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 ACUARELAS COLONIALES (Novela- Décima Entrega)

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Alejandra Correas Vázquez
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Alejandra Correas Vázquez

Cantidad de envíos : 317
Fecha de inscripción : 07/10/2015

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MensajeTema: ACUARELAS COLONIALES (Novela- Décima Entrega)   ACUARELAS  COLONIALES  (Novela- Décima  Entrega) Icon_minitimeMar Jul 21, 2020 10:12 pm

ACUARELAS  COLONIALES
............................
NOVELA
............
por Alejandra Correas Vazquez


LA    MAJADA
..................

ACUARELA DOCE

El escenario imponía su esplendor de oropel, bajo la fragancia envolvente de la yerbabuena. El cielo surcado por el arco iris después de llover, iba emergiendo lentamente con todos sus colores. Y una alineación de negros patos dibujaba su contorno sobre ese techo muy celeste, devolviendo los matices que la lluvia primaveral ocultara de nuestros ojos.

Un coro de ranas a tres voces, pleno y acústico, bendecía al cielo por aquella frescura que limpiara el tierral cordobés de octubre.

Sobre la ladera recortada de la sierra bajaba la majada de corderos, cual un aluvión de piedras blancas y negras que rodasen hacia abajo, y se protegían unas a otras en forma inseparable. Me fascinaba su coordinación, su multitud gregaria y su belleza de capullo. Todo un manto de lana cuadriculado a dos tonos, extendiíase por la ladera vertical rumbo al bañado.

A la distancia, en el otro potrero, el ganado vacuno mugía sobre una extensa pradera pampeana, aislado, individual e indiferente. Nada parecía importarle, ni siquiera la presencia del vecino, su gemelo, su igual, tan ajeno a él como un forastero. Su visión me produjo siempre algo de tristeza, de lejanía, de ausencia, de pampa solitaria.

Serranos y gregarios íbamos los dos, inseparables en fila india, reuniéndonos uno al costado del otro al llegar a un punto definido. Desde la cúpula de un paredón de piedra contemplábamos, antes de la hora de la Oración, aquel espectáculo doble que los animales como los hombres ofrendaban al mundo. La comunidad o la soledad.

Nosotros dos éramos tan iguales como los corderos, por eso nos mezclábamos entre ellos y los pequeños mamones tiraban de los flecos de nuestros ponchos. Todavía me recuerdo gritándote, haciendo retumbar tu nombre en medio de aquella naturaleza viviente, inmovilizada por cuatro pequeñísimos corderitos que tironeaban de mi ponchito blanco, cual si sus extremos fuesen pezones de una ubre materna. Un llanto desesperado me arrebató en aquella pequeñez, donde mi escasa estatura se confundía con la de los mamones.

Tu nombre siempre partía de mi boca siendo niña, para mis múltiples dificultades, en nuestras andanzas camperas. Y es el mismo nombre que aún repito y que aún mágicamente me ayuda.

Te llamé entonces como te sigo llamando hoy día, por la fuerza atávica de la sangre que unifica y convierte a la especie en una sola alma. Sea en aquella apoteosis de grandes dimensiones naturales, en la sierra que recorríamos antaño. O ahora, enfrentada a los rigores del mundo por la presión opulenta de las ciudades cosmopolitas, que han formado las manos vigorosas de los hombres.

Nos semejábamos antaño como los corderos, vestidos de la misma lana. Porque yo me vestía de Cirilo en aquellos años para las correrías campestres, y sólo mis rubias trenzas de mechones lacios, ocasionaban alguna diferencia. Todos me vieron en aquella edad como una reproducción tuya. Casi un clon. Usaba tus usutas, tus pantalones, tus ponchos, tus sombreros, todo aquello que ya te quedaba corto. Corría a tu lado como si yo fuera un Cirilo en miniatura, y repetía tus frases y tus inventos, riendo muchas veces sin comprender por qué… solamente porque tú habías reído.

Yo exigía usar tu vestuario varonil como si con ello me protegieras. Cual un talismán. Y me deshacía en llantos si me lo negaban, ante la queja continua de nuestra familia, viéndome desechar los hermosos vestidos bordados y llenos de puntillas, que dormitaban pacientes en el ropero. Yo quería ser tú, como algo más fuerte de lo que yo era entonces.

Mi mayor tragedia en aquellos tiempos de gloria infantil, era la llegada del tío Silvano (siempre bienvenido) pero acompañado a veces con sus delicadas hijas, mis primas Celia y Ofelia.... Ello hacía que Tobías me campeara por la sierra trayéndome entre llantos y metiéndome de golpe en la casa, para esconderme de la vista de aquellas visitas en el interior de la cocina. Micaela emprendía entonces la dura tarea de “disfrazarme” de niña.

Aparecían moños en mi cabeza y faldas en mi ropaje. Las hermosas prendas de lino paraguayo —que mi padre traía para mí desde el Mercado de Charcas— se aprestaban a exhibirse en mi cuerpo. Para nada acostumbrado a ellas. Cuando la tortura había llegado a su nivel máximo, me lavaban la cara y las amenazas de la india Ramona, con su cucharón amenazante, me dejaban definitivamente muda.

Muda me trasladaban hasta la sala, y muda me unían a aquellas preciosas niñas llenas de bucles y sedas. Largo tiempo me sobrecogieron, me atemorizaron, hasta que aprendí a amarlas cuando ya el oropel fue también parte de mi vida, y yo había dejado de ser un muchachito.

Prisionera y encadenada por mi niñera en esa femineidad postiza, encerrada en la sala de visitas, te miraba vagar libre a través de las ventanas. Salvaje, independiente, desprolijo y serrano, jugando entre las peñas. Y yo te seguía con mi mirada, deseando escapar de mis vestidos lujosos para huir de ellos y reunirme contigo.

No comprendí nunca porqué, a la llegada de los primos de San Luis, todo era diferente. Ellos se unían a ti y a nosotros dos junto con Ambrosio, y todos en majada trepábamos y bajábamos los murallones de piedra, de altísimas pircas, sin que nadie fuese vestido para un salón.

La infancia es más larga entre los varones que entre las mujeres. Y he bendecido mi suerte de ser única mujer entre varones, para que mi infancia durase mucho tiempo. Tú le diste el brillo necesario, y en el conjunto de niños fascinabas con tu inventiva ¡Y mi orgullo era grande! Inmenso, porque eras mi hermano. Brillabas por arriba de los otros y eras de todos su centro.

Cuando la juventud nos abrazó y las primas altoperuanas se adhirieron a todos. Cuando los jovencitos engalanados lucían de etiqueta, olvidando la indolencia infantil, también ellas se cautivaron con tu apostura. Con tu personalidad simpática, alegre y social, que apartaba lejos el tiempo en que las perseguías arrojándoles cascarudos y ranas, haciéndolas huir y gritar de espanto.

Yo también fui víctima de tus cascarudos. Ese bicherío que te atraía cual un entomólogo, como algo especial. Y me espantó ver cuando hacías jugar a los pequeños cascarudos, carreras sobre almohadas inclinadas. Lloré y te acusé por aquellos bichos espantosos, que me impresionaban con repulsión y lástima. Pues nunca me han gustado los insectos. Pero me maravillabas aún allí, porque confeccionabas diminutos carritos de papel que colgabas de sus lomos y el conjunto total era artístico, bello y loco.

A la noche yo me serenaba y dormía, si la ropa que me colocaban era alguna de las tuyas. Un piyama, poco adecuado para una niña como decían. Si había pasado por tu cuerpo anteriormente. Porque entonces me llenaba de seguridad, de confianza, entre el susto y el alivio que siempre producíame toda mi vida al lado tuyo.

Nosotros éramos la majada y el horizonte teñido de corderos dormitaba conmigo en …uno...dos...tres...cuatro… y más corderitos.... que Micaela contaba junto a mi almohada.


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ACUARELAS COLONIALES (Novela- Décima Entrega)
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