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 Historia de un Detective (20)

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Jaime Olate
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MensajeTema: Historia de un Detective (20)   Lun Dic 12, 2016 10:45 pm

Supercherías … o una Realidad.

Recuerdo que cuando iba a Iglesia Evangélica de corte pentecostal (para quienes lo ignoran los pentecostales reciben el Espíritu Santo, danzan, profetizan y sanan enfermos en forma espectacular, pero son considerados los extremistas de la iglesia protestante) se nos recordaba cada cierto tiempo que no debíamos acercarnos a hechiceros, espiritistas o similares por su cercanía con Satanás. Al pasar los años, estando a punto de ser Comisario Jefe de Unidad, casualmente conocí a un pastor evangélico de la Iglesia Bautista, a quien acudí recién llegado a la ciudad de Chillán, después del golpe militar; me sentía solo, alejado de mi esposa y de mi único hijo, angustiado por los hechos que percibíamos los Detectives en el ambiente. Lo recuerdo con cariño pues me llevó de nuevo a la fe en Dios y me visitaba cuando fui Jefe, llevando la paz a mi corazón. Los Bautistas son considerados dentro del ámbito protestante, uno de los movimientos más estudiosos y con ellos me di cuenta que podíamos hablar de extensos temas científicos y del poder de la mente sin caer en lo malo.

En el Liceo, allá por el tercer año de humanidades tuve de profesor jefe a un cura con quien nos unía una simpatía muy especial, el Padre Alfredo Salgado, un buen hombre que admiré y le tenía mucho cariño porque yo consideraba que así debía ser un sacerdote servidor de Dios. Este “pairecito” como le decía, me llamaba “diablo”, pues sabía que yo era evangélico pero concurría a sus clases de religión, donde, en buenas cuentas, nos hablaba del catolicismo, de la Biblia y de la tradición que pasó de boca en boca a través de los siglos hasta nuestros días. Nosotros los seguidores de Martín Lutero sólo creemos y tratamos de practicar únicamente todo lo que sale en la Biblia, por lo tanto la vida de la Virgen María y su ascensión en cuerpo y alma a los Cielos por su pureza no entra en nuestro credo, aun cuando respetamos a una mujer tan santa que fue elegida para tener en su vientre a Nuestro Señor Jesucristo y …. nada más. Lo dice el Nuevo Testamento “El único intercesor entre Dios y los hombres es Jesucristo hombre”.  
El mencionado sacerdote nos daba duro con la enseñanza de no entrar en prácticas esotéricas, adivinos y hechicerías. Con esta idea tan arraigada en mí, así y todo, con mis compañeros de curso comenzamos a meternos en estudios del Poder de la Mente y tuvimos pequeños logros casi intrascendentes que en alguna ocasión relataré como una curiosidad.

En esa época de mi juventud, quizá debido a mi inseguridad, recelaba de todo lo que me hablaban o mostraban. Por ejemplo, dudaba acerca de la hipnosis, estaba seguro que era “teatro”, que los supuestos hipnotizados estaban de acuerdo con el hipnotizador y hacían su pantomima para ganar dinero o prestigio.
Estaba estudiando en la secundaria todavía y vi en un teatro de Concepción unos carteles anunciando la “Gran actuación del dueño de la mente, El Gran Max” con una fotografía grande donde mostraban su vista fija en el espectador y maquillado para el efecto. Entré y cuando pidió voluntarios entre el público asistente, salí decidido a dejarlo en vergüenza, creo que yo tenía unos 17 o 18 años.  Todo esto después lo comenté con mi amigo Oscar Hugo y el reducido grupo de “tontos”, al decir del resto de mis condiscípulos, amigos que buscábamos respuestas a un sinfín de preguntas que nos hacíamos acerca del mundo que nos rodeaba, además de la física y del poder mental. Créanme que me escuchaban con silencio religioso, seguramente porque era el más loco y decidido en estos extraños asuntos de brujerías y ramos similares.
El tipo, con voz profunda (muy buena, pensaba, muy de acorde con su papel) a los diez voluntarios que estábamos en el escenario nos magnetizó con sus manos por nuestro frente, moviéndolas de arriba abajo mientras sus ennegrecidos ojos nos miraban fijamente. Terminaba con uno seguía con otro hasta que llegó mi turno, “Mmm, buen actor este tipo” pensaba yo, tratando que no se notara mi mirada irónica. Ocurrió algo inesperado para mí, el supuesto hipnotizador detuvo su mirada en mis ojos y lo noté desafiante; hizo toda su actuación truculenta y a continuación observé que continuaría con el primer “hipnotizado”, mientras anunciaba que iban a ver su poder de magnetismo. Con evidente ironía de mi parte, el actor se colocó detrás del muchacho que estaría bajo su poder y con sus manos lo atraía para que cayera de espaldas. Claro, cuando cayó y lo alcanzó a tomar por debajo de sus brazos, pensé que era otro actor de acuerdo con el estafador. Y así fueron cayendo el resto de los voluntarios, menos un gordito que “aleteaba” con sus manos, discutiéndole que no sentía nada. El hipnotizador comenzó de nuevo y de pronto el joven cayó cual maniquí, muy tieso, en sus atentas manos.
Me entró la duda, porque el muchacho hacia evidentes esfuerzos para evitar caer de espaldas. Y llegó mi turno, pero … no puedo mentir diciendo que no pasó nada, pues apenas empezó con sus dedos “de imán” CAÍ DE ESPALDAS SIN QUE ME DIERA CUENTA. Observé que me miraba con ironía y … me enojé.
La siguiente prueba era dejarnos dormidos, de pie se entiende. Los vi dormirse o actuar, con su cara gacha y algunos roncaban estrepitosamente y el Gran Max recibía los aplausos que agradecía con una venia. Pero… pero, cuando quiso dormirme NO PASÓ NADA, es más el hombre mostraba evidente enojo; me tomó de los hombros y fijó su mirada en mis ojos a pocos centímetros mientras me decía “¡Duérmase, se lo ordeno!”. NADA, con serenidad y una sonrisa le dije que no tenía ganas de dormir; en voz baja, pero muy indignado, me ordenó con su mano indicando hacia el público, “Váyase, VÁYASE INMEDIATAMENTE”, me encogí de hombros y pasé casi tocando su mano extendida que me arrojaba del escenario.

Siguió con sus especímenes con un espectáculo que me alegré de haber dejado, pues los hizo hacer el ridículo y … francamente CREO que los tenía hipnotizados, pues en esa época ningún varón iba a tomar con amor de pareja a otro y besarle cara, acariciándolo como si fueran hombre y mujer. Creo que las burlas de sus amigos deben haber sido grandes, pues, además, hicieron otras cosas que no recuerdo, pero sí muy humillantes.
Quise aprender a hipnotizar, sin embargo, mi buen juicio y en especial que ya mostraba capacidad de proyectarme hacia el futuro, me hicieron pensar que alguna vez podrían acusarme de obligar a alguien hacer actos contra su voluntad.  Desistí de tal tentación y hoy vivo tranquilo.

No obstante, aprendí que hay cosas en esta vida que están fuera del alcancé de la mayoría de los mortales. Con el pequeño grupo de condiscípulos del Liceo teníamos largas conversaciones nocturnas y nos contábamos experiencias que terminamos por aceptarlas y que en esa época estaban dentro del OCULTISMO. Máxime que tuvimos un profesor de Filosofía y Psicología, don Matías Bustos, un gigantesco gordo de voz profunda que siempre nos respetó y quien nos guio en el desconocido mundo de la parasicología; cuando dejamos el Liceo, nos hicimos amigos hasta tutearnos con su autorización, pues él nos trataba de usted o señor fulano de tal.  ¡Cómo echo de menos sus consejos que me ayudaron a formarme como un Detective   que sabía llegar a la gente!



 
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