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 Los Crímenes del Oráculo ( Final ).

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Jaime Olate
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Jaime Olate

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Los Crímenes del Oráculo ( Final ).   Empty
MensajeTema: Los Crímenes del Oráculo ( Final ).    Los Crímenes del Oráculo ( Final ).   Icon_minitimeDom Dic 23, 2018 3:06 pm

Se Cumple una Profecía.

Pocas horas después, ambos policías estaban en el apartamento del Inspector, callados observaban la televisión. Seguramente prestaban poca atención, pues sus mentes estaban sumidas en profundos pensamientos; el caso así lo requería y no sabían por dónde empezar.
La voz del locutor, dando un extra de las noticias los hizo prestar atención.
— Noticia de último momento. 
 El Presidente de la Nación ha sido víctima de un atentado criminal cuando se retiraba en su automóvil del Palacio presidencial; repito, nuestro Presidente cayó herido de gravedad por el disparo de un desconocido francotirador.  Ampliaremos  esta lamentable noticia en cuanto tengamos más antecedentes.
El teléfono sonaba  y  José Carrados  casi saltó para atenderlo.
— Señor Carrados ¿Ya se enteró de la noticia?
— Sí, señor.  El señor González y yo vamos al sitio del suceso.


 
Contra su costumbre, el Inspector condujo  velozmente por las calles de la capital hasta llegar cerca del Palacio de Gobierno. Debió identificarse ante los policías uniformados que, en su conmoción, estaban muy rudos; llegaron hasta el automóvil presidencial que estaba rodeado de expertos en balística y otros funcionarios. 
El Prefecto  Cardoso al verlo,  lo llamó con señas entre el intenso operativo originado por la tentativa de matar  a la primera autoridad.
— Inspector, los peritos en balística señalan ese edificio como el lugar desde donde disparó  el agresor.  Ordené un cordón a varias cuadras a la redonda para impedir que entre o salga alguien.  
El Inspector  y su ayudante emprendieron veloz carrera hacia el edificio, pero Carrados se detuvo de pronto. Con extrañeza el Detective González lo miró.
— Señor González, no creo que al autor del atentado nos esté esperando sentado desde donde tiró.  Entrégueme   su radio.
— Hola, habla el Inspector Carrados.  Sí …, colega, quiero saber si encontraron el arma … ya  entiendo, un rifle del calibre 22 … mira telescópica.  Vean posibilidad de huellas digitales…  Okey, fuera.
— Señor González, el  autor está cerca, no pudo salir tan rápido, pero tampoco es tan idiota como para quedarse  donde disparó. 
— Mmmm, un hombre albino es fácil de detectar, Jefe.
— No lo creo. Subamos al segundo piso y observemos a la gente.


 Desde la ventana de un apartamento particular examinaron a las personas, todas  detenidas en las calles, impedidas de salir del perímetro, de acuerdo al protocolo en casos de esta naturaleza.
Gente común y corriente, muy nerviosa comentaban entre ellos el terrible suceso. Hombres y mujeres jóvenes miraban las cámaras de televisión y con recelo desconfiaban unos de otros. Gente mayor, asustados, los hombres consolaban a las señoras que estaban a punto de llorar.
— ¡Hey, señor González, aquel  viejo de pelo largo y con bastón!
— ¡Lo tengo!  Es el que se acerca a los ancianos y trata de conversar con ellos.
— ¡ M 2  llamando a Central!   Inspector Carrados  habla… creo que tenemos un sospechoso. Individuo 1,75 estatura, delgado, pelo largo canoso, anteojos oscuros, usa bastón y pretende andar  inclinado. Acudiré a capturarlo, mi ayudante quedará  informando desde esta ventana.


Carrados bajó corriendo, cruzó entre la multitud hasta el grupo de gente mayor, pero ya el sospechoso no estaba. Miró a la ventana, desde donde el Detective ayudante le señaló  hacia una esquina, dio una señal de comprendido y corrió hacia donde se fugaba  el hombre de lentes oscuros. Logró divisarlo, pero era hábil en esconderse entre la gente; llegó a una galería comercial  y al entrar, sorpresivamente tropezó con el mismo individuo. 
El pretendido viejo le lanzó un golpe de puño, pero  Carrados  era un eximio  karateca, bloqueó y sin muchos miramientos le golpeó la garganta, haciéndolo caer con estertores al suelo. Con la habilidad de la práctica, lo esposó por la espalda justo cuando llegaban refuerzos.


 
En el cuartel, ante la curiosidad de  otros policías, le quitaron la peluca canosa y sus anteojos oscuros. El individuo era totalmente albino y sonreía tranquilamente.
En el interrogatorio de rigor, ahora con altos jefes y autoridades políticas,  el Inspector Carrados  se dio cuenta que el desconocido con su eterna sonrisa, estaba fuera de sus cabales.
— Su nombre —pregunta inútil, pues el hombre sólo sonreía como un imbécil.
— Vamos, vamos, dígame su apodo al menos.
El albino lo miró y con su sonrisa burlona contestó.
— Usted lo sabe, señor Carrados.
— ¿Es El Oráculo? Y ¿Cómo diantres sabe mi nombre?
— Soy El Oráculo y sé muchas cosas.
— ¿Por qué intentó matar al Presidente?
— Fácil, así se cumpliría mi vaticinio. La herida no es mortal, ya ve que disparé  con un rifle de escaso calibre y el proyectil  está alojado  próximo a las vértebras cervicales. Quedará fuera de circulación por algún  tiempo.
Furioso un Prefecto quiso agredirlo, siendo impedido por sus propios subalternos.
— ¡Y tú loco infeliz permanecerás fuera de circulación por años en un manicomio!
Eso fue lo último que habló el criminal, pues cerró herméticamente la boca y se limitaba a sonreír a quien lo interrogara. En la mente del Inspector quedó un enorme signo de interrogación, quizá en el futuro podría aclarar quién diablos era el misterioso criminal, de quien no obtuvieron ningún otro antecedente de la Interpol, pese a haber enviado sus huellas digitales a través del orbe.


 
El juicio tuvo ribetes novelescos, el abogado defensor pidió exámenes médicos y se llegó a la conclusión que era un sicópata muy inteligente. Debió ser encerrado en una clínica siquiátrica por el atentado al Presidente quien, por casualidad o por su profecía, entregó el mando del país al Vicepresidente de la República, ante la gravedad de su herida.
La alta Jefatura de la policía debió conformarse con las agudas observaciones del Inspector Carrados, quien, usando de su clara lógica, insistió que el loco que se llamaba así mismo El Oráculo, tenía la inteligencia tan brillante como para calcular los hechos 
 sobresalientes en el  mundo. No pudieron sacarle palabra alguna sobre el supuesto accidente que le costó la vida al Ministro Pinto.
Ante sus Jefes, el Inspector Carrados y el Detective ayudante González, recibieron la  felicitación que tanto merecían. En agradecimiento Carrados  improvisó un breve discurso.
— Agradezco la felicitación por la detención del orate que se hace llamar  El Oráculo. Es cierto que logramos su captura, pero perdonen mi frustración por no tener todo aclarado; es posible que en su locura se las ingeniara para aparecer  como una especie de profeta. Algún día sabremos quién es este desconocido y quien sabe cuántos crímenes más cometió con su mente desviada.
Ya en la calle, su ayudante no se atrevía a interrumpir la mente siempre ocupada del sabueso, hasta que éste se detuvo y lo miró a los ojos.
—Hay tanto cabo suelto en este extraño caso, señor González. Mi lógica nunca estará de acuerdo con la lógica de un loco criminal y ... presiento que volveremos a verlo en acción.
El ayudante asintió, pero también su mente recibió la carga de tantas preguntas sin respuestas. Como era su inveterada costumbre, se encogió de hombros y ambos se echaron a andar por la selva de cemento.

 
La afirmación de Carrados que volverían a enfrentarse al Oráculo, fue casi profética; este encuentro lo veremos pronto.
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Los Crímenes del Oráculo ( Final ).
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