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 Historia de un Detective (19)

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Jaime Olate
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MensajeTema: Historia de un Detective (19)   Sáb Dic 10, 2016 10:36 pm

Cuando una Condición Secreta te Hace Famoso.

Un mañana que estaba muy aburrido ordenando fichas de delincuentes, tarea que me parecía ofensiva para un Detective que trabajaba en la calle, el Comisario Jefe se dio cuenta que me estaba perdiendo como funcionario y ordenó ir a buscar a un gran estafador que nunca lo habían podido atrapar. Desde antes que llegara destinado a esa Unidad, el “resfaloso” estafador desaparecía, a pesar de los datos fijos que daban sus víctimas, asegurando que lo había visto llegar a su casa la noche anterior; Don Manuel le ordenó a los Detectives antiguos que me llevaran para practicar esa diligencia. Orgulloso por tal distinción, subí a mi nueva moto, más grande que todas las del Cuartel y nos dirigimos en busca del bandido.

La casa pertenecía a una población de gente de “medio pelo”, de una posición económica holgada. Mis colegas entraron primero, pues el rabo del Cuartel, es decir mi persona, el más nuevo de todos, quedó atrás. Tocaron la puerta, salió una dama muy atractiva que al ver la placa policial les abrió la puerta y, ante la pregunta del más antiguos funcionario, contestó que no sabía nada de su marido, quien había abandonado su hogar hacía muchos meses.
Lo “ratis” registraron ese domicilio de arriba abajo, hasta debajo de los muebles, nada. La señora les aseguraba que si su marido llegaba ella misma los llamaría por teléfono para avisarles.

Aquí ocurrió un hecho extraño para mí, que me había quedado en la puerta de entrada al dormitorio conyugal. Noté una cierta burla en la mujer y, cuando mis compañeros se disponían a retirarse, cerré mis ojos (tal vez para concentrarme o … qué sé yo) y, vagamente, escuché la risotada de uno de ellos: “ Muchachos, Carvajal se nos va a desmayar”.
Abrí mis ojos y miré una pared recubierta o enchapada en madera delgada. La señalé y nuevas risotadas de todos mis compañeros. Sin enojarme, caminé y toqué las placas, seguido por las miradas curiosas. Apliqué las palmas de mis manos y deslicé una de ellas, allí se encontraba en un estrechísimo escondite un vejete, encogido y en pijamas, quien largó una risa forzada: “Je je je je jéeee, ¡me pillaron!”.

En el Cuartel llegamos en un taxi con nuestra presa (uno de mis colegas quedó al cuidado de las motos, esperando nuestro regreso a esa población), mi Jefe sonriendo con satisfacción ordenó que la Guardia lo encerrara en un calabozo, “ Capaz que se esfume delante de nuestras narices” comentó risueño. Quedamos formados en su oficina y Juanito, el más antiguo Detective a cargo de la diligencia, me tomó por los hombros y le dijo que había sido yo quien descubriera el escondite del delincuente.
Cuando le relató que yo había cerrado los ojos y que se habían burlado ante la posibilidad de un desmayo de mi parte; que acto seguido había desplazado una pared falsa donde siempre se había escondido el estafador. Mi Jefe me miró con curiosidad y sus ojos brillaban. Me estrechó la mano y ordenó que nos retiráramos; horas después me llamó a su despacho y me interrogó intensamente si yo practicaba con poderes mentales. Le conté que había leído mucho al respecto y con mi condiscípulo del Liceo, Oscar Hugo, tratábamos de comunicarnos por medio de la telepatía con dudosos resultados; más bien jugábamos a los poderes mentales. Recuerdo que hasta estuvimos practicando yoga, para aumentar nuestra capacidad psíquica … francamente nunca tuve fe en esa gimnasia, fuera de adquirir mayor capacidad aeróbica.

Desde entonces mi gran Jefe no salía a las diligencias si no iba conmigo. Esto sirvió para la chirigota de mis colegas, que me tildaron de “amuleto de la suerte”.  Posteriormente ocurrieron hechos fuera de lo normal que comenzaron a acrecentar una fama que yo consideraba exagerada.
 

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