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 La caja de los truenos, parte 3 del primer capitulo

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León Búfalo
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MensajeTema: La caja de los truenos, parte 3 del primer capitulo   Dom Ene 25, 2009 6:58 pm

Apenas se quedó dormido, desfilaron delante de él decenas de monstruos horribles en un bosque tenebroso. El tan solo deseaba correr en busca de su hija, o correr para escapar de su amargura. No huía de los monstruos, en realidad le daban igual. Ya se cansarían de hacer el payaso. Miguel era muy consciente de que aquellas horribles imágenes no tenían ningún poder sobre él. Así que dejó que siguieran “haciendo el payaso”.
El lo que necesitaba era ver a Laurita, ver donde estaba, saber si estaba bien. Abrazarla, tenerla en su pecho, darle todo su cariño. Aunque por mas que corría, por mas que buscaba, la niña no aparecía por ningún sitio. Agotado, exhausto, desalentado, se dejó caer de rodillas, brotándole las lágrimas a borbotones y en medio de esa desesperación se despertó.
Miró el reloj de la mesita, había pasado casi un día entero. Ya no le dolía el cuerpo. Aceptó resignado el hecho de permanecer un tiempo mas por el mundo. Hasta que se le pasara la “borrachera” puesto que pensaba que hasta que no estuviera “sereno” no encontraría a la niña y entonces no le valía de nada quitarse la vida.
“Bueno, esperaré un poco, que remedio. Primero debo localizarla y luego me voy con ella para siempre. De momento toca estar aquí, espero que ella esté bien, al menos.”
Era lo único que ignoraba y ahí radicaba todo su dolor. No podía hacer otra cosa que sufrirlo. Por primera vez, una situación se le escapaba de las manos, desde que recordara. (También tenía la facultad de recordar sus vidas pasadas).
En su mente tan peculiar, simplemente pasó la idea de que todo eso era pasajero y debía “joderse” mientras se resolviera, así pues, prestó atención a su vida física por primera vez desde que la niña murió.
Mari seguía sin aparecer... ¿Dónde se habría metido?. Ningún problema; Antes de terminar la pregunta ya la estaba “viendo”: Se encontraba en un pueblecito de al lado que estaba en fiestas. Música, alcohol, drogas... sexo, todo. Mari se lo estaba pasando en grande, mientras él no podía lidiar con aquel dolor tan profundo que le devoraba el pecho.

No lo pensó. Cogió la moto y se dirigió al pueblo para darle su merecido a aquella monstruosa mujer. ¿Cómo es posible que le diera igual la muerte de su propia hija?...


Ama no podía conciliar el sueño. El suceso de los días pasados la tenían inquieta. No quería aceptar lo que había percibido el día de la muerte de Laurita... era demasiado espantoso, sin embargo ella que estaba considerada por todos en la aldea como “la meiga” * lo que no podía de ningún modo era engañarse a sí misma. Ni siquiera necesitaba consultar sus oráculos para saber lo que ya intuía: Mari había matado a su propia hija... y ella conocía las cualidades de Miguel. Aquel catalán que había llegado a aquella aldea perdida, tres años atrás. Todos decían que el pastor estaba loco, por su excentricidad. Era un tipo de los mas simple, vivía y dejaba vivir. Escuchaba a todos y era sumamente curioso de las costumbres del lugar. Aunque se enfadaba mucho con los aldeanos cuando descubría sus embustes.
Muchos cazadores afirmaban haberlo visto por los bosques llamados “El Alma Blanca,” corriendo con una túnica blanca a las 3 o 4 de la madrugada. El decía que, imposible, que a esas horas él dormía placidamente en su casa. Así que estaba convencido de que los “gallegos” eran unos fantasiosos. Años mas tarde, gracias a aquella mujer maravillosa que le regaló el destino, descubriría las respuestas a todos esos misterios, pero no nos adelantemos.
A Miguel le gustaba pasar horas y horas en solitario, viajando con su imaginación por lugares inaccesibles para el resto de los mortales. Solo Ama lo sabía. Ella no se sorprendía de las fantasías que contaba aquel joven pastor. Conocía muy bien las leyes pero también sabía que, de momento debía callar. Podía tan solo escucharlo y seguirle la corriente. Puesto que si alguna vez intentaba informarle de algo, él contestaba con su coletilla preferida: “Todo lo que tu me digas con la boca, te lo digo yo a ti con la guitarra”.
Ama no podía con él, pero le provocaba muchísima admiración, mezclada con sorpresa y comprensión. Miguel sabía todo, excepto que él era un ser excepcional...

Aunque esto... ¿Acaso esta cruel verdad que implica lo mas sagrado de su vida, se le iba a velar?...
Si... era necesario. Era absolutamente necesario que así fuera. Si se daba cuenta de aquello en esos momentos, su reacción ante tantísimo dolor, era mas que evidente y Miguel no podía cambiar el destino que le aguardaba.
“Bueno, Mi querido Miguel, por lo visto hay cosas que no puedes controlar, ni con la guitarra”. Siempre hay algo o alguien por encima de todo”.

Harían falta mas de 12 años para que ella le pudiera contar la realidad de lo sucedido. Aquella mañana que Miguel acudió a su casa para despedirse, desde luego no era el momento de decirle nada de lo que ella sabía. Lo esperaría y rogaba a “La gran hermandad Blanca” que se lo trajera de vuelta en el momento oportuno.
-Ama, no me pude contener, le he dado una paliza a la Mari, debo marcharme de aquí.
Ama pensó que una paliza al fin y al cabo no era nada comparado con lo que le habría hecho, de saber la verdad. Incluso pensó que en algún lugar del subconsciente de aquella mente privilegiada, permanecía escondida esa verdad, sin ser vista, aparentemente.

Ama le abrazó. Intentando en aquel abrazo absorber parte de la rabia y la amargura que envolvían a Miguel en una nube gris que le tenía de momento atrapado en esa oscuridad... De forma consciente, pues también ella podía ver los colores de las cosas. Ella era una “meiga”* (Bruja, en gallego).
Conocía muchas técnicas de sanación y limpieza así que absorbió para sí todo lo que pudo en aquel abrazo. Luego ella ya sabía como limpiarse y él necesitaba aliviar un poco su carga.

-Ama, nunca la voy a olvidar.
-Lo sé, Miguel, yo tampoco a ti. Aquí voy a estar esperando por si quieres regresar algún día.
-No creo que vuelva esto es una despedida para siempre, aquí ya no me queda nada.
-Queda tu hija aquí enterrada.
-No, ama, los dos sabemos que mi hija ya no está ahí. Nada me gustaría mas que encontrarla, saber donde está y que está bien...
-Está bien, no te preocupes. De hecho, esto es algo que debía ocurrir irremediablemente, si no, mira tu mismo como habría sido su vida.
A Miguel no se le hubiera ocurrido ir a “Ver” la vida de su hija, pese a que tenía también la facultad de ver todos los “hubieras”. De forma automática le empezaron a venir imágenes como en una película, de cómo habría sido la vida de Laurita y la visión de esa posibilidad le hizo comprender un poco los designios del destino. Aceptó como “Bueno” lo sucedido, frente a la posibilidad que estaba descubriendo en ese momento. Sin embargo aquello no le consolaba. Necesitaba recuperar el contacto con la niña donde quiera que estuviera y el hecho de no poder hacerlo lo sacaba de sí.
-Ama... ¿Cómo voy a poder vivir sin ella? He intentado quitarme la vida y ni siquiera lo consigo.
-Miguel, debes estar vivo, matarte no va a resolver nada, nunca la verás allí. Ella, créeme, se está preparando para volver a ti, mas adelante, en el vientre de otra mujer. Es mucho y muy bueno lo que te espera, confía en la providencia. No hagas semejante barbaridad, estas llamado para una misión inmensa que todavía no puedes entender. Encontrarás quien ilumine tu camino, ten paciencia. Cuando llegue el momento, desearás volver para que hablemos y aquí te esperaré.

Miguel no entendía nada, ni le preocupaba demasiado. Para él su mundo se había derrumbado y se sentía atrapado en una situación que no le convencía y de la que quería escapar. Solo podía soportarlo si pensaba que todo era pasajero.
Así que a la espera de hilar todos los acontecimientos y volver a encontrar sentido a su existencia, sin ningún entusiasmo por su parte, emprendió viaje de vuelta a Barcelona, otra vez, completamente solo.

CONTINUARÁ...
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La caja de los truenos, parte 3 del primer capitulo
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