José se hallaba ante el fuego, medio adormecido, en el salón de su casa... en la calle el silencio era agujereado por aquellos pasos de los fieles que se dirigían a la Misa del Gallo. Aunque quizá faltaba demasiado. Demasiado tiempo allí, vacío. La tormenta creció en su auge, se hizo irresponsable y azotó con una lluvia enloquecida los tejados de la población, golpeó los cristales de las ventanas cual si quisiera entrar, se rompió contra el asfalto y las aceras. E inundó los campos de las afueras, en barbecho, y los convirtió en rectangulares recipientes de su ira. José apagó el transistor, la música sacra le estaba metiendo en la gruta de los dolores. Observó su reloj de pusera, se acercó hasta el pie de su cama, se apoyó en ella. Parecía un penintente. Curvado, era un hombre vencido. Con los ojos cerrados, era un hombre perdido. Entonces comenzaron a sonar las campanas de la Iglesia. Reclamaban a los fieles, a que acudieran al templo. Pues, un año más la escenificación del sentido de todo aquéllo iba a tener lugar. Y José lloró.