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 ACUARELAS COLONIALES (NOVELA- entrega 23)

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Alejandra Correas Vázquez
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Alejandra Correas Vázquez

Cantidad de envíos : 228
Fecha de inscripción : 07/10/2015

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MensajeTema: ACUARELAS COLONIALES (NOVELA- entrega 23)   ACUARELAS  COLONIALES  (NOVELA- entrega 23) Icon_minitimeVie Jul 31, 2020 11:37 am

ACUARELAS  COLONIALES
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NOVELA
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por Alejandra Correas Vazquez
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GALAS MILITARES

Acuarela  Veintiseis


El bracero crepitaba en su incendio rojo mientras en el exterior una lluvia implacable, convertía en laguna el gastado empedrado del patio. Desde la galería contemplando el cielo añil con su cortinado espumoso, acompañábamos de pie junto a él, la figura apolínea y soldadesca de Anastasio, primo de mi madre. Su recia apostura coaligaba a la intemperie, con el vigor de su estampa acordonada. Con sus botas y botoneras de capitán de milicias, con su acento a plazas fuertes y cabildos.

Nos deleitaba su presencia por su prestancia, tan inusual en nuestras serranías endulcoradas. Ibamos a su lado de un extremo a otro de la galería y nos deteníamos junto a él, en la misma pose, tratando de captar su altivez guerrera con la fascinación de todo lo que es distinto a lo habitual. Es la mente infantil que vive en busca de exotismos. En una mente como la tuya, y en la mía, que era como tu gemela y lo sería por mucho tiempo todavía.

Anastasio contemplaba el abismo lluvioso con deleite y aspirando el aroma de tierra empapada. Para nosotros que era desde siempre, el perfume casi cotidiano en el cual nos habíamos acunado, no tenía nada de sorprendente. Pero su descubrimiento nuevo para él, un ciudadano, novedoso, anudaba climatizaciones desconocidas. Emociones provenientes de un mundo que sólo él comprendía, su pecho henchido de aire serrano, captando energías indispensables. Esa lluvia estaba cargada para Anastasio de maravillas.  

No teniendo allí otros subordinados mejores que nosotros tres, los niños de la casa, en aquellas temporadas de sosiego en nuestra Merced donde él veraneaba, nos hacíamos eco de sus órdenes con la premura más eficiente. Lo que desconcertaba la sorpresa de Tobías.

Su voz cargada de exigencia nos enviaba en busca de objetos insólitos. Su pipa o su mate amargo y frío, que olvidaba en cualquier lugar. Nos imponía marchas y retrocesos. Saludos y paradas. Su juego incansable que nosotros tomábamos como la más seria de nuestras disciplinas, tal vez la única, Esto asombraba a su ya crecida hija Sonia, y a la muy indiferente tía Irma a quien intentaba conquistar siendo ambos viudos, por cuya razón gozábamos los niños de la presencia de Anastasio en nuestra casa.

Cuando el tiempo lo perdió de vista y sus visitas concluyeron por ser escasas, al verse rechazado por tía Irma, su imagen patricial más que patriarcal, fundióse en mí dentro de una profunda ternura. Su voz estentórea que sacudía la atmósfera casera con una vibración segura y sin violencia, con aumento de caudal por lo cual todos parecíamos haber sido sordos, era a un mismo tiempo de una profunda cordialidad e inmenso cariño. Simple en sus actitudes humanas, complejo en sus presentaciones, con una niñez eterna dentro de sí, y acompañado de una severidad exterior, alegró el alma de la Merced haciéndose asequible y querible por todos.

No estaba acostumbrado a aceptar ideas de nadie, ni aún admitía las de nuestro padre. Tampoco esperó convencernos de nada. Criticaba o discutía sin aguardar razones. Había que obedecer lo que era regla por estilo, por consecuencia, por la regla misma. Su convicción no era a favor de él sino de la ordenanza, fuese cívica, religiosa, guerrera, casuística. Mancomunado con esta disponibilidad a todo lo establecido, era sorprendente ver su originalidad creadora, y la forma que la unía a las reglas.

No entraba en diálogo alguno, y se hizo célebre por la frase con que lo definíamos: “Son cosas de Anastasio”. Obra de fantasía o de obediencia. Lo establecido por Anastasio era de él, o para él. Nunca lo consideramos apropiado para nosotros, ni él tampoco esperó que lo fuera. Su especial diferencia que radicaba en su condición de guerrero y cabildante, de hombre de plazas fuertes, se consideraba de otra especie, como si no hubiera nacido dentro del mismo Virreinato. No teníamos tampoco para él las misma obligaciones suyas. No podíamos por tanto participar de sus reglas y ser parte de ellas. Y en esta compleja concordancia radicaba su actitud tolerante con nosotros y con todos, que fue incluso, mayor que la nuestra con él.

Su cariño me conmovía. Gustaba a la mañana muy temprano, en cama todavía y mate en mano, siendo yo pequeña, hacerme traer junto a él para escuchar mi torpeza de lengua. Mi acento, en exceso serrano con atisbos a Ramona y giros dialectales ya en desuso, que conserva el mundo criollo desde los primeros días de las fundaciones ( cuando llegó el castellano por estos lares) se convirtieron en su encanto.

Cuando el tiempo lo alejó por su nuevo matrimonio de nuestra Merced, su casa de Córdoba estuvo siempre abierta para nosotros, llegados a la adolescencia. Irma ya no nos acompañaba, pues aquella esperanza de reunirlos se había esfumado para siempre. Pero su sentimiento claro se transformó en una hospitalidad ostentosa. Su vozarrón era el mismo, sus quejas iguales, atemorizaba con sus caprichos pues estaba más adulto, y al recibirnos parecía incluso disgustado con nosotros. Casi maniáticamente nos recibía con toda clase de reproches y quejas incomprensibles por ideas que no calculábamos.

Se mantenía espléndido y a los ochenta años, era atlético y erguido, musculoso y hacía diariamente flexiones. Su  esposa llamábame en un aparte diciéndome: “Llévale este mate que él siempre aguarda a que tú se lo alcances. Eso lo pone contento al verte.”. Y yo entraba a su habitación con mi nueva pollera adornada de puntillas, muy distinta a mi antigua indumentaria infantil. Pero Anastasio no prestaba en absoluto atención a ella, tratándome como si el tiempo no hubiera pasado para mí, porque nunca pasó para él.

Fue un hombre eminentemente de a caballo y los más ariscos potros fueron su delicia. Nos enseñó a admirarlos por su fuerza o su elegancia. Como parte de su oficio eran para él un culto más que una necesidad. Su rusticidad doméstica se volvía entre ellos una corografía de armonías exquisitas, que desfilaban ante nuestra vista en apoteosis danzante, con resabios de ballet. Entre sus facetas de refinamiento también destacábase su amor a la lectura, y aunque Don Dionisio no le atribuía erudición, tenía que aceptar que era una personalidad inquieta e ilustrada.

Se despidió de una exótica manera de mí. Durante tu ausencia en Charcas llegó en verano a la Merced, sorprendiéndonos, puesto que ya nos había desacostumbrado a sus visitas. Se fue casi de inmediato diciéndome que se iba feliz, por verme tan crecida y tan bien ambientada.

Yo acostumbraba a verlo cuando tú eras un niño todavía, y te habías convertido en su asistente y su mejor soldado. Anastasio se colocaba sentado a los pies de tu cama, viéndote dormir la siesta, agotado, después de cabalgar toda la mañana con él. No habiendo tenido un hijo varón te tomaba como tal contemplándote allí dormido, diciéndonos cuán lindo eras con tu gracia infantil, admirando tu belleza en crecimiento. Satisfecho de tu adhesión a él y feliz de la fascinación que él te producía, llamándote con ternura cálida y casi ingenua: “Mi Pichón”

Luego de esa última visita, meses después, a medianoche mi cama comenzó a moverse en forma extraña. Y sentí en la obscuridad que alguien se sentaba a los pies de ella. ¡Grité! …preguntando quién era... “¡Hay alguien sentado a los pies de mi cama!”. Micaela llegó hasta mí con una vela encendida, para ver lo que acontecía. Nadie había allí. Yo estaba sola en mi habitación. Tobías recorrió el patio con una lámpara en la mano, pero no halló a ningún intruso.

Fue su despedida. Lo supe cuando días después el Chasqui trajo la mala noticia, y el suceso de su partida final había ocurrido aquella noche a la misma hora. Comprendí entonces, que en ese momento Anastasio me contemplaba, como contemplándonos a los dos, en una exótica síntesis.

En aquellos momentos, me dijiste a tu regreso del Alto Perú, recorrías de noche las calles empedradas y ornamentadas con faroles en Chuquisaca, cuando volviste tu rostro con la impresión de que alguien caminaba contigo. Muy cerca tuyo. Ambrosio que te acompañaba se asombró de tu sensación, sin encontrar ambos respuesta alguna, hasta tu regreso a la Merced, donde comprendiste la razón de aquella compañía invisible, en una calle vacía.

   
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