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 La muñeca

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Ivo Marinich
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MensajeTema: La muñeca   La muñeca Icon_minitimeMar Mayo 05, 2020 9:10 pm

Mi viejo dejó a mi mamá el día que cumplí diecisiete años. Recuerdo sus gestos cuando me pidió perdón por arruinarme la fiesta (tuve que llamar a mis amigos para decirles que no vinieran porque estaba engripado), que él quería esperar una semana más, pero la situación “simplemente se me fue de las manos”. Lo que en realidad pasó fue que mi mamá encontró la muñeca. Esto me lo contó Juana, años después, que a los diecinueve, pobre, tuvo que hacer de psicóloga de su propia madre. Había ido al garaje a buscar la torta que mi viejo debía retirar después del trabajo, y como no encontró la caja en el asiento delantero, en el trasero ni el suelo, abrió el baúl y la vio, semidesnuda, la piernas largas flexionadas, la cabeza torcida, mirándola indefinidamente, como esperando una orden.

A la semana ya estaban divorciados y mi viejo se mudó a un departamento en el centro. Veintiséis años de matrimonio. A él, sin embargo, se lo veía feliz. Supongo que porque ya no tenía que pagar moteles ni andar ocultándola en el baúl. Tardé un mes en conocerla (hasta entonces mi viejo nos pasaba a buscar y salíamos a comer a algún lado, casi sin dirigirnos la palabra). Juana, en cambio, se negó. “Bueno, ella es Fabiana” me dijo. De pie en el marco de la puerta de la cocina había una mujer en ropa interior, alta, de piernas brillosas, cabello castaño enrulado y ojos verdes. Se acercó y me saludó, sonriente, algo rígida, torpe. Me costó (y me costaría siempre, ya que dentro del departamento, sea por orden de mi viejo o porque venía así de fábrica, se la pasaba en ropa interior) no mirarle las tetas, dos pelotas de hándbol que pronunciaban un surco en medio del pecho.

No tardaría mi viejo en contarme, fascinado por las habilidades sexuales de la muñeca, sobre los maratones de los viernes. Llegaba del trabajo, masticaba algún bocado y la llamaba, desnudo, en la cocina, en el baño, en el pie de la cama, en el sillón individual del living, en el balcón. Tenían sexo una, cinco, diez veces, hasta bien entrada la madrugada. Más que pudor, me daba pena escucharlo, esclavo de su lujuria, ojeroso, flaco, sobre todo porque cuando volvía a casa encontraba a mamá sentada en el sillón, sola, ida, con una copa de vino en la mano, iluminada de perfil por una lámpara de luz anaranjada.

A los seis meses se casó. Un par de amigos, mi tío Mariano y yo éramos los únicos en el registro civil. Algunos más asistieron a la celebración en el departamento. Mi viejo sonreía a todo el mundo y daba tragos cortos al vaso de cerveza, aferrado a la cintura de su flamante esposa, manoseándole el culo cada dos minutos. “Se lo ve enamorado al viejo”, me dijo mi tío. Asentí por asentir, pero me quedé pensando. Sí, lo llevaba en la mirada, en la manera de caminar, en los comentarios estúpidos. Pero era un sentimiento, aunque auténtico, reducido al placer. Mi viejo estaba enamorado de un cuerpo.

No recuerdo qué sentía entonces, supongo que rencor, odio, tal vez. Días después empezó a mandarnos fotos desde su luna de miel en Brasil. En la playa, en el hotel, en las excursiones. Siempre aferrado a esa figura exuberante, rígida. Siempre sonriente. Recuerdo que mi hermana le escribió que no le vuelva a dirigir la palabra. Pero el viejo no lo hacía de malo; estaba enamorado de ese cuerpo y su felicidad perduraba mientras hubiera acción en el cuadrilátero de la cama. Me pregunto qué clase de vínculo tenían cuando no estaban fornicando. ¿De qué hablarían? ¿Tendrían, en la levedad posterior al sexo, como nos pasa a muchos, conversaciones filosóficas? De lo contrario ¿cómo hacía para tolerar el silencio? La soledad, por dios, la soledad. Apuesto a que nunca la besó en la frente, que solo le decía te amo cuando le temblaba el cuerpo de placer.

Lo veía cada tanto, cuando no le mentía que tenía que estudiar o salir con mis amigos. Aunque sus llamadas eran más bien esporádicas; a veces pasaba un mes y medio sin tener noticias de él. Era el orgullo, creo. Levantar el teléfono significaba otorgarle el poder, y yo, viendo cómo mi mamá le ponía maquillaje a su dolor, cómo mi hermana tragaba el resentimiento hasta vomitarlo en ataques de llanto, no estaba dispuesto a ceder. Aunque es probable que haya sido un juego que jugaba yo solo. Es probable que no se diera cuenta; lo que no lo hacía menos culpable, pero por lo menos merecía que un alma caritativa y algo ingenua como la mía estuviera dispuesta a perdonarlo, aunque sea a cuentagotas. Por eso iba a verlo cuando me daba vergüenza poner una excusa más. Por eso le decía que Juana le mandaba saludos.

Así pasaron un par de años. Yo había comenzado la universidad y trabajaba medio tiempo en un estudio jurídico. Lo veía muy poco en esa época. Pero todos los viernes después del trabajo me llamaba. A partir de las seis yo miraba el teléfono como quien espera la llegada puntual del perro callejero a pedir comida. A veces conversábamos por horas. Lo visité, sí, alguna noche de sábado, y siempre guardaba la muñeca en el ropero. Me decía que estaba esperando el repuesto de un pecho, una nalga, y que una vez la llevó a repararle la mandíbula después de un susto que casi lo deja sin hombría. Yo no le creía. Es decir, puede que las averías fueran reales —incluso un día me enseñó un dedo gordo que acababa de llegarle por correo—, pero había algo diferente en él, en su manera de hablar, en su cara, algo vacío.

¿Qué esperabas, viejo? Cuando del enamoramiento solo brillan las brasas el amor toma la forma de la compañía, el cariño, el respeto mutuo. Vos no tenías nada de eso, ¿verdad? Vos te enamoraste de un cuerpo. Por eso me llamabas más seguido, que necesitabas verme, a mí y a Juana, que nos extrañabas, que con un cafecito te contentabas. Y yo le inventaba horas al día para complacerte, porque hacía tiempo que había empezado a notar tu delgadez, tu piel grisácea, los pelones en tu cabello, mucho antes de que confirmaras mis sospechas en un llanto sin remedio. Te enamoraste de un cuerpo que cuando yo no estaba para acompañarte, imagino, sacabas del ropero, lo acostabas a tu lado, le admitías el temor que te invadía. Y ella, ¿qué te decía, viejo? ¿Qué podía decirte que no fuera dicho a través sexo? Te vería triste, echado, rendido, y trataría de sacarte la ropa, de desabrocharte el cinturón para descubrir la indiferencia de tus genitales. No te lloró, quizá ni siquiera era capaz de llorar. Lo sé porque yo la encontré de pie junto a tu cama, mirándote inexpresivamente, tal vez pensando que te habías quedado dormido con los ojos abiertos al cielo raso, tal vez esperando que te despertaras para para echarse encima de vos una vez más.
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Etelsaga
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MensajeTema: Re: La muñeca   La muñeca Icon_minitimeSáb Mayo 09, 2020 8:28 pm

A pesar de descubrir desde el principio y por su título el segundo personaje, el texto se vuelve entretenido, nada soso, impecable, agradable. No pensé que ese sería el final, mientras leía no me atreví a suponerlo.

Un gusto leerte... Como siempre una pluma maravillosa.

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MensajeTema: Re: La muñeca   La muñeca Icon_minitimeSáb Mayo 09, 2020 8:32 pm

Muchas gracias por tus palabras!
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MensajeTema: Re: La muñeca   La muñeca Icon_minitimeDom Mayo 10, 2020 9:02 am

Lograste atraparme desde el principio... me llevaste de la mano, describiendo cada detalle...leía y, no obstante creía imaginarme el final, continuaba impresionado por el excelso desarrollo de la trama.
Y...¡sorpresa!, la estocada inesperada.
¡¡BRAVO, amigazo!!
Shalom
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Nilda Sena
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MensajeTema: Re: La muñeca   La muñeca Icon_minitimeDom Mayo 31, 2020 2:55 am

Hace poco vi una película sobre un tema similar, la familia acompañó el proceso del protagonista, la diferencia está en el final, supo cambiar el camino a tiempo y volver a lo que nosotros consideramos normalidad. En este caso el protagonista se dejó consumir. Triste final.
Nilda
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