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 Cuarto 12: Desesperado

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franckpalaciosgrimaldo
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franckpalaciosgrimaldo

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Cuarto 12: Desesperado Empty
MensajeTema: Cuarto 12: Desesperado   Cuarto 12: Desesperado Icon_minitimeMar Mayo 28, 2019 8:42 am

*Reeditada y corregida*
Cuarto 12: Desesperado
Cuarto 12, hotel de paso de la carretera 53, Santa Laura.
Botellas vacías en el piso del cuarto, una cigarrera llena de cenizas sobre la meza de noche, un maletín sobre la cómoda en una esquina de la habitación.
Luces apagadas, cortinas cerradas que solo dejaban entrar algo de la amarillenta luz del poste de la calle. El reloj sobre la pared en un rincón marcaba las 10 de la noche.
Sobre la cama un hombre, de rostro sombrío y mirada desesperada, alcoholizado hasta no poder más, no podía conciliar ni así el sueño.
Miraba casi sin parpadear el viejo y agrietado techo de su tétrica y oscura alcoba de hotel.
—Hazlo, hazlo… —Murmuraba una y otra vez.
Su costoso saco italiano sobre el piso; su corbata costosa, sobre la cabecera de aquella vieja y ruidosa cama; en su rostro huesudo y ojeroso, una expresión de desesperación cada ves mas marcada.
—Debes hacerlo ya. No tienes mucho tiempo, el vendrá por ti —Se levantó de la cama de golpe, él mareo se intensificó por el rápido movimiento de su maza encefálica, camino unos pasos torpes y coloco sus manos sobre su cabeza. Presionó fuertemente tratando de mantener el equilibrio —. Debes hacerlo, ahora, sabes que está viniendo, y esta vez viene por ti. —Repetía mientras lentamente se paseaba sobre la alfombra redonda de la habitación, dibujando círculos deformes con sus pasos.
La expresión de desesperación en su rostro era cada vez más marcada, sus enrojecidos ojos se abrían a mas no poder, sus dientes casi rechinaban fuertemente presionados y dejando ver sus dientes blancos a través de sus estirados labios. Su respiración agitada, sudor intenso y el latido acelerado de su corazón que casi saltaba a través de su piel indicaban que aquel hombre estaba advirtiendo un inminente desastre.
El hombre se acerca a la ventana y corre un extremo de la cortina. Mira por el extremo, curioso, pero con miedo. Vuelve a cerrar la cortina. Pega de espaldas a la pared más cercana, presiona fuertemente los parpados. Niega con la cabeza y la golpea contra la pared unas cuantas veces. El sonido retumba en la habitación y en los pasillos del edificio.
—¡Debo hacerlo ya! — grita.
Se acerca a la cómoda de la esquina sobre el cual había un maletín. Lo coge y lo lleva a la cama. Aguarda unos segundos con respiración agitada y lo abre.
— Tu no terminaras con esto. Lo voy a hacer yo. — Murmura.
El desesperado sujeto saca un revolver del maletín. Lo cierra y da unos pasos hacia atrás. Observa el 38 en sus manos, lo escudriña con mirada temerosa. En un rápido movimiento, como quitando toda posibilidad de dudarlo, lleva el cañón del arma por debajo de su mandíbula.
Su respiración se agita mucho más, traga saliva, una fría gota de sudor recorre su frente paseándose sobre su rostro hasta perderse entre los bellos de su barba crecida.
—No te voy a dar el gusto de aniquilarme —No lo tendrás…, dice para sus adentros—. Antes de eso yo mismo terminaré con esta pesadilla. — repite presionando con mano temblorosa la empuñadura del revolver.
Giró en dirección a la puerta.
Permaneció en esa posición durante un rato. Las piernas le temblaban, las sentía débiles, como gelatinas. Los labios se le resecaban. ¿Acabaría con su vida de una ves? ¿Esperaba acaso alguna señal?
Solo se quedó ahí, parado, mirando a la puerta de su habitación, temblando, con miedo en sus ojos y sintiéndose cada vez más cansado.
— ¡Alardeas, sabes que no lo harías! —  Se escuchó detrás de él.
El hombre se viró rápidamente sin quitar el arma de su posición. Se sorprendió al ver aquella imagen bajo las sombras. Retrocedió algunos pasos hasta que su espalda chocó contra la puerta. Se detuvo ahí.
—¿Ya estás aquí? — dijo sorprendido. Amartilló su arma. —¡No te acerques, juro que voy a hacerlo! — Estalló.
Había alguien ahí. Bajo las sombras al lado de la ventana. Una silueta de un hombre de traje, la oscuridad lo cubría desde el hombro derecho hasta la rodilla izquierda, ocultando su rostro lo suficiente.
— Vamos… —se dibujó una sonrisa lúgubre en las sobras—. Sabes que no lo harás, eres una niñita miedosa — dice retadoramente.
—¡Cállate! —gritó—. ¡Lo voy a hacer, estoy desesperado, asustado, no tengo nada más por que vivir, me has quitado todo! — SU temblor era cada vez más evidente. Se morir de miedo.
El hombre bajo las sombras lleva una de sus manos hasta su pecho.
— ¿Yo? — dijo con sarcasmo. Su sonrisa se hizo más grande.
—¡Te has llevado mi vida, mi dinero, mi familia! —respira agitado—. ¡Ya no tengo nada! y ahora vienes por mí!, ¡¿Acaso no es así?!, ¡¡¡Pues no!!!! —gritó—. ¡No te dejaré!
La sonrisa en las sombras se desvanece. El brazo baja a su lugar.
— ¿Así? ¿y que harás? ¿Vas a dispararte, cobarde de mierda?
— ¡¡Lo hare‼ — contestó con fuerza. Levó su mano izquierda a la empuñadura, estaba temblando mucho.
— hazlo entonces… ¿Qué esperas? Solo presiona el gatillo y listo. Desparrama tu cerebro por la puerta. Eso es algo que tú y yo quisiéramos ver, ¿no es así? — Soltó una carcajada sonora.
— ¡¡¡Cállate!!— gritó. Retiró el arma de debajo de su barbilla y apuntó al misterioso sujeto a unos metros de él.
—Valla, valla — dice lentamente—, ahora piensas dispararme a mí… — nuevamente ríe— Adelante, Hazlo — dice apartando sus brazos de su cuerpo algunos centímetros. Su voz se mantenía en perfecta calma —, el resultado sería el mismo— dice. La sonrisa se dibuja nuevamente en la sombra.
—¡Tú eres quien no mereces vivir!  — dice el desesperado hombre, sosteniendo el arma delante de él, tembloroso, apuntándolo a su indeseado acompañante.
— Lo sé, lo sé. Te diste cuenta muy tarde, pudiste haber hecho las cosas bien, pero no… — niega con la cabeza — tenías que equivocarte. Para variar… —se encoje de hombros.
—¡Esto es algo que debí hacer hace mucho!  — masculla.
—¡Vamos, marica de mierda! — reta el hombre tras las sombras— ¡si vas a hacerlo, hazlo! — Le grita retándolo. El hombre del arma se sobresalta —¿Acaso fallaras en algo tan simple también?  — su sonrisa regresa —Pobre diablo… — murmura.
La respiración del hombre se agitaba a cada segundo. Oír la voz de aquel indeseable solo lo llenaba de odio, su rostro huesudo pronto pasó de expresar un claro terror a una rabia macabra.
El hombre tras la sombra solo estaba ahí, en silencio. La sonrisa en su rostro no se borraba, por el contrario, parecía marcarse más, estirarse. Parecía muy seguro de que aquel amenazante tipo desesperado que lo miraba con rabia no sería capaz siquiera de jalar el gatillo.
Se oyen dos golpes tras el sujeto del arma.
—¡Oiga!, ¡¿está todo bien ahí?! — preguntaron desde el otro lado de la puerta. En el pasillo.
—Vamos, respóndele, dile que todo está bien — recomienda el sonriente sujeto—. Yo no voy a pedir ayuda —se encoje de hombros—, estoy más seguro aquí que en cualquier otra parte. — dice burlonamente.
—¡¿Oiga amigo, todo está bien ahí?! — golpean nuevamente a la puerta— ¡Llamaron a recepción por que lo escucharon gritar!, ¡dígame si está todo bien! — preguntaron desde el otro lado de la puerta.
—¡Largo! —estalla— ¡Lárgate! ¡Déjame en paz! — responde.
—¡Oiga! ¡Tranquilícese, solo quiero saber si todo anda bien! — el recepcionista pega el oído a la puerta.
— ¡Que te largues te digo, maldita sea! — repone.
EL sujeto en las sombras ríe.
—Deberías ser más amable, el sujeto solo se preocupa por ti — se encoje de hombros—…. Ya no quedan mucosa si de imbéciles.
—¡Tú cállate maldita sea!, ¡ya cállate, cierra tu maldita boca! ¡No es tu asunto! — le grita y menea el arma acercándose unos centímetros adelante.
Fuera de la habitación el recepcionista, un hombre de unos 30 años, frunce el ceño al escucharlo hablar con alguien.
—Oiga, ¿con quién está hablando? — pregunta — ¡Abra la puerta! — exige.
—¡No! —respondió el desesperado hombre retrocediendo y pegando su espalda contra la puerta —¡Todo está bien aquí adentro! ¡¿Escuchó?! —hace una pausa— No tiene por qué preocuparse ¡Ahora lárguese!
El recepcionista coge su juego de llaves. Busca la numero 12 y la acerca a la perilla. Hace una pausa. Y niega con la cabeza.
—¡Llamaré a la policía! — dice apartándose de la puerta unos pasos y dirigiéndose a las escaleras por el final del pasillo.
— Pero mira lo que hiciste… — comenta el misterioso sujeto cerca de la ventana —, va a llamar a la policía. — menea la cabeza lentamente— Más vale que lo que “planeas” hacer lo hagas ya. ¿No te parece? — suelta una risotada. Disfrutaba la situación.
El hombre del arma quitaba el sudor de su frente, de sus cejas. Estaba muy ansioso, el temor regresaba a su rostro. Había incluso, sin darse cuenta, bajado el arma a la altura de su cintura.
— ¡¡¡Cállate, cállate!!! — le apunta nuevamente. ¿El arma ahora pesaba más?, Se preguntaba mientras trabaja saliva y miraba a la puerta eventualmente. La habitación se hacía más pequeña para él.
Frente a él, el hombre de traje solo mantenía esa sonrisa brillante, disfrutaba ver la desesperación en la mirada del sujeto desesperado. Le causaba felicidad, placer casi sexual.
—Quítate la vida. — murmura.
El hombre del arma gira en dirección a las sombras.
—¿Que?
—Que te quites la vida de una vez. Hazlo, ya no te queda mucho tiempo — El hombre da un paso delante, la oscuridad parecía seguirlo.
— ¡¡¡No te acerques!!! —grita el desesperado sujeto apuntando con su revólver, tembloroso.
Los gritos hicieron que más de un inquilino se asomaran al pasillo. Los gritos provenientes del cuarto 12 los hicieron sentir curiosidad.
El hombre bajo las sombras da un nuevo paso, acercándose al sujeto asustado. El arma le quedó a menos de 20 cm de su rostro.
— Serás tú o seré yo, —dice—  te haré las cosas fáciles, mira —el sombrío sujeto se acercó al arma. El cañón estaba justo en su frente, no podría fallar — solo jala el gatillo — murmura.
El tipo del arma temblaba. No entendía que estaba pasando. Su rostro expresaba confusión, pequeños instantes de odio y miedo.
— Yo…, voy a… no me engañaras... — balbuceó.
— ¡Jala el maldito gatillo! —abrió sus brazos—, ¡hazlo ahora, o te juro que te vas a arrepentir! — dibujó una lúgubre sonrisa en su rostro— Recuérdalo… ya no tienes familia. ¡yo te lo quité! — ríe— Se han ido y nunca regresaran. ¡Vamos!, ¡dispara!, ¡dispara!, — repetía— ¡maldito estúpido, dispara! — insistía presionando su frente contra el cañón del arma.
Los ojos del desesperado sujeto estaban abiertos a mas no poder, la expresión de terror en su rostro era claro. Cualquier cosa podría pasar. El extraño y misterioso sujeto seguía exclamando: ¡Dispara!
— ¡Vamos! — gritaba— ¡¿Qué no puedes hacer una sola cosa bien en tu puta vida, demente de mierda!?
El rostro del hombre del arma se llenaba de furia. Su cara se enrojecía, las venas de su frente se marcaban. Sus dientes rechinaban, su dedo en el gatillo temblaba y el sudor en su piel se sentía helado.
Los huéspedes en el pasillo no comprendían que sucedía ahí dentro. Un sonido de disparo los hace rápidamente regresar a sus habitaciones y cerrar sus puertas.
Al interior del cuarto 12, yace un hombre muerto al lado de la puerta. En su mano un arma, se había disparado por debajo de la barbilla. Su sangre pintaba la puerta y parte de la pared. Trozos de su cráneo, cabello y cerebro manchan el piso.
La policía llegó minutos más tarde.
— Mariano ordeñes —dijo el recepcionista, quien llamó a la policía—. Se registró con ese nombre, oficial.
— Ya veo —responde el oficial frunciendo el ceño, observando la sangrienta escena a unos metros del cadáver, en el pasillo— Mariano Ordoñez —murmura—: buscado por asesinato, lo están buscado en catalina, lleva 3 días prófugo.
El recepcionista, quien estaba a su lado, palidece.
— ¿Era un prófugo? lo ignoraba, Sr. Oficial.
— Este sujeto mató a su mujer y a sus hijos — explica el policía con frialdad—, luego escapó. Era un alcohólico, además tenía problemas psiquiátricos, y al parecer dejó de tomar sus medicamentos y enloqueció. Sumémosle el alcohol — dirige su vista a las botellas en el piso a un lado de la cama— y pues tenemos a un maldito asesino y suicida.
— Mierda... —murmura el recepcionista.
El policía da unos pasos, acercándose al cadáver.
—Todo indicaría que volvía a tener un episodio psicótico — frunce el ceño.
— Los demás huéspedes dicen que él estaba hablando con alguien, que él le respondía, que discutían… Ahora comprendo.
El policía asienta lentamente.
— Así es, el pobre tipo estaba mal de la cabeza.
Botellas vacías en el piso del cuarto, una cigarrera llena de cenizas, un maletín sobre la cama. Las ventanas de la habitación cerradas. Las 12 de la noche.
Un revolver en el piso sobre una mancha de sangre y un hombre con los sesos desparramados en la pared y en el piso del cuarto 12.

Fin.

Frank Palacios Grimaldo.
Jueves 21 de enero de 2010
(Reeditado el 28 de mayo de 2019)
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