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 Texto de García Márquez

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mariazul11
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MensajeTema: Texto de García Márquez   Dom Ene 03, 2010 10:11 am

viernes 25 de diciembre de 2009


Estas navidades siniestras















Gabriel García Márquez


Ya nadie se
acuerda de Dios en Navidad. Hay tanto estruendo de cornetas y fuegos de
artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos
inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por
encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le
queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para
celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una
caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos
mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese
niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no
lo creyeran. Lo celebran además muchos millones que no lo han creído
nunca, pero le gusta la parranda, y muchos otros que estarían
dispuestos a voltear el mundo al revés para que nadie lo siguiera
creyendo. Sería interesante averiguar cuántos de ellos creen también en
el fondo de su alma que la Navidad de ahora es una fiesta abominable, y
no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino
social.



Lo más grave de
todo es el desastre cultural que estas Navidades pervertidas están
causando en América Latina. Antes, cuando solo teníamos costumbres
heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de
imaginación familiar. El niño Dios era más grande que el buey, las
casitas encaramadas en las colinas eran más grande que la virgen, y
nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con
un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que un león que
nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tránsito que dirigía
un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se
ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un
rayo de seda amarilla que habría de indicar a los Reyes Magos el camino
de la salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía a
nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros mal copiados del
aduanero Rousseau.



La mistificación
empezó con la costumbre de que los juguetes no los trajeron los Reyes
Magos -como sucede en España con toda razón-, sino el niño Dios. Los
niños nos acostábamos más temprano para que los regalos llegaran
pronto, y éramos felices oyendo las mentiras poéticas de los adultos.
Sin embargo, yo no tenía más de cinco años cuando alguien en mi casa
decidió que ya era tiempo de revelarme la verdad.. Fue una desilusión
no solo porque yo creía de veras que era el niño Dios quien traía los
juguetes, sino también porque hubiera querido seguir creyéndolo.
Además, por pura lógica de adulto, pensé entonces que también los otros
misterios católicos eran inventados por los padres para entretener a
los niños, y me quedé en el limbo. Aquel día -como decían los maestros
jesuitas en la escuela primaria- perdía la inocencia, pues descubrí que
tampoco a los niños los traían las cigüeñas de París, que es algo que
todavía me gustaría seguir creyendo para pensar más en el amor y menos
en la píldora.



Todo aquello
cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de
proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión
cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos
y los ingleses, que es el mismo Papá Noel de los franceses, y a quienes
todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un
alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de
nieve. En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro
que el buen San Nicolás, un santo al que yo quiero mucho y porque es el
de mi abuelo el coronel, pero que no tiene nada que ver con la Navidad,
y mucho menos con la Nochebuena tropical de la América Latina. Según la
leyenda nórdica, San Nicolás reconstruyó y revivió a varios escolares
un oso que había descuartizado en la nieve, y por eso lo proclamaron el
patrón de los niños. Pero su fiesta se celebra el 6 de diciembre y no
el 25.. La leyenda se volvió institucional en las provincias germánicas
del Norte a fines del siglo XVIII, junto al árbol de los juguetes, y
hace poco más de cien años pasó a Gran Bretaña y Francia. Luego pasó a
Estados Unidos, y estos nos lo mandaron para América Latina, con toda
una cultura de contrabando: la nieve artificial, las candilejas de
colores, el pavo relleno y estos quince días de consumismo frenético al
que muy pocos nos atrevemos a escapar. Con todo, tal vez lo más
siniestro de estas Navidades de consumo sea la estética miserable que
trajeron consigo: esas tarjetas postales indigentes, esas ristras de
foquitos de colores, esas campanitas de vidrio, esas coronas de
muérdago colgadas en el umbral, esas canciones de retrasados mentales
que son los villancicos traducidos del inglés; y tantas otras
estupideces gloriosas para las cuales ni siquiera valía la pena de
haber inventado la electricidad.



Todo eso, en torno
a la fiesta más espantosa del año. Una noche infernal en que los niños
no pueden dormir con la casa llena de borrachos que se equivocan de
puerta buscando donde desaguar, o persiguiendo a la esposa de otro que
acaso tuvo la buena suerte de quedarse dormido en la sala. Mentira: no
es una noche de paz y amor, sino todo lo contrario. Es la ocasión
solemne de la gente que no se quiere. La oportunidad providencial de
salir por fin de los compromisos aplazados por indeseables: la
invitación al pobre ciego que nadie invita, a la prima Isabel que se
quedó viuda hace quince años, a la abuela paralítica que nadie se
atreve a mostrar. Es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el
momento de regalar porque nos regalan, y de llorar en público sin dar
explicaciones. Es la hora feliz de que los invitados se beban todo lo
que sobró de la Navidad anterior: la crema de menta, el licor de
chocolate, el vino de plátano. No es raro, como sucede a menudo, que la
fiesta termine a tiros. Ni es raro tampoco que los niños -viendo tantas
cosas atroces- terminen por creer de veras que el niño Jesús no nació
en Belén, sino en Estados Unidos.




Gabriel García Márquez. Colombiano. Escritor. Premio Nobel de Literatura

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MensajeTema: Re: Texto de García Márquez   Jue Ene 14, 2010 12:37 am

Frases profundas, llenas de algo que cada vez escasea más y que se llama VERDAD.
A poco que nos demos cuenta la Navidad no es sino una mentira asumida, un espacio de tiempo en que parece que queremos despertar de una pesadilla pero que al final lo que hacemos es reforzarla al ser aún más hipócritas con nuestros actos...Y cada vez más.

Siempre y desde que he cogido conciencia de algunas cosas o situaciones he sentido rechazo a estas fechas pues las considero un engaño aparte de acto de inmoralidad pues apenas nos demos cuenta y seamos un poco observadores vemos que es cuando más insolidarios nos comportamos con los mas necesitados y por el contrario mas practicamos el derroche queriendo ponernos a la altura de una situación a veces imposible y otras totalmente insolidaria con los mas necesitados.

Dicho esto también es verdad que hay excepciones y una de ellas la he visto en estos días con la enfermedad de un miembro de mi familia y que ha hecho que todos nos sintamos mas unido que nunca con ella y con sus hijos, es, son, estos momentos cuando uno ve el otro sentido de la navidad, ese sentido humano y solidario que ya se ha perdido y por lo que la criticamos tanto y no sin razón.

Tek, Francia.
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