquez
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Alejandra Correas Vázquez

Cantidad de envíos : 317
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MensajeTema: ACUARELAS COLONIALES (NOVELA - Entrega 30)     ACUARELAS COLONIALES (NOVELA - Entrega 30) Icon_minitimeMar Ago 11, 2020 11:44 am

ACUARELAS COLONIALES
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NOVELA
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por Alejandra Correas Vázquez
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LA  CIUDAD  MONASTERIO

Acuarela  Treinta  y  Cinco

Sobre la calle empedrada que veníamos recorriendo a paso lento, una luz de atardecer se entremezclaba con la luminosidad tintineante que emitían los faroles recién encendidos. Los cuales ornamentaban la ciudad de Córdoba del Tucumán, haciendo más imponente sus pétreas estructuras monacales.

Era como si el risco adquiriendo dimensiones gigantescas, hubiera embellecido su potencia natural, para competir con el esplendor que circundaba el escenario. El Colegio Mayor se erguía extenso, pétreo y monumental, bordeando el dulce cántico del Calicanto, y al acercarnos para acariciar su murmullo de chicharras apoyándonos en sobre el borde de piedras bolas, un silencio de tiempo se apoderó de nosotros.

Todo era piedra, infinita y eterna. Como en el origen abismal, como en el Inicio, cuya antigüedad parecía revivir en esta ciudad monasterio. El Templo de la Compañía de Jesús, el Colegio jesuítico, las Catalinas, las Teresas, el Calicanto. La piedra invadía las calles y se adentraba en los penetrantes rostros. En los pausados y escasos caminantes a quienes cruzábamos, luciendo sus largas vestiduras.

Todo era un conjunto, orillando el Calicanto,  más allá del río Suquía, una atmósfera magistral y extraña. Un mundo que estaba en el centro de la historia y fuera de ella.

Cuando esta magia ha cautivado en una ciudad monasterio como Córdoba, es fácil preguntarse si el tiempo le permitirá sobrevivir, en su imponencia. O si será acerrada, incomprendida, y violada por fuerzas agresoras. Salvajes.

Como nuestros campos allá en la Merced están cubiertos de sierra hasta el infinito... Aquí en cambio estaba ante nuestra vista la ciudad de Córdoba cubierta de sus pétreos templos. Solemnes. Magníficos… Y más allá de ellos en su abismo solitario, un cántico de corales invadió a esa hora de Oración, toda la arteria enfarolada y empedrada. Que en su cieno de tiempo nos sumergió en un murmullo pretérito y presente, fuera de nosotros mismos.

La campana, como el eco hechicero que resuena en las quebradas, te llamaba. Clamaba por ti… y nos separaba. Ya no nos pertenecías. Ahora eras un allí un estudiante.

Entonces te contemplé como descubriéndote. Como si no te conociera. No tenías ya el rostro redondo ni los bucles rojizos recortando la piel de porcelana blanca. Tu movimiento nervioso e inconstante, habíase transformado en orden. Tus pequeñas manos, lastimadas siempre, eran ahora cuidadas largas y esbeltas, casi de un hombre...  Pero tus ojos claros, brillantes y risueños, recortados como un dibujo a pincel sobre tu pálida tez, seguían siendo siempre los mismos.

Sí… Yo tenía todavía a mi hermano. Escondido entre claustros pétreos, pero todavía conmigo. Sumergido en el misterio monacal de aquellos recintos escolares jesuíticos.

Eran macizos de piedra hechos por el hombre. De piedra las calles y el Calicanto, encerrando un rumor de especies en sus voces de chicharras, cuando ellas emergían del costado del agua. Toda aquella atmósfera insólita y mística, intelectual y poética, había conmovido y transmutado mi energía silvestre, en admiración y maravilla. …Y allí estábamos como familia, visitándote. Eras el hijo estudiante entre pedagogos jesuitas.  

Volví a contemplarte antes de que te perdieras en los claustros hechiceros que te retenían, y te desconocí por un momento, porque tu mirada de niño que aún no ha crecido por completo, contrastaba con tu larga toga de estudiante. Tus rizos recortados y esfumados. Tu paso corto. Y aquel escenario de paz augural del que ya eras parte, con todo su misterio.

La campana volvía a llamarte. Te imploraba. Lloraba tu presencia, temiendo en su cántico perderte entre los pliegues de la mantilla filipina de nuestra madre, que a su vez lloraba al despedirte. Como espantada también de mi presencia, y como si yo cautivara tu oído murmurándote que escaparas conmigo, para reconquistar a mi lado la altura natural y virgen de las quebraras serranas.

Pero me sonreíste, maliciosamente, con tus ojuelos de demonio angélico. Percibiste en mí ese llamado de tu infancia que a ti ya no te reclamaba. Y fue más potente el hechizo de la campana y la magia natural de esta ciudad monasterio de los jesuitas, que la fiebre silvestre de mi mensaje.

Volvimos apenas veinte metros bordeando los muros, y a la puerta del Colegio Monserrat recortada sobre el dintel de roca, te abrazamos... Yo, nuestra madre y Micaela, doloridas pero felices. Orgullosas de ti. Gervasio al pescante de nuestro carruaje se mostraba apuesto y enérgico. Jefe en ese momento de la familia, y protector de tres mujeres nostálgicas que te despedían por algunos meses.

Y sin embargo te teníamos todavía muy cerca. Córdoba jesuítica no estaba lejos de la Merced, aunque fuera otro mundo. Las manos negras y musculosas de Gervasio te acariciaron. Se burló de nosotras y te dio el empellón suficiente para que ingresaras tras el portal de inmensas maderas, donde te aguardaba tu preceptor, cuyo nombre me fue siempre desconocido.

Detrás tuyo cerraron la llave, y la risa fuerte del mulatón Gervasio nos sacó del éxtasis, ordenándonos subir al carruaje. Azuzó los caballos con brío y su exagerado entusiasmo nos reveló también su melancolía.

Luego calló ante la adustez del empedrado, como si la magia conventual hubiera captado en él, como en mí, un espíritu milenario que no pertenecía sólo a Calicanto cordobés. Que había reencarnado en estos conventos pétreos, después de un vagar incierto, como el duende fugitivo cuando halla la morada apropiada.

¿Perviviría siempre? ¿O sería expulsado? Como son expulsadas las horas felices y protegidas de los niños, para arrojarlos en la orfandad y tristeza de la madurez.

El imperio de Gervasio durante el viaje de retorno a la Merced había comenzado, como adivinando que su tiranía era nuestro olvido. Atrás quedaban los templos. El Colegio Mayor. El Monserrat. El Calicanto.

Los terrones invadieron el carruaje y un escenario diferente nos ofreció el camino. Más allá, el cielo celeste violado del atardecer en su imponencia natural, nos aguardaba y clamaba por nuestro retorno.  


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