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 El Test de Klausbenteen (Cuatro)

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MensajeTema: El Test de Klausbenteen (Cuatro)   Jue Jul 23, 2009 12:45 am

El Test de Klausbenteen (Cuatro)


Las campanillas colgadas en la puerta del mercado de abarrotes tintinaban con empeño desde hacía varios minutos. Tras el mostrador, los empleados observaban la situación. Un hombre falto de piernas intentaba ingresar al lugar, pero la geometría de su silla de ruedas le dificultaba mucho las cosas. Por la vidriera se veía una pequeña cola de gente esperando tras éste para entrar.

-¡Largo de aquí! ¡Sanguijuela! –le advirtió el inválido por segunda vez a un peatón que intentaba ayudarle -¡Yo puedo solo, malditos engreídos!

Un nuevo intento y logró superar el obstáculo, mientras la puerta se estampaba contra la pared. Una vez dentro, el hombre maniobraba en su silla con una maestría que sólo veinte años de experiencia en la materia podrían otorgar.

-¿En qué puedo ayudarle señor? –le preguntó el tendero adolescente, intentando tratarlo igual que a una persona con piernas, pero su rostro lo delataba.

-Tú no puedes ayudarme en nada ¡Mocoso! –gruñó malhumorado –Y ahora véndeme un pan que tengo prisa.

-Sí señor, aquí tiene.

El lisiado, que vestía mal y olía aún peor, arrojó unas monedas al mostrador, algunas de las cuales rodaron hasta el piso. Dio media vuelta hábilmente y se abrió paso sin pedirlo, entre la gente que le observaba desde la altura.

Afuera, el cielo estaba encapotado. Las nubes convirtieron la tarde en noche, y las primeras gotas comenzaron a apurar el paso de los desaparaguados. Pero Sam, el paralítico, no parecía impacientarse por el líquido cristalino caído del cielo. En pocos minutos, las gotas se multiplicaron por miles, convirtiendo la llovizna en un aguacero de verano. Sam protegió su pan bajo su abrigo de lana empulgado, y continuó la marcha tranquilo. A su alrededor, la gente corría cubriéndose con diarios o portafolios, buscando refugio ante la implacable enemiga que se precipitaba sobre sus cabezas.

Al llegar a la esquina, detuvo la silla frente la vidriera del café. Dos personas que charlaban alegremente en la mesa junto al vidrio, callaron de pronto al verlo, demostrando el espanto en sus facciones. Al darse cuenta de la incómoda situación, bajaron las miradas hundiendo sus narices en las tazas. Sam se apartó los mechones de pelo embarrados del rostro, y tomó impulso con sus callosas manos haciendo girar las ruedas.

Continuó rodando por un par de cuadras más hasta llegar a su hogar, bajo el puente. Al ver que se acercaba, su amiga le recibió moviendo la cola. Sam estacionó su silla, y se bajó de un “salto” cayendo sobre un enmohecido colchón gris. Su amiga le lamió la cara.

-¡JE! ¿Cómo estás amiga? ¿Me extrañaste? Toma, mira lo que te traje –cortó un trozo de pan y lo compartió.

Continuó charlando con su compañera durante un rato, hasta que la sinfonía de gotas rompiendo por doquier, junto con el aroma del asfalto caliente enfriándose, le hicieron entrar en una profunda siesta.


Abrió los ojos de golpe, y de inmediato notó dos cosas. La primera fue que ya era de noche. Y la segunda fueron unos zapatos, y unos pantalones de vestir empapados, parados justo frente a su nariz. En menos de lo que dura un segundo, Sam giró sobre su espalda y, antes de poder hacer algún gesto apropiado, observó a la persona de pie junto a él. Era un hombre joven, que vestía, saco y corbata, zapatos caros, y una calurosa sonrisa. El vagabundo cerró su mandíbula que le colgaba para intentar decir algo.

-¡Qué demonios! ¡Maldito maniático! ¡Me lleva el diablo! ¡Vete de aquí, tu burgués! –y sarta de insultos por el estilo -¡Ataca Diana! ¡Vamos muchacha no te quedes ahí mirando! ¡Muerde a este maldito! ¿¡Y de que te ríes tú!? ¡Voy a partirte las rodillas!

El joven trajeado reía con más ímpetu aún, junto a la perra que movía la cola y le lamía la mano. Se recostó entonces sin vacilar al lado de Sam y le abrazó mirando el puente que los cubría. Emociones de todo tipo comenzaron a arder en el pecho del lisiado. Su universo entraba en caos, cuando sentimientos de los más olvidados querían resurgir por sus ojos. Él estaba acostumbrado a que la gente se le alejara y le temiera; pero esto…

Sin poder mover un músculo, y sin poder evitarlo, Sam comenzó a echar agua por los ojos. Un llanto guardado tan en el fondo del alma, que se liberaba como un aliento contenido por varios minutos. La coraza del corazón se le rompía con cada gota que lloraba, al sentir cómo el muchacho le abrazaba con fuerza.

-¿Eres la muerte? –preguntó Sam lloriqueando como niño.

-No. Soy tu amigo. Y quería que lo supieras.

-Pero hombre… Si jamás te había visto.

-Pero yo sí, aunque nunca me atreví a acercarme. Ahora al fin tuve el coraje mi amigo. Y vine a darte algo.

-¿Más que esto, muchacho? Yo creo ya me has dado mucho.

-No, esto recién comienza, viejo. Toma esta hoja ¿Sabes leer?

-Oye sinvergüenza. Que yo leía cuando tu madre ni había nacido ¡JA!

-Bueno aquí tienes. Confía en mí, inténtalo. Mañana volveré a visitarte, amigo.

El muchacho se marchó caminando lento bajó la lluvia noctámbula, y Sam, bañado en lágrimas, miró el papel durante unos segundos. Lo hizo un bollo y lo arrojó a un costado. Volvió a dormirse.

A la mañana siguiente las nubes se habían extinguido, y el sol ardía colosal sobre el este. La claridad reinaba bajo el puente, y el joven de traje ya no vestía traje, pero si la misma sonrisa de la noche anterior. Se acercó al colchón pero no encontró a Sam ni a su perra, sólo un papel abierto y arrugado…

Poco después, en un lago remoto y solitario, un hombre de sonrisa amplia y pocas piernas, nadaba junto a su perra a la espera de algo que su rostro no dejaba adivinar.





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