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 El Test de Klausbenteen (Cinco)

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MensajeTema: El Test de Klausbenteen (Cinco)   Jue Jul 23, 2009 12:48 am

El Test de Klausbenteen (Cinco)


La madrugada del dos de febrero abrazaba a todos sin ningún punto de de temperatura. El fuerte viento que arreciaba desde el sur, hacía que la lluvia picara al golpear la cara. Y en el orfanato todos dormían, arropados en sus camas tibias, mientras el cielo les cantaba con su tronar e iluminaba con sus relámpagos.

El sonido de tres golpes en las puertas principales retumbó rebotando por el pasillo principal. Casi se confunde con los truenos, pero María lo reconoció al instante. Su peso no era justamente poco, por lo que corrió a velocidad pertinente hacia la entrada.

-¡Señora Gregoria! –exclamó la mujer al abrir las puertas.

Dos niñas, empapadas de lluvia y llanto, y un niño sonriente, aguardaban parados bajo las inclemencias naturales. Otra señora mayor se acercó por detrás con un candelabro de llamas vacilantes.

-¡Oh Dios mío! ¡María hágalos pasar de inmediato! Deles un baño caliente y arrópelos.

-Sí, mi señora. En seguida.

Los relámpagos proyectaban figuras espectrales en el pasillo oscuro, mientras María y los tres niños caminaban hacia el fondo. Algunos ojitos curiosos se asomaban por las hendijas de las puertas de los dormitorios.


Gregoria Adamasen, junto con dos hermanos menores, eran los últimos herederos de la Dinastía Adamasen, una familia de la alta burguesía. Pero sólo Gregoria se había descarrilado del linaje egoísta y codicioso de los Adamasen, y utilizaba su inacabable fortuna para la beneficencia. De aquí, a por qué en un retrato reciente, sus hermanos la miraban como quien mira a una persona falta de cordura.

Gregoria había fundado el orfanato hacía ya cincuenta años, en el que hospedaba a más de cien niños huérfanos de las zonas cercanas. Por ello era una persona muy querida en la comunidad, y muy influyente en política, que a decir verdad, nunca le había interesado. Su única ambición eran los niños felices. En ésta época, el corazón y el dinero no solían compartir el mismo espacio, por eso Gregoria no encajaba en su clase, y prefería pasar su tiempo en su orfanato.


Tom se adaptó muy rápido a su nuevo hogar. Tardó un día. Tenía una cama para él solo, cuatro comidas diarias, muchos nuevos amigos y juguetes para jugar, y una mamá muy cariñosa y considerada. Aunque lamentablemente, sus hermanas mayores no lo vieron del mismo modo y huyeron pocos días después.

El orfanato era una enorme mansión medieval que constaba de: cuatro enormes dormitorios para los niños, otro enorme para Gregoria, y otro un poco menos enorme para María y los encargados; un enorme comedor, una enorme biblioteca, dos enormes aulas, un enorme parque verde lleno de flores y fuentes, y para no desentonar con tanta enormidad, dos enormes baños azulejados de piso a techo.

Gregoria y María se habían encariñado en grandes cantidades con su nuevo niño que derrochaba y contagiaba simpatía. El problema de la escasez de palabras que éste pronunciaba, o mejor dicho, no pronunciaba, no parecía preocuparles.

Así pasó un año completo desde la llegada de Thomas Klausbenteen al orfanato Adamasen.

María notó un día, que Tom sólo sabía escribir dos cosas: su nombre completo, y su fecha de nacimiento. Así que esto dio lugar a otras dos cosas: que el primero de febrero le festejaron su cumpleaños, con todo y pastel, y que la robusta María se propuso enseñarle a leer y escribir.

Para sorpresa de todos, Tom resultó ser buen alumno y aprendió a leer. Pero mayor sorpresa fue que en tres meses no había más libros en la enorme biblioteca para saciar su apetito literario.

A sus once años de edad, Thomas había resuelto todos los exámenes básicos de Ciencias, Matemáticas, y Geografía, con óptimas calificaciones. Gregoria no salía de su asombro, y decidió probar hasta dónde podía llegar esta sonriente máquina devoradora de conocimientos.

Comenzaron a llevarlo entonces a la biblioteca del pueblo más cercano. Y esta vez, todos los libros, enciclopedias, e incluso periódicos del archivo, lo entretuvieron por ocho meses. Entonces, en una prueba extrema a los límites del niño que superaba cualquier expectativa, y luego de soplar las doce velitas, Gregoria inscribió a Tom en los exámenes finales para obtener el bachillerato.

Sin olvidar por un instante su sonrisa, Thomas, rodeado de otros tantos adolescentes varios años mayores, completó todas las preguntas de los exámenes, obteniendo diez puntos de promedio.

No cabían dudas, Gregoria aseguraba que lo que Dios le había quitado en palabras, se lo había dado en cerebro. O algo por el estilo, muy poco original. Lo cierto es que la relación entre Tom y Gregoria siguió creciendo, hasta convertirse en madre e hijo, incluso ante la ley, cuando ésta completó los trámites de adopción.


La nieve con olor a enero se acumulaba en las ventanas del aula principal de la universidad. El catedrático que acaba de entrar dictaría Filosofía Tres ante un centenar de alumnos. Unas risitas se oyeron por todo el salón, cuando un muchacho de quince años ingresó sonriente con sus libros bajo el brazo. Las miradas llenas de sarcasmo de los adultos le punzaban el pecho, mientras buscaba un lugar para sentarse.

Durante los tres años que Tom necesito para graduarse con honores en Filosofía, sus compañeros, que ya no reían, comprendieron dos cosas: que era mudo, y que era un genio. Más genio que mudo.


En los diecinueve años que había vivido, Thomas nunca había borrado su sonrisa, y nunca había pronunciado palabra alguna. Tampoco lo hizo esa mañana primaveral de abril, mientras el sacerdote rezaba plegarias sobre el féretro de Gregoria. Tampoco lo hizo al día siguiente, al enterarse que toda la fortuna de su madre le había sido heredada. Y tampoco lo hizo unos días más tarde, cuando al abrir la puerta del orfanatorio, se encontró con su padre, diciéndole “Hijo mío, te extrañe” con la lengua, y “Me enteré de tu fortuna” con los ojos.





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