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 Confesionario. (cuento)

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León Perro
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MensajeTema: Confesionario. (cuento)   Confesionario.  (cuento) Icon_minitimeLun Sep 28, 2009 1:05 pm

Si somos instrumentos de una inteligencia divina o de la casualidad, es una sentencia que no me voy a arrogar. Pero convengamos que a veces la trama es tan perfecta que sospechamos del azar y en otras, tan cruel que desconfiamos de Dios. En todo caso, si de algo he de quejarme, es de no haber podido convivir con esa duda razonable como con un parásito cualquiera. Pero sí doy fe que, a los doce años recién cumplidos, yo era todavía un muchacho muy honesto.

Creo que fue un jueves, sí, debió haber sido, durante un recreo de mi último año escolar en el colegio católico de mi barrio y era mediados de curso porque había invierno todavía, cuando comencé a sentir un malestar vago y el cielo rayado junto al campanario de la iglesia aledaña al patio de la escuela. Al día siguiente el dolor estaba más alojado y definitivamente había algo paralelo al campanario. No tuve inconvenientes ese fin de semana, pero el lunes persistían el malestar y el cielo.

Y día a día fui sintiendo cómo se plasmaba más y más la visión, hasta que aparecieron un dolor indescriptible y el fantasma de un ahorcado. A pesar de que ya casi no salía del salón, nada mitigaba. Entonces se me ocurrió que lo preguntaría en el confesionario.

Porque los viernes teníamos misa obligatoria después del recreo y clase tras clase en fila, desde el patio entrábamos por la puerta lateral de la iglesia hasta llenarla. Porque Nuestras túnicas blancas parecían iluminarla. Cantábamos, nos poníamos de pie, respondíamos las oraciones, nos sentábamos, nos arrodillábamos. Yo seguía el ritual absorto en mi propia fantasía, creía que el Espíritu Santo se manifestaba en la claridad de los vitrales. La misa era tan larga que tenía que entretenerme con los santos tamaño natural y con las escenas bíblicas que en las paredes recreaban los martirios. Nunca pude disfrutar, me parecía que todo el dolor del mundo era evocado por el sacerdote que nos conducía lentamente por todos los pecados que debíamos expiar. Y yo me refugiaba en los detalles que atiborraban la cárcel de oro, las filigranas doradas de las columnas veteadas de mármol, las tulipas de las luces de tres picos, la enorme araña de caireles… En fin, había tanto que siempre descubría algo nuevo. Por supuesto, nunca me tocó participar. A los alumnos de buena dicción los invitaban al púlpito para leer pasajes del Nuevo Testamento y a los menores de excelente conducta, a llevar el agua, el vino y el aceite al altar. Recuerdo haberme imaginado que un arcángel descendía en un rayo de luz, solemne y definitivo, y ante la sorpresa general me escogía. El altar lo conocía de memoria. Y al fin, el Padre Capellán auxiliado por dos acólitos aspirantes al sacerdocio, comenzaba a consagrar el cuerpo de Cristo. El mismo que encima del todo la Virgen sostenía cuando rubicundo niño y que debajo colgaba destruido en la Cruz. Recién en la bóveda de la nave estaba representada la gloria en todo su esplendor, sólo que, desde nuestros bancos no podíamos verla. Ese fue el concepto de familia que debimos padecer por amor: un padre todopoderoso que se abstenía, una madre dulcemente permisiva, un padrastro inofensivo y un hijo muerto por nuestra culpa.

Antes de comulgar debíamos confesarnos. Los confesionarios eran casillas de madera muy labrada, sin techo y con capiteles ornamentados. Su puerta cerrada indicaba que había un sacerdote adentro y aunque sabíamos quién, una cortina lo ocultaba. A cada lado un tablón muy gastado testimoniaba el pasaje de millones de rodillas frente a la ventanita que se abría para escuchar las faltas de los feligreses. Dábamos la cara a un esterillado que preguntaba y perdonaba el bochorno de nuestros pecados.

¿Es pecado ver un fantasma? Ese viernes yo estaba en la fila del P. Servile aprendiéndome la forma en que lo diría. Cuando me agobiaba la preocupación tenía la pésima costumbre de retorcerme el cinturón de la túnica hasta estrangularme la barriga, entones lo soltaba y se desenrollaba furiosamente. Esto era muy visible para los demás y quienes me vieran camino a sus asientos, habrán creído que yo era el peor de los pecadores. Sobre todo me sentía expuesto ante el P. Severo, el gran temido, que desde el fondo vigilaba el comportamiento de los alumnos en misa amparado en la penumbra. Pasaba inadvertido detrás de una de las piras de agua bendita, con las manos ocultas en las axilas para que nada interrumpiera la negrura de su sotana. Era solamente una cabeza inclinada hacia adelante, una mirada saliendo bajo la frente menuda del cráneo inmaculado.

El P. Servile en cambio, era muy agradable con quienes como él observaban en todo las prácticas religiosas. Los alumnos más pequeños llenaban su salita para ver a trasluz de la ventana, las diapositivas que trajera de Italia; el Vaticano, Roma, Jerusalén y otros lugares santos. También organizaba concursos sobre la vida de Don Bosco o Domingo Savio y siempre cometía el mismo error, premiaba a los ganadores con una pelota ignorando que los que estudian no juegan al fútbol y viceversa.

Nunca sabré por qué, de rodillas y ya persignado en el confesionario, en vez de anunciarme con el consabido “Perdóneme padre porque he pecado”, solté de improviso “Perdóneme padre porque no creo en Dios”. Lo que el P. Servile me dijo cuando al fin se repuso debo suponerlo, pues yo sólo atendía mi propia estupidez. No había ido a confesar malas palabras que no dijera ni pensamientos impuros que no tuviera u ofensas a mis padres que no cometiera, no a recibir la penitencia de tantas avemarías y tantos padrenuestros para poder ir en paz. Lo que yo quería era saber por qué veía el fantasma de un ahorcado en el campanario de la iglesia.

-¿Me escuchaste hijo mío? Debes conversar con el P. Severo y regresar cuando hayas recapacitado.

Desde aquella vez ante una visión extraña siento dolor. No radicado en parte alguna, no de cabeza o de pecho, lo llamo simplemente me duele el alma. Con él no han podido los médicos ni los psicólogos y al tenerlo no puedo hacer nada, ni estudiar o comer ni dormir, sólo padecerlo. Mi padre creía que se me pasaría con el desarrollo y mi madre intuía algo más profundo y permanente y rezaba por mí. Tuve que aprender a sobrellevarlo en la intimidad.

La semana siguiente, mientras mis compañeros jugaban al fútbol o frontón, o conversaban en la merienda, y los chiquillos corrían por todas partes llenando el patio, yo, recostado a un árbol buscaba las consecuencias de mi incongruencia, respirando el dolor que me causaba el ahorcado que pendía del campanario sobre el techo de la iglesia, sin tocarla ni saberse de qué. Una transparencia, una idea fija y propia, una sobreimpresión en la película del cielo que seguía corriendo lentamente, y era como si el campanario navegase con su macabra compañía, hasta que sonaba la campanilla y volvíamos a clase.

Así debió verme el P. Severo ya que adelantó nuestra entrevista. Sufrí la vergüenza de ser llamado en plena lección de historia. Tocó a la puerta, entró, hicimos el último ruido en ponernos de pie, se inclinó un segundo sobre la cabeza del maestro y se fue devolviéndonos la vida. Pero el maestro dijo “¡Silencio! Escobar a la Dirección, los de más pueden sentarse”. Y mientras todos me observaban y algunos me preguntaban por lo bajo ¿qué hiciste?, yo salí retorciéndome el cinturón.

Cuando llegaba a la Dirección, el P. Severo desaparecía en el patio de los liceales haciéndome señas para que lo siguiera. Solté el cinturón y atravesé el pasaje y al dar vuelta la esquina, él ya subía por una de las escaleras que conducen al museo. Ni hoja de plátano o papel, recorrían el patio que sería mío el próximo año. La gran estatua de la Virgen y el Niño entronada en la fuente, parecía muy blanca contra el entramado de ramas que rompían el cielo. Quise correr para alcanzar al padre, pero con chasquido brutal se abrió la puerta de la salita particular del P. Servile. Salía en ese momento, cómo cambiaba su rostro cuando no sonreía.

Trepé de a dos los amplios escalones para alcanzarlo, giré en el descanso y subí el último tramo. Los corredores estaban vacíos, las vitrinas relumbraban sobre el damero en diagonal de las baldosas centenarias. Los pasos continuaban en el piso superior. Arriba estaban los dormitorios de los sacerdotes y de los aspirantes, que fueran también de los pupilos hacía una década. Teníamos prohibido ir allí pero me habían llamado, así que hice los otros dos tramos gemelos de la misma escalera, esta vez con más cautela.

Me esperaba a mitad del corredor más corto y al verme volvió a desaparecer. Caminé lentamente hasta la única puerta abierta, una capilla apenas esbozada. Estaba sentado de cara a la Cruz. Esperé la autorización que no llegó y pasé.

-¡Siéntese! -me ordenó.

Me pidió que le hablara de mi familia. No supe por dónde empezar y me fue guiando hasta establecer que era el único hijo de un matrimonio mayor, que mi padre era escribiente en un frigorífico y alcohólico, que mi madre era costurera de gente humilde. ¿Sabía que era adoptado? ¡No, no lo sabía! No me dejó caer en las reflexiones de la revelación. ¿Qué miraba en los recreos? Con una madurez impropia le conté todo. Cierre los ojos, vea al fantasma, ¿quién es? No lo sé, es un hombre. Concéntrese, ¿cómo esta vestido? Es un sacerdote. ¿Tiene sotana? No. ¿Ve el cuello blanco? ¡No, lo sé simplemente!

-¡Arrodíllese, rece conmigo! –Me jaló de un brazo y en la violencia de la acción desplazamos el banco. Grité el padrenuestro y el avemaría repitiéndolos como si fueran uno e interminables, temblaba todavía cuando me interrumpió.

-Puede retirarse, no volverá a ver al fantasma.

Cuando llegué a la puerta de mi salón miré el campanario. Era cierto, no estaba, sólo su recuerdo. Cerré los ojos y busqué los detalles. Me detuve de golpe al ver la frente menuda del cráneo inmaculado.
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MensajeTema: Re: Confesionario. (cuento)   Confesionario.  (cuento) Icon_minitimeLun Sep 28, 2009 3:20 pm

Interesante. Se lee con fluidez. Los recursos justos.
Saludos.
Silvina.
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MensajeTema: Re: Confesionario. (cuento)   Confesionario.  (cuento) Icon_minitimeLun Sep 28, 2009 8:11 pm

Un buen cuento, me gusta como nos introduces en la historia,llevas bien el relato,y marcas las pautas justas.
Un gusto leerte.
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MensajeTema: Re: Confesionario. (cuento)   Confesionario.  (cuento) Icon_minitimeJue Oct 01, 2009 6:16 pm

Entretenido cuento, amigo antifaz. Con bastante historia y detalle.Me gustaron esas sutiles ironías entre medio.También.

salu2
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MensajeTema: Re: Confesionario. (cuento)   Confesionario.  (cuento) Icon_minitimeJue Oct 01, 2009 8:53 pm

UHMM Y EL FANTASMA?, ERA EL MISMO CURA?
ERA LA IDEA DE DIOS?
TENGO QUE LEERLO DE NUEVO.

_________________
El amistad mejora la felicidad y disminuye la tristeza, porque a través del amistad, se duplican las alegrías y se dividen los problemas.

Mateo
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MensajeTema: Re: Confesionario. (cuento)   Confesionario.  (cuento) Icon_minitimeDom Oct 04, 2009 12:42 am

Bueno antifaz, dejame decirte que en un primer momento, me llevaste de la mano por el colegio de los padres salesianos donde pase gran parte de mi infancia y adolescencia, con los oratorios de los domingos consagrados a Don Bosoc, o las leciones de Dominguito Savio.
En segundo lugar, el sacerdote de mi historia no era el Padre Severio, sino Berruti, pero o los salecianos estan cortados todos con el mismo molde o estos curas eran los mismo.
Un relato a modo de anécdocta y por que no, con ese toque de imaginación casi macabra que el ambiente de esos colegios jugaba en la mente de los jovenes.Juro que cuando murio el cura Berruti,lo seguiamos viendo envuelto en su negra sotana,con esa mirada ...daba pavor subir al recinto donde era el coro, sobre la iglesia, donde se encontraba el organo,ufff.
Sin duda, una historia genial, por que la vivi en mi propia realidad.
Muy bueno antifaz,la narración impecable, la descripción del cura al fondo de la iglesia en horario de misa, es perfecta.

Que las hadas te acompañen.
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MensajeTema: Re: Confesionario. (cuento)   Confesionario.  (cuento) Icon_minitime

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