LETRAS Y ALGO MAS
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 Cuarto 12: Lo impensable(+18)(Tema sensible)

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franckpalaciosgrimaldo
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franckpalaciosgrimaldo

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MensajeTema: Cuarto 12: Lo impensable(+18)(Tema sensible)   Cuarto 12: Lo impensable(+18)(Tema sensible) Icon_minitimeMiér Jun 05, 2019 3:05 am

**Corregido y reeditado 2019**

Las 10 de la noche.
Un auto avanza por la carretera 53 de Santa Laura. Un hombre habla por teléfono mientras una niña, de unos 6 años aproximadamente, está a su lado jugando con una muñeca.
El hombre mostraba un rostro de angustia que remarcaba las arrugas en su frente.
—Sí, no te preocupes, te tendré el dinero. Te lo juro por Dios, tienes que creerme —decía aquel hombro, una gota de sudor recorrió su rostro.
—Tienes hasta mañana en la noche para pagarme, Claudio. Ni un solo día más, esto no es un juego ¿entiendes? —le decía alguien a través del celular.
—Sí, no te preocupes, te tendré todo tu dinero, te daré más incluso, ¿correcto? Solo espera hasta mañana te… —miró a la niña que estaba a su lado—, te tendré todo el dinero.
—Más te vale, Claudio. Si no, ya sabes lo que te va a pasar, maldita escoria —colgaron.
El temor en su rostro se acrecentó, miró a la niña unas veces y regresó la vista al camino y continuó conduciendo.
Aquel tipo no quito la vista del camino, condujo sin detenerse alrededor de 40 minutos más. La pequeña se quedó dormida luego de unos kilómetros. No se detuvo sino hasta llegar a un pequeño hotel en la carretera 53 a un lado de la carretera en medio de la llanura: El Hotel Santa Laura.
Eran las 11:16pm. El hombre estacionó junto a otros autos a un lado del hotel, cerca de la entrada. Salió del auto y lo rodeó por detrás, abrió la puerta trasera y sacó una mochila que estaba en el asiento. Abrió la puerta donde estaba la niña y le desabrocho el cinturón de seguridad.
Su celular sonó nuevamente. Lo sacó de su bolsillo para ver quién era, se trataba de su hermano. No le dio importancia y decidió apagar el aparato.
—Laurita, mi amor, despierta ya llegamos al hotel — dice casi susurrando, tratando de despertarla.
—¿Que?  — la pequeña abre los ojos lentamente— ¿Ya llegamos, papi? — pregunta.
—Sí, vamos, hija, vamos. — La ayuda a bajar.
La niña coge su muñeca y se va de la mano con su padre en dirección a la entrada del hotel.
Ingresan por la puerta doble, empujando una. Atraviesan el vestíbulo y caminan hacia el mostrador. El hombre seguía con la misma expresión de angustia en el rostro, su respiración agitada y rostro sudoroso.
—Una habitación por favor — le dijo el hombre al recepcionista.
El hombre tras el mostrador, casi sin despegar la mirada de su pequeño libro, respondió:
—Son 35 por la noche, amigo.
—Está bien. —El hombre sacó su billetera y sacó de ella los 35 y los dejó sobre el mostrador.
EL recepcionista los tomó y le acercó su llave.
—Aquí tiene, habitación 12. Es arriba, el segundo piso, la escalera está por ahí — señala a un angosto pasillo a la derecha del mostrador.
Claudio asintió, guardó su billetera y cogió la llave.
—Vamos, hija, vamos. — Tomó a la niña de la mano y siguió la dirección indicada.
— ¡Chau! — dijo la niña al recepcionista. Este la ignoró por completo, seguía concentrado en su libro.
Claudio subió rápidamente hasta el cuarto 12, abrió la puerta e ingreso junto con la pequeña, no sin antes mirar a su alrededor y asegurarse que nadie estuviera en el pasillo. Se le podía ver ansioso, sudaba.
Ya en el interior, la niña se fue directamente a la cama de un brinco, estaba cansada.
—Buenas noches, papá… —dice acomodándose.
—Nena, no te vayas a dormir ¿ok? —le ordena asegurando la puerta de la habitación—. Tenemos cosas que hacer, preciosa — le dijo a la pequeña soltando un profundo suspiro.
La niña frunció el ceño y se sentó en la cama.
—Estoy cansada, papi — contesto la niña.
Claudio se dirigió se acercó al sillón que había cerca de la puerta y coloco ahí la mochila. La abrió.
—No te puedes dormir aun ¿no quieres que te de aquella sorpresa que te prometí?
La niña sonríe.
— ¡Si! ¿Qué es? — dice bajándose de la cama.
—Espérame en la cama, hija… — le ordena.
La pequeña asienta y de un salto se sienta en el borde de la cama.
Claudio sacó de la mochila un termo, una cámara filmadora y un bote de algo que parecía lubricante y unos disfraces: de caperucita roja, de enfermera y de conejito. Sacó también una botella de vino, una laptop y unos discos DVD pornográficos.
—¿Qué es eso papi? —preguntó la niña, curiosa por las cosas que su papá sacaba de la mochila.
Claudio de espaldas a la niña presionó fuertemente los parpados. Suspiró sonoramente y se viró con una sonrisa.
—¿Recuerdas que me dijiste que querías ser actriz? — Pregunta.
La péquela asienta y mira curiosa las cosas que su padre dejaba en la cama.
— si.
—Pues bien, mi amor, esta noche vamos a grabar una película ¿Qué dices? ¿Quieres?
La niña levanta las cejas y sonríe.
— ¡SI, si, si! —Responde emocionada brincando sentada en la orilla de la cama.
—¡Shhh! —Claudio le hace un gesto con el dedo— Pero no grites, mi amor, ¿correcto? Hagamos esto en silesio. Hay gente que está durmiendo.
La pequeña emocionada asienta.
—Sí, papito —contesto la niña en voz baja.
—Aun tienes sueño ¿verdad?  — Pregunta y comienza a girar la tapa del termo que traía.
La niña se encoje de hombros.
—Algo, pero aguanto.
—Toma un poco de esto —le sirvió el contenido del termo en la pata, que servía de taza—, es café cargado. Te va a gustar, bébelo, mi amor. Te mantendrá despierta, será una noche larga — dice con expresión sombría.
—Ok, papi. —La péquela coge la taza de café.
Esa noche el hombre hizo que la niña bebiera muchas tazas de café, que se sentara en la cama con él y viera algunas películas pornográficas. La niña simplemente no entendía, no sabía lo que iba a suceder. En su cabeza solo pensaba en jugar con papá a grabar unas películas. Después de ver los videos, Claudio le mostro a la niña unos videos que tenía en una memoria USB que conecto a la laptop: le mostro pornografía infantil y le dijo que grabarían una película así. La niña entusiasmada por el café, y por los sorbos de vino que papá le había invitado, no puso mucha resistencia, ignoraba lo que iba a sucederle. Para aquella niña era un juego más con su padre.
Claudio tomó bastante vino esa noche, quizás para hacer las cosas más fáciles, ya que se estaba nervioso, tembloroso y muy agitado. Preparó la cámara en un lugar adecuado para poder grabar todo, vistió a la niña como enfermera, él en ropa interior se acostó en la cama.
—Bien, hijita, comencemos. Ya sabes lo que debes hacer ¿cierto? —preguntó dándole un sorbo a la botella de vino.
—Si papi —contesto la niña.
— Acércate…— dijo con voz temblorosa y evidentemente mareado.
La niña se acercó sonriente y Claudio le colocó una venda en los ojos.
Esa noche Claudio le hizo cosas horribles a la niña, a su hija. Cosas que ella no entendía y que no disfrutaba. Pero que hizo. Quizás, pensando que estaba jugando con papá, o porque simplemente no quería desobedecerlo o porque tan solo quería sentirse una actriz de la televisión.
Esa noche el hombre grabo dos películas, dos películas pornográficas en las que su pequeña niña era la protagonista.
A la mañana siguiente.
Claudio con la niña en brazos, aun dormida, bajó a recepción, entregó la llave y se fue en dirección a casa. Condujo en silencio, palidecido, con una expresión que denotaba asco en el rostro, vergüenza y rabia.
La niña se mueve y abre los ojos lentamente, le toma uno segundos darse cuenta que ya no estaba en la habitación. Giró a ver a su papá.
—Papi — dice la niña sobándose los ojos, sosteniendo su muñeca entre sus brazos.
—¿Si, mi amor? — responde sin mirarla. Con frialdad.
—Me duele mi cabeza…
—Trata de descansar, desayunaremos y te sentirás mejor…
La pequeña asienta y se acurruca en el mueble, pronto gira nuevamente a ver a su papá.
—¿Salió bien la película? — pregunta.
Claudio presiona los dientes. Se estremeció.
—No, mi vida —niega con la cabeza lentamente—. Salió mal, pero no te preocupes… ahora duerme, linda. —Gira a verla, la niña lo miraba con una mueca de inconformidad—. Y ya sabes, mantengamos esto en secreto, nadie debes saber de nuestras películas. ¿Me lo prometes?
La pequeña asienta con la mirada baja, se sentía algo decepcionada.
—Sí, papi, es nuestro secreto. Lamento que saliera mal —responde.
—No te preocupes, amor. Si guardas el secreto, podemos hacer más, pero mucho más bonitas— regresa la mirada al camino.
—Muy bien papá. —La pequeña parece sonreír. Se gira y acomoda en el asiento abrazando su muñeca—. Papá, te amo — le dice cerrando los ojos.
Los ojos de Claudio comienzan a lagrimear.
—Yo también te amo, hija —dice intentando no quebrar la voz.
El hombre siguió conduciendo su auto de regreso a casa.
Más tarde esa mañana.
En un edificio de apartamentos en los suburbios de la ciudad.
Claudio toca, repetidas veces, la puerta de uno de los apartamentos. Traía consigo la mochila de la noche anterior en sus espaldas.
—¡Ya va, espere! ¡Maldición! —Se escuchó desde el interior.
Los pasos se detienen tras la puerta unos segundos, se oyen sonidos metálicos. Un hombre de no muy buen aspecto, de aproximadamente unos 30 años, con la barba de tres días, y vistiendo solo unos jeans, quita las cerraduras y abre la puerta.
—Hola, Claudito —le dice con una sonrisa—, pasa, pasa ¿Cómo has estado, hombre?
Claudio ingresa lentamente. Su rostro se notaba cansado, desencajado.
—Pues no muy bien — responde.
—Siéntate, siéntate —dice el sujeto señalando el mueble, no muy limpio—. Saca esas cajas de pizza del sillón y toma asiento —le dijo entrando a otra habitación, su alcoba.
El cuanto no estaba muy bien ordenado, estaba sucio y por la expresión de Claudio tampoco olía muy bien.
—No, no quiero sentarme. Solo vine a entregarte lo que pediste, y a llevarme mi dinero.
—¡Ah ok, ok! ¡Entonces vamos a ver qué tal lo hiciste, recuerda que yo no recibo cualquier mierda! — contesto desde la otra habitación.
El joven salió de la alcoba con un polo puesto. Se acercó a Claudio.
—A ver, trae acá lo que grabaste, espero valgan los 12 mil — advierte.
Claudio saca de la mochila dos estuches delgados de DVD y se los da al delgado sujeto.
Él tipo se dirige al mueble donde tenía su televisión y un reproductor de DVD debajo. Lo enciente y coge uno de los discos de su estuche. Coloca el disco de video y lo reproduce. Claudio dirigió su mirada a otra parte no quería grabar. El tipo sin embargo miraba con detalle, corrió el video en varias ocasiones para ver todo el contenido.
—El primero está bien… — comenta y guarda el disco en su estuche—. Vamos a probar el otro, amigo.
Coge el segundo disco y lo reproduce, lo revisa igualmente y luego lo quita. Claudio evitó en todo momento ver el material, aunque podía escucharlo. Solo podía presionar los dientes.
— Excelente. — El tipo sacó el DVD—. Lo hiciste fabuloso, hombre.  Te has ganado tus 12 mil —guarda el disco en su estuche y se dirige de regreso a su habitación. Sale luego de unos momentos y le acerca a Claudio un fajo de billetes—. Espero estés satisfecho, amigo.
—Yo no diría eso exactamente. — Claudio coge su dinero y lo cuenta.
—Bueno, como sea. Ahora, si no te molesta me gustaría quedarme a solas un ratito con estos videítos —sonríe— comenta el sujeto y se dirige a la puerta.
Claudio termina de contar y asienta.
—Sí, ya me voy… — Claudio levanta la mirada y guarda su dinero. Se dirige tras del comprador.
—Y ya sabes, Claudio: si necesitas otros 12 mil pues ya sabes que hacer —le da una palmada en la espalda—, solo le traes otros videítos a tu buen amigo Jerry — suelta una carcajada.
Claudio no hace ningún comentario, solo sale al pasillo.
— Adiós Jerry — le dijo y salió.
Esa noche en un bar de la ciudad.
Claudio ingresa y cruza el salón, se dirige a la barra.
—Busco al señor Urrutia, dígale que soy Claudio Céspedes. Vengo por su encargo — dice Claudio.
EL barman asienta y se inclina hacia él.
—Me dijo que te dejara pasar. Te está esperando arriba en su oficina, sube —le responde y le señala con la cabeza en dirección a las escaleras a unos metros de la barra, cerca de al pasillo que conduce a los baños.
Claudio subió por las escaleras y llegó a un pasillo, ya había estado ahí antes, se dirigió al final de este y a la izquierda. Ahí se encontraba la oficina del Sr. Urrutia.
Fuera de ella había un hombre de seguridad, un hombre alto de traje, imponente. Claudio se detiene a unos pasos de él.
—Vengo por…
—Pasa, el señor Urrutia te espera. Y más vale que le traigas buenas noticias, no está de buen humor — le advierte.
Claudio asienta Y suspira.
—Sí, le traigo buenas noticias — responde.
El guardia se aparta y abre la puerta. Claudio entró a la oficina.
En el interior, tras un escritorio se encontraba un hombre mayor, de unos 65 años aproximadamente, corpulento, con una barba de candado, plateada como sus cabellos, hablaba por teléfono. Cerca de él, sentados en los amplios muebles de la oficina, había 2 hombres bastante grandes y fuertes: uno de ellos se quedó mirando a Claudio, el otro estaba sentado y limpiando su arma sobre una pequeña mesa de centro en el rincón de la oficina.
El señor Urrutia levantó la mirada y vio a Claudio. Le hizo un gesto con la mano para que esperara. Claudio asintió levemente, se le notaba ansioso. Trató de mantener la mirada en el piso.
El señor Urrutia siguió hablando por teléfono.
—¡Así que no tienes mi dinero, hijo de tu grandísima y puta madre! —estalla— ¡perfecto! mira por tu jodida ventana, maricon de mierda… fuera de tu casa esta una camioneta azul —hace una pausa—. En un minuto esos hombres que están ahí dentro van a entrar a tu casa y te van a romper las piernas, va a violar a tu esposa y van a hacerlo frente a ti…—hace una pausa otra vez— ¡No me interés! ¡No me importa! ¡Si no les das mi dinero, despídete de ella! — Cuelga el teléfono de golpe y con fuego en la mirada.
El señor Urrutia se arregló el poco el cabello que tenía, respiró y exhalo fuertemente, y miró a Claudio.
—Negocios, Claudio, negocios… —se encoje de hombros—, bueno, espero que tú me traigas buenas noticias — dice levantando una ceja.
Claudio asienta nervioso.
—Ya le tengo su dinero, ya tengo sus 10 mil. —Claudio busca el dinero en su bolsillo. Los dos tipos cerca lo miraron de reojo.
—Tranquilos — les dice Urrutia sonriendo—. Acércame mi dinero ahora mismo— le dice a Claudio.
—Si —Claudio sacó un sobre con dinero del bolsillo de su pantalón y se acercó al escritorio. Le acerco el sobre al corpulento sujeto— hay 12 mil ahí, señor.
El señor Urrutia levanta las cejas un poco sorprendido.
—¿Doce mil? — dijo revisando el sobre.
—Sí, es por hacerlo esperar, señor. Es mi manera de disculparme, me pase dos días…, de verdad lo lamento.
Urrutia asienta.
—Ok, me caes bien. Hubiera odiado tener que enviar a mis amigos a romperte las piernas y violar a tu mujer y a tu hijita. Me alegra que pagaras, lo digo de corazón — el hombre sonríe—. Pero dime, ¿cómo conseguiste tan pronto el dinero? Ayer no tenías un carajo.
Claudio baja la mirada.
—De una menara que no podré olvidar jamás, señor.
El hombre que limpiaba su arma suelta una risa. Llamando la atención de los demás ahí presentes, excepto Claudio.
— Creo que este cabrón se dejó dar por el culo, señor — dice entre carcajadas.
El señor Urrutia y el otro sujeto ríen también.
—¿Eso hiciste, Claudio? —pregunta Urrutia—. Pensé que eras bien hombrecito —dice Urrutia y se suelta a reír.
Claudio con la mirada baja niega con la cabeza.
—No, no fue de esa manera, señor. Pero eso hubiera sido mejor que hacer… lo que hice — Una lagrima cae por su rostro.
Urrutia levanta una ceja al verlo tan consternado.
—¿Pues qué carajo hiciste, Claudio? —pregunta el señor Urrutia, intrigado.
Claudio niega lentamente con la cabeza.
—No se lo puedo decir, señor. Discúlpeme —levanta la mirada, sus ojos llenos de lágrimas— ¿puedo irme ya?
Urrutia lo mira fijamente y guarda silencio. Asienta lentamente.
—Como quieras. Y ya sabes, si necesitas otro préstamo —se encoje de hombros— pues aquí estoy. Es un placer hacer negocios contigo.
Claudio sale rápidamente de la oficina y del bar. Subió a su auto y partió a toda velocidad.
Más tarde ese mismo día.
Claudio se encontraba muy afectado. Había logrado salir de una situación muy riesgosa, pero el costo había sido muy alto. Le remordía la consciencia haber obtenido de esa manera el dinero que necesitaba. No podía sacarse de la cabeza aquellas imágenes de lo que le había hecho a su hija. Solo quería olvidarlo, pero no podía.
Se dirigió a uno de los tantos bases que conocía en el centro de la ciudad y decidió beber hasta olvidarse de todo.
El barman del lugar donde decidió ir a beber lo vio tras la barra, cabizbajo y con la copa con solo los hielos en el fondo. Se acercó a él.
—¿Le sirvo otra, amigo? — pregunta el barman acercando la botella de ron.
—Sí, sírveme otra. — Por su voz se podía entender que estaba ya algo mareado.
—Se le ve algo tenso, amigo. ¿Qué le sucede? — le pregunta el barman sirviéndole el alcohol en su vaso.
Claudio asienta, mantenía la mirada en la barra. No hacia contacto visual alguno.
—Pues, se podría decir que acabo de salvar mi vida, pero a un costo muy alto. Y ni te imagina lo que tuve que hacer —contesta y apuro su vaso de ron—. Sírveme una más — ordena y golpea el vaso en la barra.
El barman asienta y se dispone a servirle.
—Bueno, lo que haya hecho pues ya pasó, no hay marcha atrás. Además, mírese: está usted con vida. Entonces, valió la pena ¿verdad? —le sirve el ron—. Además, no creo que haya matado a alguien. —El barman se encoje de hombros.
—Pues no, no mate a nadie, pero me condene — bebe un sorbo de su trago—. Hice algo que jamás voy a olvidar, y que jamás me voy a perdonar — las lágrimas brotaron nuevamente de sus ojos. Soltó un sonoro quejido y apuró nuevamente su trago. Golpeo el vaso contra la barra.
El barman lo miró intrigado, hizo un gesto y le sirvió una vez más.
El celular de Claudio suena de repente.
Busca el aparato en su bolsillo, se trataba de Juan, su hermano.
—¿Juan? —respondió—. Hola, hermano, ¿cómo estás?
—Claudio, ¿dónde carajos has estado? Te estoy buscando desde ayer— dijo su hermano a través del teléfono.
Claudio frunce el ceño y responde:
—Estoy aquí en el bar…—mira el delantal del barman—: “las ruedas”. ¿Por qué no te vienes a acompañarme, hermano? — pregunta.
—Nada de eso. Te estoy buscando por que falleció el tío Jimmy, ¿lo recuerdas?
Claudio levanta una ceja.
—¡Ah! Si ese viejo de mierda, ¿de qué murió? — pregunta.
—Le dio un paro cardiaco mientras estaba haciendo ejercicios —responde.
—Ok, pero, ¿para qué me buscas? —apura su trago nuevamente—. Sabes que no pienso ir a su funeral, odio los funerales — se queja.
—Lo sé, y al tampoco. Por eso no se le hizo nada de ceremonias. La cosa es que antes de ayer se leyó el testamento y nos ha dejado a cada uno de sus sobrinos: ¡800 mil billetes! ¡Hermano, somos ricos, carajo! — dice emocionado su hermano.
Claudio no podía creer lo que oía. Le costó procesarlo algunos segundos.
—Carajo, es una de tus bromas de mierda, ¿verdad? —pregunta con el ceño fruncido—. No estoy de humor para tus chistes pendejos, hermano —contesto incrédulo.
—¡No es broma, borracho de mierda! —le dice con severidad—. Nos ha dejado esa cantidad. Te he estado buscando todo el día de ayer, pero no me contestabas. ¿Por qué mierda tenías el celular apagado?
Claudio se baja de banco alto donde estaba. Se cogió de la orilla de la barra, estaba mareado.
—Es que se me apagó, me había olvidado cargarlo — responde.
—Fui a tu casa y tu mujer me dijo que habías ido con mi sobrina a visitar a un primo enfermo en Catalina, ¿Qué primo enfermo?
El mareado sujeto palidece, sintió que le temblaban las piernas.
—Es un primo de cariño — le miente—. Sí, un primo de cariño.
—Bueno, yo estoy ahora en el aeropuerto, ¡me voy de vacaciones a Miami, hermano! —exclama emocionado—. Te he dejado el sobre con tus 800 mil en casa hace unas horas, tampoco estabas ahí, pídeselos a tu mujer, ¿correcto? ¿Ella es de confianza verdad?
Aldo se estremece, fue como si todo el alcohol del cuerpo se le bajase, se desvaneciera. Estaba paralizado, sintió un frio por todo el cuerpo.
—Sí —responde—, ella es de confianza…, se los pediré. Gracias, hermano.
—¿Estas bien? Te siento algo raro, hermano… ¡anímate, ahora eres millonario, imbécil! —se suelta a reír—. ¡Y ya deja de tomar, tarado! Ve a casa y lleva de vacaciones a tu familia. Ah, por cierto, me estoy llevando a mamá. ¡Chau! —Le colgó.
Claudio se quedó ahí parado, ensimismado, pensativo. Trataba de procesar lo que su hermano le había revelado.
El barman lo ve parado ahí y se acerca.
—¿Está bien amigo? —le pregunta—, ¿Recibió malas noticias?
Claudio con el rostro inexpresivo y palidecido gira a ver al joven tras la barra.
—He tenido 800 mil billetes a mi disposición desde ayer — dijo.
El barman elevó las cejas, sus ojos se abrieron un poco más de lo normal. Se mostró sorprendido.
—¡Eso es fabuloso! —respondió el barman sonriendo—, algo bueno le ha sucedido, amigo.
Claudio seguía con la mirada perdida, pensaba y mientras más pensaba mas se estremecía.
—Pude haberlos usado para salir de mi deuda, sin tener que haber hecho lo que hice…—Arrojo su celular al suelo—. ¡¡Maldita sea!! — Estalló.
Cogió rápidamente unos billetes de su bolsillo y los pegó de un golpe en la barra. Salió corriendo del lugar en dirección a su auto. Partía a toda velocidad.
¡Debo recuperar los Dvds!, ¡debo recuperar los DVDs!, se repetía para sí mismo mientras conducía a toda velocidad en dirección a casa.
Al llegar a casa abrió rápidamente la puerta y corrió en busca de su esposa por toda la casa. La encontró en la cocina.
—¡El dinero!, ¿Dónde está el dinero?! —La tomó por los brazos—. ¡El dinero! ¡lo necesito, dámelo! —La comenzó a samaquear.
Su esposa no entendía que es lo que estaba sucediendo.
—¡¿Qué te pasa, Claudio?! ¡Me lastimas! — La mujer se zafó de sus manos y retorció unos pasos.
—¡Necesito el dinero que te dejo mi hermano!
—Está en la sala, está en la mesita de la sala —responde ella con temor en la mirada.
Claudio corrió de regreso a la sala y se lanzó a la mesita del centro. Ahí estaba el sobre, grueso y lleno de dinero.
— Aquí está — susurró.
Su esposa lo alcanzó en la sala.
—¡Oye!  ¡Has estado bebiendo! ¡¿verdad?! —Se acerca a el—. ¡Cuántas veces…!
La gira a verla y la interrumpe.
—¡Después hablamos tu y yo! —dice nervioso—. Ahora… debo ir a hacer algo muy importante. — rodeo los muebles y se dirigió rápidamente a la calle.
Su esposa se quedó ahí parada, sin saber que había ocurrido.
Claudio se subió al auto y rápidamente se fue de ahí.
Su esposa sale unos pasos de su casa, observa como su esposo se va por la calle a toda velocidad.
—¿En qué demonios te has metido ahora? —Se cruza de brazos, dibuja una mirada juiciosa.
—¿Mamá a donde fue papá? — pregunta la pequeña niña cruzando la puerta, acercándose a su madre.
Su madre baja la vista y mira a su pequeña, le extiende la mano.
—No lo sé hija, vino y se fue rápidamente. Estaba algo extraño.
La pequeña le coge la mano.
— A lo mejor está enojado conmigo —dice la niña, su labio inferior sobresalió levemente, con un gesto de tristeza.
La mujer la miró con el ceño fruncido y se agachó frente a ella.
—¿Porque estaría amargo, Laura?
La pequeña duda. Se encoje de hombros y baja la mirada.
—Quizás… porque nuestra película no salió tan bonita como él quería.
La señora frunció el ceño y ladeo la cabeza. No entendía. Le sonrió a la niña y le acaricio el rostro, tratando de darle confianza.
—¿Película? ¿Qué películas, hija?
La pequeña niega con la cabeza, miraba al piso.
—Es que me dijo que no te dijera…—Hace una pausa—. Pero ayer fuimos a grabar una película.  
La mamá de la pequeña estrechó los ojos. Tragó saliva, en su interior tenía un mal presentimiento. Suspiró y preguntó:
—¿Que? Hija, necesito que me cuentes de esa película con papá, asi podremos hacer que el ya no este enfadado. —Le levanta la cara a la niña con suavidad, hacen contacto visual—. ¿Me cuentas?
Laura, la pequeña niña, asienta.
Claudio conduce temerariamente a través de las calles, llega hasta los suburbios y se estaciona frente al edificio de Jerry. Sale del auto y corre escaleras arriba hasta su apartamento.
Toca la puerta rápidamente y con fuerza.
—¡Ya va!, ¡Ya va! ¡Maldita sea, son casi las 10! — grita Jerry desde adentro— ¡¿Quién carajos es?!
—¡Soy yo, Jerry! ¡Soy Claudio!
—¡Claudito, amigo! —Quita los seguros de la puerta y abre—. Si pensabas visitarme me hubieras llamado antes, hombre.
Claudio entra rápidamente y le tira en la cara, a Jerry, sus doce mil billetes.
—¡Devuélveme los videos! ¡Ahí tienes tus 12 mil! — exige.
Jerry se echa para atrás y frunce el ceño, estaba confundido. Dibuja una sonrisa nerviosa.
—Espera, espera, Claudito, ¿de qué se trata esto? —Se encoje de hombros—. ¿Estás jugando conmigo?
—No es ningún maldito juego. —Se acerca a él de forma amenazante—. ¡Quiero los discos de video que te di esta mañana y los quiero ahora! —exige con firmeza y con el dedo arriba.
Jerry retrocede un paso y se parapeta tras sus manos.
—¡Espérate, espérate! ¿¡Qué carajos te pasa!? ¡No puedes venir aquí, así como si nada a mi departamento a exigirme que te devuelva lo que ya no es tuyo! —protestó.
Claudio ignoró las palabras de Jerry y se acercó un pasó más.
—¡Devuélvemelos, Jerry! ¡No estoy jugando, es en serio! —su mirada estaba encendida, llena de rabia.
— Para empezar —el joven da un paso hacia atrás— esos video ahora ya no son tuyos, amigo.
Claudio no soporta más y arremete contra Jerry. Le da un puñetazo en la nariz y lo arrincona contra la pared cerca de su alcoba, la cabeza de Jerry choca duramente contra el concreto.
—¡Devuélveme esos DVDs, ahora! —Claudio coloca su antebrazo izquierdo sobre el cuello de Jerry y presiona fuertemente, con su brazo derecho levantado, en puño a la altura dela oreja, amenaza con golpearlo.
El joven, levanta sus manos tratando de evitar un nuevo ataque. Su nariz comenzó a sangrar de inmediato.
— Espera —dice esforzándose por vocalizar—, relájate. Yo te los compré esos videos, teníamos un trato. Son míos, hombre.
—¡Ya te devolví tu asqueroso dinero! ¡Devuélveme los discos o pondré de cabeza tu asqueroso departamento hasta encontrarlos! — amenaza.
—Oye, no jodas, hombre, yo…
Antes que pueda terminar la frase, Claudio le da un nuevo puñetazo en la cara. Retrocede un paso y le da un rodillazo en el estómago. El joven cae de rosillas al suelo.
—¡Espera! —gime—, ¡tranquilo! —Coloca una mano en el piso e intenta levantarse, cuando alza la mirada ve a Claudio llevando para atrás su pierna—. ¡Claudio…!
EL enfurecido hombre le da una potente patada en el rostro que lanza a Jerry contra la pared donde golpea la cabeza para luego quedarse ahí de espaldas, sobre sus piernas. El golpe le rompió varios dientes y la boca.
— ¡¿Me darás esos discos o no?! — insiste Claudio acercándose a él, abriendo y cerrando sus puños.
Jerry ensangrentado, intentando enderezar su postura asienta.
—Ok, ok. Ya no me golpees, amigo…—suplica escupiendo sus propios dientes.
— ¡Dámelos! — Claudio se inclina hacia él y lo coge por el polo, de un rápido movimiento lo levanta y lo empuja contra la pared.
—Escucha, escucha —dice el ensangrentado muchacho cogiendo las muñecas de Claudio—. Ya no tengo tus discos, no los compré para mi…
Claudio abre los ojos aún más, estaba sorprendido.
— ¡¿Que?!
— Si, los vendí — dice entre quejidos de dolor—. Solo tengo las copias que me hice para mi consumo personal. Está en mi computadora. —Señalando su computadora, la cual estaba sobre el escritorio a un lado de la ventana—. Yo solo consigo videos de gente como tú, necesitada— decía con dolor—, después se los vendo a un sujeto que los revende por internet, ahí está el negocio. En internet la gente paga mucho más.
—¡Hijo de puta! —Claudio le da otro puñetazo a Jerry, sin soltarlo de su polo—. ¡Dime donde encuentro a ese tipo!
Jerry niega con la cabeza y se cubre tras sus manos.
Esto enfurece mas a Claudio, quien de por si estaba ya bastante descontrolado
— ¡¿Ah sí?!
Claudio comenzó a golpear nuevamente a Jerry. Lo lanzo al piso de nuevo puñetazo, en el suelo comenzó a patearlo repetidamente, parecía no cansarse, cada vez le daba más y más duro. El joven, en posición fetal, gritaba y le rogaba que se detenga, pero Claudio descargaba todo su odio. Finalmente, Jerry grito:
— ¡Te diré dónde encontrarlo! ¡Pero no me sigas golpeando, por favor! ¡Ya no me golpees! — rogaba entre plañidos.
Claudio se agachó, puso una rodilla en el piso, acercó su cara a Jerry.
—¡Habla, jodida rata de mierda!
Jerry entre sollozos, sangre y orina, comenzó a hablar:
—Todos los viernes…—dice con susurrando, no alcanzaba mayor volumen de voz por su estado— cuando viene a comprarme los videos que le consigo… se va a un hotel, un hotel que está por la carretera 53…, en las afueras.
Claudio frunce el ceño.
—¡¿El Hotel Santa Laura?! — pregunta sorprendido.
Jerry asienta.
—En ese hotel el sube los videos a internet, y los vende. Él tiene los discos…
—¡¿Cómo se llama el sujeto ese?!
— Osorio, Manuel Osorio — contesta Jerry.
Claudio se puso de pie. Se quedó en silencio unos minutos y se acercó a la puerta. Antes de salir se detuvo y giró, vio la computadora de Jerry y se dirigió a ella. Alzó el CPU y lo lanzó al piso con toda su furia.
— ¡¡No!! —Gritó Jerry arrastrándose hacia su computadora—. ¡Mi pornografía! ¡¿Por qué hiciste eso, hijo de puta‼
Claudio cogió el monitor y también loe estrelló sobre el CPU, en el piso, comenzó a pisotear todo. Jerry se arrastraba, dejando tras él una mancha de sangre. Claudio coge el disco duro, de entre los restos del CPU, y lo destroza lanzándolo contra la pared.
—¡Sabía que fue un enorme error aceptar tu ayuda!, ¡nunca debí hacer negocios contigo! ¡Fui un estúpido!
Claudio se acerca a Jerry. Éste se seguía arrastrando y lamentándose.
—Agradece que no te mato... —escupe sobre Jerry y sale del apartamento.
Claudio regresa a su auto y se parte rápidamente en dirección de la carretera 53, en las afueras de la ciudad.
12 de la noche.
Carretera 53 de Santa Laura.
Claudio llega al hotel y se estaciona rápidamente. Antes de salir, busca debajo de su asiento y coge un arma. Baja de su auto y guarda el revolver en la parte trasera de su pantalón, cubriéndola con su camisa.
Claudio se dirige rápidamente al interior del Hotel y se acerca al mostrador de la recepción. El recepcionista lo ve entrar y levanta la mirada.
—¡Manuel Osorio! —Dice el desesperado hombre—, ¡busco a Manuel Osorio! Sé que está en este hotel, ¡dígame, en que cuarto está!
El recepcionista frunce el ceño
—Lo siento, no le puedo dar esa información — responde.
— ¡Ah!, no me puede dar esa información—Claudio asienta—, correcto. —Lleva su mano derecha tras él y coge el revólver.  Apunta contra el recepcionista quien se lanza para atrás de un pequeño salto por la impresión—. ¡¿Me lo dirá ahora?!
El joven tras el mostrador levanta las manos, muy asustado.
— Ok, ok, tranquilo, señor… no haga una locura… — se encoje de hombros—, yo no sé quién es ese hombre del que habla, viene mucha gente.
Claudio piensa unos segundos.
—¡El hijo de puta suele venir todos los viernes, como a estas horas! — le dice.
El recepcionista muy asustado intenta hacer memoria, trataba de recordar, pero no era precisamente el más observador de todos. Pero a veces un arma apuntándote suele facilitar la memoria. Recordó a un hombre que ha venido durante muchos meses los días viernes.
—En… en cuarto 12 —responde tembloroso—, ahí está un sujeto que siempre… siempre viene los días viernes en la noche —señala en dirección a las escaleras.
Claudio frunció el ceño al oír el número del cuarto, le parecía una mala broma. Aunque si resultaba que el tipo estaba ahí podría ser más que eso.
—¡¿Cuarto 12 dices?! — El recepcionista asienta.
Claudio se dirigió rápidamente al cuarto 12 por las escaleras, en el segundo piso. El recepcionista coge el teléfono rápidamente y se dispone a comunicarse con la policía.
Claudio llega al segundo piso y avanza, con el arma lista para disparar, en dirección al cuarto 12. A cada paso se llenaba de ira, estaba dispuesto a todo para recuperar esos videos. Se detiene frente a la habitación y retrocede unos pasos, toma impulso y abre la puerta de una poderosa patada.
En el interior del cuarto un hombre en ropa interior, con una laptop, unos audífonos, y unos cuantos DVDs sobre la cama, pega un salto.
—¡¿Qué carajos pasa aquí?! — pregunta y baja de la cama. Tan pronto se percata del arma apuntándole levanta las manos—, He, tranquilo, llévate, tranquilo… —dice agitado.
Claudio se dio cuenta de que era él, pues los DVDs que tenía sobre la cama eran de la misma marca de los que le dio Jerry.
—Vengo por los videos que te dio Jerry hoy. ¡Devuélvemelos! — exige.
El sujeto a lado de la cama dibuja una sonrisa nerviosa.
—¿Que?  No sé de lo que hablas, amigo —se encoje de hombros.
—¡No te hagas el que no sabes! —Se acerca a él unos pasos, apuntándole en todo momento—. ¡Sé que hoy le compraste a Jerry unos DVDs en donde sale una niña disfrazada de caperucita y de enfermera! ¡Devuélvemelos ahora mismo!
El tipo con los brazos levantados se encoje un poco por los gritos, estaba muy nervioso. Podía ver la desesperación en el rostro del sujeto armado frente a él.
—Ok, ok, relájate… te devolveré los DVDs, ¿ok? —Se acerca con cuidado a la cama y busca entre los discos que tenía al lado de la laptop—. estos son, amigo. —Los coge y se los lanza cerca a Claudio, a la esquina de la cama—. Llévatelos, llévatelos ya, solo no me hagas daño.
Claudio se inclina un poco y los toma. Entonces observa la computadora sobre la cama. Dirige su vista a Manuel Osorio.
—Ya los subiste a internet ¿verdad, hijo de puta?
El sujeto guarda silencio unos segundos, presionó la mandíbula.
—Pagué por esos discos—dice finalmente—, pude haber hecho con ellos lo que me venga en gana, ¿entiendes eso?
— ¡En esos videos sale mi hija, pedófilo de mierda! —Claudio estalla— ¡Quiero que los elimines de la red ahora mismo!
Manuel suelta una carcajada.
—No lo creo amigo —menea la cabeza—. Ya te devolví tus jodidos discos, ya no me jodas y vete de aquí, ¡lárgate de mi cuarto! — le grita.
Claudio frunció el ceño. Su mirada se encendió como carbón.
— ¡¡No te hagas el valiente, maldita porquería‼ ¡¡elimina esos videos de internet ahora mismo!! — Exige Claudio agitando el revólver y apuntándolo contra Manuel.
—Yo pague 20 mil por esos 2 DVDs, y tengo que recuperar lo invertido. ¿Qué no entiendes? Son negocios —Manuel hace una pausa y frunce el ceño. Finalmente dibuja una sonrisa—. ¡Ah! tu eres entonces…, Jerry me habló de ti., eres ese idiota que acepó grabarse violando a su hija por 12 mil billetes —dice y suelta una risa.
—¡Ya cállate y haz lo que te digo, hijo de puta! — Claudio amenaza.
—¿Y con qué cara me llamaste “pedófilo de mierda”? —continuaba Manuel, como si no le importara que lo estuvieran apuntando, incluso había bajado sus brazos—. ¿Sabes? yo no soy ningún pedófilo, no me gustan las niñas, yo solo hago negocio con estos videos. ¡A mí me cantan las mujeres! — continúa riendo.
Aldo rechinaba los dientes y gruñía lleno de rabia.
— ¡Cállate! — gritó.
—¿Y dices que es tu hija?, tu sí que eres caradura. ¡Eres un depravado! —dice con cara de asco e inclinándose hacia Claudio—. ¿Y vienes aquí a llamarme pedófila a mí? —lleva su mano hasta su mecho. Se mostraba indignado por la acusación.
Los ojos de Claudio se comenzaron a llenar de lágrimas, su expresión seguía siendo de rabia, pero las lágrimas no las podía contener más. Sentía odio y vergüenza también por él.
— ¡Que te calles! — repetía.
—Yo hago negocios con esta mierda —señala a la computadora—, pero nunca tocaría a un niño, menos a de mi sang…
Un disparo en la cabeza acaba con la vida de Manuel Osorio antes de que terminara de hablar. Fuera del cuarto se podían oír gritos y pasos de gente corriendo, inquilinos que habían estado oyendo la discusión y el disparo los había asustado.
— ¡Maldito, yo no soy ningún pedófilo! — Gritó Claudio— ¡¿Entiendes?! Yo no soy un pedófilo…
Claudio cogió la laptop, y la acercó a él, de inclinó para ver la pantalla. Había una sesión de chat abierta, y una página web en la cual se estaban vendiendo muchos videos y fotos con material pornográfico infantil. Entre ellos estaban los 2 videos de su hija, los reconoció por la vista previa que había colocado Manuel. Los videos habían sido pagados y descargados más de 1000 veces, y el contador seguía subiendo poco a poco. Cada video se vendía a 150 billetes. Claudio trató de borrarlos, pero no podía, necesitaba un cedido el cual no tenía. Había matado al único que podía eliminar el video de las redes.
En ese instante sintió tanto asco por sí mismo, tanta vergüenza y desesperación. Simplemente se sitió impotente, inútil, cientos de pervertidos sexuales estaban descargando y compartiendo aquellos videos que grabó en un momento de desesperación. Ahora hubiera preferido morir, escapar o haber respondido al celular a tiempo. Se sentó al borde de la cama e inhalo profundamente para luego dejar salir un fuerte suspiro. Fue todo, no puedo hacer nada, dijo con resignación para sus adentros.
La policía llegó al hotel. Dos oficiales ingresaron rápidamente al hotel, el recepcionista les informa lo que estaba pasando y que se escuchó un disparo en el segundo piso, en el cuarto 12.
De pronto un nuevo sonido de disparo alarma a las personas que habían bajado del segundo piso al vestíbulo del primer piso y a los mirones del primer piso.
Los oficiales corren en dirección a las escaleras y se dirigen a la habitación 12. Recorren lentamente el pasillo, con el arma por delante. Se asoman con cuidado hasta llegar a la entrada a la habitación. La puerta estaba ligeramente abierta.
—¡Es la policía! —informa uno de los oficiales—¡Levante las manos y arroje su arma o abriremos fuego!
Uno de los oficiales se acerca a la pared cerca a la puerta, donde están las bisagras. El otro oficial a unos metros de la puerta apuntaba en dirección al espacio abierto en la puerta, le hace una señal a su compañero para que empuje la puerta, así lo hace.
El oficial esperaba ver a un hombre loco apuntándoles y amenazando, pero lo que encuentra es algo completamente distinto. Claudio se encontraba sentado en el borde de la cama, las lágrimas brotaban de sus ojos, temblaba y tenía el cañón de su revolver presionado contra su sien. A su lado una laptop destrozada de un balazo y un cadáver a un metro de él.
Los policías se asoman y apuntan contra él.
— ¡Suelte esa arma! — ordena el oficial.
Claudio niega lentamente con la cabeza.
—No merezco vivir. —Susurra y Levanta la cabeza, dirige su mirada al policía que estaba frente a él, un paso tras la puerta—. Solo díganle a mi hija que lo siento.
Fueron las últimas palabras de Claudio, antes de volarse los sesos.
Fin.
Lunes 25 de enero de 2010
Franck palacios Grimaldo.
(Reeditado el 04 de junio de 2019)
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