Hoy no puedo estar bonita. Los tacones son inmensas agujas que martillan el pavimento por donde camino, dejando grietas profundas como cicatrices, despistando el dulce sonido de la tarde a medio morir. Mis uñas son débiles como las hojas secas de otoño. El frío infernal que se agita con un remolino de sufrimientos, araña sin medida alguna el maquillaje que cubre mis años pasados de moda, las arrugas que se me notan en alguna expresión vaga.
Llevo aquel vestido azul que me regaló cualquier pretendiente de un sábado fiestero; suave al viento, vetusto y tentador ante las curvas perdidas que se amoldan a mi cuerpo. En el cuello, llevo aquella gargantilla usada y prostituta, que se entregó con ánimos agrestes y sonrisas atrevidas a un cuerpo millonario de corazón obsoleto. Llevo, también, junto a ésa gargantilla de tiempos muertos, un collar largo de falsas perlas y pequeñas piedrecillas de plástico que hacen juego con los pendientes cortos, que a su vez se ajustan a los lóbulos colgantes de mis orejas. Eso me hace recordar los días libres de mi juventud, cuando solía desparramar belleza de mi cuello elegante y mi pecho huesudo, cuando no solía cubrirlo de falsas baratijas y agónicos respiros de vieja cansada.
No soporto ya mis canas, que a menudo se dejan ver sobre el tinte sin remedio que actualizo de vez en cuando. De mi cabeza ya no cuelga aquel cabello rubio y frondoso que moría al límite de mi espalda, ahora, llevo mechas quebradizas que suplican por una reconstrucción inmediata y por un tinte que opaque todas esas hebras plateadas que a veces no quiero recordar. ¡Ya no soporto mis piernas!; gordas y veteadas de várices y años, que alguna vez fueron piel suave transitando por las avenidas coloridas de la pubertad y el regocijo, de caricias baratas y contactos apasionados, donde una mano se convirtió en fuego y un beso en maravilla.
Hoy el cigarrillo muere en mi mano, con una marca roja del carmín de mis labios finos, que alguna vez se cierran para encubrir la historia de mi vida. Hoy, él se ha convertido en mi compañero de soledad anticipada, junto al carbón que se extiende por mis párpados caídos, que sienten el húmedo toque tras una lágrima de poesía suicida, de tiempos melancólicos. Hoy también, la flemática y suave brisa de esta tarde de otoño se hace cómplice de la evolución carnal que lleva a cuestas mi cuerpo, de esas lágrimas que se secan en mi barbilla.
Hoy no puedo estar bonita. Quizás estoy muy cansada de la vida que me guarda, los sueños que jamás realicé, de las copas que tomé la noche anterior, del cigarrillo que se muere en medio de mis dedos, de mi cartera de vieja adinerada, de mis tacones y mis prendas obsoletas, de mí y de ellos.
Hoy no puedo estar bonita porque muero junto a mis pasos, porque de haber vivido más tiempo, hubiese hecho lo que jamás intenté: gozarme la vida. -Nunca hablo de dinero, no. Tal vez es lo incierto de mi existencia lo que tampoco probé. Todo fue tan planeado; dormir, comer, trabajar, consumir, divertirme… que nunca se me ocurrió pensar en que la vida fuese más de lo que experimenté. No sé, pero tampoco no podría saberlo.
Cerré muy fuerte los ojos. Sentí como mis manos se volvían muy pequeñas y se aferraban a un cuerpo tibio y suave. Mis piernas ya no arrastraban a esos pesados tacones y mi vestido ya no luchaba contra el frío de la calle. Desperté y mi vista estuvo muy empañada, todos los recuerdos se alteraron en mi mente y se confundieron tanto, que poco a poco comencé a olvidar todo.
¡Estaba en la sala de un hospital! Y aquella que me abrazaba era mi madre.
Luego, comencé a vivir.
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Sí existen las segundas oportunidades. ¡Es tiempo ya de que salgas a buscarlas!
"Vive la vida como si fuese el último día de tu existencia"