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 ACUARELAS COLONIALES (Novela- Entrega 14)

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Alejandra Correas Vázquez
Escritor Muy Activo
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Alejandra Correas Vázquez

Cantidad de envíos : 317
Fecha de inscripción : 07/10/2015

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MensajeTema: ACUARELAS COLONIALES (Novela- Entrega 14)   ACUARELAS  COLONIALES  (Novela- Entrega 14) Icon_minitimeJue Jul 23, 2020 1:49 pm

ACUARELAS  COLONIALES
.................................
NOVELA
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por Alejandra Correas Vazquez


JUEGOS   INVERNALES
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ACUARELA DIECISEIS


El cielo escondiéndose bajo un manto de nubes atenuó el frío invernal, cuando la escarcha había blanqueado ya el adoquín del patio. Las mejillas rojas y paspadas delataban nuestra fuga, y en el interior de la cocina la india Ramona apantallaba sus hornallas, esgrimiendo como una arma los sartenes ante nuestro revoltijo.

Estábamos los tres niños andariegos, como muchas otras veces en aquellos helados días, buscando el rojo fuego de la cocina, luego de nuestras correrías invernales... Cirilo. Magdalena. Ambrosio.

Pero mi audacia había terminado apenas concebido el regreso, por exceso de frío. Apenas la pierna se curtió y la escarcha volvióse intolerable. Cuando decidimos en conjunto sorber un breve aliento a brasa, junto a la cocina de leña, ya estaba allí esperándome mi niñera mulata Micaela : ceñuda, exigente, más obscura aún por el disgusto, y prohibiéndome acompañarlos en otra recorrida libre por los valles serranos.

Con la rapidez de un rayo capté la mirada entre ustedes dos. Y el salto de ambos varoncitos fue tan enérgico, tan rápido, que no alcanzó el látigo del mayordomo guardaespaldas Gervasio, que era el padre de Ambrosio, a tocar sus piernas intentando impedir otra partida, cuando ambos fugaban por la galería.

Y ya entonces nadie podría alcanzarlos... Mi naricilla atravesó una pequeña ventana de la cocina para verlos, felices, al escape.

Desde allí percibí cómo se dibujaba tu estampa desaliñada y desprolija, tu ropa mal dispuesta y tu ensortijado cabello rojo, hermoso y sin peine. Cual niño mimado de la casa a quien ningún retoque frívolo podía interesarle. A tu lado Ambrosio huía con la agilidad de una corzuela llevándote ventaja en la corrida, pero él en cambio, lucía su traje pulido y limpio —casi esmaltado— su obscuro cabello motoso y cortísimo, brillante y bien lavado.

Atrás mío, Micaela dejó escapar su risa sonora y casi sarcástica, burlona, ante el evidente contraste que ambos proporcionaban en sus cuidados personales. De amo blanco descuidado y negrito pulido, remarcados así, como ambos fueron desde el comienzo. Pero ello hizo saltar la indignación de Ramona —tu protectora de siempre— quien saliendo furiosa a la galería imprecó tu nombre con su voz potentísima, como un estridente sapucay indio. Muy distinta de aquella suave y melódica, con la cual te arrullaba todas las noches junto a tu almohada.

Y como si la burla de mi niñera hubiese sido en contra de ella misma, hizo vibrar tu nombre en todo el recinto de la  Merced

–...¡¡¡ Cirilito !!! ...

         Tu nombre se expandió como un reguero en forma inútil, por habitaciones y valles. Sólo el anciano Hermenegildo, allá lejos en su rancho de piedra... sabría ahora tu paradero.

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PASEOS   NOCTURNOS
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ACUARELA DIECISIETE


La noche cálida cubriendo la sierra nos traía de regreso, bajo la inmemorial lámpara de Tobías. Todos cantábamos al unísono. Y yo impulsaba mi voz infantil presionando mi mano pequeña dentro de la suya —protectora y paternal— con mis pasos cortitos de niña temblorosa, como si el manto nocturno del cielo se fuera pegando a mi piel.

La mano regordeta de Tobías me amparaba, y mi voz desafinada que ampollaba la hermosa romanza del mulato, era en su contraste, un grito de temor ante mi impotencia, por la obscuridad plena que nos iba envolviendo.

La lámpara como un tuco gigante nos separaba de la noche, del campo y de las chicharras, que en su abismo nocturno cobraba para mí, a esa mágica edad, una forma de alucinación inusitada.

Ya el cielo había desaparecido, también el recorte majestuoso de la sierra. Nosotros los cuatro : Tobías y los tres niños (Cirilo, Ambrosio y Magdalena) éramos como el Uno junto al Trimurti de los indios Charcas.
Como aquella célebre divinidad altoperuana de Tanga-Tanga (del uno que es tres y el tres que es uno). Tobías que valía por los tres nosotros, y los tres niños que sobrevivíamos por Tobías, en medio de la noche angustiante. En esos momentos de euforia nocturna, éramos los cuatro, los únicos sobrevivientes de la especie. Ya nada quedaba de la antigua humanidad....Todo había concluido...

¡De improviso!... con una majestad solemne, apareció la vetusta tranquera pesada y chillona, que al crujir con su masa de tiempo para lograr nuestro paso, transformóse para mí en un gigante vivo. Luego al cerrarla mientras le dábamos la espalda, mi cuerpo y mis rubias trenzas quedaron tiesas de terror, sin atreverme a volver la cara para contemplarla. Temerosa y angustiada de que imprevistamente “ella” la vieja tranquera, cobrara piernas activas y cayera arriba nuestro devorándonos.

Más lejos... una luz encantada nos llamaba. Y era la casa nuestra con su monotonía cotidiana, la salvación de esa aventura desesperada que yo había emprendido sin desearlo, por puro espíritu de colmena. Al acompañarlos, al seguirlos temerariamente en ese paseo nocturno, bajo la obscuridad intensa de la noche.

El cual dominó mi terror. Apenas el cielo amenazó mi pequeñez infantil, con su plenitud obscura, dentro de aquel inmenso descampado abierto de la sierra.

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ACUARELAS COLONIALES (Novela- Entrega 14)
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