Encumbrándose
entre ecuestres inspiraciones
jineteadas por callejones de incienso,
su espíritu flanquea crónicos lapsos de dolor
sobrevolando muertes chiquitas y efímeras
(tan fugases como el horizonte y
tan robles como un recuerdo tatuado )
Y es que, en peregrinación eterna hacia el valle sin nombre,
su paso procede a bostezar castillos de arena
sobre memorias de hierro.
Y no importa cuando ni porqué
su finitud desprenderá epidermis;
y no importa cómo ni dónde estarán sus fugitivas horas.
Inalterable e intacto flameará su obsequio;
dispensará, sin más motivación, su celo.
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“El hombre es el único animal que puede estar fastidiado, que puede estar disgustado y puede sentirse expulsado del paraíso…es la contradicción inherente a su existencia la que lo hace seguir adelante. Habiendo perdido el Paraíso –la unidad con la naturaleza- se ha convertido en el eterno peregrino (Ulises, Edipo, Abraham, Fausto)…” Erick Fromm.