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 ACUARELAS COLONIALES (NOVELA- Entre 22)

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Alejandra Correas Vázquez
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Alejandra Correas Vázquez

Cantidad de envíos : 362
Fecha de inscripción : 07/10/2015

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MensajeTema: ACUARELAS COLONIALES (NOVELA- Entre 22)   ACUARELAS  COLONIALES  (NOVELA- Entre 22) Icon_minitimeJue Jul 30, 2020 7:24 pm

ACUARELAS  COLONIALES
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NOVELA
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por Alejandra Correas Vazquez
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LA  COLMENA

Acuarela  Veinticinco


La habitación llena de luz y envuelta en aroma a peperina —que durante el invierno permanecía cerrada en la casa grande de la Merced— nos indicaba la llegada de nuestras “tías puntanas” procedentes de San Luis. Este nombre generalizado para Herminia, Irma y Pura, las hermanas de mi padre, llenó nuestra infancia sin identificarlas. Su conjunto armonioso o discordante en ocasiones, alegre o trágico, según los momentos, estaba impregnado de variadas secuencias.

Constituían una unidad uniforme de ternuras e iras alternadas, en forma indisoluble. Ellas estaban o no estaban con nosotros. Nunca las vimos aisladas entre sí y la presencias de sus consortes no alteraba esa amalgama, el orden entre ellas existente. Fue notable su homogeneidad en una familia compleja como la nuestra, diversa, de tipologías muy individualistas, donde coexistíamos diferenciándonos.  

Tú y yo creíamos en la infancia que ellas tenían el mismo rostro. Que pensaban siempre igual. Que habían nacido en la misma alborada. Cuando algo hablábamos con alguna, considerábamos que lo habíamos tratado con las tres. Cuando llegábamos al mediodía trayendo agua fresca de vertiente, se la ofrecíamos a la primera de ellas considerando que ya estaba hecho el obsequio para las tres. Las mañanas nubladas al recoger peperina por el monte, aprovechando el manto blanco que cubría al sol en los veranos ardientes, nuestros brazos cargados de ramos con hojas perfumadas, vaciaban su contenido en la falda de una tía puntana. Y nuestra ofrenda en singular, era un tácito plural.

Yo definía a todos los miembros de nuestra casa por sus autonomías particulares, y pensaba que ellas en cambio, eran de una especie diferente. De otra raza. Que habían nacido sin individualidad como las abejas de una colmena. Tuve que llegar al crecimiento para advertir, que su vida triple, era una suma de diferencias. Su conjunción duró toda la vida como una asociación homogénea, donde se coaligaban sus cualidades por suma y no por resta. Habían agregado cada una lo suyo y todas a una, se responsabilizaban del conjunto. Me fue difícil, ya más grande, adivinar de cuál de ellas provenía determinado pensamiento. Pues la trilogía se hacía cargo de inmediato del mismo. La incógnita de su desciframiento, fue uno de los grandes entretenimientos de mi vida. Entresacando palabras, logré descubrir quién de las tres había propuesto determinada idea, asumida por la colmena.

Aprendí a preguntar a Pura sobre pasajes de la vida simple y rutinaria. A Irma sobre acontecimientos sociales externos, con su cuota de frivolidad. A Herminia sobre juicios y valores de actos y personas.

Esta última, como más equilibrada, era de una notable inteligencia, razonaba con seriedad, brillo y conciencia siendo sus análisis austeros libres de emoción. De gran serenidad, no tenía sensibilidad intuitiva y su lógica hacía imprevisible la irregularidad del futuro. Herminia quedaba desamparada siempre, frente a los avatares de la vida. Su genio, de soberbia estructura, quebraba su centro ante lo imponderable, para lo cual su razonamiento no estaba preparado. Frente a esto ella repetía siempre que: “carecía de suerte”.

Irma autentificaba el descontrol de la emoción y la irregularidad de la intuición. Acertaba por naturaleza y su lógica era absurda. Tenía encanto de sociedad, brillo mundano y favorecía nuestras fiestas y coqueterías. Soñaba con lanzarnos hacia universos heroicos y distantes, de terciopelo y sedas, a los que nunca nos encaminaríamos porque estábamos convencidos de que lo nuestro era grande: La Merced, con la riqueza de su tierra.

Complicaba mucho todas las cosas y mudaba de humor con facilidad. Nos amaba y a veces nos rechazaba. Pero siempre hizo pesar su fascinación literaria, informativa, versada, culta, sobre la que indudablemente le debemos mucho. Dada la vida marginada a las grandes urbes donde nosotros vivíamos. Nos creó un interés de curiosidad necesaria, que nació de ella. Fue la que más gozó con tu ingreso y partida hacia Chuquisaca. Y la que estaba más presta para subir a un carruaje y cubrir distancias. Fue la única entre las mujeres de nuestra familia, que conoció al Alto Perú.

Pura, en tanto, era en extremo simple. De bello humor con insólitas iras, vivía encantada de vivir, sin que ninguna actividad le atrajera nunca. Casi era un ritual verla acostada de mañana, de tarde, de noche. Se volvió un hecho dialogar con ella a los pies de su cama. Nunca leía y no le gustó instruirse en nada, soportando la obligación familiar de leer y escribir al mínimo indispensable. Muy bonita y muy morocha con un tipo de cabello enrulado del que nunca estuvo satisfecha. Peinaba mis duros cabellos de oro con fascinación. Mientras yo me fascinaba con sus negros bucles. Amaba el encaje y la seda... y no demostró otro interés en su vida. Caminaba poco, paseaba menos, se molestaba de cualquier actividad doméstica.

Las tres en realidad desconocían la existencia de un interés por la casa y se recostaron siempre en su mulata Rosalía, cuya actividad responsable dirigiendo al personal de limpieza habíala convertido en una verdadera jefa de hogar. Y a quien las tres recurrían. Siendo Pura, la que más necesitaba de ella, por su tendencia al ocio y su inclinación al placer fácil.

Pensante, dinámica y ociosa. Las tres naturalezas que las retrataban. La vida las empujó con su magia milagrosa a llevar una vida muy pareja. Incluso sus hijos fueron varones, a quienes convivir en una colmena fémina, como toda colmena, les impuso un ritmo difícil, al sentirse sobreprotegidos o ajenos a ella.

Factores económicos, obligaron a Pura a adquirir obligaciones, de las cuales huyó en cuanto sus hijos crecieron. Razones matrimoniales y maternales, hicieron que Herminia quien era tan fría, viviera una vida de sentimientos. Irma, que era el movimiento, fue la que mantuvo una vida acorde con ella misma, siendo sus circunstancias las misma que ella deseaba. Fue el nexo de unión tanto como de desunión entre toda la familia, porque ni ella ni nadie podía controlar sus vibraciones, que muchas veces parecían tempestades. Aún de ello, entre dos hermanas tan disímiles como fueran las suyas, estableció un centro de acuerdo que ella manejaba increíblemente bien, a la vista y sorpresa de todos.

Pero eran una Colmena, indisoluble. Nuestra abuela Inés siempre tan sobria, no perturbó en nada la vida de sus hijas, pero mamasita Aurora vivió muchas emociones en función de ellas. Y siendo que yo las veía iguales, a medida que crecía las iba definiendo y separando. El problema estaba dado porque cuando había que pensar con Herminia, las tres contestaban al unísono. Cuando había que imaginar con Irma, la trilogía participaba. Y cuando había que arrullarse en la existencia mansa junto a Pura, también eran nuevamente todas ellas una colmena.

Esto se prestaba a grandes confusiones para mí, porque Pura no sabía pensar y Herminia no sabía sentir. Irma intuía, y no sabía explicarlo como Herminia, ni tenía la paz de Pura para manifestarlo. De esta manera me costó largo tiempo acercarme a cada una de ellas, y hoy día pienso que nunca pude en realidad, estar con alguna, aisladamente, en forma identificada, aunque me esforzase a ello.

Mamasita, era ella misma, mi padre también. Ellas nunca fueron una sola persona y el problema planteado a una, era contestado por las tres aún cuando yo le hubiese manifestado a una sola de las tías, en aislamiento, mi consulta. Pero las tías por protocolo real y de siempre, tienen como único fin en nuestras vidas el de ser consultadas, el de servir de nexos. Y esto fue cumplido por ellas con aciertos y desaciertos, magníficamente. Se criticaban entre sí notoriamente, pero nosotros no podíamos criticarlas a ellas, porque entonces teníamos a las tres en contra nuestra.

Cuando en las vueltas de la vida, cansadas en años, caprichosas por la edad, estas elegantes damas tuvieron una disputa que duró un par de años, yo no hice caso de ello y no tomé ningún sector como mío. Los que participaron se encontraron después, cuando el terremoto hubo pasado que todo seguía como siempre había estado antes, en un templo intocable. Y los intrigantes quedaron fuera de escena, desconcertados.

Dentro de la Merced, en sus prolongadas visitas veraniegas, ellas traían la efusión del movimiento o de la vida sedentaria. Como vivían en trinidad, se mancomunaban para sumar las personalidades y repartían una confusión de de formas peculiares.

Ramona se alegraba con su llegada y su partida. Las extrañábamos y nos fatigábamos de ellas. En sus insólitas costumbres venían de San Luis con sus esposos puntanos, o venían solas. Pero siempre las tres. Fuesen cual fueran las circunstancias matrimoniales, los problemas de sus conyugues, o la situación de su gran casa de dos plantas y muchas dependencias sobre un inmenso solar, Rosalía la espléndida y coqueta mulata estaba siempre con ellas. En realidad Rosalía atendía más durante el año a Irma y se fatigaba con ella. Pero siempre quiso más a Pura y a los hijos de Pura. De todas maneras era la única que venía con las tres. Y la bella mulata angola se sintió siempre una forastera en nuestra casa, pues hallábase identificada dentro de sí, como miembro de la familia puntana.

El esposo de Irma falleció estando ella en la Merced. La noticia llegó por intermedio del Chasqui quince días después. Genoveva, que la había criado, le confeccionó un traje negro que resaltaba su belleza, su espléndida figura siempre mentada. Pero ella no regresó a San Luis hasta un mes más tarde junto con sus dos hermanas, también de negro. Reluciendo la blanca presencia del rostro de Herminia, y desluciendo la faz morocha de Pura.

No volvió a casarse, a pesar de los grandes esfuerzos de la abuela Inés para que aceptase los requerimientos matrimoniales de Anastasio, primo de mi madre, viudo también, y miembro militar del cabildo de Córdoba. Quien nos regalaba dulces para conquistarla a ella.. Es evidente que Irma no quería dejar San Luis y separarse de sus hermanas, rompiendo la trilogía que justificaba su existencia.

Los hijos de Anastasio, mis primos maternos, visitaron largos años nuestra Merced, como erguidos jinetes. Y con el tiempo llegaron muy eufóricos diciendo que habían encontrado una nueva esposa para su padre. Esta alegría nos asombró, pero mi madre comprendió que sus sobrinos querían alzar vuelo con proyectos propios.
   
La insólita conjunción de las tías era hermosa, espléndida y no fácilmente reproducible. Fue una Colmena. Tuvo algo poco común, con todos los defectos y falencias que una trilogía semejante puede producir, cuando se piensa en individualidades y consortes. Pero sus hijos que tuvieron tres madres injertas en una colmena, no la olvidarán nunca. Quizás tampoco nunca la valoren. Pero la valorarán los pájaros, los huérfanos, los sauces, los luceros, los grillos, los exilados, el idealista... Yo al menos la valoro.


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