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 Historia de un Detective (23) Final 1/2

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Jaime Olate
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MensajeTema: Historia de un Detective (23) Final 1/2   Jue Dic 22, 2016 10:34 pm

Verdaderos Detectives en Dos Años de Servicio.

Es costumbre que digamos “cabros nuevos” al referirnos a los novatos recién salidos de la Escuela de Investigaciones, cuando uno tiene unos dos años de servicio; damos por sentado que todo funcionario deja de ser novato más o menos en esa cantidad de tiempo de trabajo, se aprende rápidamente “en la cancha” y mejor aún cuando se cuenta con buenos colegas antiguos que lo guían. Es un buen antecedente en la Hoja de Vida si fue ayudante de un funcionario despierto y con experiencia en las calles, conocido por cierta fama de excelente Detective; un buen guía para un novato da cuenta de ser un buen sabueso, libre de los defectos naturales de aquellos que fueron “corriles” (compañeros) de malos funcionarios.

El hurto de ganado, conocido como Abigeato ( no hurto de viejas como respondió a un profesor un alumno de la Escuela) es muy popular desde la zona central hacia el sur. Recuerdo que un grupo de Detectives, incluidos algunos elementos nuevos, hacía como un año que trataban de detener a los cuatreros, pero sin resultados; ni siquiera los Carabineros (policías de uniforme verde) que trabajan en los campos, habían logrado alguna pista.
Un buen día mi Jefe consideró que yo estaba listo para dirigir a un grupo de novatos y me entregó la tarea de perseguir a los abigeos. A veces, hablo en serio, creo estar siendo guiado por Dios, quien me habría dado una especie de sexto sentido para encontrar soluciones a los problemas policiacos o, para quienes creen en la suerte, la fortuna se hizo mi amiga.

Fue así como, acompañado de mi colega y buen amigo Alexis “Chico” Guzmán, nos fuimos en mi motocicleta al fundo de don Juan Valdebenito. Allí este buen amigo, que siempre atendía muy bien a los “ratis”, nos invitó a comer un exquisito asado, mientras nos conversaba de los daños que le habían causado los bandidos en los cercos de alambres para sustraerle su ganado vacuno.
Entre bromas y risas, “Chico” Guzmán con una rama trazó sobre la tierra un dibujo de los límites del fundo. “No  no  no quedó muy bueno el plano, se parece a la cara de mi Jefe, pe  pe  pero para el caso sirve”. Con mi mano me tapé un ojo de la risa que me embargó, además don Juan lanzó una carcajada, me había dicho “Vaya, no es usted el Jefe directo del señor Guzmán”. El gran Detective Alexis retrucó al instante con su característico tartamudeo “ No  no  no, puh don Juan, nuestro Comisario Jefe … ¡ese sí que es feo … e  e  este anda por ahí no más!”

“Qué pasa, señor Carvajal” inquirió don Juan, cuando nos vio callados examinando atentamente el dibujo a mano alzada de mi querido compañero. Con la gracia que siempre lo acompaña, Alexis le hizo un gesto para que guardara silencio y le susurró al oído “Cuidado, don Juan … el Flaco está olfateando una pista”. Se sumó a contemplar las líneas en el suelo, estuvimos silenciosos durante varios minutos y di un profundo suspiro, al tiempo que miré a mi simpático amigo “Gracias, Alexis, sigues iluminado”.
“Ve, don Juan, la fama que tiene el Flaco Carvajal se la he he he dado yo … soy su pata de conejo”. Todos reímos largamente y cuando terminamos, hicimos indicaciones en las líneas que significaban los límites de la enorme propiedad. Don Juan manifestó su sentir “¡Uuuuh, ya entiendo!”.  Sí, el feo dibujo que había hecho Guzmán, nos indicó claramente que la hacienda colindaba con el fundo vecino, llamado “Calabozo” pero … pero en el croquis mi amigo INCLUYÓ un canal con aguas muy profundas que bajaba de la Cordillera Nahuelbuta paralelo al límite este de la hacienda. Bastó una mirada de inteligencia entre nosotros los policías, para comprender el significado del dibujo tan malo; no hicimos comentarios, pues había muchos obreros agrícolas presentes.

Posteriormente, a solas con don Juan, le contamos nuestras sospechas acerca de UNA SOLA salida de sus tierras, precisamente a la zona norte, donde había un puente grande; los cuatreros no podían atravesar el profundo canal por su mala fama de seres humanos y animales ahogados en sus profundas aguas cenagosas. Manifesté mi molestia por no disponer nuestra unidad de una patrullera para ir a recorrer el largo camino hacia las montañas, pues el fundo “Calabozo” era muy grande y ocupaba una gran extensión de tierras planas.
Don Juan nos dijo que no había problemas, pues iba a contratar un taxista amigo que sabía ser discreto. Así llegamos a varias casas separadas por kilómetros de distancia hasta una vivienda de campesinos muy conocidos, de apellido Gonzaga. Había pedido a mi Jefe que otro novato nos acompañara y don Juan se nos sumó con un rifle calibre .22, quien valientemente y con decisión se atrincheró sobre el automóvil y no dejó de apuntar a la casona; claramente formábamos un grupo con aspecto peligroso y llamé a la puerta. Salió una señora mayor, quien se mostró sobresaltada, pese a que me conocía desde pequeño. Su hijo mayor salió muy amable e incluso habló con mis colegas, ante la mirada preocupada de la señora Gonzaga.

El lenguaje corporal de ella me produjo extrañeza y comencé mirarla con disimulo; llegó hasta nosotros con bebidas y noté que sus manos temblaban. Alexis cruzó una mirada de complicidad conmigo y le hice un gesto de asentimiento; la duda se nos clavó en nuestra mente y cuando nos retiramos, le pedí a Guzmán que mirara hacia atrás, nos fue relatando que logró ver como nos espiaban por dentro de los vidrios de las ventanas de la casona campestre.

Arribamos al fundo de don Juan, quien llamó a una docena de sus obreros agrícolas para sacrificar otro vacuno. En medio de una alegre convivencia con el patrón del fundo y los campesinos que nos tenían simpatía, notamos con Guzmán que un muchacho de unos 18 años permanecía callado y lejos de nosotros.
Mi inteligente y vivaz colega me musitó al oído “ Y, compadre, ¿procedemos o no?”. Asentí y ambos nos pusimos de pie y con aspecto amenazante nos aproximamos al joven, quien dio muestras de un gran nerviosismo; evitaba mirarnos a los ojos y quiso pararse, pero ambos lo obligamos a seguir sentado. El resto de los presentes nos observaba con curiosidad y el tercer Detective se nos sumó, pues había comprendido que la timidez del joven lo había traicionado.

“Ya, cabrito, comienza a cantar como un canario”, fue mi comentario con voz impersonal y cometió el error de querer huir y mis compañeros lo atraparon. Don Juan acudió con un lazo y furioso al extremo que debí evitar que lo golpeara “¡Traidor, desleal ¡ ¿ Acaso soy un mal patrón o les pago mal para que me hagas tales cochinadas?
Al verse amarrado y rodeado de los trabajadores de don Juan, temblaba azogado y soltó el llanto, pidiéndole perdón a nuestro amigo. Lo sacamos del grupo y alejados procedimos a interrogarlo, diciéndole que sabíamos por dónde huían con los animales robados. Comenté como al azar que la familia Gonzaga estaba prácticamente detenida; esto hizo que el inculpado por sospechas “ se soltara” y confesó de plano quienes eran sus secuaces.

Llegamos al Cuartel con nuestro preso y mi Jefe vio la cara radiante de don Juan Valdebenito, comprendiendo que al fin habíamos esclarecido la gran cantidad de hurtos de vacunos. Mi Jefe, hombre de campo, mostró su enorme conocimiento en este tipo de delitos; personalmente interrogó a nuestro prisionero con gran habilidad. Me miró sonriente y me dijo “Felicitaciones, señor Carvajal, descubrió la banda de cuatreros que los colegas antiguos que tanto se burlaban de usted, no lograron hacer”. Ordenó que todo el personal se pusiera bajo mis órdenes y acudiéramos a detener a los sospechosos; don Juan, sabiendo que sólo contábamos con nuestras motos, ofreció contratar otros dos taxistas que se arriesgaran a acompañarnos.
El Comisario Jefe y el segundo de a bordo se quedaron en el Cuartel y, antes de salir les pedí a mis colegas que yo iba a conversar solo con Gonzaga; como siempre Alexis me acompañó. Los otros dos  taxis con mis colegas se escondieron detrás de una arboleda próxima a la casa de los sospechosos y al toque del claxon llegarían corriendo.
Me sentí triste por la mamá del supuesto bandido, salió secándose las manos con una mirada de temor, pregunté por su hijo y lo llamó a gritos. Gonzaga se sentía tan seguro de tener engañada a toda la policía con su fachada de honrado labriego, que llegó tranquilo preguntando qué pasaba. Ordené que lo detuvieran, el amigo taxista tocó la bocina y acudieron los otros dos taxis. La pobre mujer con sus manos juntas apoyadas en su pecho y una mirada de angustia, me miró suplicante; con tristeza le dije que me dolía el corazón llevar a cabo la diligencia, en circunstancias que nos conocíamos desde que yo era un pequeño.

Mi Jefe, antes que saliéramos del Cuartel, me dio instrucciones precisas, mostrando su amplio conocimiento sobre estos delitos, que buscáramos elementos para sacrificar ganado, como sogas firmes, hachas, serruchos carniceros, machetes y grandes cuchillos, pues era la única manera de “amarrar” bien la diligencia, presentando al Tribunal como pruebas irrefutables de ser el autor de los abigeatos. Llevé a la pobre mamá a un lado y le pregunté cuántos hombres estaban en el granero, llorando nombró a dos y, con un gesto de decencia, me dijo que tuviera cuidado porque eran peligrosos.

Finaliza 2/2


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Manola Vazquez Lopez
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MensajeTema: Re: Historia de un Detective (23) Final 1/2   Miér Ene 11, 2017 4:17 pm

no soy mucho de este foro pero no estaba sabiendo lo que me perdía siempre perdida entre los poemas,  me ha enganchado de principio a fin, me saco el sombre ante usted maestro de la narrativa.
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http://biquinhoseagarimos-manu.blogspot.com/
 
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