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 Cuentos de verdad ( 3ª parte )

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Elisa Lattke
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Elisa Lattke

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MensajeTema: Cuentos de verdad ( 3ª parte )   Cuentos de verdad ( 3ª parte ) Icon_minitimeMar Abr 21, 2009 7:45 pm

3ª parte


Esa noche de cuentos mi abuela improvisaba uno de duendes... Tendría unos cinco o seis años y recuerdo perfectamente todo; también lo recuerda el hermano mayor que aún me queda. Estaba aquella vez por vacaciones del colegio. (Hace dos años, antes del fallecimiento de nuestra querida madre, reímos mucho con todos estos recuerdos.)

...

Era verano y sin luna, la Vía Láctea en su apogeo enseñaba todas sus estrellas visibles a nuestros ojos... - Algunas veces con mi querida 'maga' , mi abuelita, y mi madre, en noches de luna disfrutábamos del firmamento y de nuestra pequeñez ante el. Pensábamos en ‘su Artista Creador’ , así lo nombraba mi abuela para hablarnos de Él y nos sentíamos beneficiados y parte de su idea; otras, contábamos estrellas o pedíamos deseos a las fugaces. Las anécdotas de tipo familiar nos encantaban y reíamos mucho con ellas.

Nos acompañaban los grillos y las ranas, cantando al fondo del jardín que surtía de agua al mismo cuando no llovía. Allí había una laguna natural debido al agua subterránea y un enorme manzano californiano. siempre estaba floreciendo y dando manzanas todo el año. Los cocuyos pasaban por entre las sombras de los árboles, dando sus fogonazos y buscando hembras para aparearse; los búhos nos miraban desde las ramas sin que les espantará nuestra presencia. ellos limpiaban el jardín de otros pequeños depredadores. Y, allí tirados en la hierba del jardín los aromas de las plantas medicinales se notaban en la brisa, como el sonido del arroyo bordeando todo el corredor de la casa. Era muy agradable sentirlo porque su música natural, procedía de su lecho lleno de piedras de todos los tamaños donde el agua a su paso tropezaba, subía, rodeando las piedras o subiendo por pequeñas impalizadas de rocas, cayendo de nuevo suavemente mientras aligeraba su corriente por ellas, hasta llegar a la siguiente donde estaba la letrina, allá mucho más allá de donde nos encontrábamos.

A veces nos dormía su música cuando nos acostábamos. Creo que era el mejor arrullo para dormirnos algunas noches. Pero también lo era el sonido de la lluvia tamborileando, sobre diferentes soportes de los alrededores. Era una música perfecta desde las primeras gotas que iban cayendo. Unas, en los aleros de metal de la cocina, luego en los cuarterones de madera apilada de mi abuelo; en las piletas donde se remojaba el cuero o le teñía, y que le serviría para colocar a las sillas que le encargaban.

El sonido iba cambiando según la fuerza del agua. Unas veces era de suave percusión que se iba extendiendo por todos lados, distinguiéndolos a todos, como así lo recuerdo…Unas veces en el cobertizo del gallinero, otras en los aleros de teja; algunas gotas sonaban contra las enormes hojas biao del rincón; nos figurábamos que se deslizaban en tobogán para caer en la charca natural; las que más sonaban eran las que caían sobre el arrollo y los redondeles de los lirios, que estaban cerca de nuestras habitaciones. Tenían los tallos y las hojas apretadas unas con otras, casi eran impenetrables del espacio que ocupaban. Luego cuando cesaba, las ranas y los sapos croaban felices y salían los lagartos enormes y lagartijas por el jardín. Para mi madre ellas eran indispensables porque limpiaban de bichos dañinos muchas plantas de flor y los arbustos ornamentales que rodeaban la casa.


...
Esa noche no queríamos irnos tan pronto a la cama. No era tiempo de lluvias y era espléndida. En la oscuridad las mariposas nocturnas enormes y feas, libaban de los lirios... De improviso la paz reinante se vió alterada por el cacareo costante de las gallinas. La inquietud se notaba al otro lado de la casa en el inicio del patio donde estaban los animales, menos el palomar que estaba en el jardín. La gallinas estaban muy inquietas en su gallinero, donde se recogían al acabar el sol y mi abuela le ponía un candado a la puerta, pero antes recogía todos los huevos de los ponederos. Era para ella una preocupación al escucharlas alteradas, como un avido de algún peligro; y su temor se dejó sentir cuando decidió levantarse y dirigirse a la cocina. Los perros empezaron a ladrar. Teníamos tres, LLanero, Pequín y Dogo.

Mi abuela volvió con las llaves de las puertas colgadas a un cinto, la escopeta y un palo largo. Todos nos pusimos alerta. Se pensó que era una comadreja, uno de esos depredadores nocturno que siempre se dan su festín con algún ave cuando duerme, pero antes matan a varias y matan a los polluelos; porque los gavilanes atacan de día. Así que nos levantamos todos los demás, mi madre, mis hermanos y yo, de la estera en que estábamos sentados sobre el suelo. Ya no nos contaría el cuento.
Mi abuelo dormía y prefirió no molestarle, porque llegaba tarde del taller.
La escopeta era de pólvora y metralla, la preparó y se la caló al hombro. Decidimos ir con ella y nuestra madre no se opuso. Nos dio un palo de guayabo seco a cada uno a modo de garrote y se llevo el suyo que era más grande y largo con unas tiras de cuero curtido a modo de perrero atadas a su punta, lo sabía manejar muy bien. Recogió del cobertizo donde estaba el pilón, una lámpara de petróleo encendida. Nos pusimos de prisa las botas porque estábamos descalzos y empijamados, y salimos corriendo para alcanzarla. Mi madre ya un poco asustada por lo que pudiese pasar, dudó que fuésemos pero casi llorábamos pidiéndoselo. Ella siempre le daba mucho temor esas cosas y cogió el revólver que mi padre le diera. Mi abuelo seguía roncando como un bendito, ni se enteraba de lo que estaba pasando. Tenía por entonces mucho trabajo y se iba muy temprano a la carpintería. Tenía que caminar como un kilómetro o ensillar un caballo para llevar el material que le hacía falta, llevándose alguna de las mulas de carga. ¡Sabíamos que seguir a mi abuela era mejor que el cuento que nos estaba contando!

Junto a mis hermanos mayores la seguíamos muy cerca y nos íbamos turnando a medida que andábamos; era la costumbre si salíamos de noche al patio. Lindaba con el monte cerrado y un camino. Al fondo con el potrero y otra vivienda igualmente muy grande en terreno como la nuestra.

Ella nos decía: "Debéis ser como las iguanas, así podéis tener visión de todo lo que os rodea. Así que girábamos sobre sí cada cinco pasos para mirar alrededor y atrás, porque aquello a esas horas estaba demasiado oscuro. Los árboles y plantas ocultaban lo que se movía. Siempre veíamos de todo escondiéndose entre las plantas asustados o se desprendían volando hacia otras... Escuchábamos los sonidos y hasta los ligeros movimientos de algunos animales rastreros. Las aves nocturnas hacían otros sonidos extraños, el ambiente era de inquietud. Mi madre se fue a la casa caminando rápido por el pasillo a esperarnos al salón, dejando las pocas luces eléctricas que habían encendidas en los corredores. Atrancó la puerta dejando el ventanuco abierto de la entrada, para vernos desde el mismo, cuando volviésemos del solar hacia el jardín, pero antes, encendió un farol de keroseno, el más grande que teníamos a la salida del corredor y lo colgó de un gancho destinado para ello. La luz eléctrica por entonces apenas iluminaba a cinco metros. Era muy mortecina.

Cuando pasamos por delante de la cocina mi abuela se detuvo un ratito y tocó la puerta por si la había cerrado bien. Por fuera y enfrente de la cocina donde estaba la pila y el baño, vimos que había como un niño pequeño, era bajo o más que yo, casi igual, pero a ese ya lo conocíamos de otras veces que le veíamos. A mi madre no le gustaba porque decía que "tenía sonrisa de demonio", a nosotros no nos lo parecía, era divertido. Creo que sonreía con miedo y era muy simpático. A la luz de la lámpara o la lumbre, cuando pasaba a la cocina a calentarse antes de salir el sol, parecía un niño viejo y sucio, vestido con harapos y sombrero calado hasta las orejas, se tapaba la frente con el mismo. Y, a esas horas de la noche no más de las nueve y media y en pleno verano, era muy rara su presencia y más por su indumentaria para quien no le conociera. Pero mi abuela decía que “los duendes cuando aparecían en las casas, avisaban de otros peligros que sólo ellos presentían o veían y también para evitarlos”….

Sus ojillos eran azules como los nuestros lo supimos después cuando lo alumbramos. Pero de mirada penetrante y dulce; sus labios eran muy finos y tenía la boca “tan grande como la mía”, eso dijeron mis hermanos y se rieron mientras mi abuela les mandaba a callar y a disminuir la luz de la mecha del farol. le encandilaba la demasiada luz. El cabello del duendecillo estaba muy ensortijado y le caía sobre los hombros completamente enredado. Lo describo porque así lo recordamos los hermanos, bueno, el que me queda de los dos y mi persona. El pequeño ser que digo, no abultaría como os digo antes, más que yo a mis seis años y era una niña muy delgada. Permanecía sentado encima de la pila de lavar. Mi hermano mayor que llevaba la lámpara más pequeña de keroseno, mi abuela le cogió su brazo y se lo levantó con el farolillo en alto iluminó al hombrecillo, poniéndole la luz a la altura de su rostro y este hizo un gesto de horror, tapándose con ambas manos gemía como un si le hubiesen pegado, haciendo todo tipo de gestos como si fuese a llorar. Mi maga le preguntó que, qué hacía allí y dijo que cuidaba de las gallinas. Nosotros sólo escuchamos la voz de nuestra abuela; la otra, la del hombrecillo, se escuchaba dentro de nuestras cabezas. Era muy extraño pero lo cuento tal como nos pasó. 'Mi maga' no le hizo caso y refunfuño diciéndole “¡duende puñetero, siempre apareces cuando hay problemas ya te conozco desde pequeña, so comemierdas!”.
Me fijé en él y ambos sonreímos, yo le caía siempre bien, no así a mis hermanos que lo molestaba para que desapareciera... Me acerqué a mis hermanos y les dije lo que pensaba: "¡John, Guido, mírale... es el mismo del cuento, es exacto! ¿Habrá salido de las hojas de nuestros cuentos?"... Mi madre siempre nos decía que “había que cerrarlos bien y apilarlos ordenados en las estanterías, así no se escapaban sus personajes”...Nos miramos los tres pero nos quedamos callados, porque ‘la maga’ no quería que hablásemos mucho y ya estaba en el solar esperándonos en la puerta para volver a cerrarla. Estoy segura que él sabía lo que pensábamos porque nos sonreía a los tres. se quedó allí sentado para salir al siguiente patio.

Mientras andábamos detrás de nuestra abuela nos tropezábamos por mirarle. Saíamos que podría estar en cualquier sitio, porque desaparecía mientras nos alejábamos hacia el linde del terreno. Mi abuela quitó la tranpilla y el candado de la siguiente puerta. Siempre cargaba las llaves de toda la casa. Allí, en el otro lado ya era diferente, había que salir hacia una zona llena de monte y las luces alargaban nuestras sombras...Nos encantaba. Aunque sí daba un poco de temor ver nuestras sombras en el suelo moverse, pero no nos inquietaban nunca otras… Nuestra mamita Elisa, ‘mi maga’, abrió una puerta más que permanecía cerrada para evitar que pasaran animales domésticos al jardín. Pero ese día dejó pasar a uno de los perros para que acompañara a nuestra madre. Leo dijo mientras lo instaba con una voz: “¡Ve a donde tu ama, donde Rosa, corre y te echas al lado de la puerta del salón!” El perro salió corriendo y le vimos alejarse por el pasillo.

...
Aquel sitio de noche era muy diferente, como os lo cuento. Daba a otro más cerrado y salvaje de toda la vegetación colindante. Todo allí crecía a su aire, pero se limpiaba cada año los alrededores de malezas o montes bajos dañinos, aunque de día no era tan extraño porque lo conocíamos al pasar siempre por todo los puntos a los que podíamos acceder. Dejábamos señales en los árboles y en el suelo, piedrecitas arrimadas a los árboles para no equivocarnos. Siempre jugábamos por todo los lugares supervisados por la abuela y a veces por mi madre. Yo solía estar subida más tiempo en los árboles que mis hermanos, ellos les gustaba en tiempo de vacaciones ir al río, a veces les acompañaba con mi abuela; jugábamos al escondite o íbamos hasta la acequia general para sacar cangrejos para las gallinas. También para coger frutos de los árboles en una canasta, que mi abuela preparaba o mi madre haciendo compota, jalea o mermelada. También en el camino que llevaba a la letrina pasando por el gallinero, estaba a mitad de la senda, granados y naranjas limas y nos encantaba comer estas últimas cuando apenas maduraban. Son muy dulces.



Continua...



Elisa L.
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