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 DILO TÚ

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Francisco de Sales
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Cantidad de envíos : 523
Fecha de inscripción : 12/12/2012

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MensajeTema: DILO TÚ   DILO TÚ Icon_minitimeSáb Mayo 02, 2020 1:12 am

DILO TÚ

Nunca sabemos qué va a pasar, ni cuándo la vida o el destino o el azar nos van a presentar la siguiente situación inesperada, y tampoco sabemos cómo vamos a reaccionar cuando nos encontremos frente a algo que nos resulta del todo desconocido y que no sabemos cuál es la mejor forma de resolverlo.

Eso también les pasó a ellos.

Habían estado muchos años sin verse, sin pasearse el uno por el recuerdo de la otra, o viceversa; como si hubiesen vivido en otro mundo aparte, distantes e invisibles, inexistentes a todos los efectos.

Y un día la vida o el destino o el azar, como es su costumbre, movieron los hilos para que se pusieran en contacto, y sin que fueran conscientes de que eran ajenos a los pasos que estaban dando, contactaron –en uno de esos milagros que suceden de vez en cuando- y retomaron –con la misma frescura que la dejaron- la relación que había quedado en pausa muchos años antes.

Así que no les costó sonreírse desde el primer instante ni tuvieron que darse explicaciones. Eso sí, fue necesario un repaso por cada una de las vidas para ponerse al día, para saber por dónde anduvieron sus pasos y cómo se encontraban sus corazones.

Y de ahí a las confidencias no hubo ni un paso. Cada uno entró con cuidado en la vida del otro, respetando los silencios, escuchando con empatía, y abriendo el corazón para que el otro corazón se sintiese acogido.

Y pronto florecieron las sonrisas -y las risas de ella tan espontáneas-, las miradas cómplices que no podían ver por culpa de la distancia –cada uno estaba en una punta del país- pero que intuían sin gran esfuerzo, los juegos aparentemente inocentes que escondían una prudente seducción, los halagos mutuos –que todos coincidían con la verdad-, los sentimientos cariñosos, y el deseo de querer lo mejor para el otro.

Y así un día…y otro día… los saludos al amanecer, las confidencias leves y las más profundas, la mañana -que se iluminaba al pensar en el otro-, la noche -que era más amable después de una conversación-, la sonrisa con la que les encontraba el sueño…

Profundizaban cada vez más, pero con respeto; marcaron una línea invisible, infranqueable -aunque había por ambas partes leves incursiones de tanteo- pero no pasaron a la acción directa de mostrar los deseos y de hablar sin reservas, por respeto al otro, pero el juego de seducción les rondaba disfrazado de inocencia, y ambos cuidaban evitar un resbalón, una palabra o una situación de incomodidad, y poner o ponerse en un aprieto.

Tuvieron que esperar hasta la primera ocasión en que estuvieron frente a frente, cuerpo a cuerpo, las miradas mirándose, las sonrisas sustituyendo a las palabras y diciendo lo que ellos no se atrevían a decir, y se mantuvieron expectantes hasta que uno de los dos, no importa cuál, pronunció: “Dilo tú”.

Y con eso quedó claro que cualquiera de los dos podría decir exactamente lo mismo que estaba pensando el otro, porque sus pensamientos, sus deseos acallados, las ganas de entregarse el abrazo íntimo que llevaban cuarenta años aguardando, y las ganas de acariciarse sin ropa y de integrarse en el cuerpo del otro, eran las mismas.

“Dilo tú, date permiso para expresarlo y pedir, para romper la costumbre de tu silencio y el miedo que disfrazas de sensatez. Dilo tú, que yo voy a responder lo mismo que tú responderías”, dijo él.

“Dilo tú, que necesito escuchar en tu voz que me deseas, que necesito sentirme estremecida por tu petición, que necesito que mi sueño se haga realidad en tu boca, y necesito que seas tú quien me arranque de esta prudencia, de este estancamiento, de esta apetencia acallada. Dilo tú, que te diré sí con un beso”, dijo ella.



Francisco de Sales


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