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 ACUARELAS COLONIALES (NOVELA -- Entrega 19)

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Alejandra Correas Vázquez
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Alejandra Correas Vázquez

Cantidad de envíos : 317
Fecha de inscripción : 07/10/2015

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MensajeTema: ACUARELAS COLONIALES (NOVELA -- Entrega 19)   ACUARELAS  COLONIALES  (NOVELA -- Entrega 19) Icon_minitimeLun Jul 27, 2020 11:37 am

ACUARELAS  COLONIALES
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NOVELA
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por Alejandra Correas Vazquez
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CUENTOS DE  FOGÓN
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Acuarela  Veintidos


Había una gran rivalidad por tu preferencia, por tu compañía, entre todos los niños que nos reuníamos en la Merced en épocas veraniegas. Esto era, cuando llegaban nuestros primos puntanos, como se llaman los habitantes de San Luis, ciudad que pertenecía también al Tucumán. Ya que eras el centro de atención, dada tu creatividad y alegría. Era tu magnetismo quien los convocaba.

Pero los únicos asiduos a tu compañía, éramos Ambrosio y yo, dado que vivíamos juntos en la Merced. Ello nos daba orgullo, como un privilegio especial, tan caro a la rivalidad de todos los niños. Pero el mulatillo parecía querer destacar tu atención y separarte de mí, a lo que yo respondía con llantos y necesidades, que tú me acordabas de inmediato.

Sin duda, pienso ahora, yo abusaba de ello como toda nena pequeña que sentíase desvalida, entre dos varones.

Ambrosio demostraba que corría mejor que yo y era más ágil, como si en aquella pueril rivalidad cuyo duelo exhibíamos por ti, de auténticos rivales, fuéseme a mí posible transponer la energía aguerrida de su herencia africana. De igual manera, en cualquier momento tenían ambos que competir en afanes masculinos, y de los cuales era casi seguro tu triunfo. Entonces yo me vengaba aplaudiéndote.

Ambrosio había advertido que los cuentos de miedo me causaban terror, tanto como a ustedes les fascinaban. Eran por otra parte una traición gauchesca, llamada “cuentos de fogón”, que se contaban en las cocinas (originados en los descampados junto al fuego). Y allí los niños los escuchaban atónitos. El mulatillo usaba de ellos para hacerme sufrir por su rivalidad conmigo.

Comenzaba él los relatos que yo escuchaba desprevenida y cuando se acercaban las secuencias dramáticas, yo tapaba mis oídos gritando. Micaela debía intervenir llevándome a la cama. Estos sucesos fantasmales se presentaban a la hora de dormir, cuando en la cocina a los niños nos servían una leche cuajada con miel, una mazamorra o un locro, según la temperatura y la estación.

Los niños, era corriente, no cenábamos con los mayores y pasábamos a la cama más temprano. Una noche me persiguió Ambrosio hasta lo dormitorio con un cuento espeluznante, y tú viniste a salvarme relatándome una historia dulce que me transportó a ensueños.  

Entre aquellas rivalidades tan simples sucedió la vez, que junto al arroyo, los dos resolvieron cavar un túnel con dos entradas, donde la tierra era negra y blanda, con palas chicas de mano. Ambas entradas daban al frente, y se unirían por dentro. Comenzaron a cavar los dos al mismo tiempo y se había establecido una carrera para ver quien llegaba a dar la primera palada que abriera una brecha con luz.

Cavaron varios días, y medían las distancias donde se hallaban por medio de pasos, siendo casi equidistante el progreso. Faltaba poco, cuando yo advertí el final, y partí corriendo hacia la casa en busca de mis juguetes. Entre ellos tenía una cucharilla puntuda de uso imprecisable, con la cual volví hasta donde estaban ustedes. Te la entregué y con ella atravesaste hasta el otro lado la medianera de tierra. Recuerdo la fascinación que la luz pasando por allí, me produjo… Y yo gritaba :

—“¡Viva Cirilo! … ganó Cirilo!”

Era yo quien había ganado y me creía parte del triunfo, ante el enojo de Ambrosio. La casa entera vino a ver aquella proeza que les pareciera imposible. El túnel que había demolido una buena parte de la barranca junto al arroyo, subsistió mucho tiempo.

Fue un sitio de pensamiento para mí. Junto a él me sentaba acompañada por Eloísa, ya adolescente, en los tiempos de tu ausencia, cuando Ambrosio y tú exploraban los horizontes chuquisaqueños. Como si aquella primera hazaña juntos, que había sorprendido a todos, fuera el anuncio de una sociedad común entre ustedes, de la que yo guardaba su imagen como un tesoro.

El túnel años después, debido a intensas lluvias, ocasionó derrumbes e inutilizó un puentecillo.

Muchas mañanas en los días de infancia, al salir juntos nosotros dos al exterior, veíamos a Ambrosio que estaba limitado en los juegos nuestros, por exigencias de Tobías. Su abuelo quería tenerlo siempre atrás suyo. Y te acusaba de causar las fugas de su nieto.

En algunas de aquellas mañanas lo veíamos siguiéndonos a lo lejos con la vista. Nos daba una gran pena de verlo, casi espiándonos. Nos deteníamos y lo llamábamos. No percibíamos el incendio de su rostro obscuro, emocionado, pero sí su risa blanca y su corrida hacia nosotros. Y entonces debíamos los tres huir muy lejos de Tobías, que organizaba batidas para encontrarnos en la gran escenografía del monte arisco e invernal.  
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En la partida múltiple con el grupo de primos puntanos, saliste siempre a la cabeza. Tus larguísimas piernas te permitieron desde el  comienzo llegar más presto que todos los otros. El conjunto hacía estragos y fuiste más notable para mí,  en aquellas situaciones, porque tu voz es la que se erguía haciéndote responsable por los destrozos de todos.

Nunca olvidaré que siendo tan pequeño, eras capaz de hacerte culpable por lo que no habías hecho. Sólo la fama merecidamente ganada de Santito podía desmentirte. Ni siquiera era necesario, cuando se hallaba él con nosotros de que te ofrecieras en enmienda, porque el educado mulato Sabino que custodiaba a Santito por orden de Don Santos, no estaba dispuesto a creerte así fuera cierto.

Los primos de San Luis eran cuatro. Varones todos y sólo años después siendo ya crecidos, llegó Aurorita. Desde entonces convertida en la “mascota”, que llegamos a considerar como nuestra propia sobrina.

Los cuatro puntanos eran como una masa impersonalizada y sólo Iñigo se destacaba entre ellos, por ser más mesurado y ante todo, más adulto de edad y de interioridad. A veces creíamos que no era un niño como nosotros. Y por ser el mayor de la tía Herminia, gozó de un privilegio que también era un peso para él. Una responsabilidad que le acortaba la niñez.

Yo tuve por Iñigo casi temor. Lo tomaba como si fuese un tío y no un primo, dada su seriedad. Sus ojos muy azules se clavaban como aguja en medio de la mesa, y sin una palabra nos imponía silencio. Cuando pienso en la corta edad que nos llevaba me lleno de asombro.

Sus cabellos de tono rojizo, enrulados, eran lo único que quitaba seriedad a su rostro. Nunca rió fuerte, aunque tomaba con agilidad las bromas. Pero no tuvo nuestra edad, y quizás no tuvo nunca la suya. Tú y yo sobrellevamos casi siempre su severidad, guardándonos de no contradecirle.

Ambrosio que me disputaba tu preferencia, se aproximaba a mí casi como un gemelo, cuando sentíase desplazado por la agrupación familiar de los primos puntanos. Entonces los dos, que habitualmente nos estábamos persiguiendo, nos volvíamos más unidos. Nosotros dos éramos el llamado del hogar, de la Merced, de nuestra sierra… cuando tú te esparcías por aquel escenario mundano que venía en los veranos en tu búsqueda, motivado por tu magnetismo natural y espontáneo, pues ellos eran visitantes procedentes de una ciudad, San Luis.

En aquel tiempo Ambrosio no se imaginaba, que habría de compartir algún día toda tu vida citadina posterior, en una lejanía fuera de nuestras sierras. Yo tampoco sabía entonces, que iba a semejarme en mi futuro juvenil, a las arropadas hijas altoperuanas del tío Silvano... Celia y Ofelia

En adelante, al crecer, los atardeceres vacíos por la ausencia de ambos -Cirilo y Ambrosio- dejaban traslucir un mundo abandonado debido a la falta de ustedes, viviendo ahora en el Alto Perú. Fue allí cuando comprendimos que aquel umbral que habíamos traspasado, no tendría regreso.

El devenir era ya parte de nuestra nueva edad. Y Ambrosio sería para siempre tu compañero insustituible.

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