Ninguna civilización ha suprimido la barbarie; todo a lo más la ha perfeccionado.
Voltaire.
Subsistimos en una sociedad a la que se le ha impuesto la cobardía a la fuerza, sin más. Este hecho, la cobardía – y por lo tanto el miedo- es el signo más evidente de una sociedad esclava, maniatada al mismo tiempo que prisionera de sus propios miedos.
Esta realidad se refleja en un sinfín de actos, de hechos que conscientes o no están ahí y que todos arrastramos; es, o viene a significar el hecho de, como bien dice el título de una novela de Víctor Ramírez, “cada cual arrastra su sombra”.
Se dice y nos exponen una realidad y algunos acabamos creyendo en otra en la que, por supuesto, no cabe coincidencia alguna; así y todo insisten, se nos imponen una y otra vez, de forma obtusa, que formamos parte de una sociedad democrática pero observamos, miedosos, que ésta funciona siempre y cuando nos acoplemos a sus exigencias, a las exigencias de quienes más disfrutan de los privilegios que esa democracia les conceden, sin más. ¿De qué democracia nos hablan?
¿Quiénes son ésos que tan seguros están de creer que nos convencen sus mentiras, sus argumento? ¿Por qué necesitan, de forma imperiosa, convencernos de lo que dicen y hacen? ¿Qué valor tienen sus convicciones frente a nuestras otras creencias? Las preguntas, al respecto, que esta sociedad, o parte de ésta, se hace son muchas y variadas; las respuestas, en ocasiones fáciles y sencillas, están ahí pero no encajan en este sistema; no encajan porque las exigencias de unos sobrepasan las necesidades de muchos y porque todo se sustenta en la mentira continua. ¿Qué Pueblo ha sido capaz de echar abajo una dictadura impuesta? ¿Existe dicho Pueblo, dicha sociedad? Tengo mis dudas.
Claro que habrá quienes justifican este hecho diciendo que la democracia total jamás podrá existir, y claro, cierto que no podrá existir. No existe porque desde las coordenadas actuales e impuestas este hecho supone un peligro y una merma de “derechos consolidados” para éstos que ahora, y siempre, los han disfrutados. Esto para unos, para otros implica aceptar la dictadura impuesta como un mal menor por aquello de que saben qué otros males peores les podrían venir si ponen en peligro el bienestar de los que viven ociosamente. Cierto, esta democracia será siempre fiel y defendible mientras no ponga en peligro los logros y privilegios que algunos obtienen de ella.
Mi opinión es que son ellos, los “demócratas” de nuevo y viejo cuño los que primeros necesitan de su mentira, la necesitan porque en ello les va su propia vida repleta de privilegios. Ahí están los sucesos de New York, Madrid, Londres…y los que vendrán. ¿Qué son estos casos sino el resultado de sus propias mentiras, de sus propios intereses colectivos, de sus miedos y odios? ¿En qué situación están hoy las familias de esas víctimas? ¿Pueden éstas en alta voz expresar sus sospechas, sus creencias? No.
Todo se reduce a investigar sobre un problema que no lo es, no en el sentido en que nos lo imponen; o lo que es lo mismo a seguir ocultando a la opinión pública la raíz de ese problema que fue creado por y para quienes de éste saca un beneficio concreto. En definitiva: la mentira es un arma de buen uso y provecho y que además produce variados y múltiples beneficios a una casta que necesita constante e imperiosamente de nuestros miedos.
Tigzirin Tiknariyin,Ta-Ferka.
Canarias, Africa.
Teknarit.