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 ACUARELAS COLONIALES - (NOVELA- Entrega 29)

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Alejandra Correas Vázquez
Escritor Muy Activo
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Alejandra Correas Vázquez

Cantidad de envíos : 317
Fecha de inscripción : 07/10/2015

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MensajeTema: ACUARELAS COLONIALES - (NOVELA- Entrega 29)   ACUARELAS  COLONIALES - (NOVELA- Entrega 29) Icon_minitimeSáb Ago 08, 2020 11:12 am

ACUARELAS COLONIALES
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NOVELA
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por Alejandra Correas Vázquez
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ESTRELLA

Acuarela  Treinta  y  cuatro

La tierra roja salpicaba las patas de Estrella, y su galope deslizábase con una prisa que parecía inmóvil, ante la imperturbabilidad cordillerana. Tierra roja y carnal, su fuego de vida era una oposición colorante a la imponencia nevada.  Inmenso y eterno, el Aconcagua fascinaba mi inseguridad, sumergida en la negra piel del Estrella.

Yo ni iba ni venía, pues no sabía dónde ir ni venir. Estrella iba y venía, pareciendo consiente de ser mi cicerone en una tierra para mí desconocida. Con su color negro deslumbrante y su marca blanca en la frente, en forma de estrella, yo tenía aquella comunicación inexpresable con un caballo. Con ningún otro pingo fuera de él, en ese caluroso febrero, al pie del Aconcagua, pude vivir como entonces la grandeza original de la tierra. Sola. En un paisaje imponente y vacío. Sin otra compañía que el soberbio Estrella.

Nunca estuve tan sola y tan acompañada. Por vez primera me encontraba sin ti en el descampado y no podía llamarte. Pues no habías querido venir con nosotros, en este viaje a la chilena Mendoza. Tuve miedo de tu ausencia aunque fuera breve, de un solo febrero, aunque el verano se fugara a prisa yo temía con horror tu lejanía. Y de improviso allí, ante la inmensidad del Demiurgo, frente a la imperturbable severidad de los Andes, tuve por intervención de mi azabache cicerone, la certeza de una protección inesperada.

Estrella me protegía y estaba dispuesto a ampararme ante cualquier dudosa circunstancia. Nos introdujimos por valles y riachos helados, en deshielo. Saltamos peñas muy lejos de huellas y caminos. Atravesamos cortadas y regresamos de mundos inexplorados. Largas tardes del mediodía en adelante, por horas incalculables como nunca antes había montado un pingo, nos deslizamos infatigables por laberintos naturales frente al paredón helado. Un calor abrasante, muy mendocino, nos asfixiaba por momentos y al atardecer, helándonos las piernas, Estrella imponía nuestro regreso.

Estrella marcaba la hora del mismo y cuando el sol bajaba, volvía `por su propia cuenta. También me recibía entusiasmando, con las patas inquietas, imperioso y decidido, con afán de aventuras. Lo ensillaban casi dificultosamente, abrasado de inquietud, y apenas me sentía arriba suyo, fugaba en busca de aventuras.

Yo tenía y tengo la plena convicción de que Estrella tomaba las giras como un juego, y me esperaba para jugar y jugaba conmigo. No tuve en momento alguno la imagen de un animal sino de un joven amigo, que me había consolado porque tú estabas ausente. El marcaba una nueva época para nosotros, donde nuestras vidas al crecer comenzaban a bifurcarse. Detrás de Estrella nuestra hermandad iba a ser diferente, y lo fue para siempre en adelante. Habíamos crecido, dejando atrás  la infancia.

Mi cicerone se detenía, yo aflojaba su rienda y él comprendía que era el jefe de la marcha y la diversión. Observaba el panorama y elegía una dirección. Íbamos a campo traviesa. No había camino alguno. Pero sabía encontrarlo a la hora de regresar. Era espléndido el fondo nevado. Una eternidad sin nombre emanaba de él, provocando sensaciones milenarias. La inmensidad me separaba del tiempo y viví un culto divino que era común a Estrella y yo.

Pocas veces me sentí tan cerca de lo imponderable como en aquel febrero. Las distancias inmensas eran nuestra compañía y el sol al ocultarse formaba parte de nuestro abismo. Había trascendencia y ensueño en cada día, y me parecía sentir que Estrella era el centro de una amistad más fuerte que la de un animal y un hombre.

En su búsqueda de lugares insólitos me llevó una tarde casi al poniente, que yo recuerdo como azulada, hasta una loma desconocida que no habíamos aún explorado. De improviso sus patas se adornaron de grandes pulseras vegetales, que en un principio no pude reconocer. Presté atención al suelo que pisábamos, siendo que mi vista fascinada por los Andes se perdía siempre en la lejanía.

Numerosas cruces nos rodeaban y los montículos sobre los cuales pasábamos, me advirtieron que estábamos sobre un cementerio de campo, abierto al aire, todo de tierra. Estrella adornaba sus patas con coronas florales resecas. Una emoción mistérica me envolvió. Sin ninguna sensación dramática ni temerosa. Yo que habitualmente me espantaba con las figuras necrológicas, sentí allí, y únicamente allí, hasta ahora, una gran serenidad frente a ese simbólico concierto de cruces que rememoro como un momento muy bello.

      Siempre que evoco a Estrella, la sensación de que era algo más que un animal, cuando me miraba de frente con sus grandes ojos, que tenía algo de espíritu humano, sobresale en mis recuerdos. Sin duda muy idealizados. Como Bucéfalo para Alejandro. Y Nicol para Napoleón. El paseo con él por aquel sitio de reposo eterno frente a la majestuosa cordillera de los Andes, desde donde nos contemplaban las nieves eternas, teniendo por testigo al Aconcagua, háceme imaginar, tal vez adivinar, tal vez crear la imagen de una trascendencia entre su espíritu y el de aquellos que reposaban bajo sus patas.

Sólo ahora he llegado a pensarlo, porque en el dulce transcurso de aquel verano, cuando febrero se despedía de nosotros, sé que su estrella blanca de la frente recortada sobre una piel muy negra y brillante, eran en conjunto mi compañía. Y mi protección en aquellas tierras misteriosas andinas que volvieron a ser después, tan lejanas a mí.

Y allí quedó Estrella... en el paisaje deslumbrante blanco, azul y rojo. Su espíritu me acompañó siempre en el recuerdo, y fue él, en el límite de mi edad, mi último momento de la infancia y el primero de la juventud. Estrella fue el único pingo, el único caballo, con quien tuve una comunicación verdadera.


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