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 ACUARELAS COLONIALES (NOVELA- Entrega18)

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Alejandra Correas Vázquez
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Alejandra Correas Vázquez

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MensajeTema: ACUARELAS COLONIALES (NOVELA- Entrega18)   ACUARELAS COLONIALES (NOVELA- Entrega18) Icon_minitimeDom Jul 26, 2020 7:57 pm

ACUARELAS    COLONIALES

NOVELA

por Alejandra Correas Vazquez
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Un   BEDEL  INSOBORNABLE

Acuarela  Veintiiuno


El invierno arreciante disponía a Gervasio impulsar nuestros estudios, y vigilarnos.... Lo que era por cierto muy a pesar nuestro, pues conocíamos su tiranía y poca paciencia con los niños.

Y él era ¡Un bedel insobornable!

Gervasio tenía poco que enseñarte a ti, imbuido como estabas ya en declinaciones latinistas, lo que no era su fuerte. Sin embargo él las escuchaba atentamente durante horas, no las comprendía pero las exigía, libro en mano. Mientras me imponía a mí que yo leyera en voz alta, en forma casi fatigante. Pero era principalmente su hijo Ambrosio quien le preocupaba sobremanera. Gervasio intentaba transmitirle su herencia de escribiente,  que Ambrosio diseñara bien las letras, con la bella caligrafía que él le mostraba.... sin grandes resultados.

Látigo en mano nos amenazaba, golpeando el suelo, mientras mamasita Aurora con el brasero  y su mate en la misma habitación, nos hacía compañía. El piso enladrillado soltaba diminutas astillas rojas con cada guascazo de Gervasio, provocados por las equivocaciones nuestras. Mientras  los carbones del bracero aromatizados con yerbabuena, de nuestra bisabuela, inundaban el lugar.

Gervasio enseñaba bien, pero no tenía paciencia con los niños.

Las cartas lacradas llegadas a nuestro padre —que el Chasqui traía todos los meses desde el Alto Perú— eran leídas en voz alta por él y guardadas en un cofre pequeño, con cobertura de plata potosina, cuya llave ambos poseían. Las veíamos cuando eran introducidas en ese lugar escogido, como un misterio insondable que aumentaba la curiosidad de nuestras pupilas. Luego ambos procedían a enviar la respuesta, firmada por mi padre con una rúbrica de grandes adornos y selladas, también con lacre, pero escritas por Gervasio con una caligrafía muy clara.

Más adelante, tus cartas alegres y hasta cómicas, acompañadas de graciosos dibujos, que enviabas desde el Alto Perú en tus tiempos de estudiante, serían escritas por ti. Y sólo algunas líneas males, escritas por Ambrosio, llegarían para su abuelo Tobías, quien por otra parte no era  muy hábil para leerlas. La eficiente responsabilidad de Gervasio no fue substituida por su hijo Ambrosio, siempre indolente en este tema. Y el látigo del “bedel insobornable” pegó en vano sobre muebles y pisos. Las piernas frente a mamasita Aurora siempre se salvaron.

Gervasio era de una disciplina insuperable, por tanto condicionaba a ella nuestras tardes invernales de la infancia. Con en el rigor del invierno, la ausencia de actividad propia lo volvía como un lobo enjaulado. A diferencia de la pesadez de su padre, el obeso Tobías de llavero en cintura, quien lucía siempre sus guantes muy blancos, a los que no podía ensuciar. Gervasio gustaba del dinamismo como si la quietud fuera a consumirle toda su savia.

Su armoniosa caligrafía nacía de sus manos como rosetones floridos, y nosotros la admirábamos maravillados. Erguido. Con la espalda tiesa. Bajando los ojos sin inclinar el rostro, las largas y nudosas manos untaban la pluma en el tintero e imprimían los grafismos sobre el papel inmaculado, con sus brazos siempre tensos. En voz seca, pero mesurada, volvía a repetir para el auditorio infantil (nosotros) cada paso del proceso. A su costado, rodeándolo y con miradas desmesuradas, nosotros nos deslumbrábamos con él.

Estaba siempre ataviado de lujo, con casaca roja y pantalones negros a la rodilla, botas muy altas. Y en aquella pose hierática convertíase en un suplente digno del cura Dionisio (o su rival) satisfecho de utilizar con nosotros su tiempo, durante las tardes invernales vacías y escarchadas.

Pero esta facultad de escribiente donde descolló, y donde se hacía más que imprescindible para mi padre, alcanzó también cierta afinidad con Don Dionisio …A pesar de que el Aureum Otium del sacerdote y maestro lusitano  tuvo siempre muy disgustado a Gervasio, por todo lo que encerraba de inercia. Y Don Dionisio se complacía en aprovechar la estilizada caligrafía de Gervasio para las misivas epistolares, que él hacía llegar por intermedio de su hermano Santos, hasta Lima, alcanzando con ellas los recintos del Virrey

Un gran sillón tallado en madera guaranítica de la misión jesuítica, traído desde la ciudad de Trinidad, se encontraba en la sala grande colocado allí para Don Dionisio. Acomodaba en él su robusto continente con mansedumbre. Desde allí, con holgura casi obispal, dictaba a Gervasio palabra a palabra, un texto larguísimo.

En su reminiscencia de imágenes arcaicas, enraizadas en su pasado portugués, emergían dentro de él figuras arquetípicas que pertenecían a un mundo para nosotros desconocido. Su voz grave y baja, comentaba sigilosamente en nuestro oído, señalando a Gervasio: “Pareciera un antiguo príncipe moro”....Ante aquella exótica sentencia nosotros  observábamos su hidalguía, que quizás fuera moruna, como sostenía el sacerdote. Pero yo, que temía a Gervasio, que me sobrecogía por su severidad adusta de “bedel insobornable”, continuaba muda mientras uno dictaba y otro escribía. Y no atinaba a admirar su hermosura.
   
Gervasio era duro y su látigo se hizo célebre. Aunque nunca en realidad nos dañara, pero el chasquido de los guascasos sobre el adoquín del suelo, bastaban para enmudecernos. Su figura atlética aumentaba esa imagen de rigor que él nos imponía. Pareciera que todos recurrían a él para salvarse de la invasión infantil que nosotros producíamos. Su látigo resonante sobre pisos y adoquines llegaba pocas veces a las piernas de ustedes —Cirilo y Ambrosio— y a mí no me tocó nunca. Pero tenía la magia de dejarnos mudos y quietos, como una estatua. Cual era su objetivo.

Único personaje armado de la casa, su apostura era la de un soldado y cancerbero. Esta imagen nos producía magia y temor en el interior del hogar, teniendo nosotros cautela frente a sus enojos. Pero se hacía necesaria para cuidar el orden familiar, ante el bullicio infernal que provocábamos, más aún cuando estaban con nosotros todos los primos puntanos. Como asimismo era Gervasio nuestro respaldo en el exterior, y nos confiábamos en él para nuestras excursiones camperas, donde él iba como único representante de loas adultos, en las que participaba muy entusiasmado. Y las quejas de los distintos desencuentros infantiles, lo encontraban siempre como juez.
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Gervasio era un hombre de cuentas y de números, como brazo derecho de mi padre. Era un sistemático. Mientras su vástago Ambrosio sería siempre un fantasioso. Le resultaba más coherente al mulatillo dominar las cifras en el aire que ordenarlas en un papel. Ambrosio tenía más habilidad para las cuentas mentales que las escritas. Aquello que debía ser en el futuro -según se pensaba- su tarea específica que Gervasio debía transmitirle, pasaba por la imaginación de su hijo como un cometa sin deseo de asentarse en punto alguno.

¡Nunca hubiera imaginado el metódico padre, cuánta utilidad te prestó más adelante en los viajes, aquélla habilidad y rapidez de Ambrosio!
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Sistematizado en escuchar tus latinismos, aunque parecía abstraído, Gervasio terminó por conocer todas tus declinaciones. Y te fue imposible en adelante acelerar el trámite y olvidarte de parte alguna. Fue siempre imposible para nosotros superar su capacidad memorizante, y su bedelía logró imprimirnos (próximos como estábamos a la adolescencia) lo substancial del estudio que es la concentración.

Yo no podía evitar mis interminables lecturas que el atendía incluso dirigiendo mis tonos de voz. Algún tiempo más adelante, escuchando a nuestro padre y Gervasio junto a la puerta del escritorio, advertí, que la lectura que éste realizaba a mi padre de la correspondencia comercial o política —como fuera la vinculación del Tucumán con Charcas— estaba sobremanera influenciada por los cambios de voz y entonaciones, que Gervasio imprimía en la lectura.

Observando las conversaciones de Silvano o de Santos con él, presumí que la extrema confiabilidad de mi padre, su pundonor inmaculado, lo hacían correr dificultades, que sus dos socios más audaces y más vinculados a las esferas virreinales y cabildantes, debían prevenirlo por intermedio de Gervasio.

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Los grillos llegaban para anunciarnos el fin del interminable proceso, y se aprestaban para librarnos del “bedel insobornable”. Comenzaba el período de equipamiento para el segundo viaje del año al Alto Perú, y sólo la melancolía de nuestra madre ahogaba nuestro aliento de liberación.

Gervasio partía… ¡Por fin!

La partida de ambos a las tierras del norte y sus ciudades fantásticas de Charcas y Potosí, junto a toda la caravana llevando productos del Tucumán, significaban nuestra liberación. Nuestro retorno a los campos abiertos de juegos infinitos, en la serranía circundante. Lentamente los atardeceres volvíanse vacíos, dejando traslucir un mundo abandonado. Y al correr de los días lo extrañábamos. Entonces comprendíamos que nuestro bedel insobornable era ya parte de nuestras vidas. Gervasio con todo su rigor, era un compañero insustituible en el aislamiento de la Merced.
 

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