LETRAS Y ALGO MAS
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 Por un momento soñamos (Capítulos del 25- 28)

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franckpalaciosgrimaldo
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franckpalaciosgrimaldo

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Por un momento soñamos (Capítulos del 25- 28) Empty
MensajeTema: Por un momento soñamos (Capítulos del 25- 28)   Por un momento soñamos (Capítulos del 25- 28) Icon_minitimeVie Abr 17, 2020 5:09 am

Capítulo 25: Aprendizaje
—Gracias por traerme a mi departamento —le dije a Fernando.
—No te preocupes. No podía dejarte ahí —respondió, guiándome hasta el mueble grande de mi sala. Me dejó ahí y corrió a cerrar la puerta del apartamento—. ¿Me contaras ahora que te pasó?
—No tenía a quien más acudir —le respondí—, discúlpame si te saqué de algo importante.
—No. No te preocupes. —Fernando volvió conmigo y se sentó en el mueble de a lado, el pequeño—. ¿Quieres algo? ¿te traigo un poco de agua?
Asentí, de inmediato mi amigo se levantó y se dirigió a la cocina. Escuche algunos sonidos metálicos, algunos golpes, el grifo abrir y cerrarse y volvió rápidamente. Se sentó y me acercó un vaso de agua.
—Bebe un poco —Así lo hice, sorbo a sorbo—. ¿Te sientes mejor?
Dejé el baso en mi mesa de centro y me eche para atrás en el mueble. Llevé mis manos a la cara, sobándola con suavidad.
—No —respondí—. No estoy bien. No me siento bien, Fernando. Soy la más estúpida que puede existir.
—¿Qué ha pasado? ¿Quieres contarme? Me alarmé mucho cuando me llamaste. Pensé que te había sucedido algún accidente o algo así. Te encontré hecha un manojo de nervios. Dios mío, Adriana. ¿Me vas a decir que te pasó?
Suspiré profundamente. Creo que ya no tenía más lagrimas que soltar. Asentí.
—Te voy a contar, Fernando. Por que de verdad ahora eres el único que quizá me entienda. Si hablo con Soledad, solo me dirá que me lo advirtió. Y con merecida razón.
—¿Qué ha pasado?
Me incliné hacia adelante, descansando los codos en mis rodillas, miré a Fernando, quien tenía una cara de confusión, y le conté lo que me había sucedido. Con todo detalle de lo que me había enterado hacía menos de una hora atrás. Mientras le narraba lo sucedido podía ver varios gestos y muecas en su rostro, desde sorpresa hasta colera y decepción. Incluso un poco de lastima, evidentemente por lo estúpida que había sido. No me dijo nada, dejó que habla y hablara. Agradecí mucho eso. Sentía que estallaría si no le contaba a alguien.
—Vamos —le dije—, dime algo al menos. ¿Qué piensas?
Fernando tronó los huesos de su cuello, sin utilizar las manos. Inhalo y exhaló profundamente y largamente. Estaba sorprendido sin duda. Asentía levemente mientras se echaba para atrás en el mueble.
—Creo que… —comenzó—. Creo que esto es muy lamentable. Muy lamentable, Adriana. No te diré lo que ya sabes. Solo puedo concluir que estoy seguro que no imaginaste que tu encuentro con Andrés terminaría así.
Volví a echarme hacia atrás en el mueble. Levanté la vista al techo y ahí me quedé.
—No —respondí—. Pensé que terminaría mandándolo a la mierda. Es lo que estaba lista para hacer. Pero ahora, incluso tendría que agradecerle al muy maldito.
—¿Algo de lo que te habrá dicho será verdad? Me refiero a Kevin.
—¿Importa?
—Pues claro. Algo dentro de todo debe ser verdad. Recuerda que todo debe verse en perspectiva.
—Es un mentiroso, es un demente. Ya no sé que pensar. Incluso me asusta.
—Es compresible, Adriana. Pero tendrás que hablar con él. ¿Quieres que me quede aquí?
Suspiré y negué con la cabeza.
—No es necesario, ya me siento mucho mejor. —Volví la vista hacia él—. Gracias. Necesita hablar con alguien.
—No agradezcas, es tonto. Claro que cuentas con nosotros, tus amigos. Sobre todo, en estos momentos. No te preocupes.
—Es que… Me diento tan… ¡Estúpida! —Golpeé mis puños contra el borde del muebla al lado de mis piernas—. Me siento… Dios mío. Me lo advirtieron. Pero me dejé llevar, quería… quería sentirme enamorada otra vez. Que me amen. No quería rendirme y estar sola. Me merezco todo esto, Fernando.
—Nada de eso. No es tu culpa que ese tipo sea un mentiroso. No es culpa tuya. Tu solo quisiste darte una oportunidad.
—Pero elegí al peor de mis opciones. Era tan evidente que esto se iría a la mierda, Amigo. Soy una tarada.
—Ya deja de lamentarte, Adriana. No ganas nada. Mejor ahora que después. Me dijiste que querían irse a vivir juntos… Eso hubiera sido un grabe error —me dijo—. Hubiera sido un paso demasiado grande. Han ido demasiado rápido, creo que tarde o temprano te hubieras dado cuenta de todas maneras.
Sonreí con aire burlón. Sarcástica.
—¿Cómo? Si hasta hace unas horas no podía pensar en otra cosa que verlo. Me estaba enamorando, Fernando. Me duele todo esto, me siento traicionada. ¿Sabes como se siente? Como haber despertado de un hermoso sueño, luego de haberte dormido habiendo vivido una horrible experiencia. Así me siento. Me siento… Es horrible.
—Lo sé, te entiendo. Tienes todo el derecho de sentirte así. Pero ya está. Ya pasó. ¿Ahora que sigue? ¿Qué harás? Debes pensar de una vez. Se que no vas a echarte a llorar mucho más.
—Ya lloré lo suficiente, Fernando. Ya no quiero llorar. —Me volví a inclinar hacia delante—. Para colmo Daniel ya no me habla, se apartó de mí. Yal como dijiste, tarde o temprano acabaría. Me quedaría sola.
—Yo no dije eso. Dije que debías decidir, y vivir, para después no cuestionarte. Y eso hiciste.
—Pues sí. Pero elegí mal. Debí quedarme sola. Debí ser mas inteligente. Me olvidé de mí, Fernando. De mí como individuo, pensé solo en mí como compañera, pareja, como alguien que quería estar con alguien. Que estúpida. Este si me la gané, pero enterita —sonreí con resignación—. Entera, Fernando—. Ahora entiendo lo que me quisiste decir con que debía decidir estando segura, y que asumiera las consecuencias. No puedo renegar de nadie, pues la decisión fue mía. Parafraseando lo que citaste esa vez: la vida es una novela que nos dan los títulos de los capítulos, pero no nos dice que vendrán en ellos. Yo estaba en el capitulo de Kevin.
—Uno nunca sabe como terminan esas historias, Adriana. A veces es difícil mantenerse en ellas, a veces es mas sencillo, otras hay que saber cuándo pasar la página. En esta ocasión tienes que cerrarla. Solo no te culpes. Tu no sabias que este tipo era un loco. Decidiste siguiendo tus sentimientos, decidiste convencida, segura. Comenzaste a enamorarte, pero eso no es malo.
—Lo malo es que me dejé llevar muy rápido por lo que sentía. En serio que cuando ves todo en perspectiva, lo blanco no es blanco. Soledad va a mandarme a la mierda. —Sonreí, Fernando sonrió conmigo.
—Nada, ella te ama. Te entenderá. Te va a gritar… —dijo enfatizando con sus manos y sus muecas—. Pero luego te va a dar un abrazo y te dirá que no quiere verte triste. Irán a comer algo, seguro a beber un trago y a seguir la vida.
Asentí y mantuve la sonrisa.
Suspiré profundo, alargué mi brazo y cogí el vaso con agua, lo apuré.
—¿Qué haría sin mis amigos? —pregunté y dejé el basó sobre la mesa de centro.
Fernando me miró y me sonrió.
—Molestar a tu familia tal vez —respondió y se soltó a reír.
Me solté a reír con él, tomé un cojín y se lo lancé.
—Eres malo —le dije.
—Y tu tienes un pésimo gusto en hombres. Con razón jamás te gusté.
—Idiota —le dije divertida y sonriendo.
—No me cansaré de repetirlo —dijo colocando el cojín a un costado.
Suspiré nuevamente y dejé la risa de lado.
—Gracias, Fernando, eres un buen amigo. —me miró con una sonrisa amigable y comprensiva, asintiendo lentamente—. Tendrás mucho argumento para tu novela. ¿no? —le dije sonriendo.
—Claro. Ya he avanzando un poco. Hasta tengo el título.
—¿Ah sí? ¿Cómo la llamaras?
—“Adriana —dijo enfatizando dramáticamente la voz—: entre pasiones, miedo y traiciones”. ¿Qué me dices?
—Lo odio.
—¿Qué? —frunció el ceño—. No. ¿Hablas en serio? No dormí pensando ese título… Piénsalo. Dale una oportunidad.
—Cámbialo. Suena muy pretencioso.
—Es perfecto, Adriana.  Se queda.
—Que espeso que eres, Fernando. —Sonreí—. Inventa algo más lindo.
—No, esta bien como está. Así lo veras en las librerías.
Fernando siempre sabía cómo sacarme una sonrisa con alguna de sus anécdotas o ocurrencias tontas. Eran algo exageradas y el mismo exageraba mucho a veces, pero eran divertidas y me hacían siempre sonreír. Pedimos una pizza y bebimos una de las botellas de vino de mi viaje a Santa Laura. Se quedó conmigo algunas horas, conversamos de muchas cosas. Escuchando música, simplemente tratando de no pensar en lo que sucedió. Ya no tenía sentido de todas formas.
Me sentí tan tonta en aquel momento. Verme en una relación con un sujeto tan despreciable, tan falso, al que hace unas horas comenzaba a amar. ¿Cómo pude ser tan tonta? Me preguntaba. ¿Es que acaso estaban tan necesitada por afecto, por sentirme amada, por amar; que no me di cuenta de que estaba todo sucediendo demasiado rápido para ser verdad? El amor no es así, pero se sentía como si lo fuera. Cálido, frágil, dulce en los labios, cálido en el pecho. Que tonta fui. No vi mas allá de mi nariz, nuevamente. Las pequeñas pistas que te da la vida, como en las novelas, aquellas pistas que nos dicen como será el inminente final. Ya no tenía ni sentido llorar. Ya no valía la pena, había llorado ya lo suficiente. Ahora tenía que exigirle a Kevin la verdad.
En algunos minutos más llegaría él. Y tendríamos que hablar seria mente. Le exigiré toda la verdad, quería escucharlo de sus labios. esta vez todo. Por que no se que tanto de lo que me haya dicho, en realidad, sea verdad. Me había mentido desde el momento en que lo conocí, era obvio que mentiría nuevamente; pero esta vez no va a engañarme. No voy a ser la tonta otra vez, ya lo fui suficiente tiempo. Y lloré demasiado, y me lamenté también.
Como bien me dijo Fernando: hay hacerse cargo de las consecuencias de las decisiones. Hayan sido buenas o malas. Hay que asumirlas, con la misma seguridad con la que las tomamos. Eso haré justamente. Ya no más lágrimas, ya no mas lamentaciones. No permitiré que nadie vuelva a lastimarme nunca más. Esta vez he tenido suerte, esta vez tengo la oportunidad de no dejar que me sigan engañando. Aquí termina todo. No seré la idiota de alguien una vez más.

Capítulo 26: Punto y aparte
Fernando me insistió en quedarse conmigo hasta que llegara Kevin. No me lo dijo, pero estaba preocupado por que él me hiciera algo. Era un loco, pensaba. Yo estaba segura de que no sería capaz de hacerme algo. Pero entendí su preocupación. Le dije que le llamaría cuando termine de hablar con él. Le dije que debía hacerlo sola y que le agradecía muchísimo su preocupación.
Entendió finalmente y algo dudoso se fue. Me quedé sola en mi apartamento.
Kevin me escribió alrededor de las siete de la noche, la hora en que normalmente esta saliendo de su trabajo, me dijo que llevaría comida china para cenar. Que tardaría unos minutos más. Le respondí que venga rápidamente que necesitábamos hablar. Me llamó entonces, pero no respondí. Me serví una copa de vino y lo esperé en la sala, sentada en el mueble. En silencio, pensando en todo lo que me había sucedido.
Pensaba en Andrés, lo que me había contado, en Daniel y lo mucho que comencé a extrañarlo. Pensaba en Kevin, y como había sido capaz de mentirme de esa forma tan descarada. Las palabras de mi madre y de Soledad retumbaban en mi cabeza. No te fíes de ese chico. Pero como podría yo no fiarme, si estaba convencida de que había tomado una buena decisión. Al final una intuición pesó mas que una decisión guiada evidentemente por emociones y conflictos internos. Pero el tiempo no se puede retroceder.
Solo quería que me explicara, que me dijera por qué fue capaz de hacer todo esto. De engañarme, de manipularme, de ilusionarme. ¿Qué pensó que nunca me enteraría? Ahora entiendo por que lo dejaron. Es un loco de mierda. Y yo no me quedo atrás, soy una tonta. Pasaban los minutos y mientras mas esperaba, me ponía mas ansiosa. Cogí el celular, revisé los últimos mensajes que le envié a Daniel. Tenia tantas ganas de llamarlo, de escuchar su voz, que me dé un abrazo, que me diga que todo estará bien. Pero ya no me hablaba, seguro estará ocupado, tal vez enamorado, tal vez… simplemente ya me olvidó.
Treinta minutos más tarde escuché la perilla de la puerta sonar, era Kevin abriendo con sus llaves. Él tenia un juego mías, y yo las de él.
—Hola, amor —dijo y colgó las llaves en el colgador—. ¿Qué pasó?
Yo me encontraba en el mueble pequeño, desde ahí podía verlo parado cerca a la puerta.
—Acércate —le dije.
Su expresión fue de sorpresa. Anqué mantenía una sonrisa en el rostro. Cuando se acercó vio las bolsas que había cerca la puerta que da a la cocina. En ellas había colocado sus cosas. Tenía en mi apartamento algunas cosas, como camisas, pantalones, prendas íntimas, algo de dinero, unos papeles y demás cosas de higiene.
—¿Y esas bolsas? —preguntó acercándose y acercándose para besarme.
Evadí su beso con un movimiento de mi rostro.
—Siéntate —le dije seria.
—¿Estas bien, amor? —me dijo, la sonrisa se le había ido ya.
Tomó asiento en el mueble largo al lado mío. Miró la caja de pizza y la botella de vino. Su expresión fue de confusión. No entendía, evidentemente.
—¿Todo bien, Adrianita? —me preguntó cerrando la caja de pizza.
Inhalé profundo y exhalé. Lo miré fijamente a los ojos, el estaba confundido, nervioso incluso, había dibujado una sonrisa que más parecía una mueca en su rostro, como cuando tratas de mantener la careta de estar bien en una situación desagradable.
—Te voy a dar la oportunidad de que seas tu quien diga la verdad —dije—. Había pensado en lanzártela a la cara como un escupitajo, encararte con todo lo que siento en este momento. Pero pensé: quizá sea capaz de asumir lo que hizo y al menos me demuestre que no es tan hijo de puta. Así que, te preguntaré esto solo una vez, antes de que se yo quien hable —inhalé y exhale nuevamente—: ¿Hay algo que me tengas que decir, Kevin?
Él me miró, su expresión ahora era más seria. Pensativo. Tragó saliva y parpadeó unas veces. Me evadió la mirada, paseó la vista por el alrededor, como buscando algo dentro de su cabeza. Se encogió de hombros. Pensé que evadiría la pregunta, pero no lo hizo, respondió a la pregunta finalmente.
—Si. Si hay algo que tengo que decirte.
—Adelante —le dije con seriedad.
—Lo hice por nosotros. Lo hice por que estoy muy enamorado de ti, Adriana —dijo con énfasis en las palabras—. Dios, Adriana. Yo te amo. Y si ese tipo seguía haciendo sombra en ti, en mí, nunca podrías amarme. —No entendí que me estaba diciendo. Me confundió—. Lo hice por los dos —se movió un poco en el mueble, acercándose más al borde, a mí—. Tienes que entenderme.
—¿Entenderte qué? —le dije severa—. ¿Qué tengo que entender?
—Entiende que te amo. Todo lo que hice fue por amor. No por otra razón. —Bajó la mirada—. Yo solo quería que pudieras concentrarte en lo nuestro, en que puedas ver lo bueno que te puedo dar, ofrecer, no fantasías imposibles. —Levantó la mirada—. Por eso lo hice, por eso le dije todo eso.
Estaba confundida. Estaba segura, por su mirada de ansiedad, que estaba diciendo la verdad, pero, ¿sobre qué?
—Quiero que me digas, todo acerca de eso. ¡Inmediatamente! —enfaticé.
Kevin asintió con lentitud, resignado.
—Me lo encontré en la entrada al pórtico hace como tres semanas. Estaba ahí, traía en sus manos una caja, parecía un obsequio. Lo reconocí por la fotografía que me mostraste. Cuando lo vi, sentí celos, sentí… Sentí que venía para arruinarlo todo. ¡Habíamos tenido unas semanas hermosas, Adriana! —dijo con emoción en sus palabras, pero desesperación en la mirada—. Yo no podía dejarlo aparecerse así y meterse en tu cabeza otra vez.
Me di cuenta de quien estaba hablando.
—Yo —continuó—, solo quería que siguiéramos como hasta entonces. Que siguieras enamorándote de mí. Que esto funcionara. Y ese tipo iba a ser un problema, siempre escribiéndote, llamándote, perturbándote; Adriana, tu lo dijiste, el es solo una fantasía. ¿Por qué seguir viviéndola cuando yo te ofrecía una realidad?
—Una realidad… Una realidad —repetí—. ¡¿Una realidad?! ¡Eres un hipócrita! —exclamé y me incliné hacia delante—. ¡No me hables de realidades! ¡¿Qué le dijiste a Daniel?!
Se echó un poco hacia atrás, sorprendido por mi reacción, nervioso. Paso saliva y respondió:
—Solo le dije la verdad.
—¡¿Qué verdad?!
—Que… Que lo que sucedió entre ustedes fue solo una fantasía, un simple juego, un error. —En ese instante sentí como mi respiración se agitaba, sentía fuego creciendo dentro de mi interior, sentía lava recorriendo mis venas.
De un rápido movimiento me puse de pie y de un veloz zarpazo le di una muy muy sonora y fuerte bofetada en el rostro a Kevin, su cara quedó de lado. No hizo comentario alguno, solo bajó la mirada y se quedó en silencio.
Me senté de golpe. Lo señalé con el dedo, enfatizando mis palabras.
—¡No tenías, ningún maldito derecho! —dije con los dientes apretados, los ojos entornados y la respiración agitada. Estaba encendida en rabia y desprecio—. ¡No tenias por que meterte en eso! ¡¿Qué te hizo pensar que podías intervenir?!
Kevin levantó la mirada y se acomodo nuevamente, llevó su mano derecha a su mejilla izquierda, donde lo abofetee, y respondió:
—Yo solo quería que ya lo olvidaras… Que te concentraras en nosotros. Si él seguía en tu mente, seguía en tu vida, nunca podríamos ser felices —dijo cabizbajo.
—Tu y yo nunca seriamos felices, Kevin —espeté—. Eres un maldito idiota.
—Lo hice por nosotros —levantó la mirada, la posó en mis ojos, los cuales comenzaba a sentir llenarse de lágrimas. Me sentía tan frustrada, tan enfadada.
—¡No hiciste nada! ¡Solo entrometerte! ¡¿Qué mas le dijiste?! —pregunté.
Titubeó, pero prosiguió.
—Le dije que tú y yo estábamos enamorados. Le dije que si era un hombre de verdad dejaría de escribirte, de molestar, que necesitabas olvidar eso que pasó para poder ser feliz. Que ya no te buscara y que te olvidara. Que ya no querías saber nada de él, pero que no sabias como decirle. Le dije que te daba vergüenza recordar lo…
Antes que terminara de hablar lo callé con una nueva bofetada, tan fuerte que se echó hacia atrás en el mueble y se quedó ahí, inexpresivo.
—Eres un desgraciado. Eso es lo que eres. Me mentiste…
Volví a sentarme lentamente.
Kevin se incorporó en el mueble y sobó su mejilla. Sus ojos estaban rojos.
—No pensé en ese momento. Te juro que no quería mentirte. No quería lastimarte. Es solo que el no te dejaba… No dejaría que te enamoraras de mí, yo veía tu rostro cuando él te escribía, cuando…
—¿Y por que me mentiste con respeto a Estefanía y Andrés? —interrumpí.
Kevin quedó sin palabras. Su rostro palideció. Sus cejas se arquearon, sorprendido. No esperaba que le dijera aquello, estaba segura de que no lo esperaba. Se encogió de hombros. Balbuceó, no supo que decir, o que hacer. Agitó las manos, tratando de organizar sus ideas, estaba perdido. Sabía que no podía seguir mintiéndome más.
—Así es, Kevin. Lo sé todo. Todo desde el principio. Las fotos que le quisiste mostrar a Andrés, tu obsesión con Estefanía, el por qué me buscaste a mi después de tanto. Lograste engañarme, lo acepto. Pero ya está, se acabó. No te voy a gritar, no te volveré a abofetear. Solo te pediré que te vayas. Simplemente no quiero escucharte más.
—Pero, Adriana. Yo… Te puedo explicar. ¿Con quién hablaste?
Sonreí con ironía.
—Escúchame bien, Kevin —enfaticé con el índice sobre mi labio—. SI fuiste capaz de decirle esas cosas a Daniel, sin ningún derecho y a mis espaldas, estoy segura de que lo que me enteré no es tan si quiera la mitad de sucio, enfermizo y triste, de lo que en realidad debe ser. —Me puse de pie—. Quiero que agarres esa bolsa con tus cosas, te vayas de aquí y nunca más vuelvas a acertarte a mí.
Se puso de pie también.
—Adriana…
—¡Porque, si vuelves a acercarte, te voy a denunciar! —dije severa y señalándolo con el dedo—.  ¡¿Te quedó claro?!
Me miró y sus ojos comenzaron a derramar lágrimas. Entre sollozos masculló:
—Todo fue porque… Porque te amo. Yo... Si no te decía esas cosas, tu… Tu no… Adriana —Trató de abrazarme, pero lo empuje raudamente haciéndolo caer sobre el sofá—. Adriana… No… No me trates así. Te amo —insistió.
No pude evitar que las lágrimas cayeran por mis mejillas, pero no lloraría más, no por un falso como este. Me daba mucha tristeza, pro que había comenzado a entrar en mi corazón, pero todo eso que me mostró fue una mentira. Mas aun lo que le hizo a Daniel, no podría tener algo de empatía como tamaño demente.
—Vete de una vez, Kevin. Por favor. No hagas esto mas difícil. No me hagas llamar pensar que después de todo eres capaz de seguir creyendo que puedes conseguir algo de mí. De mí ya no tendrás nada, ni la amistad. Una amistad que jamás debió existir.
—¡No! ¡No! ¡Adriana! —les lanzó a mis pies, abrazándome por las piernas—. ¡Adriana, yo te amo! ¡Yo te necesito! —dijo entre sollozos, llorando como un niño—. ¡Por favor, Adriana! ¡Yo sin ti me muero! —me insistió.
No supe que hacer, solo sentía las lagrimas caer por mi rostro, pero en mi corazón ya no había espacio para el perdón. Luego de saber lo que había hecho, luego de que me engañó, luego de manipularme, de entrometerse en mi vida. No podía sentir nada por este pobre desgraciado. Solo sentía tristeza, sentía decepción. Lastima y no solo por él.
—Vete, Kevin… No vas a conseguir que te perdoné —le dije.
No me respondía, solo se agarraba de mis piernas y lloraba como un niño que ha perdido a su mascota, o un juguete nuevo. Lloraba como si su vida hubiera acabado. ¿Era la vergüenza? ¿era la frustración? ¿Quizá era empatía por lo que me había hecho? Claro que no. Era un manipulador. No funcionaría conmigo. No más. La imagen que tenía de él había muerto en la tarde. Para mí ahora solo era un mentiroso que se aprovechó de mí y que tenia que sacar ya de mi vida.
Coloqué mi mano sobre su cabeza, sentí como se soltó un poco de mis piernas, aproveché para empújalo y librarme de sus brazos. Se cayó hacia atrás, golpeando mi mesa de centro, haciendo caer la botella y la caja de pizza. Yo me dirigí en dirección a la puerta de mi cocina, cogí la bolsa con sus cosas y me dirigí a la puerta. Abrí la puerta y tiré la bolsa afuera. El se puso de pie y se quedó ahí mirándome, con los ojos enrojecidos, llenos de lágrimas y mocos chorreando de su nariz, que no se molestó en limpiar. Su expresión era de dolor, de tristeza.
—Vete, Kevin —insistí—. No me hagas pensar que eres capaz de hacerme más daño. Verte aquí comienza asustarme.
—Nunca, nunca te haría daño —respondió, lentamente comenzó a acercarse, limpiándose las lagrimas del rostro y los mocos, aclaró su garganta y se detuvo frente a mí, cerca de la puerta, me miró fijamente, resignado—. Solo quiero que sepas que todo esto lo hice porque… No quería quedarme solo. Quería amar a alguien, que alguien me amara a mí. Pensé que si… Pensé que contigo podría tener algo hermoso. Pensé que… Podrías amarme. Me equivoqué, cometí muchos errores.
—Vete, Kevin. No era la forma.
Bajó la mirada, comenzó a llorar nuevamente.
—Adiós, Adriana —masculló.
—Lárgate, Kevin. —Caminó lentamente hacia fuera de mi apartamento—. Busca ayuda, no estas bien. Y no vuelvas a tatar de buscarme. Entiéndelo por favor.
Levantó la bolsa y volvió sobre sus talones, me miró y asintió con mirada triste y lágrimas en sus mejillas. Entonces se fue por el pasillo lentamente, cabizbajo, sombrío. Cerré la puerta y me recosté tras ella. Llevé mis manos sobre mi rostro, y aunque lo había prometido, no pude evitar soltarme en llanto. El ultimo que derramaré por un imbécil. Tenía que creérmelo.

Capítulo 27: Reflexiones
Esa noche, luego de hablar con Kevin, no pude dormir.
Me quedé despierta hasta muy tarde, me bebí la ultima botella de vino que me había regalado Daniel. Pensaba en todo lo ocurrido, repasando paso a paso todos los errores que había cometido, como pareja, como mujer, como amiga, como hermana, como hija. Pensaba en como había podido ser tan estúpida. Pensaba en como pude caer nuevamente en las patrañas y promesas de un tipo que casi no conocía, y pensé que conocía.
Me culpé, me culpé solo a mí. Ya no tendría sentido culpar a alguien más. Ni a Kevin ni a Andrés ni a Daniel. Nadie era culpable de como me sentía. Se que muchos me dirían que debo entender que no fue culpa mía; pero sin estupideces. Fui yo quien se quiso enamorar, fui yo quien no tuvo control de sus impulsos, de esa fantasía de querer ser amada, sentirse valorada, importante para alguien. Fui yo quien decidió prestarme para un juego. Finalmente fui yo también la que salió de ahí.
Esa noche mientras pasaban las horas y repasaba fríamente cada palabra de Andrés, que rememoraba cada escena lamentable de nuestros años como pareja; me daba cuenta de mis errores con él, me di cuenta concienzudamente de que no solo él había fallado. Fallamos los dos, ahora podía verlo, libre de ese dolor que me ataba a seguir pensando que era un simple desgraciado. Lo era, por mentirme y por serme infiel. Pero no era el culpable único de que la relación fracasara. Ya no me importaba, ya no tenía por qué seguir buscando respuestas. Ahora podía créeme lo que muchos me habían dicho, mi relación estaba muerta desde hace mucho. Mucho antes que el se largara con ella. Ahora solo me quedaba entender que así pasó, así es, y así será. El vivirá su vida con merecer estar. Si es feliz, que lo sea. No podía, ni seria capaz, de desearle algo malo. Estaba superado, y esta vez por completo.
Analizaba también, con cada sorbo de ese dulce licor, mi efímera relación con Kevin. Era por momentos como estar soñando. Solo esta mañana estaba pensando en como sorprenderlo con algo, ahora me daba tanta rabia haber perdido tiempo con él, haber abierto mi corazón. Tiré por la ventana los regalos que me dio, los peluches, las joyas, el vestido que me compró. Agradecí que no me regalara aquella mascota que vimos en el centro comercial. Seguro terminaba en casa de mamá. Analizaba lo fácil que es tragarse las mentiras cuando uno esta predispuesto, o cuando desea tanto algo que comienza a verlo donde no hay. Me sentí mal por momentos, recordando los momentos lindos que pasamos, pero que resultaban agrios al saber que era todo falso. Si bien no falsos, per se; de haber sabido la verdad, nunca hubieran existido. Incluso llegué a sentir lastima por él. Fue lamentable la escena que hizo al final. No podía decir que me sentía bien de verlo así, al igual que yo, obtuvo aquello que se ganó. Lo que merecía. Espero, también como yo, que pueda aprender de todo esto. Aunque lo de él, sin duda, necesita otra clase de ayuda.
Mientras pasaba la noche pensaba también en Daniel. Daniel, quien no se alejó por que quiso. Había venido a verme. Hace tres semanas atrás, aproximadamente, cerca de esa fecha dejamos de hablar, y recuerdo que en nuestra ultima llamada le había dado mi dirección. Debí suponer que llegaría de sorpresa. Fue realmente una pésima suerte que se haya cruzado con Kevin. Me imaginaba como se pudo haber sentido. Para empezar, que supiera que le había contado aquello tan especial a un tipo con el que salía, que tonta; segundo, que piense que lo que pasamos lo quería olvidar o que no me dejaba ser feliz; tercero, que crea que tan pronto lo había olvidado. Inmediatamente todo aquello que Kevin le dijo, destrozaba todo lo que hubiéramos podido haber hablado, quizá no del todo, pero si me dejaba a mi como una hipócrita.
Estoy segura de que él no se lo creyó del todo. De eso puedo dar fe. Pero conozco a Daniel, sé que, si tenía la más mínima sospecha de que estaba intentando ser feliz, y que el era un problema para eso, sea o no con otra persona, el se alejaría. Para colmo en esas semanas habíamos hablado muy poco, y se estaba perdiendo esa comunicación de antes. Y claro, el comenzaba a sospechar que salía con alguien. No culpo que haya podido creerle a Kevin; pero estoy segura de que no pudo creer que lo que sentimos en esa semana juntos fue mentira y que ya no lo quería recordar. Eso no lo pudo creer.
Tengo que hablar con él, pensé esa madrugada. La botella se había acabado ya y el sueño me ganó. Me quedé dormida en el mueble. Esa noche tuve varios sueños, soñé con Daniel, soñé con Kevin, con Andrés. Todos en un enorme bote, alejándose de mí, observándolos desde la orilla del lago. Yo no entendía por que los tres estaban juntos, solo podía ver el bote alejarse. Detrás de mí la cabaña parecía estar llena de gente. Se escuchaba conversaciones, buya. Me acerqué a la ventana. Era año nuevo dentro. Podía ver los adornos, la cena en la mesa, mi madre, mi hermana, mis tíos. Celebraban con alegría, felices. Ahí, en los muebles, estaba yo, pequeña sonriente. Tan feliz. Junto a mi sentado, con esa expresión de seriedad de aquellos años, estaba Daniel. Tenía algo en sus manos, era un obsequio. Yo lo miraba y el me decía algo, no podía escuchar que era. La buya de la música me lo impedía. Pero el me lo entregaba. Abría el regalo y sonreía, me lanzaba a abrazarlo y le daba un beso en la mejilla. El me sonreía y me abrazaba también. Luego se iba corriendo por el pasillo y yo iba tras él, como siempre, con mi regalo en las manos.  Volví sobre mis pasos, al lago, ya no lograba ver a nadie en el lago, el bote solamente flotaba vacío. ¡Daniel! ¡Daniel! ¡¿Dónde estás, Daniel?! ¡Primo! ¡No te vayas!, gritaba, con lágrimas en los ojos.
—¡No te vayas! —exclamé.
El ruido de mi grito, entre sollozos, me hizo abrir los ojos y despertar. Agitada y con lagrimas en los ojos, que rápido sequé, me incorporé. Miré a mi alrededor. Había sido un sueño, entré en consciencia a los pocos segundos. 7:24am, mi puerta sonó de repente. Me puse de pie y me dirigí hasta allá.
—¡Ya voy! ¿Quién es? —pregunté.
—¡Soy yo, Fernando!
Quité el cerrojo y abrí. Mi amigo entró rápidamente.
—¿Estas bien? ¿Por qué no respondiste? Estuve llamándote… ¿Y ese olor? Dios… Estás ebria. ¿Te sientes bien?
—Mejor que nunca, Fernando —le dije cerrando la puerta y acercándome a él.
—¿Segura? ¿Qué paso anche? —me preguntó.
Me dirigí a mi alcoba, el fue tras de mí.
—Vino y hablamos. Me enteré de algo más, Amigo. —Entré en el baño de mi alcoba y abrí el grifo— Te vas a volver loco. —Me enjuagué la cara y bebí un buen trago de agua fría.
—¿Qué sucedió? ¿Qué más pudo hacer?
Cogí una toalla y me sequé la cara y las manos. Salí del baño y me senté a los pies de mi cama.
—El muy… Se encontró con Daniel, aquí abajo en el primer piso, y le dijo una sarta de idioteces sobre nosotros, sobre mí, sobre lo que pasamos en Sta. Laura. Por eso Daniel ya no me habla, Fernando.
—Carajo, esto se escribe solo.
—Si. Fernando. ¿Trajiste tu auto? —pregunté.
—Si. Claro, esta abajo. ¿Quieres que te lleve a algún lugar?
—A Sta. Laura. Necesito hablar con Daniel hoy mismo.
—¿Qué? ¿Hablas en serio? —dijo incrédulo—. ¿No quieres pensarlo mejor? Estas con resaca.
Me puse de pie y redirigí a mi ropero. Cogí algo de ropa limpia, pues seguía con mi uniforme de enfermera color verde.
—Es domingo, ya no encontraré nada para Santa Laura, antes de las tres o cuatro de la tarde y es demasiado. Tenemos que ir ahorita mismo. ¿Me llevaras o me iré como pueda? —advertí, mirándolo de frente y con los brazos en jarra.
—Claro que te llevaré, serán como cuatro horas y media hasta allá. Quizá más.
—Llegaremos, llegaremos. Me alistare y salimos en 15 minutos.
—Bueno. Esta bien, iré a llamar a Barbara. —Dio media vuelta y se dirigió a la sala— Le diré que hare un pequeño viaje.
—Fernando —lo detuve.
Volvió media vuelta con el celular en la mano.
—Dime…
—Eres un gran amigo, muchísimas gracias —Me acerqué a él y lo abracé fuerte, me devolvió el abrazo.
—Ya, tranquila, Adriana. Todo estará bien. —Nos separamos y me cogió por los hombros con suavidad—. Alístate. Salimos en quince. —me dijo con una sonrisa.
Salió de la habitación, yo me desvestí rápidamente y me dirigí a la ducha. Tenía que alistarme lo antes posible y partir para encontrarme con Daniel. No se si había sido el sueño o si realmente es lo que tenía que hacer, pero sentía que debía ir a buscarlo, explicarle todo y por fin, decidirme por lo correcto. Había sido una noche de reflexiones, alcohol, pesadillas y sueños. Ahora despierta, por fin, debía corregir todo lo que se había estropeado, mientras aun pueda hacerlo.
Tardé exactamente quince minutos en alistarme, cogí una chaqueta, pues era época de frio en Sta. Laura, cogí dinero, mi teléfono y nada más. Fernando me estaba esperando abajo en su auto. Tan pronto salí y subí nos dirigimos a la carretera B45, rumbo a Santa Laura, provincia de pinedo. Serían al menos cuatro horas de viaje, por la ruta más corta.
—¿Te dijo algo, Barbara? —le pregunté a Fernando.
—Que le traiga quesos y pan de uvas.
—¿Le dijiste que vas conmigo?
Sonrió y me miro un instante.
—La que esta borracha eres tú, no yo. ¿Querías que te llevara o no?
—Entiendo —respondí sonriendo—. Gracias Fernando. ¿Te molesta si duermo un poco?
—Descansa. Tenemos un buen tramo que recorrer aún. No conviene que llegues con esa cara que traes. Me detendré en la siguiente parada para comprar agua y algo para que comas. Aún falta mucho.
Asentí y dormí tranquilamente hasta la siguiente parada.


Capítulo 28: Un viaje II
Desperté algunas horas más tarde, mucho más fresca. Ignoro en que momento Fernando compró agua y algo de comer, pero lo agradecí sin duda. Me desperté con mucha sed y hambrienta. Ya sin resaca recordé lo sucedido en la mañana, no me arrepentía, pero sigamos que ahora pensaba mejor las cosas y que es lo que diría. En la resaca sucede algo interesante, tiene momentos de lucidez, pero guiados por tu desinhibición. Pequeños momentos en que sientes que todo es posible, y la vergüenza tarda en volver. Para cuando llega a veces ya es muy tarde, pero en este caso, no me arrepentía. Tenía que llegar a Sta. Laura.
—¿Estas mejor? —me preguntó Fernando.
Asentí y me acomodé en mi asiento, al lado del conductor. Me desperecé y sobé mis ojos con los puños. Cogí una botella de agua de la parte trasera y un sándwich, que rápido ingerí, estaba hambrienta.
—¿Por dónde estamos ya? —pregunté.
—Estamos ya por los arrabales de Sta. Lorena, por la carretera B56. —Reconocí el lugar por los grandes chopos que se veían a la distancia y rodeando parte del camino asfaltado. No estábamos muy lejos. Quizá en unas dos horas estaríamos llegando. Fernando estaba apurando la velocidad del auto hasta el limite señalado. Me quedé con la cabeza recostada en la ventanilla, observando el camino, los cielos, la naturaleza. Las montañas que parecían seguirnos en la lontananza, los bosques que se extendían en el horizonte, sobre las pequeñas poblaciones, y propiedades de la zona. No se podía ver este lugar siguiendo la ruta del ferrocarril, pues el seguía otro camino, pues hacía algunas paradas en diferentes poblaciones. Es la ventaja que teníamos viajando en auto propio.
Tuvimos que detenernos a un lado del camino para recargar combustible, Fernando había comprado en un galón, pues el camino era largo y no había gasolinera en muchos kilómetros. Cambiamos de lugares y conduje yo por una hora más, hasta llegar al puente de San Blas, puente que conectaba la provincia de Blas de las Aguas, con Pinedo. Estábamos cerca. Fernando durmió un poco mientras yo conducía. Cuando llegamos a las laderas de Pinedo él tomó el volante nuevamente, pues el camino era serpenteante y elevado, y yo no tenia mucha experiencia en esos caminos. Ya estábamos en la provincia de Pinedo, la cual constaba de varios pequeños pueblos, siendo Sta. Laura uno de ellos. Solo debíamos seguir la carretera y llegaríamos a Santa Laura, al norte. No nos tomó mucho para ver a lo lejos el pueblo, rodeado del campo, montañas y espesos bosques a la distancia. Era una vista que no se obtenía si viajabas en tren.
Solo debíamos seguir el camino indicado y llegaríamos al pueblo. Mientras nos acercábamos llamé a mi tía. Le pregunté por el paradero de Daniel. Titubeó, pero me dijo que había ido a la cabaña en el lago. Me preguntó que estaba pasando, pero le dije que no se preocupara, que solo había venido a conversar con él. Le dije que, por favor, no le avisará, que quería darle una sorpresa. Mi tía me dijo que podía estar tranquila, que pasara a la casa más tarde.
Le dije a Fernando que teníamos que ir al lado. Por suerte reconocí el camino en donde estábamos estacionados. Ahí en la intersección debíamos tomar el camino hacía el este, en dirección al bosque. De ahí era cuestión de seguir las indicaciones. Fernando encendió el auto y partimos rápidamente hacia allá.
—¿Has pensado que le dirás? —me preguntó Fernando a medio camino.
Yo tenía la mitrada fija en el camino, en los árboles, en la montaña en el fondo, bajo el enorme cielo lleno de nubes. Era un día nublado, corría mucho aire frio.
—No lo sé —dije con sinceridad—. Tengo mucho que explicarle. Estoy segura de que entenderá. Estoy segura que no puede haber creído en todas las mentiras de Kevin.
—¿Solo eso, Adriana? —cuestionó.
Suspiré profundo.
—No —respondí—. Me he dado cuenta que quiero estar con él. Me di cuenta que ya no tiene sentido ocultarle mis sentimientos. Le diré que me enamoré de él, que me fue difícil dejar de quererlo y que, de no haber sido por el estúpido de Kevin, seguiría muy enamorada. Le diré eso y… Veremos qué me dice. Espero siga sintiendo lo mismo. Yo creo que sí.
—¿Estás segura, Adriana?
—Estoy segura, Fernando. Esa semana que pasamos juntos fue una señal. No la vi, por temores y el que dirán. Mira como terminé por eso. Ahora que más me da. Nadie me ha hecho sentir así. Espero solamente que no sea muy tarde.
—¿Y si lo es? Perdón si sueno negativo.
—No te preocupes. Si es muy tarde y no cree en mí… Ya está, tendré que vivir con una duda razonable. Por no haber sabido desprenderme de prejuicios y dudas a tiempo. Pero ahora lo que importa es encontrarlo. Quiero abrazarlo, quiero verlo, quiero que sepa la verdad. Con eso me conformo por el momento.
Fernando condujo con mucho cuidado, algo nervioso, pues no conocía del todo el camino, estoy seguro que mas de una vez se sintió perdido. Finalmente pudimos ver el lago desde lo alto de una pendiente. La cabaña estaba ahí a unos cuantos metros. Habíamos llegado por la parte trasera de la cabaña, podía ver la puerta trasera y la camioneta de Daniel. Le dije a Fernando que se estacionara ahí nada más. Me dijo que podría bajar si seguía el camino, pero le dije que estaba bien ahí. Estacionó a un lado de la trocha, bajo la sombra de unos pinos. Bajé del auto, Fernando bajó conmigo y rodeó el auto. Se apoyó en el guardafangos.
—Te deseo suerte. Te espero aquí. Es una bonita vista del lago.
—Gracias, Fernando. —Me encogí de hombros—. Pasará lo que tenga que pasar.
Fernando colocó su mano sobre mi hombro y me sonrió. «Anda», me dijo.
Bajé la pendiente con cuidado y me dirigí a la cabaña, no estaba muy alejada. Al ir acercándome comencé a oír golpes secos, estaba cortando madera, es un sonido inconfundible. Va a quedarse a pasar la noche, pensé. Me acerque siguiendo el sonido de los golpes y rodee la cabaña por detrás. Ahí en la parte delantera, se encontraba Daniel.
Cortaba leña, estaba mas barbudo, con el cabello mas crecido, traía un bividí blanco, sudado, sus jeans y esas enormes botas de campo. Se le veía tan varonil, tan atractivo. De solo verlo me sentí segura, presa de una gran emoción. Un pequeño frio eléctrico recorría mi espalda mientras me acercaba a Daniel.
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