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 Anecdotario: LA VIA CRUCIS EN MI BARRIO

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sergio bustamante
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sergio bustamante

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MensajeTema: Anecdotario: LA VIA CRUCIS EN MI BARRIO   Anecdotario: LA VIA CRUCIS EN MI BARRIO Icon_minitimeVie Abr 10, 2009 3:56 pm

(Cont)...



Opera Opera Opera

Embarassed Faltando dos semanas para el Viernes Santo, fecha de la procesión, ya teníamos casi listos los disfraces de los soldados, de los árabes-judíos con sus turbantes, las armas, los telones y los cabros nuevos del coro estaban cantando divino, como los Ángeles. En medio de la euforia y del martilleo mío clavando las tablas de la cruz, al Nano se le ocurrió ofrecerse para ser el Jesucristo del segundo camión, el de la Vía Dolorosa. Solo entonces nos acordamos que teníamos que encontrar los personajes principales de la procesión. Y allí comenzaron las discusiones y los compromisos. De partida, Aliro descalificó rotundamente las aspiraciones del Nano.



--Jesucristo era alto y flaco y no usaba lentes –le zampo en su cara. Y apuntándome con el dedo le dijo:-- mira al ‘Fosforito’. Si hasta se le pueden ver las costillas. Entonces, tú ‘Fosforito’ vas a ser Jesús y tú Nano, vas a ser el soldado romano con el látigo, pero sin lentes-, nos ordenó. Y luego eligió al ‘Alambrito’ como el Jesús del juicio –según él porque tenía cara de pan de Dios-, y para personificar a Pilatos eligió al Óscar porque era gordito y tenía la cara llena de espinillas. Con una mano de pintura las cabras te van a dejar para dar miedo –le dijo. Y así siguió descartando y eligiendo caracteres hasta completar el grupo de soldados romanos que tenían preso a Jesús y a los árabes-judíos que lo iban a condenar.



Cuando Aliro le dio los nombres de los actores y sus personajes, naturalmente todos hombres, el hermano Wilfredo le dijo:-- muy bien Haaliro, ¿y cuales siendo las Marías?” Y viendo que Aliro titubeaba, por su cuenta eligió como vírgenes a ‘Sor Teresa’ y a Mariana, su hermana gemela. A ‘Sor Teresa’ el papel de virgen le venía al pelo, pero el problema estaba en cómo hacer enganchar a su hermana, sabiendo que además de ser muy tímida, después de la muerte de su papá los crucifijos le daban accesos de angustia. Y como el asunto era urgente, el hermano Wilfredo se comprometió a conversar con el padre Enrique para que la convenciera. Tanto poder de convencimiento debe haber puesto el padre Enrique durante las reuniones privadas con Mariana, que el esfuerzo suyo tuvo sus recompensas: Mariana se entregó de lleno a su papel de Virgen, comenzó a ir a misa y no faltó un solo día a los ensayos. Para desconcierto nuestro y desmayo de ‘Sor Teresa, Mariana se fue entusiasmando tanto durante el proceso de dejarse convencer, que terminó perdidamente enamorada del padre Enrique...



Mientras estábamos en el proceso de selección, dos cabras nuevas se acercaron a curiosear que ocurría, y como ellas eran amistosas y tenían caras bonitas, les ofrecimos ser las dos Magdalenas. El único asunto aún pendiente que quedaba por resolver era el más crítico de todos: ¿a cual cabro del barrio convencerlo para que fuera el tercer Jesucristo que necesitábamos? En el barrio sobraban los cabros largos y flacos como el ‘Alambrito’ y yo, pero estos flacos, además de ser tímidos como nosotros, le tenían terror a la burla y al ridículo.



En el liceo yo tenía un compañero de curso, el Flaco Paredes. Era un cabro largo y flaco como yo, que de tanto atajarle goles al equipo del Liceo le había perdido el miedo hasta a la vergüenza. Cuando lo invite, me quedo mirando como si le hubiera estado pidiendo limosna.



--Fosforito –me dijo mientras se acariciaba la melena-, si los curas quieren que yo haga de Jesucristo, tienen que decirme cuanto pagan, y lo otro, que ni por nada me pongan una corona de Cristo. Si les gusta bueno, sino, que se busquen a otro gil. Los curas holandeses son flexibles, pero tienen como principio no ponerse con plata para esas cosas sagradas, así que por mi cuenta y riesgo yo me lo tuve que comprar con un par de zapatos de fútbol casi nuevos que me estaban quedando chicos.



Gracias a la flexibilidad holandesa, durante la procesión vería con horror cómo el sinvergüenza del Flaco Paredes cumplía feliz con su papel de mártir de Semana Santa. Juro que en toda mi vida, nunca más he vuelto a ver a un Jesucristo tan feliz como él. Recostado confortablemente al pié de la cruz. Inmóvil como muerto sobre una capa roja, (la corona de espinas bien lejito a un costado, tal como el lo había pedido) lo vi. pasar en su camión con la cabeza reposando sobre la falda de Magdalena, que como una madre, tiernamente, le acariciaba el pelo mientras la Virgen, desconsolada, lloraba la lágrima viva a su lado...



Cuando todo estuvo listo y todos dispuestos, con los curas y los hermanos organizamos una fiesta para celebrar por anticipado el éxito de la procesión. Durante la fiesta, el padre Enrique nos dio la gran noticia de que el Obispo auxiliar de la Diócesis iba a encabezar la procesión. Luego nos explicó la ruta que habían preparado y como iban a ser las ceremonias en cada Estación. Nos dijo que por fortuna se habían conseguido una camioneta de carga de materiales, abierta y más larga de lo corriente. Nos congratuló a nosotros, y felicitó el entusiasmo de los cabros nuevos del coro. Y seguido por Mariana se fue apuradito a terminar con los últimos preparativos. Y como si hubiera sido la noticia más excitante del mundo, el hermano Wilfredo me dijo que las monjas tenían listo mi atuendo. Sólo entonces me cayó el balde frío de que al día siguiente sería paseado en la camioneta, semi desnudo, cargando una cruz y con mis canillas flacas al aire. Y con esa noticia me aguó la fiesta porque me entró una suerte de miedo y de vergüenza adelantada. Tanto, que esa noche casi no dormí imaginando lo que me esperaba. Y me desvelé pensando hasta en como iba a estar el tiempo al día siguiente.



Los actores de la Vía Crucis nos juntamos al mediodía para una misa privada relámpago con el padre Enrique. Después de comulgar nos sirvieron unos sándwiches y de allí nos fuimos a vestir en los camarines. Las monjitas -demasiado eficientes y meticulosas para los detalles-, me habían dejado un manto blanco largo bien planchado, una peluca de pelo rubio y una corona hecha con ramas de espinos, con las espinas tan grandes y puntudas que de puro mirarla te dolían hasta los dientes. Entre risas, bromas y traguitos de ron, los cabros del coro se entonaron más de la cuenta y se equivocaron al distribuirnos las vestiduras. Al Flaco Paredes le pusieron el manto del Juicio. Al ‘Calambrito’ le pasaron mi disfraz y a mi me envolvieron en su sudario blanco hasta dejarme como guagua en panales, (así me sentía yo). Las cabras me salpicaron el cuerpo con pintura roja que parecía sangre seca, me dieron unos toques de tinta china para la barba, me embadurnaron la cara y el cuerpo con una segunda capa de jugo de tomate que picaba como diablo y me secaron con un secador de pelo. Y como era temprano, y el Obispo aun no se aparecía, hicimos la hora bromeando, fumando y tomando cubas libres con extra dosis de malicia para calmar los nervios sin darnos cuenta que los tres Jesucristos teníamos las ropas cambiadas. Cuando el Obispo llegó nos hicieron entrar a la iglesia por la puerta de escape, allí nos dio su bendición, y todos, de rey a paje, nos quedamos hechos un atado de nervios esperando la gran salida por la puerta principal de la parroquia.



Eran las dos de la tarde. Para mí había llegado el momento de lo que más temía: de que me pusieran la corona espinuda. Por precaución, había metido mis calcetines entre los pliegues del pañal para usarlos como colchón debajo de la peluca. Me acerqué al Guille, que era persona seria, y calladito le pedí que me pusiera la peluca bien apretada encima de los calcetines, y que me ajustara la corona. --Con cuidadito Guille, pónela bien sueltita-, le dije, como si tratara con el dentista.



Afuera, los niños de la escuela ya estaban formados en línea frente a la iglesia -con sus delantales blancos y zapatitos negros bien lustrados y sus profesoras-monjas vestidas de tenida gris. El resto de la calle estaba repleta de gente Todos luciendo sus tenidas domingueras mirando atentos, con los ojos pegados a las puertas de la iglesia, esperando que comenzara la procesión. Con aplausos y gritos saludaron al padre Enrique y al Obispo cuando aparecieron seguidos por los monaguillos y el hermano Wilfredo portando el crucifijo ceremonial. A la cola de ellos salieron los curas con el estandarte de la iglesia, después los hermanos, y al final las monjitas con sus rosarios.



Después de un rato de silenciosa espera, desde dentro de la iglesia vacía escuchamos el runruneo del motor y el chirrido de frenos del primer camión. Aliro asomó la cabeza por la puerta y le hizo señas al ‘Alambrito’ para que saliera con su comitiva. Para ellos no hubo aplausos, lo único que alcanzábamos a escuchar era el motor en marcha y los ruidos que hacían subiéndose al camión. Un rato después que el camión se había ido, vi que el Aliro se asomaba haciéndonos senas de que saliéramos: primero el Nano con el chicote, detrás yo con la cruz y a mi lado Magdalena, con su pañito simulando limpiarme la cara. Nos quedamos mirándolo y le hicimos señas interrogativas. < ¿Dónde esta el camión de nosotros?> Con un gesto imperativo como respuesta, el Aliro nos dio la orden de salir. Todo apresurado me eché la cruz al hombro con tan mala suerte, que le d.C. un topón a la corona de espinas y por única vez en mi vida, lo juro, que maldije dentro de una iglesia. Así fue como esa tarde fría de abril comencé a vivenciar el Calvario de nuestro señor en carne propia. Ajeno a los,’ ¡Oooh!’ de la gente, cuidando de no volver a golpearme la corona, enredándome en las cintas y estropeando las guirnaldas mientras subía a duras penas con mi cruz a la camioneta, me olvidé hasta de que tenía las canillas flacas, que se me veían las costillas y que en los camarines me había sentido como guagua en pañales.



El verdadero Calvario, la real Vía Crusis -sumada a los nueve, diez o cuantos círculos de castigo tenga el infierno-, los sufrí desde el primero hasta el último segundo de mi Vía Dolorosa propia: con una fiera balanceándose en las puras garras sobre mi cabeza; buscando desesperado un centro de equilibrio y un punto de apoyo en la cruz que llevaba al hombro; hecho una torcedura en movimiento; haciéndole el quite a las tablas para que no provocaran a la fiera; esa maldita camioneta saltando piedras o haciéndole el quite a los hoyos; y el fascista cegatón del Nano que sin misericordia, dale que dale con los azotes, parecía estar de fiesta, no importándole donde cayeran…



La primera ceremonia estaba concluyendo y nosotros poniéndonos firme para salir hacia la segunda Estación. De reojo vi que el Nano no se había sacado su Rolex de la muñeca



--¿Nano, te diste cuenta cuánto demoró la ceremonia? –le pregunte. Pausadamente se levantó aún más la manga, acercó su Rolex recién estrenado hasta casi tocarse las pestañas para ver la hora, y posando un gesto de aburrimiento me dijo:

--Como diez minutos”. Rápidamente saque el cálculo mental y casi me desmayé ahí mismo. ¡La tortura mía iba a durar por lo menos TRES HORAS, como mínimo!



Magdalena me quedó mirando mientras se acomodaba de rodillas sobre un cojincito. Puso carita de lástima y me preguntó:-- ¿cómo te sientes? Todo lagrimoso le dije que tenía ganas de bajarme ya. Conmovida, en un espontáneo gesto maternal para reconfortarme, me puso la mano sobre la rodilla y casi al oído me confidenció. --Yo también me bajaría ya porque estoy empezando a sentir calambres. Luego, echando chispas se volvió hacia el Nano y le preguntó si acaso estaba loco, y agitándole el trapito manchado con jugo de tomate por las narices, entre dientes, le gritó que dejara de azotarme tanto.



Dolores de uno consuelo del otro, Magdalena y yo nos quedamos unidos en el sufrimiento. Ella con sus calambres apoyándose en mi rodilla, y yo como podía manteniéndome en pié, todo clavado, todo torcido, aguantando el peso de esa cruz que yo mismo me había hecho, y tratando de hacerle el quite al agudo entusiasmo de las garras de la fiera.



Desde ese día, todos quienes me vieron personificar a Jesucristo, o que habían visto las fotografías, donde me encontraban me decían lo mismo:-- ¡Que bien representaste tu papel de Jesucristo! ¡Te pa-sas-te!... Si daba una pena verte como llorabas. Parecía que de verdad te iban a crucificar. Fosforito, en lugar de andar perdiendo tu tiempo en tantas reuniones, ¿por qué no estudiai tiatro mejor?” (¡Si éstos supieran! –pensaba entre mí…)



En Santiago, abril ‘es el mes de las lluvias mil’… (¡Por suerte! –digo). Resulta que íbamos saliendo de la séptima Estación, cuando me di cuenta que ya no sentía los dedos de los pies y que el frío metálico de la camioneta me iba llegando a los huesos de la cadera. Las espinas ya no parecían tan rabiosas y el madero de la cruz como que había logrado hacerse parte de mi cuerpo, o viceversa. En un vaivén tan inesperado como más brusco que los anteriores, Magdalena perdió el equilibrio y se me agarro del muslo con las dos manos. Al torpe vaivén de la camioneta quedamos mirándonos en un delicioso suspenso: yo mirándola desde arriba, ella mirándome desde abajo. Sus manos apretándome las carnes parecían tener fuego. Después de algo así como un intenso siglo de saltos y bamboleos, la camioneta entró a la caleta de una calle pavimentada. Magdalena, toda colorada se desprendió de mi muslo, consciente de que los dos habíamos pecado en pensamiento. Ella me siguió mirando como hipnotizada, roja como tomate y yo… (Como podría decirlo)…bueno, con mi cosa tiesa, dura, como que se me iba a escapar de los pañales, casi sin aliento y con unas ganas locas de orinar.

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Ignacio Araya D
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MensajeTema: Re: Anecdotario: LA VIA CRUCIS EN MI BARRIO   Anecdotario: LA VIA CRUCIS EN MI BARRIO Icon_minitimeVie Abr 10, 2009 8:02 pm

Sigue bueno este anecdotario...voy a la tercera parte...

saludos,

Ignacio
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