Un par de horas después de la despedida de Zoe y todo parecía
terminar de acomodarse en la vida de Abril; quien había vuelto a encontrarse
con sus amigos. Los mismos que la habían acompañado cuando decidió abandonarse
a muchos aspectos de su vida, los mismos que la habían cuestionado aceptando
posteriormente sus decisiones.
Abril volvió a mirar a Lucas y recordó ese momento tan intenso que la motivó a girar…
…La brisa susurraba los secretos escondidos en las raíces de los árboles, mientras Abril se internaba cada vez más en la profundidad de un destino dibujado hacía ya miles de años. Un designio que ella misma habría de elegir, sin saberlo siquiera, cuando llegara el momento (más
allá de los mandatos sociales, de lo manifiesto y aparente; y sabiendo que; cuando el paso fuera más forzado y agotador, posiblemente estaría subiendo… la pendiente del renglón de su propia vida) .
Abril sentía en su rostro el nuevo aura; y, por un instante, percibió el aliento de Lucas en la
nuca. Giró abruptamente. Pero estaba sola. Enteramente aislada de todo y de todos. Y así, lejana y confinada a su mundo, continuó unos pasos y se detuvo nuevamente para observar. Todo era ajeno. Ajeno y estático hasta la monotonía.
El dorado de un sendero que parecía no tener fin, custodiado por altísimos y delgados árboles.
Abril divisó una roca en la cual se sentó. Lánguido pero infalible, el sueño la envolvió entre sus brazos hasta que Abril inexorablemente se entregó a él por completo.
(¿Alguien sabe dónde acampa el alma cuando se
duerme el cuerpo?)
En una barca que la condujo a una isla, se dejó llevar, Abril, absolutamente ligera de preguntas …y materia. En la orilla la recibieron dos figuras idénticas cuya imagen le recordaba a alguien cercano (aunque no lograba distinguirlas nítidamente porque se veían difusas). Extrañamente le costó un esfuerzo mayor poner ambos pies en tierra. Un suelo que tenia visto antes…todo era tan parecido a lo que podría definirse como algo iterativo.
Las dos figuras idénticas la hicieron esperar debajo de un álamo del
cual comenzó progresivamente a divisarse la puerta de un ascensor. Subió lentamente y con paso torpe. Una tercer figura que le inspiraba escalofrío le sonrió desde el interior. Su primer impulso fue seguir subiendo y dejarla bajar esperando a retomar el descenso y bajarse en su piso (se suponía _y ella desconocía el motivo_ que debía ser un sexto piso). Pero al bajar, el sexto piso se convirtió en otro y el ascensor en una plataforma de estación de trenes. _¿Tengo que saltar o seguir para siempre en el ascensor? ¿Debo irrefutablemente llegar a la copa del árbol?_ pensó ella en voz alta.
Los ecos de su voz y los cables del ascensor la despertaron (dicen que el corazón avisa cuando es demasiado…tal vez era hora de volver a su cuerpo antes que saliera fatalmente lastimada) .
Sólo descansó un rato (pero parecieron siglos). Y, cuando despertó (más agotada de lo que estaba), allí seguían; erguidos, los árboles, fieles escoltas de aquel bruñido camino (y el perfume de Lucas).
Siempre le habían enseñado a seguir su carril. Conservadora, formal y correcta, Abril haría lo que debía hacer (aunque no necesariamente fuera algo que ella deseara o la hiciera feliz)
por lo que continuó su marcha por esa ruta durante un par de horas. Y los árboles del Sendero Quetrihue permanecían impávidos a su lado. Por entre sus ramas crujientes se coló un sonido que Abril erróneamente interpretó como el llamado de Lucas. Pero sacudió la cabeza temiendo estar volviéndose loca. Tenía que exorcizar el fantasma de ese hombre agudo que había dejado su nombre tatuado tan adentro. Y sabía que hasta que no lo hiciera, no encontraría la
paz.
El ruido de las hojas secas ostentando su amarillo y rojo sobre el suelo parecía murmurar el paso del tiempo. Tiempo era lo que Abril necesitaba (y no tenía) para abrir su mente y
entender. Al menos no era indiferente, no su espíritu, ante aquella realidad que poco a poco iba tocándola con suavidad hasta erizar su piel. Aceleró su paso; y el ritmo de su corazón. Corrió hasta tropezar con un objeto que parecía brillar. Era una medalla, y no pertenecía a ese camino, como tampoco ella; sino a Lucas. Pero, ¿cuál era el motivo por el cual estaba allí, frente a Abril? Sólo sintió un presentimiento, que decidió seguir. Y comprendió que había algo fuera del camino, perdido, anhelando ser encontrado.
Y fue ahí cuando súbitamente la invadió la tentación de romper el orden natural de sus principios y aventurarse entre los esbeltos árboles para experimentar lo no dicho, para abrirse camino y escribir su propio destino dejando sus huellas.
Tenía miedo; mucho. De hecho, sudaba su piel en pánico. Pero salió del camino, continuó y se internó en ese bosque. Sus pasos dejaban, una a una, escritas las letras de esta; su nueva
historia.
Al final de ese, su propio sendero, estaba Lucas, con los brazos abiertos.
_Sabía que vendrías. Te estaba esperando_ le susurró al oído.
Y, aún temblando, Abril dejó los hábitos para vivir su propia versión de “La Novicia Rebelde”
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“El hombre es el único animal que puede estar fastidiado, que puede estar disgustado y puede sentirse expulsado del paraíso…es la contradicción inherente a su existencia la que lo hace seguir adelante. Habiendo perdido el Paraíso –la unidad con la naturaleza- se ha convertido en el eterno peregrino (Ulises, Edipo, Abraham, Fausto)…” Erick Fromm.
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SILVINA