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 Sufragio

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Ivo Marinich
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Virgo Cabra
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MensajeTema: Sufragio   Mar Jun 20, 2017 11:36 am

En los platos quedaban sólo las sobras, ya podían descansar, no era ésta la suerte de las copas que se llenaban y vaciaban de tintura. Ellos hablaban con un tono elevado, propio de quienes bajan el volumen de los sentidos y se dejan llevar. Los ojos semiabiertos hubieran engañado al que pensara que en cualquier momento se dormían, porque en realidad todos, las tres damas y los dos caballeros, estaban igual de atentos a la discusión.
   —Que Dostoievski es igualito a Tolstoi, dice, ¡Qué barbaridad! Bah, sí. ¡Los dos son rusos!
   La otra lo miró y sacudió la mano en un gesto que decía, no me interesa lo que pienses. La más joven tosió y dijo que ahora era su turno de leer lo que había escrito. Escucharon. Cuando terminó, una lloraba, quién sabe cuánto tenía que ver la tintura, o el recuerdo o una sensibilidad tan hinchada como el hígado. Después, como tantas otras veces, compararon: Borges y Sábato, García Márquez y Saramago, Hemingway y Fritzgerald. No podían resultarles distintos porque crecieron con la cualidad, ¿cualidad?, de poner algo por encima de otro algo, como en escalones, y no concebían la posibilidad de estar hablando, en realidad, de diferentes escaleras. Los libros, al ser mencionados, parecían apilarse sobre la mesa, y los autores espectrales se acercaban a escuchar; a veces, cuando no les gustaba lo que oían sobre sus obras, se marchaban sin más, insultando según cada idioma.  
   —¿A quién van a votar?
   Si la pregunta hubiera sido una locomotora, estos hubieran sido sus vagones: no sé; la verdad que no estoy segura; a nadie; no quiero ni pensar que de acá a un año hay que votar. Nótese que pese a formular distintas respuestas con sinapsis gramaticales variadas, las cinco personas coincidían en sus aseveraciones, y, si se quiere, a la vista de una pregunta que no parece indicar convicción, el hombre que la formuló no cae lejos del árbol. Pero ¿por qué esa pregunta? ¿De dónde provino? Quizás su silencio durante la velada era causado por ése interrogante, una duda al respecto que le molestaba y decidió compartir. Ahora entre ellos rondaba una conversación aparte, una conversación, llamémosle, fantasma, que acontecía aunque no se escuchara:
   —¿Dónde cabe la palabra obligatorio en una democracia?
   —La responsabilidad civil, eso lo vuelve obligatorio. No es tanto más una ley sino un valor moral en cada uno de nosotros, nos guste o no.
   —Yo le llamaría responsabilidad social.
   —Cada cuatro años la misma historia. La cola que no avanza, los tarados que se masturban en el cuarto oscuro, los fiscales indolentes, el carnaval en los medios…
   —Insoportable, inaguantable, insufrible.
   —Te faltó ineluctable.
   De esa conversación metafísica, como si de dos mundos paralelos uno mudara algo al otro, se trasladó un comentario a la conversación real:
   —Nos conocemos. Puedo decir, sin miedo a que disientan, que no nos interesa votar a nadie. Votamos porque tenemos que.
   Los cerebros de los otros cuatro prendieron la luz de la queja políticamente correcta, pero la irreverente verdad del comentario los hizo callar.
   —Entonces pienso, divago, enloquezco, que debería haber un partido para gente como nosotros. Un partido donde puedan dejar su voto aquellos que no quieran votar porque no confían en los sinvergüenzas, o aquellos que no les interesa pero lo hacen para sentirse responsables.
   —¡Para eso está la izquierda!
   Rieron. Algunos más, otros no tanto.
   —No, en este partido nadie querría gobernar. No interesaría. Es sólo una urna para que la gente se sienta cívicamente responsable y que a la vez no tenga que elegir por elegir, o caer en el engaño de votar en blanco.
   —Me gusta.
   —Hagámos eso entonces.
   Risas.
   —Sí…
   —Un partido apolítico.
   —¡Ahí tenés el nombre!
   Carcajadas.
   —Al frente el Partido Apolítico, ¡carajo!
   El que haya experimentado una noche de botellas vacías estará de acuerdo que la mañana siguiente trae consigo el desconcierto, la jaqueca, por qué no la risa y tantas veces, tantas, el arrepentimiento. Sea una secuela u otra, es innegable que las noches de botellas vacías siempre traen algo consigo, y ese algo no es necesariamente un visto bueno a lo hecho horas atrás. Bien, los perseguidores de excepciones a la regla tendrán, en este caso, una más para anotar en sus cuadernos: los cinco, tan lúcidos como la sobriedad permite, estaban de nuevo ante la mesa haciendo planes sobre lo que acordaran la noche anterior. Al parecer, eso que sonaba tan chistoso, por no llamarlo ridículo, logró seriedad con la almohada, lo que nos dice mucho de las verdaderas aspiraciones de lo ridículo. Sonaron los teléfonos uno tras otro convocando la reunión, para el tropiezo del sol estaban dialogando sobre los rudimentos del Partido: iniciales, colores, lema, mensaje, y demás. Lo que trajo más complicaciones fue la elección de los líderes, porque ninguno quería serlo. De haber sido por ellos dividían el liderazgo, pero las reglas dicen que debe haber una fórmula con sus respectivas jerarquías, y entonces no tuvieron elección. Todo se decidió, en lo que resultó el momento más silencioso de la jornada, por sorteo; escribieron sus nombres en papeles pequeños que después abollaron y pusieron en un cenicero, mezclaron y retiraron dos. El primero resultó ser la mujer más joven, que se quejó de su mala fortuna. El segundo bollito descubrió al hombre de mayor edad. Los otros tres serían asesores, divulgadores, la inteligencia del Partido Apolítico.

   —Yo creo que lo que a la gente en sus casas le interesa escuchar es cómo surgió el APO.
   —Le pido por favor que aleje el micrófono porque me pone nerviosa.
   —Sí, lo siento. Decía, entre tantas preguntas que tengo para hacerle, algunas no las podría decir en cámara, se destaca esa que todos queremos escuchar, ¿cómo empezó este proyecto?
   —Si no puede decirlas en cámara eligió mal la profesión, le falta coraje para preguntar. El APO comenzó como cualquier otro partido, como una queja. Somos una urna para aquellos que votan porque así lo demanda la responsabilidad cívica. Para el nihilista. Para los que no caen ante el engaño del voto en blanco. Para los que ven víboras por políticos. El Partido Apolítico es un espacio que respalda la democracia y el desinterés por el accionar político.
   —Un desinterés causado por…
   —Los antecedentes políticos, señor, los antecedentes políticos.
   —¿Y cuáles son sus propuestas?
   —Creí haber sido clara. No tenemos propuestas porque no queremos gobernar. Estamos para que viva tranquilo el que no desea votar. En lo único que creemos es en la importancia de cada voto, como una porción de confianza que cada persona da de sí y nunca nada le es correspondido. Lo que queremos es corresponder, ser los primeros que devuelven algo a la gente a cambio de su confianza: la satisfacción de la responsabilidad.
   —Pero la gente puede satisfacer su responsabilidad votando a cualquier otro.
   —No aquellos que votan por votar, para sacarse de encima el sufragio. Creemos que eso daña a las personas y perjudica a la democracia.
   —¿Qué me dice de este exponencial reconocimiento sin siquiera haber colgado un cartel?
   —Que queda en evidencia la falsa omnipotencia de la contaminación propagandística. Que se subestima la efectividad del boca a boca.
   —Pero estamos hablando de una intención de voto del veinte por ciento en sólo cuatro meses de campaña. No hay precedentes al respecto.
   —Si quiere repito lo que respondí antes.
   —¿Y qué tiene para decirle a los demás partidos, sobre todo aquellos que cuatro meses atrás los atacaron sin piedad?
   —Nada.
   —¿Creen que se unirá más gente a la causa?
   —No lo sabemos y tampoco nos consta.

   Cualquiera hubiera dicho que las constantes tormentas de los meses posteriores eran consecuencia de la furia de los Partidos adversarios; como si cada insulto trajera un trueno; cada píldora, un refusilo; cada pensamiento negativo, una gota. Las ovejas, ¡las ovejas!, se perdían en el campo y no había forma de traerlas al corral. Ahora los que habían sido rivales se unieron ante un poderoso enemigo en común, y no anticiparon que este vínculo les jugaría en contra; el pueblo los miraba y decía, son iguales, ¿pueden creerlo?, al final sólo se mostraban diferentes, siempre fueron iguales, como dos gotas de agua. Entonces, tarde, estos Partidos rompieron la relación y volvieron a jugar a ser contrarios, criticando al APO cada uno desde su rincón. Indignados. ¡Indignadísimos! Lo que habían estudiado no los preparó para afrontar esta descabellada contingencia. Algunos pasaban noche y día buscando respuestas en el libro de la demagogia, pero nada encontraban. Desesperados, tomaron una resolución: la inteligencia de los Partidos, presionada por los capitanes que no sabían ya cómo maniobrar el timón, recomendaron el aumento presupuestario de la propaganda visual. Costó comprender la propuesta, claro, era cuestión de levantar la persiana y ver las calles, edificios, carteles y autopistas, murales y pantallas gigantes con los rostros de los líderes de los Partidos adversarios: ¿dónde cabía más propaganda visual si habían ocupado todo espacio? La inteligencia de los Partidos adversarios se defendió diciendo que en momentos trágicos es obligación romper los límites de normal, así introdujeron propaganda dentro de los bares, en los vestíbulos de los apartamentos, en balcones, suelas de zapatos, patios de escuelas, a lo largo de las calles, en baldosas de vereda, árboles, perros callejeros, vagabundos, inodoros, pizarrones, carritos de supermercado, pelotas de fútbol, automóviles, tatuajes de brazo, almohadas, espaldas y pechos, en cajas de pizza, papel higiénico, palomas, ratas y muchos otros sitios que no podrán ser mencionados porque el presupuesto de palabras de este texto es mucho más limitado.
Igualmente, obliga la verdad esta aclaración, no puede decirse que los Partidos adversarios llevaban la peor parte. Los medios de comunicación y los grupos económicos, valga la redundancia, sostenían con la mano temblorosa la pistola pegada a la sien en vista de los resultados de las últimas encuestas. Sus predecesores y los predecesores antes de éstos jamás tuvieron tamaño problema; todo marchaba como debía, nadie podía imaginar una herida de muerte a sus intereses. Y ahora no sabían qué hacer, porque por primera vez el dinero no solucionaría la contingencia. ¡En qué río sucio se ahogarían sus intereses! Y sólo podrían mirar, observar, porque la caña en sus manos azules iba sin anzuelo. Necesitaban un líder de los Partidos adversarios, uno sólo, cualquiera, para hacer de mediador entre el cielo y el infierno, infierno al que siempre huyeron, infierno que ayudaron a crear. Estos presionaban a los líderes, aquellos a la inteligencia, esos al pueblo, tales últimos no sucumbían ante la presión y así devolvían el golpe en sentido contrario. Un caos. ¿Qué iba a ser de ellos, titiriteros inoxidables, sin su títere en la copa del árbol?
   El seis está a mitad de camino entre el uno y el diez, casi, en realidad está más cerca del diez, ese número del pedestal, símbolo humano de lo sobresaliente. Porque lo obvio tiene la cualidad de no necesitar ser explicado, diremos aquí, entonces, que lo resaltamos: seis, en su carrera al diez, es más que tres, que cuatro o cinco; seis no es diez pero triunfa ante los dígitos predecesores. Todo esto demuestra por qué el Partido Apolítico ganó las elecciones, con seis votos de cada diez. Jamás hubo tanta incertidumbre ante la paradoja de que haya ganado el Gobierno, justamente, el Partido que no quería gobernar. Pero la ley es la ley, damas y caballeros, la democracia dicta su sentencia y hay que obedecerla. Jamás se sabrá si las multitudes abordaron el APO por falta de convicción política o por probar un poco de una ironía mayúscula, esto último porque sabemos que lo irónico deshace las reglas y da sensación de libertad. Justamente ironía fue lo que no percibieron los Partidos adversarios ni los medios de comunicación, que vivían algo así como su Apocalipsis. Hubo trompadas y narices rotas, sobre todo entre los líderes de los Partidos adversarios y su inteligencia, los primeros echando culpas y los segundos recriminando que faltaron más afiches por pegar, por ejemplo en la luna, decían unos, o en las montañas, aseguraban otros. Pero ya nada podían hacer, sólo observar al APO en la copa del árbol y tratar, por enésima vez, de bajarlo de un hondazo. He aquí un anticipo: no hubo hondazo capaz; el partido que no quería gobernar, gobernó hasta el último suspiro del último integrante.
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Nilda Sena
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MensajeTema: Re: Sufragio   Mar Jun 27, 2017 7:04 pm

Original historia. ¿cómo habrá gobernado este partido? Se habrán quedado tranquilos los políticos tradicionales? Curiosidad que nace.
Nilda
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MensajeTema: Re: Sufragio   Dom Jul 16, 2017 12:26 pm

Muy buen ritmo de narración. La sátira llega al extremo de lo probable; es una excelente manera de mostrar un comportamiento de campaña no muy alejado de la realidad.
Las elecciones me dan asco. En el fondo preferiría una dictadura, con la salvedad de que el dictador sea el mejor de los hombres.
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