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 Historia de un Detective (11)

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Jaime Olate
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MensajeTema: Historia de un Detective (11)   Mar Nov 08, 2016 1:26 pm

No Muestres Todas Tus Cartas.

Siempre pensé que mis colegas policías sabían todo lo que se nos enseñó en la Escuela de Investigaciones y que todos habíamos entrado para ser Detectives que nos desenvolviéramos con facilidad en los diferentes ámbitos de la policía civil. Pasaron algunos años y me di cuenta de mi error, pues había funcionarios que les costaba hasta redactar un informe de cualquier índole, incapaces de pararse ante un auditorio para expresar aunque fuera dar las gracias por alguna invitación a una ceremonia, en fin observé tantas falencias en su actuar y, al ver que era atacado por algunos de ellos, no sé si por envidia o por rabia cuando demostraba mi facilidad para trabajar en todas las actividades de Investigaciones de Chile (en las unidades que trabajé siempre hice la labor de Relacionador Público y, donde no había Brigada de Homicidios, investigador de Sitios de Sucesos con cadáveres), decidí ocultar mis conocimientos y capacidades, pero fue demasiado tarde. Y así, el “Loco” Carvajal, o Carvajal ORATE como denominan a todos los Detectives que sobresalen, se fue dando cuenta que lo mejor era reír de los apodos.

Conocí a un gran Detective, de apellido Sanzana que también recibió el apodo de “ Loco”, un par de cursos más nuevo que yo, por ser un muy buen investigador, perspicaz y perseverante en sus indagaciones, amén de ser uno de los buenos tiradores de la Institución con su arma y excelente karateca; advertí que hablaban con envidia y sarcasmo a sus espaldas. Me pregunté, no siendo tan capaz como él, con mis pocas habilidades, cuánto intrigaban acerca de mí; algunas veces me lo decían de frente con la precaución de evitar estar a solas conmigo, porque sabían que los podía golpear sin misericordia sin dejarles marcas en su rostro. Esto último todo Detective sabe que los jueces arman un escándalo cuando ven marcas de golpes en los maleantes que “se iban en collera” al ser detenidos, al extremo que llegué a dejarme golpear por los delincuentes para que el Magistrado no me acusara de brutalidad policial, quedando con algunas marcas en mi cara, estrategia que siempre me dio buen resultado y mala para los bandidos.
Con el gran Detective Sanzana teníamos una diferencia de personalidad muy marcada. Él era mi personaje “Inspector Carrados”, cara de palo, sereno, sin demostrar sus sentimientos; era capaz de resistir todas las suciedades de la convivencia entre seres humanos y más aún entre policías. Tuve el agrado de verlo convertido en un conocido funcionario a través de la prensa y llegó a ser profesor en la Escuela de Investigaciones, tanto por sus conocimientos como por ser un excelente karateca.
Por mi parte yo fui “Lobo, el Detective”, mi personaje emotivo, alegre o cascarrabias, pero dedicado con entusiasmo a mis labores. No soporté la persecución velada que me hicieron otros funcionarios por no adherirme a sus sucias actividades ilegales; comprendí que, si seguía en mi querida Institución, seguiría sufriendo y comencé a rumiar mi retiro, sin llegar a los treinta años de servicio.

De hecho, cuando me quitaron mi puesto como Comisario de Parral, llegué a mi nuevo destino en Puente Alto como el tercer hombre de a bordo, después de veinte días de hacerme esperar con el evidente propósito de que me echaran de Investigaciones. Cuando se traslada a un funcionario, éste tiene tres días para presentarse, so pena, al menos, de un duro castigo en su Hoja de Vida que lo atrasa en su carrera. Saludé al Comisario y al segundo Jefe y me senté a escribir mi solicitud de retiro voluntario, para obtener una pensión de veinte años de servicio. Mi dolor fue muy grande; no cabía en mi cabeza que, por segunda vez sólo por cumplir mi deber de policía deteniendo a los delincuentes adinerados, fuera nuevamente echado de una unidad.
El Jefe, mi nuevo Jefe, mientras yo estaba escribiendo mi renuncia, leía con entusiasmo mi Hoja de Vida ( un pequeño libro donde se van agregando año tras año los detalles, buenos o malos, de nuestra carrera funcionaria), comentaba “ Vaya colega, usted sabe esto … y esto otro. ¡Buena adquisición ha hecho esta unidad con su llegada! “. Su risa terminó cuando el Segundo Jefe que había visto qué estaba escribiendo, lo interrumpió “Jefe, el señor Carvajal está escribiendo su renuncia”.
Alarmado mi superior jerárquico leyó sobre mi hombro y exclamó “¡Un funcionario como usted no se puede ir, la Superioridad no aceptará su retiro!”. Me habló con franqueza, que entendía mi dolor por el traslado injusto, pero que mi pensión de veinte años de servicio iba a ser muy chica, que me aguantara hasta los veinticinco años, esperara mayores sueldos y, por ende, una mejor pensión de retiro de la policía.  

Decidí quedarme ese tiempo y soporté una cantidad de trabajo que muchos otros Jefes no aceptaban, declarándose incapaces de efectuarlos y durante tres años fui “la piedra de tope” que efectuaba labores pesadas y peligrosas al mando de muchachos jóvenes que me tomaron afecto porque no era “Jefe negrero” y cuidaba de ellos en todo sentido. Ninguno de ellos debía sufrir hambre ni maltratos por mi parte; fui gratamente reconocido como el Jefe de grupos que se preocupaba por tratarlos como seres humanos en las tareas “cacho” (difíciles y peligrosas), con la condición que no aceptaba ni funcionarios con olor a alcohol, abusivos con los ciudadanos (debían ser caballeros a carta cabal) y … ¡muchísimo menos delincuentes con placas, que iba entregarlos personalmente detenidos ante la autoridad!  Así con claridad, sabían a qué atenerse si rompían las mencionadas condiciones. Doy gracias a Dios que me entendieron y mis superiores jerárquicos me miraban satisfechos, sabiendo que yo no disparaba mi arma (lo habría hecho solo en caso de legítima defensa) y evitaba los problemas.
Perdonen esta falta de modestia, pero sólo me limito a contar la verdad. Recuerdo con gratitud que en los pasillos del Cuartel Central me saludaban por mi nombre desde el Director General, el Prefecto de la Región Metropolitana y casi todos los Prefectos. Claro, no podía caerles bien a todos, vaya uno a saber qué callos les pisé a estos últimos.

Con claridad meridiana mostrábamos que nuestra labor estaba apartada del aspecto político y vimos como querían que desapareciéramos como cuerpo policial, pero chocaron con el problema conocido que en Chile la Policía de Investigaciones era la única institución que figuraba como miembro activo de la INTERPOL (Policía Internacional con base en Francia y tuve el placer de conocer personalmente a algunos de ellos que eran de otros países), razón por la que ha sobrevivido luchando contra la delincuencia.

Fui llamado al curso para ascender a Prefecto (Jefes Superiores), pero en mi mente iba siempre el pensamiento de retirarme. Me di cuenta que en el Instituto Superior la inmensa mayoría de los funcionarios eran Detectives de escritorio, que se habían “acomodado” allí como oficinistas para evitar luchar en las calles contra los delincuentes y que no conocían a los que hacíamos el trabajo callejero; por lo tanto, elevé mi solicitud de retiro y ENCANTADO el señor Director del Instituto le dio la tramitación. Algunos compañeros de la calle sospecharon que me iba y trataron de impedirme tal desaguisado, pero me las arreglé sigilosamente hasta que, cerca de CUATROCIENTAS solicitudes de retiro fueron aceptadas, la mía no se notó entre tanto Detective que quería retirarse ese año 1987, cansados por la agotadora labor en medio de la dictadura militar que quería mostrar un país libre de delincuentes.
Hubo una situación que me arrancaba carcajadas cuando mis colegas que se quedaron trabajando en Puente Alto,  me contaban que durante dos años la Superioridad me mandaba a buscar para seguir haciendo diligencias “sin meter las patas y … menos las manos”. Siempre protestó y preguntaron cómo diablos dejaron que me retirara.

Hasta este capítulo debo aclarar que “no me echaron de Investigaciones”. En mi Hoja de Vida consta mi solicitud de retiro voluntario. En los próximos capítulos iré recordando mi vida aventurera en aspectos que hasta hoy me había negado a relatar.

Deben creerme, la vida de un Detective, por lo menos para mí, es una aventura novelesca, hermosa, digna de recordar y de mostrar al mundo. Contaré, además de la vida policial, aquellos aspectos de mi existencia humana con mi familia, amigos, enemigos y un constante romance de este “rati picado por la araña”. Al menos nombraré los cuentos con nombres cambiados, que fueron basados en mi pasar por ese mundo algo desconocido.
Relataré, en forma muy resumida, mis primeros cinco años como Detective hasta que, como lo he contado en el capítulo nueve (9), los políticos retrasados mentales NOS ECHARON de Coronel. Fue una “gran metida de patas” que años después tuvo repercusiones con un feliz término para mi querida Institución.


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